“Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o las diez, pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi vida sea domingo”. Este fragmento pertenece al que probablemente sea el único libro de Benedetti que me ha gustado: La tregua, una novelita en forma de diario que leí, si no recuerdo mal, hace 13 años. Además, ese fragmento fue lo primero que leí de esa novela. Al enterarme de que se trataba de una novela-diario me dispuse a hojearlo y encontré la fecha de mi cumpleaños, en la que el narrador se refería a los domingos de la manera que ya vimos.

Contrario a este narrador de Benedetti, a mí me encantan los domingos, probablemente menos que los sábados pero definitivamente más que los lunes. Un domingo es para mí la prolongación de un estado de placidez que a veces empieza el viernes y termina el mismo domingo a eso de las diez de la noche cuando apago la lámpara de mi mesa de noche. El domingo es el día en el que los no religiosos como yo nos dedicamos al delicioso arte de no hacer nada, en el que caben, por supuesto, el repaso de un par de diarios extranjeros, las cervezas y la lectura de media tarde, el partido de fútbol de mi equipo favorito, alguna película o un paseo con mi familia.

El domingo es, incluso, el día en que me da por escribir en este no-diario, mientras mi hijo no haya despertado y los Testigos de Jehová no hayan iniciado su periplo semanal por las casas de mi colonia.

Mis domingos, sí, empiezan a las seis y media de la mañana, como empiezan para el personaje de la novela de Benedetti, pero contrario a él, como dije, a mí me gusta esta hora dominguera y el silencio que tiene, un silencio sólo interrumpido en este espacio de mi biblioteca en donde unos dedos medios se dan contra unas teclas.

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