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Es necesario convertirse en otro o dejar de ser.

George Bataille

Yo siempre le había dicho que amara, que amara hasta donde fuera posible, que no dejara pasar nunca la posibilidad de amar, que si la vida tenía algún secreto, en eso consistía ese secreto, y que si como consecuencia de amar de esa manera tenía que sufrir, que aceptara su sufrimiento con dignidad, pero cuando esa madrugada, desde su posición en la cama, despeinada y sudorosa, ella volteó para verme ahí, inmóvil, bajo el marco de la puerta, y me dijo que era eso precisamente lo que en ese momento hacía: amar, amar hasta los límites de lo posible, supe que de entre nosotros dos era yo el primero en ignorar el tal secreto de la vida, y decidí mandarlo todo a la mierda y empezar de nuevo.

Entré a la casa y avancé en silencio por la sala y el pasillo para no despertarla y antes de abrir la puerta de nuestro dormitorio alcancé a oír los primeros ruidos. Abrí y la vi ahí, puesta en cuatro, siendo penetrada, quizá analmente –lo pensé en ese momento pero aún ahora no se me quita la idea de la cabeza–, por ese tipo que recordaba haber visto una sola vez durante el cóctel posterior a una conferencia sobre las relaciones entre realidad y ficción, y cuando ambos se dieron cuenta de que yo estaba ahí, bajo el marco de la puerta, hasta donde se filtraban unos rayos de la luz lunar que posiblemente le otorgaban a mi presencia cierta apariencia siniestra, observando sin decir nada, sin mover un músculo, con una aparente tranquilidad –lo cual pudieron haber percibido como el cruel preámbulo de una acción peligrosa–, ella volteó para verme desde una mueca que de placer pasaba gradualmente a otra de perplejidad y luego a otra de miedo o quizá tan solo de una tristeza profundísima, y desde una voz aletargada por el alcohol me dijo que era eso precisamente lo que en ese momento hacía: amar, amar hasta los límites de lo posible, mientras el rostro se le volvía una masa descompuesta, húmeda de lágrimas.

Entonces comprendí al fin que la vida es algo más que una simple acumulación de teorías y, contrario a lo que pude haber pensado siempre que haría en una situación semejante, solo me di la vuelta, recogí del suelo la mochila con la que llegué a casa esa madrugada y me largué, dejando atrás no solo aquello que en los últimos años empezaba a tener la apariencia del amor sino también mi absurda y ligera teoría acerca de este. Y mientras llamaba un taxi desde mi celular, me convencía de que en adelante ya nada sería igual, que probablemente no volvería a amar nunca a una mujer, que muy probablemente nunca había amado a una mujer como a esa que dejaba atrás, en mi propia casa y con otro hombre que la penetraba –esto era ya una fijación– de una manera que yo nunca logré sin eyacular demasiado pronto.

Ese momento y todo lo que ese momento encerraba, todo lo que había ido acumulándose hasta llegar a ese momento, era lo que ahora, a mis casi treinta años, intentaba borrar, o si no borrar, al menos trasladar al sitio de mi memoria destinado a los recuerdos-lecciones, a eso que recordado con rabia o con vergüenza o quizá con dolor servía como base eficaz para reinventarse la vida. Y era eso lo que ahora hacía, o al menos lo que pretendía: reinventar- me la vida.

Después de la escena en la madrugada y habiéndome instalado en un hotel no muy lejos de casa, llegué a escribir esto: “Voy a dejar de ser otro. Voy a dejar de fingir inútilmente que soy otro. Voy a quitarme la máscara de mi propia ficción. Voy a ser mi propio personaje. Voy a decir de una puta vez todo lo que no he dicho antes por pudor, por pura mojigatería. Es lo que soy: un personaje. A la mierda el álter ego. Seré yo mismo”. Me estaba reinventando, no había duda, a pesar de esa falsa convicción de que “volvería” a ser yo mismo.

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