Mi artículo de agosto en Literofilia:

Víctimas de esa absurda tradición en Honduras que considera con valor artístico o merecedor de atención sólo lo que se hace en Tegucigalpa, los personajes sobre los que ahora escribo, marginales todos, en el sentido amplio de la palabra, en una San Pedro Sula más concentrada, según dice el tópico, en trabajar que en crear arte, pasaron casi de puntillas sobre la historia de las artes plásticas catrachas.

A finales de los años 90´s, en una de las ediciones del Salón Nacional de Arte del Centro Cultural Sampedrano, cuatro pintores coincidieron para certificar íntimamente las sospechas de su futuro fracaso. Otros fueron los ganadores, pero ellos cuatro, unidos quizá por el carácter insólito de sus cuadros expuestos o tan sólo por la semejanza de las risas que provocaban estos cuadros a los asistentes al evento, terminaron en un rincón del salón tragándose con el vino la incomprensión de todos y comentando, mientras miraban de reojo a uno u otro lado, lo que, concluyeron, constituía una auténtica muestra de ceguera hacia sus obras, que en aquel momento consideraban sumamente revolucionarias y rupturistas, lo más vanguardista en la historia del arte hondureño.

Por aquella época varios amigos y yo, aprendices de poetas y bebedores extremos, asistíamos a aquel tipo de eventos haciéndonos creer que nuestro interés era genuinamente artístico cuando lo que en realidad buscábamos era satisfacer una necesidad más pedestre: la de comernos las boquitas y bebernos todo el vino que pudiéramos antes de emprender una nueva incursión en los bares más baratos y oscuros del Centro.

Los nombres de aquellos cuatro pintores eran tan raros como ellos mismos, quizá tan sólo porque, como sospecho, se trataba de seudónimos. El caso es que con esos nombres se les conocía en el estrecho círculo de la plástica sampedrana. Ever Mosh, Aníbal Anchuria, Hegel Bayardo Block y José Dalí Bouquets. Ricardo llegó a asegurar que esos nombres habían sido extraídos de un Diccionario de Onomásticos Extraños que había en la biblioteca del CCS, pero yo al menos no recuerdo haber visto nunca tal compendio nominal.

De Ever Mosh se puede decir que demostraba siempre una tardía comprensión de todas las cosas del mundo, quizá debido al permanente consumo de cannabis, que lo mantenía en un estado de abstracción distinto. Si alguna vez llegaba a sentarse a nuestra mesa en el café, iniciábamos una conversación sobre la conveniencia, por ejemplo, de atomizar las partículas sedimentarias superpuestas en el rango superior de la masa finisecular de un alotropo hidrocarbónico, que luego, al ver la cara de asombro genuino del pintor, derivaba en la decisión de incorporar al proceso los conocimientos de la farmacopea odontológica, en la cual una gutapercha tántrica aparecía como el elemento indispensable para la sujeción del miocardio peritomastoideo y posterior recontrituración de la pieza calcárea en un rango de escasos dos milímetros cúbicos. Mosh se llevaba las manos a la cabeza y desesperado, se levantaba y se iba diciendo que no entendía a los intelectuales.

Anchuria era más bien manso y esa actitud de mansedumbre y de complacencia con todos nosotros se la atribuíamos también al consumo permanente de la cannabis. Contrario a Ever Mosh, él parecía seguir muy bien la pista de lo que hablábamos y en una ocasión nos confió incluso la idea de su proyecto pictórico más audaz hasta la fecha: sentado en una esquina de su cama y recostado a la pared, trazaría con pincel líneas de colores entrecruzadas sobre pequeñas piezas de cartulina que luego lanzaría por toda la habitación. Una vez terminadas de pintar todas las piezas de cartulina, lo que quedara de aquel campo de batalla habría de ser registrado con fotografías por alguno de sus compañeros. Así el mundo empezaría a comprender el funcionamiento del genio en la pintura.

Hegel Bayardo Block probablemente le debía su segundo apellido al hecho de que para sus pinturas no recurriera al tradicional lienzo sino a hojas de papel bond blanco que extraía de un block que cargaba siempre en su mochila y luego pegaba unas hojas sobre otras en muchas capas que terminaban constituyendo una superficie fuerte de relieves diversos; ahí depositaba, cada vez, un color distinto, con lo que pretendía, según pregonaba recurriendo a vulgares adaptaciones de citas filosóficas, capturar toda la gama de colores del espíritu.

De entre los cuatro, José Dalí Bouquets era el más interesante. Además de pintor, declaraba ser cineasta, poeta y fotógrafo; era casi tan polifacético como su homónimo el surrealista famoso de Figueres; quizá de ahí venía su apellido Bouquets, que parecía una derivación del Busquets, más conocido.

Cargaba su segundo nombre como un estigma: se sentía condenado a pintar. Después de aquel Salón Nacional de Pintura en el que conoció a los otros tres, se sabe que participó en muestras colectivas en San Pedro Sula o en la capital, e incluso, con la complicidad de algunas damas promotoras de la cultura, logró montar sus exposiciones individuales. Sus cuadros, que consistían en la elemental unión de dos o tres lienzos negros o rojos por medio de un hilo de nylon, eran valorados (por él mismo, claro) en fabulosas cantidades de dólares. Se decía que había tenido rachas de hasta doscientos mil lempiras en un sólo mes por concepto de ventas de cuadros suyos y de sus colegas, que le cedían la representación formal, conociendo sus dotes de vendedor.

Frecuentaba con una disciplina férrea los cafés del Centro, donde solía reunirse con el resto de los eternos aspirantes a pintores de la ciudad. Era de estatura mediana, flaco y tostado por el sol, vestía a la manera de un payaso devaluado: flojo y colorido, pero con el maquillaje corrido, unas sandalias que le permitían mostrar unos dedos huesudos, y unos anteojos con aros gruesos y oscuros que le daban un aire de falsa intelectualidad; además, cultivaba una sonrisa que nunca dejaba insatisfechos a sus científicos observadores, que es en lo que se convertían todos, dado que él se mostraba como un ejemplar raro de la especie humana.

Era José Dalí Bouquets uno de los personajes favoritos de aquel grupo de amigos al que ya me he referido, y al que una feminista, de las de viejo cuño, calificó como “grupo de malditos” luego de una velada poética truncada por nuestras risas y nuestros comentarios inoportunos desde el fondo de un salón en el CCS. Nos gustaba ver a José Dalí Bouquets ofrecer sus cuadros a los potenciales compradores en los cafés, a las damas cultas de la burguesía en los eventos culturales del CCS o a los propietarios de tiendas de souvenirs del Centro, y por eso lo manteníamos vigilado.

En alguna ocasión uno de estos clientes suyos se sintió embaucado por el pintor, quien le había vendido uno de los que él llamaba “paisajes de mar”, pero que consistía tan sólo en unas cuantas manchas de diversos colores sobre un fondo blanco, nada tropical. El cuadro en mención al parecer había sufrido lo que normalmente sufren las pinturas con el inexorable paso del tiempo: mostraba un desprendimiento alarmante de las mixturas en finas y largas cascaritas. Lo único cuestionable en este caso era que el cuadro tenía unas pocas semanas de haber sido elaborado, lo cual significaba para el comprador que definitivamente la pintura no servía, lo mismo que podía inferirse del pintor.

De todos los Malditos, Wilmerio, cuensuetudinario hasta nuestros días en el Espresso Americano del parque, era el que más conocía a José Dalí Bouquets y a sus colegas, y por supuesto, el que con mayor desenfado se burlaba de ellos. “Mírenlo”, solía decir, “parece un pájaro tierno recién caído del nido”, a lo que Ricardo agregaba: “¿Cómo va a ser pintor ese tostado? Y es que las técnicas y los estilos de estos pintores, que tenían su sedimento en la total ignorancia de los conceptos elementales del arte, se veían reflejados cómicamente en algunos collages con cucarachas y latas de refresco dispuestas simétricamente sobre un fondo de tierra combinado con excremento de gallina, por ejemplo. Lo curioso de todo ello es que si se le pedía a alguno de los pintores hacer un dibujo con lápiz, rehusaba de inmediato hacerlo, argumentando que eso representaría una involución en su trabajo, cuando todos sabíamos que de lo que se trataba era de una simple, elemental incapacidad de llevar a cabo dicho trabajo.

Cuando llegábamos a uno de esos cafés saludábamos a los pintores ceremoniosa pero irónicamente. “Entre más irónicos más se hunden”, se le oía decir a José Dalí Bouquets luego del saludo, y nosotros reíamos, mientras comprábamos nuestro café. Al levantarnos, después de media hora de conversación sobre pintura, mujeres, literatura, música, mujeres, sexo y otra vez mujeres, dejábamos sobre nuestra mesa y a la vista de los vecinos pintores lo que llamábamos socarronamente una “auténtica obra de arte”, elaborada con minuciosidad con los restos de nuestro consumo: un vaso plástico atravesado por una pajilla cuya parte superior sostenía otro vaso adornado con una servilleta doblada en forma de abanico, y sobre este segundo vaso una bonita flor de servilleta pintados sus bordes con tinta negra y granitos de azúcar en medio de sus pétalos.

Con esta postal sobre la mesa nosotros nos íbamos, imaginando los comentarios diversos de los que se quedaban:

Miren lo que dejaron: una obra de arte. ¡Qué va a ser obra de arte, si esos sólo son críticos, no son artistas! Pero está interesante eso que hicieron, es una escultura de desperdicios. Sí, está como para pintarlo. ¡Les digo que no, esos sólo para criticar sirven, no son creadores como nosotros! ¿Y qué es eso que hicieron, entonces? Es una crítica. ¿Una crítica a qué? A nosotros, ¿a quién más? Pero se mira bonita la crítica. Sí, bien bonita, dan ganas de pintarla. ¡Pendejos!

Nosotros, como dije, reíamos y nos íbamos, imitando la franca, absoluta y artística sonrisa de José Dalí Bouquets.

Anuncios