Foto: La Prensa

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El primero de los cuentos de mi libro La caída del mundo, que verá la luz la próxima semana:

El humo sale de su boca y llega hasta la ventanita de la torre. Ve solamente el largo cañón que apunta, si acaso, a la montaña que emerge detrás del otro muro. Tercer día y sigue solo. Los demás lo ven pero no le dicen nada. Sólo el de los cigarrillos. Lo sabemos, le dice, lo sabemos todo. Y él no dice nada. Vuelve a pensar en lo ocurrido. Las imágenes lo persiguen. No se arrepiente. No pude evitarlo, se dice. Todo fue tan rápido…

Lo de siempre en la madrugada. Excesiva velocidad en un bulevar solitario. Algo que cruza. El freno y el bocinazo al mismo tiempo, en un la interminable, incluso después que el camión se detuviera. Tardó mucho en bajar. Al hacerlo, se encontró con una joven con su falda enredada entre las llantas delanteras y las hermosas piernas descubiertas. No se movía. No respiraba. Nada ni nadie alrededor. Pensó en largos interrogatorios y en la mercadería que no llegaría a su destino antes de que sus jefes decidieran echarlo. Destrabó, con mucha dificultad, la falda de las llantas. Sangre detrás de la cabeza. Tenía un rostro bonito, piensa. Le apartó el cabello revuelto para contemplarlo durante un breve momento que se le antojó eterno. La falda rota y la diminuta prenda íntima de la muchacha. De pronto sus movimientos se habían vuelto lentos. Y los sonidos de la noche alrededor. Como si antes de llegar a sus oídos pasaran por una tubería. Arrastró el cuerpo hasta la orilla del bulevar. Repasó visualmente el paisaje que rodeaba la escena. Dudó un momento. Lo hizo. Lo hizo y entonces sólo pensó en ese cuerpo, en esa carne muerta. Luego, se apresuró. Ocultó el cuerpo entre unos matorrales. Subió al camión y se largó. Una mancha, primero espesa y después menos consistente, se extendía desde el sitio en donde el camión se había detenido hasta perderse entre los matorrales. Pero esto él no lo vio. No lo vi, piensa.

Ve su reloj: las nueve en punto. El humo sale de su boca y llega hasta la ventanita de la torre. El guardia le apunta, sonriente, con su fusil. Él, no dice ni hace nada.

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