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Mi artículo de octubre en Literofilia va de ficciones que incomodan a los lectores puritanos (castos):

Me ha llamado la atención el alboroto generado recientemente en Costa Rica en torno a la publicación de una novela en la que, entre otros episodios, presenta a la Virgen María teniendo relaciones sexuales. Se trata de la novela El fuego cuando te quema, de Alí Víquez, y el alboroto, he dicho, es lo que me llama la atención, porque el tema que conlleva no es nuevo: un escritor “condenado” por unos individuos que pretendiendo representar a toda la sociedad tan sólo alcanzan a representarse a sí mismos.

Que reacciones así se produzcan en nuestro contexto centroamericano, tan pobre, tan marginal, no es cosa extraña; lo realmente extraño, o sorprendente, es que el asunto haya trascendido hasta llegar, por ejemplo, a estas Honduras en donde yo vivo. Cosas del Facebook, dirán algunos, pero en realidad no creo que en Facebook uno pueda encontrar toda la respuesta. En primer lugar, hay que recordar que se trata de un asunto relacionado con la literatura, que es, ya sabemos, algo que no interesa a muchos sino más bien a unos pocos, poquísimos en realidad. Luego hay que recordar que esto es el Tercer Mundo y que aunque Costa Rica sea considerada “la Suiza de Centroamérica”, tampoco es Madrid o París o Nueva York, y no puede esperarse que la simple publicación de un libro mueva a la acción aquí, o en cualquiera de nuestros países dejados de la mano de Dios, a más de dos o tres individuos inquietos. Trato de entender el curioso fenómeno y recuerdo que se trata también de un asunto relacionado con la religión, y más que con la religión, con la Iglesia. Ahí, entonces, empieza a tener sentido la cosa.

Observo las dos caras de la moneda: por un lado las excesivas muestras de indignación de una gran cantidad de personas, supuestamente abanderadas del Cristianismo, que incorporan la ignorancia y la intolerancia a su caudal de virtudes, todo lo cual mueve a pensar, con absoluta ligereza, por supuesto, en lo mal que debe andar Costa Rica (y Centroamérica en general) en el tema de la alienación religiosa para que un número tan amplio de personas, entre las que se cuentan obispos y un personaje de la televisión, por lo que he podido ver, se muestren dispuestas a esgrimir argumentos, desde una postura meramente religiosa y moralista, en contra de una obra literaria que propone, desde el terreno de la ficción y con todas las licencias que la ficción permite, una subversión de una parte de lo que podríamos llamar “la historia oficial del Cristianismo”.

Por el otro lado está la postura dignísima que han asumido el autor de la novela, Alí Víquez, y el editor de Literofilia, Warren Ulloa, además de muchos lectores o simplemente gente sensata, ante la oleada de críticas suscitadas a raíz de la transmisión de la lectura que el primero realizó en el programa de radio que dirige el segundo. Una postura para la que se requiere armarse de paciencia, debo decirlo, pues no hay cosa más desgastante en la vida que responder a los rebuznos de los ignorantes; ahí uno pierde por extenuación.

Afortunadamente, a pesar del tercermundismo de nuestros países centroamericanos, todavía nos queda una garantía: la de más o menos poder decir (o escribir) ciertas cosas sin temer que se nos lleve a juicio por ello. En el caso de Alí Víquez existe una “condena” por parte de los más recalcitrantes detractores de su novela, pero esa “condena”, obvia y –repito- afortunadamente, no pasará de los insultos, de la oferta de los golpes y del simbólico visado al infierno que le han dedicado algunos, seres llenos de amor y de tolerancia, como corresponde a los cristianos, supongo.

Es conocido el caso de Salman Rushdie, a cuya cabeza le puso precio el Islamismo radical tras la publicación en 1988 de su novela Los versos satánicos, señalada como una obra blasfema. Más reciente es el caso del escritor egipcio Ahmed Naji, condenado por “ultraje al pudor” en su país luego de la publicación de unos fragmentos de su novela El uso de la vida, en los que describía algunas escenas sexuales. En ambos casos asistimos al triste espectáculo de la represión, por parte de unas mentes estrechas, del derecho a la libertad de expresión. El fundamentalismo religioso que de la versión Islam, pasa, en el caso que nos ocupa, a la versión cristiana.

De cualquier modo, lo que aquí hay que observar con atención no es el pataleo que muestran unos y la actitud sensata y coherente de los otros sino lo peligroso que resulta que un tema tan normal como el tratamiento ficcional que se le puede dar a una historia “sagrada” venga, en estos tiempos de corrección política y de crispación permanente, a servirse como plato fuerte para alimentar el morbo (pero también la violencia, verbal o física) de una gran mayoría que se atreve a opinar sobre un libro sin siquiera haber hecho la tarea de leerlo.

En 2009 a mí me sucedió algo parecido tras la publicación de mi novela Ficción hereje para lectores castos. Entre ese título y la portada, en la que se veía a un Cristo multiplicado por cuatro y ataviado con la indumentaria de un fanático de la selección hondureña de fútbol, con el agregado de cigarros y botellas de cerveza en algunas manos, la novelita, que trata de las aventuras de cuatro jóvenes supuestamente herejes, levantó en su momento el polvo necesario; es decir, logré atraer suficiente atención sobre el libro como para que, sin importar lo que contenía, los hijos del morbo se pusieran a comentarlo, a recomendarlo o a “condenarlo”. Recuerdo que alguien me dijo que un pastor evangélico, representado en la novela con el nombre de Satanael Aguilar, le dedicó unos cuantos minutos al libro durante su sermón en la iglesia en la que congregaba cada noche a tres mil personas, diciendo que ese era un libro del demonio y que sólo merecía las llamas. Ficción o realidad, la anécdota sirve para ilustrar el fervor que despiertan en nuestras sociedades atrasadas las manifestaciones artísticas de ese tipo. Alguien más, mientras yo subía las gradas de un edificio en la universidad, llegó a llamarme “apóstata”, desapareciendo de inmediato, y otros, anónimos, me hicieron llegar correos electrónicos con insultos y hasta amenazas, todo lo cual yo lo encajé con el debido espíritu deportivo.

Debo admitir que en mi caso había algo de provocación en la publicación de una novela con ese contenido, con ese título y con esa portada, pero independientemente de la intención que un autor tenga, es peligroso que un sector de la sociedad asuma una supuesta responsabilidad en nombre de la moral y las buenas costumbres, sobre todo si eso sucede en un estado presumiblemente laico, y llame al linchamiento al autor de un libro sólo porque éste no se ajusta a los preceptos de una religión.

Estuve escuchando la lectura que Alí Víquez hizo de su novela en Literofilia Radio y aunque se trataba apenas de un fragmento, me pareció que es una novela muy bien escrita, irreprochable, y eso, obviamente, es lo que cuenta, pues se trata de una obra literaria y no de un texto doctrinal; porque a menos que el propósito de un escritor de ficciones sea “captar almas para Cristo”, no veo por qué éste tendría que preocuparse por las ronchas que saque lo que escriba.

La literatura, dice Vargas Llosa, es una mentira que dice la verdad. En el caso de la novela de Alí Víquez la verdad no parece estar tanto detrás de la escena sexual de la Virgen María como detrás de los rostros de ese montón de personas empeñadas en denunciar la paja del ojo ajeno antes que la viga en el propio. Ante ese tipo de gente la literatura se detiene sólo para mirar de reojo y echarse una puntual carcajada.

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