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¿Qué es exactamente un cuento? Las respuestas “oficiales” (las de la RAE y Wikipedia) contribuyen, más que a aclarar, a aumentar la confusión. “Relato, generalmente indiscreto, de un suceso”, dice el diccionario de la RAE en una de sus acepciones. Y en las otras alude a su naturaleza ficticia y a su brevedad.

Y veamos ahora lo que dice Wikipedia: “Un cuento (del latín compŭtus, cuenta) es una narración breve creada por uno o varios autores, basada en hechos reales o ficticios, inspirada o no en anteriores escritos o leyendas, cuya trama es protagonizada por un grupo reducido de personajes y con un argumento relativamente sencillo y, por lo tanto, fácil de entender”. A lo que agrega que: “suele contener pocos personajes que participan en una sola acción central, y hay quienes opinan que un final impactante es requisito indispensable de este género”.

Después de leer lo anterior quizá hasta sea normal que un autor de literatura considere que deba regirse por estos parámetros a la hora de intentar escribir un cuento. Sin embargo, no debería ser excusa para no buscar incansablemente lo que, más allá de las pautas oficiales, puede considerarse, definitivamente, como una nueva forma de escribir un cuento.

Lo de la brevedad y lo de la concentración de la acción en pocos personajes parece estar suficientemente claro entre nuestros cuentistas catrachos. El asunto es que cuando se toman al pie de la letra lo de que el argumento debe ser “relativamente sencillo y, por lo tanto, fácil de entender”, algunos caen en el facilismo, un facilismo que demuestra ingenuidad. Luego está lo del “final impactante” que, según muchos, es un “requisito indispensable” en el género y que motiva la práctica entre algunos de nuestros cuentistas con más entusiasmo que talento.

Es, definitivamente, difícil intentar definir lo que es un cuento, sobre todo si nuestra perspectiva es absolutamente literaria. Un cuento sí, es todo eso que enuncian el diccionario de la RAE y Wikipedia, pero no sólo eso. A quienes redactaron esos conceptos se les olvidó que lo que intentaban definir es un género literario y por lo tanto, debieron considerar los cambios que un género literario puede sufrir con el tiempo. Así, por ejemplo, esos conceptos bien podrían aplicar para la mayoría de los cuentos de Cortázar pero no para los de Carver o los de Hemingway o los de Richard Ford. Aplican para los de Óscar Acosta pero no para los de Dennis Arita.

¿Dónde podríamos encontrar las diferencias? Principalmente en la exposición, por parte de los primeros, y en el ocultamiento, por parte de los otros, de algunos hechos esenciales de la historia contada, y también en la ambigüedad resultante de esta segunda opción. El recurso del dato escondido ha sido ampliamente explotado por muchos escritores; en Honduras, sin embargo, encontramos sólo casos aislados. En su famosa “teoría del iceberg”, Hemingway propone que lo que se muestre del relato sea sólo una pequeña parte, como la punta de un iceberg sobre la superficie del agua; en muchos de nuestros cuentos catrachos lo que encontramos son auténticos continentes congelados descritos minuciosamente. Y la ambigüedad, que es una característica esencial de la literatura, en muchos de los textos de nuestra literatura catracha parece no tener cabida, pues sus autores, en lugar de sugerir, explican, sin dar la oportunidad al lector de interpretar lo que lee, o dicho de otra manera, obligan al lector a interpretar el texto de una sola manera.

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