Etiquetas

En mi último artículo en Literofilia hablo nuevamente sobre Bruno Pedroza, que parece que vuelve:

Un anuncio en Twitter acerca de la preparación de una nueva novela mía hizo, al parecer (aunque esto lo supe después), que el salingeriano y temible crítico literario hondureño Bruno Pedroza me enviara por WhatsApp (cosa extrañísima en él, que no es muy dado al uso de la tecnología) un mensaje casi telegráfico de impostergable lectura: “Tenemos que hablar de esa novela. El sábado. En el café de la última vez. Misma hora”. Yo, que suelo anunciar en Twitter la escritura o la publicación de novelas que jamás voy a escribir o a publicar, no alcancé a pensar que la novela aludida por el maestro Pedroza era una de esas hipotéticas novelas mías sino que me puse a rastrear en mi memoria los títulos de las últimas novelas hondureñas, entre las que aparecían una mía (ahora lo recordaba), intentando establecer las razones para que Pedroza considerara que “hablar de esa novela” era un asunto urgente.

“Tenemos que hablar de esa novela”, había dicho Pedroza, y yo me sentí como aquel personaje de Bolaño que retó a un duelo de espadas a un crítico literario que, según le habían anunciado, escribiría una “mala crítica” sobre su libro, así que acudí a la cita con la decisión de enfrentarme a Pedroza en un duelo de espadas, de ser necesario.

La vas a cagar y la vas a cagar bonito, dijo Pedroza, de entrada, al nomás sentarse a la mesa en donde yo lo esperaba, impaciente y nervioso. Pero fue un alivio percibir que el crítico literario aludía al futuro y no al presente o al pasado. La vas a cagar, había dicho, y entonces yo abandoné mi preocupación inicial y la convertí en pura curiosidad. ¿Ahora no te conformás con publicar sino que también anunciás trilogías?, agregó, visiblemente alarmado. ¿Pero de qué putas me habla?, pregunté por fin, impaciente. ¡De esa novela que estás anunciando como parte de una trilogía!, respondió, con tono de reproche y de decepción al mismo tiempo. Comprendí entonces lo que sucedía. Y lo que sucedía era que a Pedroza, al parecer, la soledad le afectaba tanto que había perdido la capacidad de identificar el sarcasmo. Se trataba de mi “Trilogía de la Vida Mejor”, que yo “escribiría” supuestamente para hablar de nuestros males nacionales. Era una broma, le aclaré, no existen esas novelas mías que anuncio en Twitter. Con la literatura no se juega, muchacho, me advirtió, y entonces volví a adoptar el “modo Pedroza” que uno debe adoptar cuando está con él, a fin de no tener que vérselas con la peor versión de su mal humor. ¿Ya leyó mi novela?, pregunté. ¿cuál novela?, dijo. Tercera persona. ¿Cómo querés que la lea si no me la has dado? Cuando fui a la librería ya no había. Le aparté uno, mire, le dije, y le puse el libro sobre la mesa. Avíseme por si tenemos que darnos riata a machetazos, le advertí, casi susurrando, pero él no pareció oír nada pues se entretenía leyendo las primeras líneas de mi novela. Cuando una muchacha llegó a nuestra mesa, le pedí un café solo y otro con leche, además de agua.

Ya me tienen hasta los güevos estos supuestos escritores de ahora; no han aprendido a redactar y ya quieren ser novelistas; creen que porque hay mucho que contar es urgente que ellos hagan libros, dijo Pedroza levantando la vista del mío, y no pude evitar pensar que yo era uno de esos “escritores de ahora” a los que aludía. Parece que hoy viene con más filo de lo normal, pensé, pero luego pensé también que Pedroza nunca ha sido un crítico complaciente, y entonces sí pude adoptar definitivamente el “modo Pedroza” y dejarme llevar por el curso de sus palabras. Lo que urge es que uno venga, por fin, a decirles lo que se merecen, agregó el crítico, y entonces esperé que empezara a decirme lo que yo merecía que me dijeran sobre esa última novela publicada.

Pasaron unos minutos durante los cuales Pedroza no levantó la vista de las páginas, alternando gestos que oscilaban entre el espanto y la curiosidad, entre la ira y la risa. La llegada de los cafés interrumpió su lectura y evitó, muy probablemente, que mi novela fuera machacada ahí mismo por el crítico literario más ácido en la historia de la literatura hondureña. Luego Pedroza me confió una buena noticia: volvería a escribir reseñas y ensayos sobre literatura hondureña. Después de muchos años, lo había decidido, era hora de volver, y se refirió nuevamente al tema utilizando la palabra “urgencia”. Le habían ofrecido, me dijo, un espacio en una nueva revista cultural para escribir sobre libros y esta vez no iba a negarse. Justificó su regreso diciendo que no es posible que en Honduras un montón de gente escriba y quede en la impunidad. Lo dijo así, como si de crímenes se tratara, pero supe entenderlo, pues yo también había llegado a considerar algunos libros de los publicados en Honduras en los últimos años como verdaderos atentados contra los lectores, contra el buen juicio, contra la cordura. Aquí urge la crítica literaria, dijo Pedroza; ni siquiera la literatura misma es urgente como la crítica literaria, dijo también. Aquí hay gente que publica, que sale en la televisión hablando sobre las supuestas grandezas de su obra y que hasta llega a ganar el Premio Nacional de Literatura, y todo en el marco de una ignorancia terrible, de una estupidez asombrosa y de una impunidad lamentable, continuó el crítico. Hay que empezar ahora mismo o esto joderá todo lo demás, dijo, si no les decimos sus verdades, seguirán engañados ellos y engañarán también a la gente que los lee. No me importa si ellos no se desengañan pero sí es importante que las nuevas generaciones de lectores no crezcan creyendo que las burradas de esos tipos son literatura, dijo. Ya tengo a varios en la mira, me llegan siempre esos bodrios que publican, de una u otra manera, y yo los repaso con una mueca de asco y luego los tiro a una caja en donde probablemente las ratas o las cucarachas hacen fiesta permanente. Pero de ahí los voy a ir sacando, y apartando huevos de cucaracha, intentaré leerlos y escribir sobre ellos.

No sabía Pedroza que quien le hizo la invitación para escribir sobre libros había sido yo, desde el correo de Tercer Mundo, la revista de la que hablaba, pero no se lo dije, quizá para no romper la burbuja de la ilusión de que era el New Yorker y no una revista cultural tercermundista la que se había comunicado con él para invitarlo a escribir en sus páginas. Y es que Tercer Mundo era el sitio y el pretexto perfecto para que Pedroza volviera. ¿Y a quién tiene en la mira?, le pregunté, curioso, y él me vio como diciendo ¿sos pendejo o qué?, y empezó a recitarme, como si de un poema malísimo se tratara, los títulos de muchos de los libros hondureños, en verso y prosa, publicados en los últimos cinco o diez años. Había entre ellos algunos de los que pasaron fugazmente por mis manos y que incluso olvidé fácilmente, pues no soy de los que dedica demasiado tiempo a lo que no funciona, pero Pedroza, que considera que los libros malos son los más valiosos para poner de ejemplo, no pensaba, al parecer, renunciar a la posibilidad de mostrar públicamente los defectos que los convertían en libros ejemplares. O no leen, o no leen bien o no tienen talento, dijo, de pronto, categórico, mientras se llevaba la taza del café a la boca. Dicen que hay uno al que le llaman “El sobaco intelectual”, ya te imaginarás por qué, me dice. Hay otro que ha forjado su carrera literaria (y cuando dijo carrera literaria hizo comillas con dos dedos de cada mano) haciéndose amigo de los tontos con voz y voto o haciendo “crowdfunding” vía chantaje emocional en Facebook. Y continuó: hay otro cuya única gracia para la literatura, y no heredada precisamente de la obra y gracia de su mentor, es tener suficiente dinero para comprar libros en ediciones antiguas. Otro que, lejos de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua, lo que hace es atropellarla en cada frase que escribe. Otro que parece que está viviendo (y creyéndoselo) el sueño literario: publicar libros y venderlos en colegios y universidades. Está la otra que no logra escribir un texto de cuatro párrafos porque pierde el hilo a la tercera oración y luego ya no sabe de lo que habla o de lo que hablaba al principio. Ahí te resumo buena parte de lo que constituye actualmente la literatura hondureña, dijo finalmente Pedroza. Yo, mientras tanto, sacando cuentas para determinar si algo de lo que había hecho calificaba para considerarme alguno de los aludidos. Y Pedroza pareció percatarse de mis cavilaciones, porque dijo a continuación: vos no, no te preocupés, no parece que seás tan pendejo como esos, y esa fue la frase más generosa que pude haber recibido de un mito de la crítica literaria nacional como Bruno Pedroza. Pero no la vayás a cagar, me advirtió, mirá que en este país todos estamos siempre a puntito de cagarla. “A puntito de cagarla”, pensé, estar consciente de eso es una buena forma de mantenerse despierto. La inmediatez de la catástrofe como poética vital.

Anuncios