He escrito unos tres o cuatro microcuentos y debo confesar que al hacerlo no empleé, al menos de manera consciente, mi probable capacidad para el oficio de la escritura literaria. Quiero decir que un flechazo, un instante de luz, fue suficiente. Nada que no pueda hacer cualquiera. Ese flechazo, ese instante de luz, no dio demasiado lugar al despliegue de una prosa notable, primero, porque la premisa del microcuento es precisamente la de la brevedad extrema, y segundo, porque en un microcuento no es tan importante la calidad de la prosa como el efecto que puede producir en el lector esa flecha disparada con certeza a su centro neurálgico.

En ese sentido, cuesta pensar en el microcuento como un género que puede permitir identificar la verdadera capacidad de un autor de ficciones. Es decir, ¿que se puede juzgar en un microcuento más allá de una capacidad para la descolocación del lector? ¿Es posible determinar la calidad de la prosa de un autor de minificciones cuando estas minificciones no pasan de dos o tres líneas? Por supuesto, aquí estoy siendo algo extremista: pensando sólo en los microcuentos de dos o tres líneas. ¿Pero acaso dos líneas más podrían cambiar el panorama?

Dicho esto, habría que enfocarnos en el asunto del flechazo. ¿Cómo determinar que ese disparo certero es, efectivamente, un buen disparo? Son los lectores quienes tienen una mayor habilidad para dar esta respuesta. Porque el escritor de una minificción, probablemente más concentrado en el impacto de la flecha con su objetivo, descuidará a veces el proceso de preparar el arco y la flecha, y luego el propio disparo. O es posible que, empalagado con la emoción, con el descubrimiento de la posibilidad de flechar al lector de una sola vez, descuide la preparación de ese momento.

Esa es la línea tenue que separa un buen microcuento de una bagatela, muy parecida a la que separa la buena poesía del versolibrismo absurdo. La responsabilidad, en todo caso, es del autor. El lector está ahí para juzgar lo que lee, pero no siempre está en condiciones de juzgar adecuadamente lo que lee. Ahí es donde aparece la diferencia entre el gusto y el criterio. Pero ese tema mejor dejarlo para otro día.

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