Un amigo me cuenta que vio a un hombre de edad avanzada escondido -esta última palabra es de mi amigo, no mía- en el último asiento de un autobús con varios libros, entre ellos uno que yo escribí. Durante todo el viaje, me dice mi amigo, el hombre estuvo leyendo mi libro. Y eso es todo.

Y sin embargo, eso no es todo. Sucede que un hombre, probablemente un anciano, se ha subido a un autobús que quizá fuera de San Pedro Sula a Tegucigalpa o a La Ceiba o a San Luis del Pajón, cargando, además de una pequeña maleta, unos cuantos libros. Sucede que uno de esos libros es un libro que yo escribí y es precisamente el libro que el hombre de edad avanzada, probablemente anciano, ha escogido para leer durante su viaje. Sucede que un libro mío ha sido el compañero de viaje de un desconocido que quizá viajaba a algún sitio para encontrarse con un hijo al que no ve desde hace casi un año, o con su ex mujer, con quien ha mantenido una relación cordial durante los últimos catorce años, para decidir el asunto de una casa en venta o para asistir juntos a la boda de su hija mayor.

Sucede que trato de imaginarme a ese hombre, que quizá no tenga una edad tan avanzada, y apenas veo la silueta hundida de un hombre, sí, quizá escondido, de algo, de alguien, de sí mismo, en el asiento del fondo del autobús, un hombre que quizá se parezca a mí o a alguna forma de lo que soy, o que quizá sea yo, por lo menos mientras lee una parte del libro que sí le gusta y con la que se identifica.

Aspiro a tener más lectores así, hundidos o escondidos en el último asiento de un autobús en un viaje hacia cualquier parte, pero antes pienso en lo difícil que le resulta a uno imaginarse a sus lectores, y más aún, en lo difícil que resulta escribir algo que represente, para un viajero anónimo, una satisfactoria inversión de su tiempo.

Debo intentar escribir siempre de modo que ese lector sienta corto su viaje, me digo, e inmediatamente me pregunto qué es lo que significa “escribir siempre de modo que ese lector sienta corto su viaje”.

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