La escritura de un microcuento demanda de quien lo escribe una predisposición similar a la que se requiere para escribir poesía. Así como una imagen o una sucesión de imágenes propicia la composición de un poema, una sola imagen puede ser suficiente para la composición de un microcuento.

¿Cómo piensa, entonces, quien se propone escribir un microcuento? ¿Cuáles son los cables de su cerebro que debe cruzar para lograr el efecto deseado en la pieza narrativa brevísima que se propone escribir?

La escritura de una novela, por ejemplo, requiere un plan previo, o al menos una sucesión de planes sobre la marcha. Un cuento de extensión normal no requiere tanto de un plan de escritura como de una cierta tensión narrativa que se debe mantener de principio a fin, de manera que ha de ser más importante esa tensión alrededor de una anécdota que la anécdota misma. Un microcuento, en cambio, busca crear un efecto en el lector con una o varias oraciones precisas, certeras, que son las que cargan el peso de una historia liviana pero al mismo tiempo poderosa.

El nivel de abstracción que demanda la escritura de microcuentos o minificciones es más parecido al de la escritura de poesía que al de otros textos narrativos. La concentración debe mantenerse en unos márgenes más estrechos, buscando efectos más específicos y por lo tanto, más complejos.

Quizá por eso dejé de intentarlo con las minificciones, como me sucedió también con la poesía.

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