La capital de México me recibió con lluvia y con una mala noticia. Nomás desactivé el modo avión de mi teléfono empecé a ver en Twitter reacciones diversas a la noticia de la sorpresiva muerte de Ulises Juárez Polanco, un joven escritor nicaragüense al que conocí en mayo durante el Centroamérica Cuenta. ¡Vaya manera de recibirte de una ciudad a la que llegás por primera vez! A esto se le sumaron un dolor de cabeza persistente y unas náuseas que no relacioné, sino hasta que el taxista que me llevaba del aeropuerto al hotel me lo sugirió, con la altura y la contaminación de la ciudad. Ese malestar, que aumentaba y disminuía, se mantuvo hasta la noche, cuando junto a Mario Hernán Mejía, director de Cultura de la UNAH, Tania y Alejandra, las encargadas de mercadeo de la Editorial Universitaria, y un amigo mexicano del primero paseamos por el centro de Coyoacán, una zona turística muy bonita y agradable en la que abundan los restaurantes, los cafés, los bares, unos cuantos museos y otras tantas librerías.

Comiéndome unos tacos con Mario Hernán, opté por agua al tiempo y tequila para acompañar la comida pues, por si fuera poco, venía saliendo de un resfriado con tos y no quise arriesgarme a beber nada frío, así que tuve que comer y mirar de reojo la enorme copa con cerveza negra y fría que pidió el amigo, hasta que le llegara el turno a mi tequila, que, debo decirlo, era el tequila más grande que iba a tomarme en mi vida. Pero bueno, eso fue el viernes 25, que terminó con mis amigos dejándome en el hotel a eso de las once de la noche, antes de lo presupuestado, pues yo fui incapaz de continuar debido al dolor de cabeza, a las náuseas y al resfriado, que le había dado por volver. Una dramamine y las horas de sueño fueron el mejor remedio. Lo de la cerveza negra tendría que esperar hasta el domingo.

FullSizeRenderAl día siguiente, después de levantarme tarde, desayunar y visitar un local de La Casa del Libro cercano al hotel, en donde compré baratos unos cuantos libros mexicanos inencontrables en Honduras (Mario Bellatin, Juan Pablo Villalobos, Tryno Maldonado), tomé un taxi y me fui a la UNAM, en donde se desarrollaba, desde el lunes, la Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI), y en donde habría de presentar el domingo mi novela Los días y los muertos. La tarde se fue en el obligado recorrido por los stands de la feria (alcancé a ver a dos escritores mexicanos de respeto: Alberto Chimal y Elena Poniatovska), la compra de nuevos libros con muy buenos descuentos y un par de entrevistas que me hicieron en la televisión y la radio de la UNAM. Si entran a Facebook pueden ver una de esas entrevistas aquí.

Por la noche, de nuevo Coyoacán, para desquitarme lo de la noche anterior. Recorrido en un busito turístico por el barrio, buena cena y cerveza para terminar. Pasé por la Casa-Museo Trostky y por el Museo de Frida Kahlo que, por supuesto, estaban cerrados a esa hora. Al final de la jornada: la noticia de que el mayor de mis primos había fallecido en San Pedro. ¡Salud por Mon!

La hora (10.00 am) y la circunstancia de realizarse durante toda la mañana del domingo una maratón en la ciudad de México (lo que obligó a cerrar muchas calles cercanas a la UNAM), impidió que llegara a la presentación de mi novela y a los otros cuatro eventos programados a esa misma hora una mayor cantidad de público, pero el que llegó se mostró muy interesado en la novela, al grado que se agotaron todos los ejemplares que la Editorial Universitaria había llevado.

Entre ese público estaba Carlos Mendoza, periodista hondureño residente en México, a quien había prometido llevarle el “encarguito”: café sanluiseño y frijoles hondureños y con quien compartimos el almuerzo y el café después de la presentación del libro. Un video del evento, en el que me acompañó Mario Hernán Mejía, puede verse entrando aquí.

Por la tarde, con el dolor de cabeza y las náuseas volviendo amenazadoramente y aprovechando la primera pausa que me dio una monumental tormenta, tomé un taxi y me fui de nuevo a Coyoacán (¡Qué joder con Coyoacán!) con la intención de sumergirme en sus librerías (la Gandhi y la que tenía el mismo nombre del barrio me depararon hermosos hallazgos de Javier Cercas y Graham Swift), en su mercado (compré ahí unos regalitos para la familia), en algún restaurante (me harté los mejores chilaquiles que me echado en mi vida) y en unos cuantos bares (aquí tuvo lugar por fin lo de la cerveza negra). Pero eso ya corresponde a otra historia. Lo que quería contar en ésta ya lo he contado. Fue una muy buena experiencia asistir a mi primera feria del libro en otro país (debería decir “en general” puesto que en Honduras no hay ferias del libro). Ahora siguen Santiago de Chile y Guadalajara. Ahí les cuento.

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Vista desde la ventana del hotel, con el estadio Azteca al fondo.

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