Mi nuevo artículo en Literofilia:

Todo escritor llega a preguntarse en algún momento por qué o para qué escribe. Y cuando eso sucede, se pone a pensar seriamente en el asunto, de modo que del acto de pensar surja una respuesta sincera, o al menos inteligente, para seguir dando la impresión de que es inteligente. Lo que no todo escritor hace es prepararse para el momento en que alguien más le hace esa pregunta, y cuando eso sucede, quizá ante la urgencia de responder probablemente no responda nada, o por lo menos nada que parezca inteligente.

Yo, que apenas soy un aprendiz de escritor, ya he gozado del favor de ser interrogado al respecto, y digo “del favor” porque una pregunta como esa lleva implícita la suposición de que el interrogado es escritor. Así que ahí estaba yo, por unos segundos suspendido de esta realidad, intentando formular una oración que por lo menos no me hiciera quedar como un imbécil. Para mi fortuna, quien lanzaba la pregunta lo que menos pretendía de mí, simple aprendiz de escritor casi llegando a escritorzuelo, era una respuesta, y de inmediato continuó con una perorata de las típicas suyas, por cierto muy instructivas y oportunas.

Mientras la perorata avanzaba y lo que la motivaba era olvidado, yo me puse a pensar en aquella pregunta que nunca nadie, ni yo mismo, me había hecho: ¿para qué escribo?, y en ese momento apelé más a la sinceridad que a la inteligencia para responderme a mí mismo que escribo sólo para divertirme, porque la verdad es esa, escribo porque hacerlo me produce un placer distinto a cualquier otro.

Algo parecido, pero mucho más inteligente, dijo Cortázar en una entrevista que le hiciera un periodista catalán en la Librería Laie de Barcelona en 1981: “Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”. Cortázar, que para esos días se mantenía entre el divorcio de Aurora Bernárdez, la relación infeliz con Ugné Karvelis y el amor imposible con Cristina Peri Rosi, pudo haber reconocido en la literatura una forma de escape de las miserias de la vida cotidiana y más allá de eso, una forma de experimentar lo que yo llamo “un placer distinto”.

No sé si son ciertas estas otras palabras de Cortázar que leí en un artículo anónimo en internet con las que el escritor argentino trataba de responder otra vez a la dichosa pregunta de para qué escribía: “Escribo para intentar saber qué tanto hay en las ficciones de lo que no ha habido en mi vida”. Como dije, no sé si Cortázar diría una cosa así, pues me parece floja esa respuesta, pero aunque no lo dijera, me quedo también con esas otras palabras que intentan responder a la pregunta acerca de las motivaciones para escribir. Palabras que se emparentan con las del novelista irlandés John Banville, quien dijo alguna vez escribir “por vivir otras vidas y revivir las propias”.

Quizá las respuestas más interesantes son las que dieron Carlos Fuentes y Javier Marías, o por lo menos esas respuestas son las que yo he recordado siempre. “A ver, señor Fuentes, usted ¿por qué escribe?”. Y Fuentes, que quizá lo que pensaba en ese momento era “¿Por qué no me dan el Nobel”?, respondió con otra pregunta: “¿Por qué respiro?”, con la que debió haber dejado helado a quien le preguntaba. “Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar”, dijo Javier Marías, y yo pasé muchos años pensando en que eso de no tener jefe ni verse obligado a madrugar al menos cinco días por semana eran dos buenas razones para que cualquiera aspirara a convertirse en escritor, hasta que nació mi hijo y me di cuenta de que un hijo es un despertador imprevisible y más tarde, que llevarlo a la escuela cinco veces por semana es algo de lo que pueden escurrirse sólo unos pocos afortunados en la vida.

Hace poco leí dos libros en los que sus autores, dos auténticas celebridades de la literatura mundial, intentan responder a esa pregunta. Esos libros son De qué hablo cuando hablo de escribir, del japonés Haruki Murakami, y Mientras escribo, del estadounidense Stephen King. El primero me pareció algo ligero, políticamente correcto, escrito con más sosiego y prudencia que con ímpetu, muy ameno pero con escaso colmillo. Además, algo repetitivo. Disfruté más el segundo, que fue capaz de hacer que me acercara a su autor con un entusiasmo y una curiosidad que nunca había tenido con él. Una cosa que al lector le queda clara después de leer esos dos libros es que sus autores entienden el acto de escribir como una actividad permanente y equivalente a lo que cualquiera podría considerar como “un trabajo”. Ambos aseguran levantarse temprano por las mañanas y dedicarse unas cinco horas a escribir, hasta llegar a la meta de las diez páginas, que suelen alcanzar sin muchos problemas, pero a veces, dice el estadounidense, le llega la hora del almuerzo y aunque no lo aplaza, vuelve a su estudio para cumplir con la meta de las diez páginas.

Con miles y miles de lectores en todo el mundo, ambos escritores han hecho de la literatura un modo de vida, y aunque se imponen una determinada cantidad de horas diarias para la escritura, no consideran eso de la manera negativa como se supone debería considerarse una “imposición”, puesto que aseguran disfrutar de ella. “Siempre he escrito porque me llenaba. Puede que sirviera para pagar la hipoteca y los estudios de los niños, pero eso era aparte. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo”, dice Stephen King. El placer, entonces, ante todo, del mismo modo en que Cortázar concebía la escritura y del mismo modo en que yo, salvando, por supuesto, las enormes distancias, concibo el acto de escribir. Y no se trata de autoimponerse una actividad que pueda derivar en placer sino al contrario, hacer de una actividad habitual y placentera una tarea permanente e inaplazable.

Quizá la pregunta de por qué escribo o para qué escribo pueda generar respuestas interesantes en los grandes escritores, como todos los que he mencionado, que saben (o han sabido) que cada vez que escriben un libro, ese libro será editado por una prestigiosa editorial y leído por muchas personas en distintas partes del mundo. Pero, ¿qué pasa cuando la pregunta se le hace a un escritor tercermundista como éste que escribe estas líneas, un escritor que, como habría dicho Bolaño, escribe aun sabiendo que tiene la batalla perdida, que difícilmente verá un libro suyo publicado por uno de los grandes sellos editoriales, que probablemente no será leído mucho más allá de su aldea (si llega a tener esa suerte), que cada vez que escribe un libro debe guardarlo por años porque su presupuesto no alcanza para la autoedición? Porque si alguien llega a preguntarse alguna vez qué sentido tiene escribir, ¿cómo no habrá de preguntárselo si lo suyo se trata de escribir en países como los centroamericanos, en los que, en medio de tanto problema social, que afecta directamente lo individual, leer o escribir literatura es “un lujo” o una frivolidad?

“Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”, dijo Cortázar, y yo, que escribo por las mismas razones, hago mías sus palabras y éstas explotan en mi cabeza cada vez que alguien me pregunta lo mismo, de modo que llega el momento en el que me pregunto: ¿son realmente de Cortázar esas palabras y no mías?, y me contento con saber que a pesar de ser un escritor confinado en este rincón desapacible del llamado Tercer Mundo, soy capaz de escribir y además, de divertirme haciéndolo. Dar la batalla al menos. Y mientras tanto, divertirse.

Anuncios