Bajo el título “Giovanni Rodríguez y la ficción que puede poner en riesgo su biografía”, Samaí Torres, periodista de El Heraldo, publicó hace algunos días esta breve entrevista que me hiciera recientemente con motivo de la aparición de mi nueva novela, Tercera persona:

Un hombre llega a su casa y al abrir la puerta de su habitación es como si hubiera creado un portal que lo engulle y lo lanza en otra vida. A partir de ahí arranca una historia que Giovanni Rodríguez denomina como “autoficción” bajo el título de Tercera persona, su nueva novela. En ella un escritor cuenta cómo su vida y su proceso creativo discurren desde un país que no es el suyo, en un exilio autoimpuesto en el que se genera una danza entre realidad y ficción. Una lectura que despierta la curiosidad sobre qué es retrato de la vida y qué de la imaginación, y que se verá saciada una vez se conoce el desenlace, y aún más si esta lectura se complementa con otro libro de Rodríguez: Café & literatura.

-¿Podríamos decir que Tercera Persona es su obra más arriesgada?
Sí, en el sentido de que al recurrir a la autoficción quizá esté “poniendo en peligro” mi “biografía”. Pero ese es un riesgo asumible, puesto que, a decir verdad, pocas son las personas que nos conocen bien, por lo que nuestra biografía está constituida por lo que los demás creen que saben de nosotros. Por lo demás, no hay mucho de lo que pueda preocuparme. Si acaso, existe el riesgo de que la novela pueda resultar confusa por no contener una historia convencional, con su principio, su nudo y su desenlace, sino que propone una estructura como de una especie de espiral en la que cada vuelta es una posibilidad de lectura distinta sobre los mismos hechos.
-La novela muestra a un hombre que intenta escribir una novela, y en el proceso plantea diversas alternativas para sus personajes. ¿En qué situación usted como autor escribe una historia con tantas inconformidades?
Me propuse escribir una novela que diera cuenta precisamente de esas “inconformidades”, una novela que mostrara el proceso por el que podría pasar cualquier escritor de ficciones, que parte de un plan pero pronto descubre que el plan no es suficiente para escribir lo que se propone y entonces se plantea reescribirlo todo de nuevo. El resultado, sin embargo, no es así de incierto, pues nada de lo que se narra aquí está puesto al azar, y el lector debe ser capaz de descubrir el modo en que todo está relacionado.
-Ficción y “realidad” llegan a un punto en el que es difícil distinguir una de la otra, y hace pensar en que a veces uno como lector llega a pensar qué tanto o qué tan poco puede haber de la vida del escritor en sus historias ¿Le divierte este juego? Porque casi es una lección de lectura.
Siempre me han interesado las formas en las que la ficción y la realidad pueden llegar a confundirse. Sin embargo, esto sólo tiene que ver con el tema y creo que la novela, más que regodearse en los posibles efectos que pueda tener sobre el lector el trabajo de tratar de separar lo que hay de real de lo que es ficción, propone un juego más interesante: el de la historia que se construye y deconstruye a cada momento. Ese es el tipo de juego que me interesa practicar cuando escribo ficciones y es el tipo de juego que el lector debe estar dispuesto a jugar.
-Por años se ha dicho que Honduras es un país de poetas, pero usted es uno de los escritores que le da esperanzas a la novela ¿Cómo cree que la gente ha recibido su trabajo?
Yo creo que es más bien la novela la que me da esperanzas a mí, porque escribir una novela me permite construirme un mundo propio en el que las miserias cotidianas derivadas del hecho de vivir en un país tan jodido, con tanta corrupción e injusticia social, sólo existen bajo los parámetros que yo elijo. El entusiasmo con que los lectores reciben las novelas o los cuentos que publico podría tener relación con eso mismo: ellos quizá encuentran en lo que escribo lo que yo me he procurado: un mundo de ficción en el que todavía es posible vivir plenamente o cobrar venganza sin temor a ser castigado o enjuiciado o asesinado.
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