Mi nuevo artículo en Literofilia:

Suelo publicar a veces en Facebook y Twitter comentarios acerca de temas diversos como la política o la religión o relacionados con la literatura y el arte en general. Casi siempre mi intención es -disculpen que se los diga y disculpen, además, si quieren, que yo sea tan cabrón- provocar a la gente, tocarles la llaga a esas almas sensibles que no soportan que nadie, de vez en cuando, les ponga un espejo enfrente y les explique cómo son verdaderamente los rasgos de su hipocresía, de su ignorancia o de su ingenuidad. De paso, intento divertirme un poco, y procuro no entrar en discusiones que, después de mucho tiempo observando el fenómeno, uno concluye que están abocadas al fracaso.

No individualizo mis comentarios; es decir, lanzo disparos al aire con la imprudente alegría festiva de un borracho en la medianoche del fin de año, y casi siempre me echo luego a dormir la goma con absoluta impunidad, sin enterarme de las consecuencias de esos pequeños ejercicios derivados, si acaso, de mis convicciones, y, definitivamente, de mi sinceridad.

Muchas veces es la incapacidad de leer lo que propicia que la otra persona eche a perder lo que podría llegar a ser una buena discusión, ya sea en las redes sociales o en la vida real. (Y espero que no haya, entre los lectores de este artículo, alguien que se ofenda porque me atreva a oponer, con esas últimas líneas, lo que ocurre en las pantallas con lo que ocurre en la vida real. Hay gente para la que el muro de Facebook es el muro de sus lamentos y deposita ahí su energía vital, pero lo que uno ve en esos muros y en las reacciones a lo que hay en esos muros se parece más a una telenovela mexicana que a una vida real).

La lectura atenta y la capacidad de comprensión de lo leído deberían contar como dos de las competencias indispensables para todo aquel que decida expresar sus opiniones. Pero, obviamente, esto es algo que no podemos esperar que ocurra, pues ni siquiera ocurre con muchas de las personas que se dedican, supuestamente, al estudio de la literatura, que es algo para lo que no basta con ser “fan” de un autor o con leer cinco o diez libros por año o con estar matriculado en la carrera de Letras. Y cómo cuesta hacerle entender a la gente que aunque todas las opiniones son aceptadas, no todas son válidas pues algunas carecen de sustento y son más una extensión de las emociones que del razonamiento.

La incapacidad de leer, decía, hace nacer muchas veces discusiones estériles en las redes sociales. De pronto aquello se convierte en “un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades”, como decía Girondo, cada uno intentando que su voz se oiga más que la de los demás, aunque en este caso en lugar de personalidades deberíamos hablar de un revoltijo de egos, que son la cara visible, generalmente, de seres sin sustancia, irreflexivos, meramente emotivos, simples opinadores “de a tostón” dándose en la madre con tontos dispuestos a rebajarse discutiendo con ellos.

Aunque, como dije, me echo a dormir después de los disparos al aire, a veces me da por asomarme y ver qué tan mal se ha leído algo que he publicado (porque muy seguro estoy -discúlpenme de nuevo por la falta de modestia- de haber reflexionado lo suficiente y de haber utilizado luego las palabras adecuadas para expresar mis opiniones). Así, por ejemplo, cuando he contado en Facebook que mi hijo me pregunta quién hizo a Dios, recalcando la importancia de formular, de vez en cuando, preguntas semejantes, han aparecido unos cuantos, armados con la Biblia, intentando evangelizarme o al menos convencerme de que Dios es el principio y el fin, etcétera; o cuando he dicho que El cuento de la criada, una novela de Margaret Atwood, es magistral, han brincado unas feministas (y algún feministo, por aquello de “la inclusión”) insinuando que lo digo con ironía (eso de leer entre líneas, si lo aplicaran adecuadamente, les haría verse más inteligentes); o cuando he recomendado una novela de Javier Marías (consumado misógino, según las feministas que no saben leer) a quienes quieren aprender a escribir, se me ha venido “en voladora” algún lector ofendido cuyas únicas intenciones en la vida (por suerte) son las de leer y no las de escribir; o cuando he dicho que me ha parecido lamentable que con la salida de Kevin Spacey se echara a perder la última temporada de House of cards ha venido alguien a decirme que lo lamentable era que continuara ese “personaje” abusador, como si yo estuviera hablando de las consecuencias de esos supuestos abusos del actor en las vidas de las víctimas y no en el desarrollo de la serie. Pero así funciona la vida en las redes sociales, a puros equívocos producto de malas lecturas.

Una discusión, para que funcione, tiene que contar con dos oponentes en igualdad de condiciones. Si uno es aficionado al fútbol, por ejemplo, no vale intentar discutir sobre fútbol con alguien que no sepa lo que es una chilena o un pase en profundidad, del mismo modo que si uno sabe de literatura no vale intentar hacerlo con alguien que disfruta leer los libros de Coelho o que le llama “realismo mágico” a cualquier cosa. Son casos perdidos. Así, tampoco conviene discutir con quienes se rigen por los clichés o anteponen sus prejuicios a las pautas de la razón y se apresuran a opinar como si el solo hecho de hacerlo, sin importar la calidad de su lectura o de su razonamiento previos, fuera lo importante. Leer bien y razonar son cosas que no se le dan bien a la mayoría, lamentablemente. Opinar, en cambio, es algo que está al alcance de todos, por aquello de la libre emisión del pensamiento. Y en estos tiempos los opinadores irreflexivos están a cada vuelta de esquina, o quizá sea más apropiado decir a medio click de distancia. Debe tratarse de un fenómeno parecido al de las selfies: esa necesidad de mostrarse en público antes que intentar observarse a uno mismo.

Otras veces es la incapacidad de hacer uso adecuado de eso que suele llamarse inteligencia y que en estos tiempos de emociones expresadas en tiempo real se reduce precisamente a eso: a la expresión burda y desvergonzada de opiniones que no derivan necesariamente del razonamiento sino del imperio del Sturm und Drang. Pero debemos comprender que para muchos, en estos tiempos, la inteligencia debe ser una cosa sobrevalorada, pues parecen atribuirle mayor valor a la liberación de sus emociones que a un argumento dignamente elaborado. Pensar, dice la neurociencia, genera ansiedad y dolor de cabeza entre quienes no suelen pensar. Pero “pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”, escribió Borges.

Es sabido, sin embargo, que estos son los tiempos de la hipersensibilidad, de la corrección política, de los eufemismos y de un renovado e hipócrita puritanismo en muchos sentidos, tiempos en los que la mayoría prefiere no tomar partido antes que exponerse a un posible linchamiento, tiempos en los que no resultaría extraño que se empezaran a promover leyes que castiguen las convicciones y la sinceridad (ya ha habido casos en el Congreso Nacional, recuerdo ahora), cuando estas convicciones y esta sinceridad establezcan contacto impunemente con la sensibilidad de esa masa creciente de ofendidos. La novela de Atwood, precisamente, pinta un panorama parecido a ese.

Pero ojalá esa aparente autocensura aplicara también para las opiniones, así no tendríamos, por ejemplo, a algunas feministas que nada saben de literatura diciendo que Javier Marías es mal escritor por ser, según ellas, misógino; así no tendríamos a esos ingenuos y entusiastas lectores de primer grado exigiéndole a los escritores que escriban con decidido compromiso social; así no tendríamos tampoco que explicar constantemente en qué consiste el sarcasmo; así no tendríamos que lidiar con esa otra forma de intolerancia surgida en el seno de los ofendidos; así probablemente no tendríamos, usted, ofendido, indignado o dolido, y yo, ofensivo, pedante y odioso, que estar ahora mismo viéndonos a los ojos a través de estas palabras, sonriéndonos como lo harían dos alegres borrachos, botella en mano, en la última batalla de la guerra por el derecho a decir lo que nos da la gana en una noche de fiesta.