Etiquetas

Hace algunos días me estrené como columnista en Tercer Mundo. Lo hice el 23 de abril justamente para hablar de libros. Aquí les dejo el artículo:

Estamos en abril y quienes escribimos y publicamos libros en este país sabemos lo que eso significa.

Durante los últimos días he recibido la tradicional cuota anual de invitaciones a impartir charlas, conferencias, talleres literarios; a integrar algún jurado calificador para elegir cualquier cosa, desde el mejor poema o el mejor cuento hasta el mural más pintoresco o el declamador más enfático y dramático o el disfraz de escritor más creativo (suelen excederse con los bigotes de Froylán Turcios y “emboinar” a cualquier adolescente con barba blanca postiza para que se parezca a Roberto Sosa); o a comparecer en algún medio de comunicación para responder a la misma aburrida pregunta: “¿Qué les puede aconsejar a los jóvenes que no leen?”. Digo “tradicional” porque desde hace unos quince años recibo ese tipo de invitaciones, provenientes, en la mayoría de los casos, de colegios en los que se les machaca a los pobres alumnos con el temita del Quijote durante toda una semana y se hacen murales y se decoran puertas y se repite hasta el cansancio lo de la importancia de la lectura y se averiguan las biografías de dos o tres escritores, etcétera, pero en los que rara vez encontraremos a un profesor y a un grupo de alumnos leyendo un libro.

El buen Miguel de Cervantes aparece, entonces, representado en cualquier pared de escuela, de colegio o de universidad con su clásico cuello de lechuguilla y muy cerca, Don Quijote, observado por Sancho, se enfrenta a su molino de viento. En algunos casos, la imagen de Cervantes es sustituida por la de su personaje, el caballero andante, y no faltarán alumnos (e incluso profesores) que crean que un escritor de nombre Don Quijote es el autor de un libro famoso en el que un hombre serio con cuello de lechuguilla se da en la madre con cuanto molino de viento se le ponga enfrente, que de eso, y no de otra cosa, trata esa gran obra de la literatura universal, según he llegado a oír.

Uno recibe, entonces, la formal invitación para invertir unas cuantas horas de su tiempo en la preparación de la “conferencia” o el “taller literario” la mayoría de las veces sin que incluya las preguntas esenciales: ¿se animaría usted a dar la conferencia, a impartir el taller?, ¿cuánto cobra por esa conferencia o ese taller?, ¿cuáles son sus condiciones? Se trata de preguntas básicas, elementales, obvias, que constituirían una muestra de cortesía o de respeto deseables para cualquier escritor y ante las que rara vez responderemos de manera negativa, preguntas que, por lo demás, probablemente sí incluyen las invitaciones cuando van dirigidas a otros “connotados personajes”, los que han hecho de las llamadas “escuelas para padres” su nicho fecundo, esos conferencistas del liderazgo o de la autoayuda, generalmente sicólogos o pastores evangélicos, que cobran por sus horas de verborrea, que cuentan con una acreditación tipo “John Maxwell Team” para que se les considere “conferencistas profesionales”, que sí tienen una agenda apretada y no necesitan “darse a conocer” sino al contrario: el mundo entero clama por ellos.

A nosotros, los que escribimos y publicamos libros, nos invitan sólo para concedernos la oportunidad de “darnos a conocer”. Porque un escritor seguramente tiene tiempo y voluntad de sobra y lo que hace con ese tiempo es pensar en su gran necesidad de reconocimiento, de aplausos, de fotos en puertas y murales, y acepta siempre oportunidades para el gozo del reconocimiento. Le aplico el tono irónico a estas palabras, pero no puedo obviar que en algunos casos es así; es decir, hay escritores que invierten toda su energía creativa en la preparación de estas oportunidades, por lo que se dedican más a la creación de una imagen propia que a la de una escritura decente.

Pero volvamos al asunto. En excepcionales ocasiones eso de “darnos a conocer” va emparejado con aquello otro de “ayudarle al escritor” comprándole un libro. En muy raras ocasiones, dije, por suerte. No quiero imaginarme un mundo en el que los lectores compren libros sólo para “ayudarle” a los escritores. Y es que las vergüenzas por las que solemos pasar quienes escribimos y publicamos libros no parten sólo de la creencia generalizada de que somos payasos de circo dispuestos a tirarnos al suelo declamando poemas con absoluta solemnidad o la de que “eso de la literatura” es un pasatiempo de románticos y de desempleados o la de que, si somos escritores, lo más lógico es que vistamos con chaqueta y boina y usemos anteojos con montura de pasta y fumemos en pipa, etcétera, y seamos melancólicos, incomprendidos, perseguidos, caóticos, borrachos o drogadictos.

Los equívocos en torno a la actividad literaria abundan en esta aldea y durante los abriles de cada año el caudal de clichés se amplía, la mayoría de las veces porque nosotros mismos, escritores hechos, rehechos o supuestos, contribuimos con estúpida voluntad, dejándonos llevar por la parafernalia de las celebraciones del “Día del Idioma”, como víctimas propicias encaminándose al patíbulo.

La idea de que quienes nos dedicamos a las letras somos “gente sin oficio” está suficientemente socializada entre la mayoría como para que se asuma que nuestro tiempo no vale para mucho más que para “darnos a conocer”. Así es como se explica que cualquiera de nosotros pase por experiencias como las que voy a referir a continuación.

En 2005, cuando publiqué mi primer libro, uno de poemas mortuorios o algo así, me fui con un amigo a una librería de San Pedro Sula con la intención de colocar ahí unos cinco ejemplares en consignación para su hipotética venta. La encargada de la librería sopesó el librito y me preguntó, con una seriedad cimentada en la duda, si “esas poesías” las había escrito yo o las había tomado de otros libros. Luego de la aclaración, que me costó justo la dosis de paciencia que nunca he tenido, me pidió que le declamara “una de esas poesías”. Le arrebaté el librito de las manos, me di la vuelta y salí con mi amigo de esa librería para no volver nunca.

Ese mismo año me invitaron de una escuela bilingüe a dar una conferencia sobre “la importancia de la lectura”. Como en aquella época yo me moría por “darme a conocer”, acepté la invitación, pero en una llamada telefónica previa a mi visita a la escuela, una profesora me preguntó si podría llevar diez ejemplares de mi libro para donárselos, no sé si a ella o a la escuela. Intenté explicarle por qué no podía “donarle” esos libros y, además, por qué cambiaba de parecer y decidía ya no ir a dar la conferencia, y lo que gané fue la indignación de aquella profesora, que terminó diciéndome que “por ese tipo de actitudes” como la que yo mostraba es que este país estaba como estaba.

Entre los episodios más recientes de esta chusca rememoración está la invitación de un diario (“de mayor circulación”) nacional para integrar el jurado calificador de un concurso de cuentos entre no sé cuántos miles de niños de no sé cuántas escuelas de San Pedro Sula. Más allá de lo abrumadora que se perfilaba la tareíta estaba el hecho de que el tal concurso de cuentos se organizaba en el marco de un negocio que ese diario se tiene desde hace algunos años y que consiste en garantizar, en un determinado número de escuelas, la venta de una buena cantidad de ejemplares una vez por semana. “El libro de los valores”, le llaman al negocito, y yo debía contribuir con mi trabajo y mi buena voluntad a mantenerlo.

Son tres anécdotas apenas, pero hay muchas más. Y si se le pregunta a cualquier escritor de estos lares, estará en condiciones de contar otras, quizá más asombrosas y divertidas que las mías.

Hablo de todo esto no con la intención de burlarme de quienes, en su ignorancia e inocencia, nos hacen pasar esas vergüenzas, ni tampoco para hacer escarnio de esos profesores o esas instituciones que amablemente y con todas las buenas intenciones del mundo nos invitan a “darnos a conocer”, sino para, quizá, pensar un poco más en el asunto y reevaluar el papel que todos (instituciones, profesores, alumnos, escritores) cumplimos en esta mascarada llamada “Día del Idioma”. Porque en lo que se han convertido las festividades en torno al 23 de abril, fecha del fallecimiento de aquel hombre con cuello de lechuguilla llamado Miguel de Cervantes Saavedra y no Don Quijote de La Mancha, es en una especie de circo que se repite en escuelas, colegios y universidades, instituciones en las que se privilegia la parafernalia cervantina y se olvida lo esencial, que es la lectura. Todo el mundo recuerda, por estas fechas, a Cervantes; todo el mundo recuerda a Don Quijote y a Sancho; pero pocos, muy pocos (y pienso, sobre todo, en los profesores), serían capaces de recordar cuándo fue la última vez que leyeron un libro con sus alumnos.

Esto es Honduras, y es difícil creer que la decoración de puertas y la elaboración de murales va a salvarnos de la ignorancia del que dice que leer es aburrido o una pérdida de tiempo, y continuar engañándonos con la idea de que un día o una semana de celebración es suficiente, es perpetuarnos en la farsa sin cuestionarla nunca.

En San Pedro Sula no hay ferias de libro ni editoriales ni librerías que hagan algo más que vender libros populares, y a nosotros los lectores no nos queda de otra que “celebrar”, como cada año, este insípido abril de hombres con cuello de lechuguilla, Quijotes y Sanchos, de molinos de viento y de murales, concursos y disfraces, de la forma en que lo hemos hecho siempre: con la oportuna distancia respecto al espectáculo circense y con la cercanía permanente de los libros, lejos del ruido y las escasas nueces.

Algo se salva siempre, sin embargo. Porque entre tanta payasada y tantas citas de libros en las redes sociales y entre tanta simpleza y tantos clichés propios de la época de las selfies y de la falsa idea de nosotros mismos, todavía nos quedan esos objetos raros llamados libros para recordarnos que en ellos, y no en otra cosa, están los verdaderos motivos de esta celebración, y que aunque en las escuelas, los colegios y las universidades ya no se lea como antes, porque ahí importa más el circo que la lectura, nosotros, en ese lugar tranquilo y lejano llamado soledad, con un libro en las manos, podemos recordarnos a nosotros mismos qué es lo que verdaderamente importa de todo esto.

Anuncios