Después de casi seis años, volví a Tegucigalpa. A pesar de que viví ahí durante todo el año 1994, cuando mi vida estaba consagrada a un deporte y no a la literatura, nunca llegó a gustarme, y en las ocasiones en que la visité después reafirmaba esta sensación. Sin embargo, puedo decir que esa sensación cambió ligeramente durante este fin de semana en la capital. Esas calles sinuosas, enrevesadas, laberínticas que antes me producían inquietud, es posible que esta vez hayan llegado, incluso, a parecerme encantadoras. Quizá el cambio de clima, de la San Pedro Sula sofocante a la Tegucigalpa fresca, haya tenido algo que ver, o quizá también el hecho de que pude encontrarme con algunos viejos amigos. El asunto es que me sentí bien en Tegucigalpa durante el fin de semana. Fue agradable y hasta algo divertida la ceremonia de entrega del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo; Samuel Trigueros puede dar fe de ello. Me impresionó el Centro de Arte y Cultura de la UNAH, un elegante edificio de varios pisos con exposiciones de arte y una galería permanente. Fue agradable el pequeño restaurante de comida tailandesa al que nos llevó, a Hansy y a mí, Ricardo, que bien sabe seguir el hilo en el laberinto. Fue agradable el Café Galeano en donde nos encontramos con Dennis Rivera en la tarde lluviosa. Me encontré en Mundo Literario con Carlos Ordóñez, a quien no conocía personalmente pero con quien nos escribíamos seguido durante algunos de nuestros años en España; buena sorpresa esa. Y por la noche asistimos al Teatro Memorias que dirige Tito Ochoa, ubicado en el centro de la ciudad, en donde disfrutamos, junto a Hernán Antonio Bermúdez y otros nuevos amigos, del montaje de dos obras de Tennessee Williams y de Bertolt Bretch, para terminar comiéndonos unos tacos “Diego Rivera” en Paradiso. Corrijo: para terminar tomándonos unas cervezas en el Glenn´s Bar con Noel Herrera.

He de volver a Tegucigalpa al menos un par de veces este año. Espero seguir encontrándole la misma gracia de esta última vez.

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