A propósito de temperamento, es indiscutible que cierto tipo de textos literarios, para ser escritos, requieren que el autor tenga en ese momento el temperamento idóneo. Ya me he referido a este asunto del temperamento en otras ocasiones, sobre todo respecto a lo que ha supuesto para mí la escritura en el género que me parece el más difícil: la poesía. Al menos en mi caso, o al menos en el caso del tipo de poesía que solía escribir, llegué a la conclusión de que si no estaba poseído por un temperamento melancólico no era capaz de escribir un par de versos decentes. Es quizá por eso que dejé a un lado la poesía, o al menos la poesía que me exigía estar poseído por ese temperamento melancólico.

Ahora que mis intentos van por el lado de la narrativa vuelvo a pensar en serio en el asunto del temperamento. El otro día hablaba con un amigo al respecto, un amigo que suele escribir relatos largos, casi nouvelles, y me decía que, independientemente del tema que abordara en el relato de turno, su temperamento era siempre el mismo: un temperamento que combina dos condiciones, para él, absolutamente necesarias para la escritura: una buena cantidad de tiempo en absoluta calma y la voluntad para desarrollar una trama durante ese tiempo. Esas dos condiciones, me decía mi amigo, las encuentra en las mañanas en su lugar de trabajo, sobre todo en las horas previas al mediodía.

Mi temperamento para la escritura coincide con el de mi amigo al menos en la segunda de sus condiciones, la que tiene que ver con la voluntad, pero en cambio no le resulta imprescindible la calma absoluta. Eso, si de escribir un cuento se trata. ¿Pero qué tal si lo que uno intenta escribir es una de esas piezas brevísimas llamadas “microcuentos” o “cuentos súbitos”? La pregunta fue mía y la respuesta de mi amigo: “nunca he intentado escribir uno”.

Fue entonces cuando por primera vez pensé en el temperamento idóneo para escribir cuentos de esa naturaleza.

Anuncios