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Sergio Ramírez

Sergio Ramírez en su bienvenida a los participantes en el CA Cuenta 2017.

Empezaré a subir aquí las entregas de una crónica apretada que ya empezó a publicar El Heraldo la semana pasada y que continuará publicando esta nueva semana.

 

El calor de Managua, un calor que recordaba, tras mi primera visita hace 11 años, es parecido al de San Pedro Sula, y uno no quiere salir del infierno sampedrano para llegar a otro infierno parecido. Pero afuera del aeropuerto, camino al hotel que el Centroamérica Cuenta ha dispuesto para sus participantes de este año, noto el cielo nublado, rastros de lluvia en las calles y apenas 29 grados en la aplicación del clima de mi teléfono. Por suerte hemos tenido dos días agradables, me dice, al llegar al hotel, Adiak Montoya, un joven narrador nicaragüense que ganó en 2015 el Certamen de Cuento Breve Centroamericano Carátula.

Son las primeras horas de este encuentro de narradores y ya he podido conocer a algunos de los que, como yo, llegan invitados de otros países: el primero de ellos es el salvadoreño Alberto Pocasangre, autor de varios libros de cuentos, quien me dice que tiene un hermano de nombre Samurái Pocasangre. Puede apropiarse del nombre de mi hermano para ponérselo a un personaje de novela negra, me dice Alberto. Después de un rato de conversación veo que habla en serio, pero pienso en si como novelista estaré a la altura de semejante nombre.

Coincido con Arquímedes Gonzáles, otro escritor joven nicaragüense, en el hotel a la hora del almuerzo y se suma luego a nuestra mesa en el restaurante Silvio Sirias, académico nacido en Estados Unidos, autor de varias novelas, quien moderaría el conversatorio en el que yo participaría al día siguiente sobre los escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica. Hablamos de política, corrupción, violencia y narcotráfico en la región, y del peligro de escribir aquí narrativa sobre el presente, sobre todo si los temas aludidos en esa narrativa son los que acabo de enumerar.

Por la tarde nos vamos a la sede de la Alianza Francesa, un sitio amplio y agradable, con biblioteca, teatro, una plaza, un bar y otros espacios destinados a la cultura. En el teatro se desarrollarían los tres eventos a los que había decidido asistir. En el primero de ellos el colombiano Pablo Montoya, ganador del Rómulo Gallegos 2015, y los franceses Sophie Doudet y José Lenzini hablaron sobre Albert Camus y André Malraux, escritores a quienes está dedicado el festival este año. Más tarde, Erick Blandón conversó con Sandra Cisneros, Clara Obligado y Daniel Alarcón sobre la literatura latinoamericana escrita en otro idioma o en un país distinto al de origen. La jornada finalizó con el acto de inauguración del festival, que incluyó la premiación a la guatemalteca Andrea Morales y la entrega por parte del editor de L’Atinoir Jacques Aubergy a Sergio Ramírez de una antología con textos de centroamericanos participantes en la edición anterior.

Pero decir que todo terminó ahí durante ese primer día es faltar a la verdad: las Toñas, el vino y las boquitas empezaron a fluir al mismo tiempo que una lluvia tenue caía sobre la plaza interior del edificio. Y eso era apenas el principio.

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