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Alguien me preguntó hace poco, luego de discutir acerca de lo que a estas alturas ya no se debería escribir en la narrativa hondureña, cómo debería ser la narrativa que se escriba en estos tiempos en Honduras. La pregunta pone en jaque a cualquiera y eso sucede porque resulta fácil identificar en nuestra historia literaria cuáles han sido los patrones seguidos y luego compararlos con la literatura de otros ámbitos, pero no resulta tan fácil identificar lo que se produce en este momento. A la literatura es menos difícil verla en retrospectiva que en el momento en que surge. En este sentido, los cincuenta años a los que aludía Borges son un buen punto de partida.

Sabemos unas cuantas cosas respecto a lo que escribieron quienes estuvieron antes que nosotros:

  1. Que Lucila Gamero escribió novelas lacrimógenas y hasta cursis pero que en Blanca Olmedo demostró que sabía cómo debía hacerse una buena novela lacrimógena y cursi. Aun así, no deberíamos repetir a Lucila Gamero.
  2. Que Angelina de Carlos F. Gutiérrez es de los primeros intentos de narrativa producidos en Honduras y que su romanticismo y sus rasgos naturalistas no deberían caber en nuestra narrativa contemporánea. Si acaso, en clave de parodia.
  3. Que Froylán Turcios publicó sus textos narrativos a principios del siglo XX y escribía bajo el influjo del romanticismo y del modernismo, nada que deba reproducirse ahora.
  4. Que Ramón Amaya Amador ya escribió todas las novelas realistas-socialistas que podían escribirse en Honduras, que su afán denunciatorio y su tono a veces panfletario debería verse superado en nuestra generación.
  5. Que Arturo Martínez Galindo entre 1923 y 1940 y Óscar Acosta en 1956 fueron los dos narradores que de verdad rompieron los moldes narrativos de su tiempo en Honduras y que acabaron, aunque sólo en su propia obra puesto que no tuvieron eco entre sus contemporáneos, con el romanticismo machacón y el realismo costumbrista.
  6. Que no fue sino hasta la llegada de Marcos Carías, Eduardo Bähr, Roberto Castillo y Julio Escoto que la narrativa hondureña pareció tomar el relevo de Martínez Galindo y Acosta y mostró voluntad renovadora.

Sabiendo esto, podemos al menos visualizar un punto de partida. Y desde ese punto de partida intentar responder a la pregunta “¿Cómo debe ser la narrativa que se escriba en estos tiempos en Honduras?”.

En los siguientes enlaces encontrarán dos acercamientos míos a una posible respuesta:

  1. Discurso airado o cómo reventarse el hígado en siete libros y medio.
  2. Narrativa hondureña actual: una voluntad posmoderna.

Mario Gallardo también escribió algo sobre la narrativa hondureña. Para leerlo, sigan este enlace: Honduras, magnífica y terrible.

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