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Quizá hayan leído ya este texto con el que Hernán Antonio Bermúdez presentó mi novela Los días y los muertos en Tegucigalpa la semana pasada, pues fue publicado originalmente en Presencia Universitaria, pero lo dejo aquí por si las moscas (y para el archivo de este blog):

Se ha dicho que Honduras es un país violento, peligroso y absurdo. Tan absurdo que (por manido que suene) si Kafka hubiera nacido aquí, solo sería un escritor costumbrista. Lo cierto es que en Los días y los muertos, novela con la que Giovanni Rodríguez ganó el Premio Centroamericano y del Caribe Roberto Castillo, se aborda esa violencia y ese peligro que se padece y respira en nuestro país.

Pero no se trata de una crónica documental ni de un testimonio directo. El lector se encuentra aquí con un libro que propone rupturas, ensanchamiento de límites, disolución de fronteras, metamorfosis.

En Los días y los muertos irrumpe una “conciencia interior” que trae consigo cierta intensificación expresiva. Se está ante una novedosa forma literaria de “mirar”, con el consiguiente cambio de perspectiva. A diferencia, por ejemplo, de una obra como Trópico, de Marcos Carías Reyes, bien escrita y solvente, que forma parte de nuestra tradición literaria pero que nace bajo el registro del descriptivismo costumbrista, la novela de Giovanni Rodríguez es un artefacto literario más difícil, en el sentido de lo que Roland Barthes llama “textos de goce”, es decir, una obra disidente.

Así, lejos del “encantamiento narrativo” de Trópico, que se puede leer con fruición (pues no está exento de un sabor nostálgico), el caudal de recursos expresivos contenido en Los días y los muertos denota una atracción por la herejía (no en balde la primera novela de Giovanni, publicada en 2009, se llama Ficción hereje para lectores castos), con la que el autor se enfrenta a las formas convencionales de narrar.

La gama de técnicas formales contribuye a captar con cruel ironía esa Honduras que aquí deriva en geografía existencial. Sobresale la ausencia de un sentido unitario y se impone, en su lugar, el peso del mundo disgregado. De manera que la visión que brinda Rodríguez del momento histórico es crítica y el “diagnóstico” fulminante, pues lo irracional se da en estado bruto. Se trata de una estética de ruptura, de una literatura de disidencia, que viene a continuar y a exacerbar los logros de la narrativa de Marcos Carías Zapata, Eduardo Bähr y Roberto Castillo, así como del honduro-salvadoreño Horacio Castellanos Moya, todas producciones de carácter cuestionador. Esos autores hondureños —a los que podría añadirse parcialmente Julio Escoto—, tienen por tema central, para decirlo en forma escueta, las dificultades (o, a veces, incluso la imposibilidad) de habitar completa y plenamente el mundo. Y hoy se está ante honduras trágicas donde la precariedad de la existencia salta por los aires.

Pero Los días y los muertos ejerce al mismo tiempo una ruptura con el tiempo lineal para dar paso a otra lógica, anudada al cuerpo y al impulso libidinal. Pues ciertamente López, el periodista que protagoniza la novela, junto al asesino Guillermo Rodríguez, y Walter Laínez, la víctima, viven la exaltación de los sentidos en el ambiente de la costa norte, al igual que Mercedes (y sus hermanas “descarriadas”), susceptible de despertar pasiones tumultuosas.

Aquí San Pedro Sula constituye el decorado del hilo narrativo, y no se trata solo de una escenografía ornamental (o de la recreación de un marco caribeño), sino que se enlaza con toda suerte de extravíos y complacencias de la carne. Sí, está presente la particularidad de lo local, pero los nervios con que está escrita la novela no vienen solo de un hálito regional sino también de una línea de reflexión que se entronca con lo universal o, mejor dicho, con la mejor tradición literaria de la humanidad.

El riesgo abrupto, la violencia abierta o larvada propia de lo cotidiano conforman la atmósfera de Los días y los muertos. Pero lo que podría parecer tremendismo al momento de narrar los estragos de esa batalla diaria por la sobrevivencia, se vuelve íntimo. El novelista narra los destrozos en la intimidad, y no solo en el ámbito de lo individual sino también, si ello fuera posible, en el de lo colectivo. Así, desde un enfoque intimista, el relato del mundo circundante se transforma en alusión, y la anécdota en alegoría. Ambas se confabulan para la construcción literaria de una nación ruinosa, asediada por la pobreza y sus pestes. Convertida en alegórica, esa estética de la ruina lo impregna todo, pues si bien Los días y los muertos se refiere a historias privadas, personales, de manera simultánea se transmuta en fragmentos de la historia de un país, en una época particular: el presente.

Esta obra confirma —aunque pueda sonar banal— que no hay nada más frágil que la vida de un ser humano, puesto que aquí la vida humana equivale a la inseguridad radical. No conozco otro texto narrativo en el país que encarne la conciencia de esa vulnerabilidad como lo hace esta obra de Giovanni Rodríguez, capaz de producir una interpretación literaria impugnadora de un mundo venido a pique junto con todo su cargamento de valores. Y esa conciencia amarga enriquece la vida, desde la mirada de una modernidad estética contestataria, siempre inconforme.

Al margen de esa atracción por la herejía, que supone una puesta en cuestión de los códigos tradicionales de narrar, hay que subrayar los elementos de erotismo en esta novela. Aquí el eros es esa hendidura por donde se cuela la anarquía (libertina) en la vida, es —de alguna manera— la insumisión contra la codificación burguesa del entorno. El eros es “revuelta” que acerca al sujeto a su fibra más recóndita, y allí lo prohibido se rebela contra un orden predeterminado: la pulsión erótica como fuerza liberadora.

Solo resta hacer énfasis en que Los días y los muertos posee un registro narrativo basado en la ironía, la cual, como se sabe, desestabiliza las certezas. Dicho en forma extrema, ironizar provoca angustia. No en vano la novela es el territorio donde naufragan (o suelen diluirse) las certidumbres de toda índole.

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