Mi artículo del mes en Literofilia, en el que me da por recordar a algunos personajes de nuestra farándula literaria catracha:

Habrá pocos que cuando lean este artículo no se pongan quisquillosos. Si a pesar de esta certeza me dispongo a escribirlo debe ser porque algo de kamikaze hay en mí que me empuja a meterme, cada vez que puedo, en un lío nuevo. Pero es que al final, muy al final de todo, o ya de vuelta de todo, me digo, está la convicción de que lo más importante es la satisfacción del deber cumplido, esa capsulita zen que deglutimos para hacernos creer que de entre toda la basura, algo debe salvarse. ¿Que a qué me refería con la oración puesta al principio? Pues a esa enorme cantidad de gente que siempre ha creído que la literatura es cosa de pegarle a un bolo, gente que probablemente ha leído un poco pero que la mayoría de las veces tan sólo se dedica a escribir, creyendo que lo que escribe es importantísimo o creyendo al menos que lo que escribe es literatura. La gente así suele ser divertida, pero de tanto insistir, a veces cansa. E incluso molesta.

Un compañero de trabajo, para sacárselo de encima, me endosa a un tipo que necesita hablar con alguien que le ayude a organizar un grupo literario. Un grupo literario, me dice, para revisar los textos de sus miembros y buscar la manera de publicarlos. Le digo, con toda la cortesía del mundo, que no me interesa pertenecer a ningún grupo literario y mucho menos organizarlo, pero entonces él alude a mi condición de profesor de Letras y a mi supuesta responsabilidad con lo que llama “el fortalecimiento de la literatura joven del país”. Intento explicarle que mis responsabilidades como profesor no llegan hasta ahí pero es inútil; el tipo, que a sus evidentes 45 años ya no parece tan joven, insiste en mostrarme un fajo de papeles que contienen su última obra maestra de ficción –casi en esos términos él se refiere al texto- y yo entonces me imagino a mí mismo haciendo un rollo con los papeles y pegándole un certero ficcionazo en la cabeza. Al límite del mal humor, accedo a echarle un ojo a los papeles y ahí está –no faltaba más- el enésimo cuento del tipo “Había una vez” de un escritor hondureño, con su perfecta estructura de principio, nudo y desenlace, con su sorpresa y moraleja finales, y con unas cuantas faltas ortográficas y una sintaxis como sacada de un piano desdentado, justo las características que se requieren para obtener el Premio Nacional de Literatura. Me digo que no debo ceder a la condescendencia, a la filantropía, como suelen hacer otros en mi país, que en su afán por no “frustrar espíritus”, han terminado creando monstruos que ni sus propias madres aguantan. Así que ahí voy, con mi dosis de sinceridad entendida casi siempre como mala leche, a decirle que lo primero que debe tener claro es que para ponerse a escribir, antes debe haber aprendido a redactar, y luego que eso de querer hacer ficciones anteponiendo el afán didáctico es algo anacrónico, y no digamos lo de los finales sorpresivos, ¡cuánta ingenuidad!, pero a todo eso el tipo, con manos temblorosas y la frente mostrando sus primeras gotas de sudor, ya recoge sus papeles, probablemente él sí con mala leche y unos cuantos insultos pugnando por salir de entre sus dientes apretados.

La gente como ese organizador de grupos literarios al que me he referido abunda en nuestros países, y cuando he llegado a preguntarme por las causas de ese fenómeno, creo encontrar la respuesta, o parte de la respuesta, en la idea que tiene el vulgo sobre la literatura: “esa actividad artística que consiste en inspirarse e imaginar cosas para luego pasarlas al papel o a la pantalla y finalmente publicarlas”. Me he preguntado también por qué hay tantos creyéndose capaces de escribir libros antes que, por ejemplo, de leerlos. Un tipo de mi aldea que llegó a publicar dos libros ilegibles titulados “Las vías ocultas del amor sincero y el financiero” y “Un enigma digno de imitar” (nótese que no le concedo a esos títulos la carísima cursiva) me dijo un día, en plan jactancioso: “Ustedes sólo leyendo pasan y no han publicado nada; y yo que sólo he leído siete libros ya llevo dos publicados”. Por supuesto, luego de un vistazo a esos dos títulos se puede notar que el tipo no aprendió demasiado de los siete libros que alcanzó a leer; le deseé suerte, pensando en que llegaría un día en que tendría más libros publicados que leídos. Hay muchos como él copando los estantes de nuestras librerías, las páginas de nuestros periódicos y, lo que es más grave, las cabezas de lectores inocentes en nuestros colegios y universidades. Hay mucha gente suelta por ahí, engañando a los incautos, haciéndoles creer que la literatura es eso que ellos hacen, decepcionando a potenciales lectores, fomentando la mediocridad y el mal gusto, y quizá sea nuestro deber (lo digo con toda la solemnidad del mundo) advertirles a los inadvertidos.

Recuerdo mis tiempos como empleado en una librería local, adonde llegaban algunos amigos por las tardes, y al calor de unas cuantas copitas de vino de yuyuga, nos reíamos de algunos personajes del mundillo literario nacional que ante nosotros habían llegado a tener la estatura de auténticas celebridades. El Poeta Pija Peinada, por ejemplo, a quien una tarde tuvimos en la librería improvisando poemas a una enfermera, a un militar y a una adolescente, según llegaron una enfermera, un militar y una adolescente preguntando por algún libro sin saber que antes que eso lo que obtendrían sería un chorro de versos del tipo “Oh enfermera que vistes de blanco y curas las heridas, oh enfermera que trabajas en los hospitales, oh enfermera que usas zapatillas blancas…”; o aquel otro que publicó un libro titulado “Homenaje a Honduras” y que nosotros apodábamos “¡Oh, qué maje Honduras!”, que contenía poemas dedicados a la Iglesia Católica y al dictador Tiburcio Carías Andino, y al que vi por última vez una mañana en la que, de goma y desvelado, llegué tarde a mi jornada matutina en un colegio privado del Centro, encaramado, micrófono en mano, en un escenario declamando, con las venas hinchadas y los ojos inyectados de una asombrosa pasión poética, un poema a la patria que no era otra cosa que una oda chapucera al nefasto presidente de turno; o el no menos citable poeta ambulante que cargaba en una mochila, impresos en papel blanco tamaño oficio, poemas “depurados y no depurados”, poemas “sociales” y poemas “románticos”, ilustrados con dibujos y que vendía en colegios a “tostón o a lempira, según el tema, los no depurados; pero los depurados a lempira y a uno cincuenta”, y que aseguraba que tenía la capacidad de “ponerle la pata en el pecho a cualquier poeta hondureño”; o aquel poeta olanchitense (ya sabemos que para ser poeta en Honduras se debe haber nacido en Olanchito) que pretendía colonizar unos campos de Villanueva sólo para ponerle a sus futuras calles y avenidas puros nombres de escritores famosos.

En fin, el tema da para preparar un exquisito catálogo de monstruos en este país con nombre de abismo, al que el título del libro póstumo de Umberto Eco, De la estupidez a la locura, le caería de perlas; o un libro que actualice el célebre Manicomio, de Daniel Laínez, publicado en 1980. He oído decir que el poeta José González, arqueólogo de nuestra literatura y aficionado a los registros de este tipo, y el historiador Jorge Amaya preparan desde hace varios años un diccionario que pondría en orden y otorgaría número a toda esta caterva de solicitantes en la sala de espera de la psiquiatría de la literatura catracha. Por mi parte, se me ocurre que los personajes antes mencionados no deberían faltar, pero sé que el trabajo de preparar algo así ha de resultar dificilísimo para cualquiera pues estas aldeas nuestras mal llamadas países son pródigas en ignorantes pretenciosos y en locos con ínfulas literarias, lo cual convierte el asunto en una empresa casi inabarcable; si no, ahí están como ejemplo las historias escatológicas de dos o tres capitalinos, que tienen en el alcohol la casi totalidad de sus influencias literarias; o la historia del tipo que de un solo plumazo publicó diez libros de poemas; o la del poeta que le apuesta a la indigencia como actitud artística; o las de los poetas mutantes y proclives al performance, que buscan con la parafernalia compensar las carencias de lo que escriben; o la del suicida trimestral, cuyos llamativos comunicados prefúnebres coinciden, casualmente, con la falta de dinero para emborracharse; o la del llamado “poeta de los charcos”, aficionado a las selfies en paños menores. Como dije, la gente así suele ser divertida, pero de tanto insistir a veces cansa, o aburre. Queda entonces la tarea de clasificarlos, de etiquetarlos y de colocarlos en frasquitos, que es como deberían estar.

Pero no quisiera cerrar este artículo con eso que suelen identificar en mí como mala leche sino recordando a un personaje que merece una página especial en la historia de nuestra vida literaria catracha: el Chapín, aquel sesentón alto, de aire aristocrático, atildado, gran lector, que solía llegar a las presentaciones de libros, sentarse en primera fila y al final, acercase al homenajeado de turno y decirle, de manera pomposa (estas palabras habrá que oírlas, antes que sólo leerlas): “Imagina, imagina: en una mesa, a un costado, Pablo Neruda, al otro costado Octavio Paz, y en el centro tú, leyendo tus poemas. Imagina…”, ese señor que había nacido en Guatemala y que de pronto empezó a aparecerse en cuanto evento cultural se desarrollara en San Pedro Sula y cuya historia desconocemos, excepto en su capítulo final, el que corresponde a su suicidio por caída libre al pavimento desde el tercer piso del hotelito en donde alquilaba una habitación desde hacía varios años y que en los últimos meses dejó de pagar porque el dinero que caía en sus manos, proveniente de quién sabe dónde, dejó de llegar un día, y se desesperó y decidió morir, con toda la dignidad del mundo. Pienso en el Chapín, que tan jugosas anécdotas dejó en nosotros, para no tener que pensar en los otros, en los auténticos monstruos de nuestro mundillo literario catracho.

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