Me pongo a leer los cuentos de un escritor hondureño que, como no hay demasiados, ya figura en la lista de nuevos valores de nuestras letras. Estos cuentos suelen empezar más o menos así: “Fulano de tal es alto y delgado, pesa 145 libras, mide un metro ochenta, tiene un lunar en el pómulo izquierdo…”, etcétera. Ya saben, lo convencional, lo que uno encontraría, por ejemplo, en un cuento del almanaque Escuela para todos. Más allá de las comas, que a veces aparecen insertadas caprichosamente de tal manera que aún no logro discernir si se debe a alguna extraña intención vanguardista, está lo de las símiles que, de tanto haber sido usadas por todo el mundo, ya parecen cubetas de albañil (nótese la símil que he escogido yo, que tiene una amplia entrada en el Diccionario de los Lugares Comunes). La símil que alude a la calvicie y a los monjes medievales, por ejemplo, ya aparece en este texto, y en este, y en este otro, sólo para mencionar algunos (que tampoco pertenecen a grandes escritores) y no aburrir al lector, que bien podría estar leyendo a Kafka y no a mí refiriéndome al nuevo-valor-de-las-letras-catrachas. El sentimentalismo al estilo de telenovela mexicana, el chiste fácil y los finales nostálgicos o sorpresivos podrían contar también entre sus “virtudes”. Son cuentos que caben perfectamente en esos foros de internet en donde los lectores incipientes de Borges y Cortázar que también escriben hacen de las suyas. Y no digo más. O quizá sí: que la literatura es una cosa mucho más difícil de lo que algunos creen (u oyen decir). Discúlpenme el exabrupto.

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