Hace algunas semanas apareció este cuento en El Heraldo. Es uno de los dos textos hasta ahora inéditos que se suman a la nueva edición de La caída del mundo (mi primer libro de cuentos, publicado originalmente en 2015), que ahora prepara la Editorial Universitaria con el título Habrá silencio en nuestras bocas frías:

Pintura de Edward Hopper.

*

Abrí la puerta del siguiente vagón y dejé que entrara un poco de aire frío. Una mujer que hacía guardia me dijo, en ruso, que no convenía hacerlo. Notó que yo no reaccionaba y agregó que ella bien podría ser mi madre y como madre me lo decía de nuevo: me arriesgaba a contraer una pulmonía. Fue su tono, suave pero firme, y no el contenido de su advertencia lo que finalmente logró convencerme.

En mi vagón otros tres viajantes dormían en sus literas. Me acosté, pero sentía calor, tenía las axilas húmedas, y sólo pude dormir de manera intermitente mientras pensaba en mi madre o soñaba con ella.

Era mi vuelta a casa, que me tenía ahí, en un tren de Leningrado a Helsinki, y que se interrumpiría en Zurich, en cuyo aeropuerto, al dirigirme a un mostrador para comprar mi boleto a Madrid, mi penúltima escala, entendí que a partir de ese momento estaría perdido. Registré mis bolsillos, pero fue inútil. Entonces, recordé al dominicano simpático de al lado en el asiento del avión, el momento en que me había levantado para ir al baño, mi chaqueta con el pasaporte y el dinero sobre mi asiento…

**

Un tipo alto y fornido se me acercó justo después de que yo levantara de una mesa en un restaurante del aeropuerto los restos de una hamburguesa y una Coca-Cola. Lo intentó con el inglés, con el alemán y con el francés, pero aunque yo entendía esos idiomas, no quise responderle, pues su uniforme de guardia de seguridad o de policía constituía suficiente advertencia. Y yo era alguien que había pasado los últimos dos días recogiendo las sobras de la comida. Español, dije finalmente, cuando calculé que evitarlo no seguiría siendo una buena estrategia. Oh, ¿espanhol da Espanha?, preguntó. ¿Portugués de Portugal?, le respondí, y nos echamos a reír, yo un poco nervioso. José Carvalho, me dijo, extendiéndome la mano. Danilo Pinto, le dije, correspondiéndole el saludo. Pinto é um sobrenome portugues, observó, y yo le dije sí, pero soy de Honduras y no sé mucho de mi árbol genealógico, y volvimos a reír. Me preguntó por mi situación y yo le hablé del frío ruso, del acento dominicano y de las playas y las montañas hondureñas. 

Lo primero fue sacar mis maletas del casillero, que me obligaba al gasto de unas valiosas últimas monedas, y llevarlas a una garita a la que sólo él tenía acceso. Podía dormir y utilizar los servicios del aeropuerto mientras no tuviera mejor sitio para hospedarme; nadie me privaría de esa posibilidad, me dijo José. Agregó que aprovecharíamos mi apellido e intentaríamos algo en la embajada portuguesa.

Luego de ese intento infructuoso al día siguiente volví cabizbajo y él animado, diciéndome que no me preocupara. La salida inmediata fue lavar platos en uno de los restaurantes del aeropuerto. Antes, acudimos a la oficina de los objetos perdidos con escasa esperanza, y como era previsible, mi pasaporte no había aparecido. Una semana después tuve que cubrir a uno de los camareros del restaurante y a partir de ahí alterné lo de los platos con el servicio en las mesas y empecé a ganar, además de mi sueldo, unas buenas propinas.

Tres meses después, acumulada una cantidad de dinero que me permitiría comprar un boleto de avión, José me llevó a la embajada de Honduras. Le expuse mi caso a un embajador serio, de mal talante; me preguntó cómo había yo logrado entrar y salir “de esos países comunistas” y respondí mencionándole el salvoconducto que me permitía cruzar algunas fronteras sin que me sellaran el pasaporte. Le tengo malas noticias, me dijo, no puedo ayudarle; así como usted anduvo por esos países co-mu-nis-tas –y enfatizó esta última palabra remarcando las sílabas-, tendrá que ver cómo hace para volver a Honduras. Y eso fue todo, o quizá no, quizá me levanté de la silla dirigiéndole una mirada furiosa a aquel tipo, o quizá tan sólo dije gracias, con la voz temblorosa y la mirada baja, y me levanté y salí de esa oficina diciéndome que no volvería nunca. Mi pasaporte, por suerte, apareció en un basurero del aeropuerto y había estado esperándome, durante la última semana, en la oficina de los objetos perdidos. Fue la recuperación, también, de la esperanza. Dos días después, José y yo nos abrazamos y prometimos escribirnos.

***

Transcurrieron cinco meses; José vino a Honduras y recorrimos buena parte del país durante casi dos semanas. Entonces, aquí se hablaba de un posible Golpe de Estado, y aunque en el ambiente se respiraba cierta incertidumbre, traté de que mi amigo disfrutara sus vacaciones sin preocuparse de nada. En la barra de un bar sobre una playa en Roatán le hablé de mi familia en Colón, de mi empleo como vendedor de seguros en mi juventud, de mi madre orgullosa afuera de su casa mostrándole al mundo el cheque que yo le había enviado, de la discusión con mi padre, de mis poemas, de mis dibujos y del amor de mi vida. Él entonces, en medio del recuerdo de los paisajes campestres de su pueblo natal, mencionó de pasada a sus padres, que vivían en un pueblo gallego muy cerca de la frontera con Portugal. El resto de sus vacaciones las pasaría con ellos, me dijo. Y así fue. O al menos, así empezó a ser. José murió en un accidente de tránsito camino a Pontevedra.

Su padre me escribió a los pocos días, aunque la carta tardó más tiempo en llegar. La madre de José había fallecido también dos días después del accidente de su hijo y ahora él no tenía mucha voluntad para vivir. La muerte que llega a alguien de repente, luego salta a otro y por último acecha a un tercero en una misma familia. Una sensación extraña fue llenándome el pecho, una combinación de tristeza, de nostalgia, de impotencia, y al final, muy al final, de esperanza de que algo pudiera salvarse. Escribí, sin pensarlo mucho, la carta. Esperé un mes, luego otro y otro, y finalmente en octubre recibí respuesta. No tenía a nadie en el mundo y estaba dispuesto a venirse pronto para evitar el invierno que, sin su esposa y su único hijo, sería el más frío de todos, me dijo. Esa alusión al invierno me hizo recordar mi viaje en tren de Leningrado a Helsinki y a la mujer rusa con su advertencia sobre la pulmonía. Yo siempre tendré calor, me dije, pensando en mi madre. Así que llamé al número de teléfono que el padre de José me apuntó en la carta. Y otra vez pasó el tiempo como un tren que no llega nunca a su destino. Y unas cuantas llamadas inútiles.

En marzo, en una tarde calurosa y húmeda, un cartero me entregó una caja pequeña y lo primero que extraje de ella fue un papel doblado en tres y firmado por un desconocido. Había, además, una foto de José conmigo en una calle de Zurich y otras de José y sus padres, un reloj de pulsera de José, y por último, el boleto de avión de don José Carvalho, el padre de mi amigo, con fecha 20 de noviembre de 1984. Una mañana en que volvía de la panadería con un baguette, decía la carta, el padre de José decidió sentarse en la banca del parque próximo a su casa para compartir su pan con las palomas. Ahí quedó sentado, con su suéter azul marino y su boina, con la cabeza ladeada y unas cuantas palomas encima, picoteando la bolsa del pan. La imagen vive en mí como otra acechanza de la muerte.

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