Mi artículo de septiembre en la columna “Lo demás es ficción”, de Literofilia, sobre un tema sensible, aunque nada maldito:

La última vez que participé en una lectura de poesía fue en 2010, en un teatro lleno de Granada, España, durante el Festival Internacional de Poesía que se celebra en esa ciudad cada año. Con 30 años recién cumplidos, yo era el más joven de aquella lectura, en la que también participaron, entre otros, el nicaragüense Ernesto Cardenal, la salvadoreña Claribel Alegría, el argentino Jorge Boccanera, el mexicano Marco Antonio Campos y el colombiano Juan Manuel Roca, y en la que, por si fuera poco, tuvimos como espectadores en primera fila a dos premios Nobel: Derek Walcott y Herta Müller, así que ya pueden imaginar el honor que significó para mí subir al escenario antes que todos, por la simple circunstancia de ser el menor de los que íbamos a leer esa noche.

Acudí a Granada esa vez sólo porque no creí sensato desaprovechar la invitación que me hacían los organizadores del festival para visitar la ciudad y conocer La Alhambra, porque –debo apresurarme a decirlo- yo me había prometido no volver a leer poesía en público desde una noche de allá por el año 2006 patrocinada por la Editorial Letra Negra de Guatemala y la Dirección Regional de Cultura de San Pedro Sula. Esta ocasión sirvió para que un puñado de poetas, mediopoetas y nopoetas de Guatemala, El Salvador y Honduras nos reuniéramos en un mismo lugar y sirvió, además, para que fuéramos testigos de dos eventos realmente extraordinarios: la asistencia de por lo menos cuatrocientas personas a una simple, desigual y aburrida lectura de poemas y la comprobación de que es también posible vender libros de ese género.

Esas últimas circunstancias salvaron la noche, porque, por un lado está el hecho de que nada en una lectura pública de poesía resulta emocionante para nadie, a menos que quien lea sea Neruda, gente así, y que esté precedida por su fama; y por el otro lado está el hecho de que de entre los versos que se leyeron esa noche, unos pocos quizá resistirían el paso del tiempo. Seamos sinceros: ¿no han experimentado nunca una cierta vergüenza ajena cuando ven a un poeta, sobre todo si es primerizo, leer en público?, ¿no les da pena verlo ahí, tan solitario, tan pagado de sí mismo, tan pobre diablo?; y desde la otra perspectiva: ¿no se han sentido incómodos cuando, papel en mano, leen ante un público alguno de esos poemas debiluchos, inacabados?, ¿no se han sentido como ejecutores de una imposición ante esas pobres personas que ni entienden lo que escuchan ni saben si aplaudir o no cuando ustedes sueltan el micrófono? Yo decidí no volver a leer poemas en público desde aquella noche de hace diez años porque me sentí así de miserable, de traidor ante esas probables cuatrocientas personas que de buena fe llegaron al lugar porque quizá no contaban con que el asunto fuera así de solemne, de aburrido, por muy buena venta de libros que hubiera al final y más o menos bueno el vino para celebrarla, y creo que esa de no volver a leer poesía en público fue una buena decisión, porque después de eso habré asistido a unas cuatro o cinco lecturas públicas de poesía, incluidas dos del festival de Granada que mencioné al principio, y si no me ha dado pesar el poeta me lo ha dado el público.

Por aquellos tiempos, digamos de 2006 hacia atrás, yo probablemente estaba muy seguro de que iba a ser poeta, y no sólo eso, creo recordar que también tenía la impresión de que lo mío era eso que ahora es entendido como “malditismo” pero que no es otra cosa que una combinación de la pose, el ego mal administrado, la falta de inteligencia y de lecturas.

Hice todo lo posible por ganarme el título de poeta maldito durante aquellos años; entraba a los cafés y buscaba la mesa más apartada, la del fondo, o la que ofrecía la mejor vista a la calle y, con el índice de la mano izquierda en la sien y con un bolígrafo en la otra mano y una libreta sobre la mesa, activaba los motores de mi inspiración y empezaba a producir las metáforas que “le pondrían la pata en el pecho”, como dice un célebre personaje sampedrano, a los mejores poetas de mi país. Asistía, con unos cuantos amigos, a las veladas poéticas o a las presentaciones de libros con el solo ánimo de criticar y de reírnos de lo que veíamos y escuchábamos. Escribía, en la soledad, poemas melancólicos y corta venas, y con mis amigos, poemas satíricos para burlarnos de los malos poetas del patio. De eso a esta fecha, ya lo dije, han pasado al menos diez años, el tiempo suficiente para una retrospectiva saludable, una retrospectiva que, sin embargo, termina en este párrafo.

Yo, definitivamente, estaba encaminado a ser un poeta maldito. Por suerte, algo ocurrió en el momento justo y aquí me tienen ahora, burlándome de mí mismo, o al menos, burlándome del émulo de Rimbaud que yo era a mis veinte años. Esta circunstancia, obviamente (la de estar ahora burlándome de mí mismo), me avala, creo yo, y probablemente sólo yo, para burlarme de otros. Y cuando digo “otros” me refiero a esos émulos de Rimbaud que ya lo eran en la época de mis veinte años; es decir, que ya eran, igual que yo, émulos de Rimbaud hace dieciséis años pero que no les ocurrió, como a mí, algo que les hiciera reaccionar y decir, en estos tiempos, pasados dieciséis o más años: “ya madurá, poeta maldito, no sigás haciendo el ridículo”. Porque émulos de Rimbaud siguen apareciendo todos los años, ya sea aderezados con la música de The Doors o la de Nacho Vegas, con la ingesta de cerveza o de antidepresivos, mendigando puestos burocráticos mientras cultivan su imagen de enfants terribles por Facebook o afianzándose definitivamente, cuando ya no encuentran la puerta, en la mendicidad callejera, de pueblo en pueblo, de un mecenas incauto a otro.

Pero la tendencia al “malditismo” es la menor de las curiosidades de nuestra poesía actual. Ahí está, por ejemplo, el “festivalitis”, que les permite a nuestros nopoetas, ya de por sí malditos, malditísimos, salir de su aldea para asistir, por ejemplo, a pueblos con nombres indígenas o a urbes extranjeras con calles más anchas que las de San Pedro Sula o Tegucigalpa para encontrarse con otros ilustres nopoetas de Centroamérica o del resto del mundo y abrazarse, solidarios, hermanos, al tiempo que se interpelan con el genérico “poeta” e intercambian el último de sus cuadernillos publicados en su respectiva aldea. Un buen poeta maldito que sí se suicidó hace algunos años me confió, durante aquel festival de poesía al que asistí en Granada, España, el secreto para garantizar invitaciones sucesivas a distintos festivales internacionales de poesía: “cuando tenés la suerte de que te inviten a uno”, me dijo, “aprovechá esa suerte”. “Hacete amigo de aquellos poetas que vos sepás que organizan festivales de poesía en sus respectivos países”, siguió diciéndome. Así, por ejemplo, mi amigo poeta había estado hacía tres semanas en un festival de Río de Janeiro y un mes después del de Granada viajaría a otro a la ciudad de México. “Dos meses de pura poesía intercontinental”, me dijo, con un gesto triunfal, y brindamos con un par de cañas y unas tapas andaluzas mientras escuchábamos a un violinista tocar As Time Goes By en la terraza de un bar.

Y así es como se produce otro de los fenómenos curiosos de todo esto: la tendencia a la “amiguitis”. Hace poco leía un artículo en el que se hablaba de que los poetas de ahora son todos amigos entre sí. Yo no sé si en nuestros países esto sería posible, pero lo que sí sucede es que todos aparentan ser buenos amigos. De igual manera, aparentan ser buenas personas, defensores de las causas sociales, solidarios con el mundo entero, aunque tengan un amplio historial como maltratadores de madres, como esquilmadores, como acosadores insufribles de lectoras distraídas o de señoras viudas o casadas, con hijos abandonados en cajas frente a la puerta de una casa extraña. Pero como decía Pessoa: “la poesía también es una ficción cuyas reglas cambiamos según convenga a la trama o según a quiénes tengamos de lectores”.

Después, por supuesto, están los “críticos” de poesía del patio que se atreven a ponderar, en sendos ensayos ininteligibles y redactados con el mínimo de aciertos lingüísticos permitidos por la Real Academia de la Incompetencia, las virtudes del nuevo Rimbaud, críticos que aunque hayan pasado por aulas universitarias, tienen criterios forjados apenas en el ámbito de lo intuitivo y de lo estomacal, que se regodean con las oraciones subordinadas y que sobre el uso de los signos de puntuación tienen el mismo conocimiento que yo en materia de radiaciones atómicas.

En fin, que el ambiente seudopoético siempre será denso en cualquier parte. Mientras tanto, los poetas, los verdaderos poetas, observan todo eso y se lamentan o sonríen o simplemente no se enteran, pues están dedicados al trabajo de renombrar las cosas, de redefinir el mundo o tan sólo de encontrarse a sí mismos, sin valerse de blogs, de un millón de amigos, de las banderas sociales, de un crítico que trate de explicar sus taras, del alcohol o de las drogas, sin necesidad de esa búsqueda afanosa del llamado “malditismo” para hacerse los interesantes. Porque los verdaderos poetas son sólo poetas y eso basta para explicarlo todo.

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