Después de todo, es una suerte que para algunos de nosotros el tiempo sí avance. Y que como consecuencia de ese avance, nos llegue la madurez. Decir esto es ya un signo de madurez, supongo. Y es que hay gente que no madura ni a sopapo diario, gente que llega a los 30 o a los 40 y es como si no tuviera más que aquellos veintipico con que los conocimos. Es difícil no verlos con cierta distancia. Con cierta prudencia. Con cierta lástima, incluso.

En el espacio que establece esa distancia caben, probablemente, la familia, las responsabilidades, las reflexiones, las ideas reposadas y hasta la tolerancia. Acabamos tolerando, por ejemplo, que alrededor haya gente que no piense igual que nosotros, que no crea en lo mismo que nosotros, que no vea lo mismo que nosotros, y entonces, aprendemos a apreciar mejor todo aquello que, con el paso del tiempo, nos ha acompañado.

Llega un momento en el que unas pocas cosas valen más que todas las cosas que teníamos antes. Y eso, obviamente, es más que suficiente.

Yo, he venido moviéndome hacia adentro en la espiral del tiempo, casi enroscándome, en una aparente actitud de repliegue, y al hacerlo, he descubierto esa otra forma de verlo todo más claro. Cuando viví fuera del país aprendí a observarlo todo desde lejos, desde afuera, y ahora que estoy aquí de nuevo, que llevo aquí de nuevo unos cuantos años, recién me doy cuenta de que desde adentro, desde adentro incluso de uno mismo, también es posible alcanzar esa cuota de necesaria lucidez que en este país de gente desquiciada ya es bastante ganancia.

Suerte que para algunos de nosotros no hay motivos para el resentimiento y eso nos permite ser más libres, más auténticos, más justos.

Suerte.

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