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Alberto Arce, uno de los periodistas extranjeros más conocidos en Honduras, autor de dos libros, entre ellos Novato en nota roja. Corresponsal en Tegucigalpa, que después tendría una nueva edición titulada Honduras a ras de suelo, y ganador de prestigiosos premios internacionales, me escribió a finales del año pasado preguntándome por mi novela Los días y los muertos. En ese momento la novela apenas había empezado a circular en Tegucigalpa y yo ni siquiera tenía un ejemplar para poder enviárselo, por lo que le ofrecí el texto en PDF. A los días me escribió diciéndome que la novela le había gustado, se despachó unos tuits recomendándola y hasta me envió el comentario que dejaré a continuación. Que alguien como Alberto Arce, un periodista al que admiro y respeto, sobre todo luego de leer Honduras a ras de suelo, un libro más hondo y mucho mejor escrito que un buen montón de los libros que presumen de ser literatura en este país, le dedique unas palabras a un libro mío es algo que me llena de alegría. Así que mientras ustedes leen su comentario, yo me voy al Correo Nacional para enviarle, por fin, el ejemplar prometido.

La manera más fácil de describir la Honduras de hoy sería saltar al charco de sangre y tratar de que salpique. Eso siempre tiene mercado. Pero evitarlo -con elegancia, sin caer en la omisión, optando por un ejercicio de sobriedad contenida-, como ha hecho Giovanni Rodríguez en Los días y los muertos, es digno de reconocimiento. Me permite pensar que la novela no busca aprovecharse del sufrimiento del país para el lucimiento de una pluma. Va mucho más allá. Me transmite algo mucho más, que tiene que ver con la soledad de un lugar donde las relaciones personales son cada día más complicadas, las profesionales caen en lo destructivo y la esperanza en que la sociedad se recomponga no se vislumbra por ninguna esquina.

El libro está seriamente bien escrito, con gran complejidad pero ninguna pedantería. Muy por encima del nivel del país. El juego de muñecas rusas alrededor de un periodista que quiere escribir un libro justo cuando conoce a alguien que lo ha hecho y a quien lee mientras vive lo que lee, o lee lo que vive y se ve obligado a decidir qué hacer con su vida con una novela como imán que le atrae, es algo que pocos escritores son capaces de articular con la tranquilidad con la que lo hace Giovanni Rodríguez en esta novela.

Yo comencé como periodista que cubría Honduras en San Pedro Sula, donde está ambientada la novela. Y les aseguro que es, ante todo, creíble.

Alberto Arce.

 

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