Los que jugaron acabaron extenuados en el campo, unos viendo de reojo a Palacios y a Figueroa, otros llorando o maldiciendo al árbitro central, al cuarto árbitro, a la puta mala suerte que siempre llega en los minutos finales, pero acabaron como héroes, pues “lo dieron todo en la cancha”, “se mataron en el terreno de juego”, “sudaron la camiseta”, etcétera; los que no jugaron, como Costly o Nájar, se convirtieron en los baluartes de la indignación catracha… en Twitter, denunciando el mayor robo en la historia de la corrupción futbolera centroamericana, algo así. Algún otro hubo, como Ricardo Álvarez, burro al fin y al cabo, que también habló de orejas, y entonces todos volvimos a recordar… Otros, incluso, para incrementar el tráfico en su página web, se grabaron tirándose al piso, tapándose el rostro para ocultar sus inexistentes lágrimas y hasta golpeando mesas, como en un episodio de Caso Cerrado, indignadísimos, como no se había visto en una sala de redacción catracha desde los tiempos del saqueo al Seguro Social.

¿Y el resto? ¿Nosotros, los más de ocho millones de hondureños que más que espectadores somos entrenadores de fútbol, los que en cada partido le cuestionamos a Pinto la utilización de la puta línea de cinco? Nosotros nos quedamos, a partir del pitazo final, recordando las palabras de Nasralla como un sabio consejo que renovamos cada noventa minutos: mejor ponerse a aprender inglés, comprarse un perrito, hacerse de novia, que el fútbol no lo es todo en la vida.

Ya nos había sucedido contra Panamá y también contra Costa Rica, pero hondureños al fin, no nos conformamos con tropezar dos veces con la misma piedra; siempre habrá una tercera que nos mande a lamentar nuestro infortunio y a convertirnos en personajes de una tragedia tercermundista, que, ya lo dije, se renueva cada noventa minutos. En el caso del último partido no fueron noventa sino noventa y seis, y de eso se trata todo esto, de maldecir al mexicano que decidió que fueran seis minutos extra y no tres, o cuatro, o cuatro y medio, como en otros tiempos se trató de maldecir a la lluvia en un partido contra Guatemala, o a un poste en otro partido contra Trinidad & Tobago, o a Pineda Chacón, que no pudo meterla contra los jamaiquinos. La terrible maldición que se balancea sobre nuestras cabezas como un péndulo filoso cada vez que hay un partido “de vida o muerte”.

Pero quizá el asunto, en el fondo, no sea ese. El asunto quizá tenga que ver con esa necesidad (necedad), tan hondureña, de seguir creyendo, aunque todos los hechos precedentes nos adviertan que creer es cosa de gente ilusa, de gente movida por la fe y no por la razón en un tiempo y en un país en los que la fe debería considerarse más o menos del mismo modo en que Borges consideraba a la religión: como algo propio de la literatura fantástica. Había, claro, en aquel partido del viernes contra Costa Rica, que extenderle el crédito a la fe y aspirar a ganar, y cuando no se pudo, había, claro, que seguir extendiéndole el crédito durante noventa minutos más, ¡y contra México!, a esa misma fe que en nosotros es capaz de mover las montañas que sea, siempre que se trate de fútbol.

Y ahí vamos de nuevo, a menos de cincuenta días del evento que marcará nuestra historia como hondureños durante los próximos años, con la fe renovada en “el Profe. Pinto y sus pupilos”, olvidándonos de todo lo que no huela a fútbol, porque en este país, ya lo dijo durante una temporada ese “vital líquido” llamado Coca-Cola: se sueña fútbol y se come fútbol, pero también se come mierda. A ver a quién le echamos la culpa al final del próximo partido. Y ojalá entonces podamos volver a recordar que vivimos en Honduras y que esa circunstancia no es como para andársela tomando a la ligera.

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