La revista costarricense Literofilia publica, en su edición de marzo, un artículo mío sobre la narrativa hondureña actual. Les dejo aquí la primera parte del artículo (son tres), pero pueden leerlo completo en este enlace: Literofilia. Adicción por la Literatura.

I

Vivimos malos tiempos para la literatura en Honduras. Pero preguntarse si alguna vez ha sido diferente equivale a ceder a la ingenuidad. Y si no, pensemos en Molina, en Martínez Galindo, en Clementina Suárez, tres grandes escritores y tres jodidas muertes prematuras. Este país, en general, vive tiempos malos para casi todo, pero los ha vivido siempre, y no vamos a esperar que en la literatura, esa abstracción en la que incurre una entusiasta minoría, se vea ahora reflejado un cambio significativo.

(Este artículo está empezando mal, lo sé, contiene un pesimismo que, aceptémoslo, comulga bien con lo que somos, con lo que vivimos y sufrimos en este país con nombre de abismo, hábitat perfecto para el infortunio).

Malos tiempos para nuestra literatura y malos tiempos para nuestra narrativa. Por mucho que ahora haya nombres que suenen como probablemente no llegaron a sonar (y a repetirse), en su momento, los de Arturo Martínez Galindo, Óscar Acosta, Roberto Castillo, Marcos Carías, Eduardo Bähr o Julio Escoto, escritores con absoluto dominio del oficio que no han sido más importantes y más famosos y más cachimbones sólo por la desafortunada circunstancia de no haber nacido durante los últimos treinta o cuarenta años, como nosotros, los de ahora, que vimos la luz en los setentas y los ochentas y que tenemos blogs, Facebook y Twitter y todo el mundo, clic mediante, se entera de nuestros súper poderes literarios en tiempo real.

Pero volvamos a lo del principio, a lo de los malos tiempos, y hablemos de las circunstancias, que para nosotros los escritores en Honduras son muy malas. Por mucho que se diga que unas cuantas obras importantes de la narrativa mundial han sido escritas en circunstancias desfavorables, hay que aceptar que esos casos se registran como vistosas excepciones, porque la regla es simple: la falta de unas condiciones y un entorno adecuados, por lo general, no favorece el trabajo de un autor de narrativa, ese género que exige músculo y paciencia, dominio del oficio y convicción a partes iguales, ese género con el que no se meten muchos porque claro, se entiende, es más fácil “redactar” en verso que en prosa. Pero esa es otra historia…

La inseguridad, el desempleo, la corrupción, la violencia y la falta de oportunidades para el desarrollo individual constituyen, probablemente, los cinco ejes transversales de la cotidianeidad del hondureño actual, así que imaginarse como escritor sentado cómodamente ante una pantalla con el cursor parpadeante tiene cierta dosis de extravagancia, y si se lo preguntamos a algunos puritanos, dirán que hasta un tanto de indecencia. Y al pensar en eso último alcanzo a sonrojarme un poco de la vergüenza. Soy, a veces, extravagante e indecente.

Sin embargo, eso es lo que hay, y darle cuerda a la imaginación en función de otras posibilidades, en las que el panorama para un escritor en Honduras no sea tan sombrío, es cosa inútil. Hay que lidiar con esas circunstancias; hay que hacer limonada, pues limones nos da la vida.

Así las cosas, sorprende enterarse de que todavía en estos tiempos alguien, desde algún rincón ignoto de nuestras Honduras, se ha puesto a escribir, por ejemplo, una novela, y luego, que ha decidido publicarla, como si de verdad creyera que el esfuerzo mental y económico (pues lo normal es recurrir a la autoedición) se verá recompensado con un éxito de crítica y de ventas que, al menos, le permitirá recargar el entusiasmo para emprender la escritura del próximo libro o tan sólo recuperar el monto de lo invertido. Y quizá sea la sorpresa que esto produce lo que motiva al aplauso indiscriminado. Porque exigirle a un escritor en Honduras que sea algo más que un simple escritor en Honduras es mucho pedir, ¿verdad? Porque juzgar a un escritor cuyos dos o tres libros publicados no superan lo que su ego propone tiene algo de crueldad, ¿no creen? Porque, ¿a cuenta de qué tenemos que pedirle mejores libros a estos escritores que nunca supieron la diferencia entre denotación y connotación, entre arte y artesanía, entre inspiración y transpiración? ¿No es así?

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