En el mundillo seudoliterario catracho estar loco es un asunto de prestigio. Aquel “desarreglo de los sentidos” del que hablaba Rimbaud está siendo mal entendido y asimilado. Es el problema, supongo, de querer mezclarlo todo siempre: la política con la literatura, el alcohol con la mariguana, el ego con la falta de talento o de inteligencia. Los resultados son evidentes: odas o elegías publicadas al día siguiente de muerto el homenajeado, textos quebrados, cojos y tan descuidados, seguramente escritos bajo los efectos de algún nepente o de un desengomante poderoso, que parecen la esencia de la vanguardia, performances poéticas que no son otra cosa más que sesiones circenses (hay que incluir aquí la costumbre de cagarse en los hoteles y embarrar de mierda las paredes). Gente, en resumen, que no ha aprendido ni a redactar y ya se atreve a autodenominarse escritor (con gran seriedad, por cierto) sólo porque es lo que le dictan el trago que tiene a mano y su falta de cordura, gente que escribe poemas sin saber qué es, por ejemplo, la sinestesia, gente loca, pues, y por lo tanto prestigiosa, aunque haya pasado (en estado somnoliento, en suspensión catártica, como sea) por las aulas universitarias.

Son divertidos los locos, cómo no, y por eso son absolutamente necesarios.

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