Etiquetas

, , , ,

Tristemente habituados a encontrarnos, entre la narrativa hondureña reciente, con flojos libros de cuentos en los que predomina el interés anecdótico sobre la búsqueda de estilo, o incluso sobre la condición primaria, básica, de la correcta redacción, se podría inferir que muy probablemente entre nuestros cuentistas exista la idea de que la escritura de piezas de este género es un asunto fácil. Me asomo de vez en cuando a un par de librerías nuestras y noto, asombrado, cuántos libros de cuentos nuevos han llegado a los estantes desde la última vez, y eso que no pretendo en esta ocasión referirme a los poemarios, que los hay en mayor cantidad y merecerían un capítulo aparte.

No es mi intención iniciar un debate que, por lo demás, sería estéril en estas tierras ya infecundas para la buena discusión; tan sólo me refiero al contexto de la cuentística actual catracha para recordar algunos nombres importantes como Eduardo Bähr, Julio Escoto o Roberto Castillo, verdaderos maestros del cuento, que parecieran no haber sido leídos por una buena parte de la actual generación de ingenuos cuentistas nuestros.

Y es que las interrupciones en esta carrera de relevos han sido frecuentes en la literatura hondureña. Entre los cuentos de Arturo Martínez Galindo y Óscar Acosta, por ejemplo, hay por lo menos treinta años de diferencia, y de 1956, año de la publicación de El arca, a 1969, año en que apareció Fotografía del peñasco, Eduardo Bähr, hay otros trece años. En medio de esos nombres y esos datos hay otros nombres y datos difusos que, si acaso los conocemos ahora, es por la labor casi arqueológica y generosísima de Helen Umaña, y no porque tengan el valor necesario para la historia. Sobre la mayoría de nombrecitos actuales Helen Umaña todavía no ha dicho nada; quizá intuya ella que su labor no superararía el autobombo y el tráfico de palmaditas en la espalda de estos supuestos cuentistas actuales.

En otras ocasiones ya me he referido a algunos de estos autores –en términos discretos, debo decirlo- y seguramente eso me ha hecho ganar nuevos enemigos –sí, así de dramáticos somos-. Todos tenemos nuestro ego; el asunto es cómo lo administramos y si tenemos con qué.

No se trata de “recomendar” o de “desacreditar” a algún autor, simplemente de emitir juicios de valor desde nuestro propio criterio, de tratar de ser justos. Tampoco hay que pretender ganarse el favor de cierto grupo de damas sensibles saludando “a todos y a todas” y llamando “queridos y queridas” a los presentes en algún lugar al que llegamos como apacibles embajadores de la buena voluntad. Pretender simpatizarles a otros diciéndoles que lo que escriben es buenísimo o escribiendo textos laudatorios sobre ellos, “recomendándolos” al fin y al cabo, tampoco es digno de aplauso. Lo que sí valdría la pena es reconocer el valor de alguna obra en el contexto en que se publica, señalar sus virtudes y sus defectos, evaluar la evolución del autor después de varios libros publicados. Pero claro, para hacer algo así se requiere tener buen juicio; además, estar lejos de esas posiciones políticas o derivadas de curiosas enemistades que alrededor de una obra o un autor crean una especie de nebulosa de la que luego resulta casi imposible extraer lo verdaderamente importante; y por último, se necesita entusiasmo, carísimo en estos tiempos en los que las prioridades siempre serán otras, a menos que la cordura no sea una de nuestras cualidades.

Anuncios