Mi nuevo artículo de la columna “Lo demás es ficción” en Tercer Mundo habla (resumiendo) de política, de depresión y de redes sociales:

No he venido hoy a decir nada nuevo sobre estos tiempos que corren (ni que fuera yo un gurú de los fenómenos sociales), pero sucede que a veces, en mi condición de gruñón inconforme y poco apto para el optimismo, se me antoja hacer el repaso de las desgracias que alcanzo a observar a mi alrededor, quizá sólo para mantener vigente la alerta, para recordarme (y de paso intentar recordarle a los demás) cómo estamos y hacia dónde podríamos estar yéndonos.

Probablemente al final eso no sirva de nada, pues suele ocurrir que aunque estemos al tanto del origen de nuestras calamidades, de nuestras diversas formas del hundimiento, actuamos ante ellas con apatía, con una mueca de cansancio o de aburrimiento, como auténticos campeones de la indiferencia. Dan fe de ello mis ojos de espanto al ver la cantidad reflejada en el recibo de la energía eléctrica este último mes, mis ganas de tomarme, para incendiarlo, un edificio de la empresa que emite esos recibos y mi posterior caída en esa sensación de impotencia, tan arraigada en nosotros durante los últimos años.

Eso que me ha ocurrido a mí les ocurre a casi todos en este país; es un fenómeno, aunque repetitivo, curioso, y desgracias aparte, a veces incluso cómico; podríamos considerar que es nuestra “curva de la indignación”: despegamos con el asombro, llegamos indignados a nuestro punto más alto y, por último, caemos plácidamente y de inmediato nos echamos a dormir.

Vemos, en este país con nombre de abismo, que cada tanto estalla una “revolución”, o al menos así es como llamo yo a esos puntos más altos y de efímera existencia en la gráfica de nuestra rabia, y con la “revolución” resurge la esperanza del cambio, pero llegado el momento, cuando nuestra furia se aburre o se cansa o es apagada (“reprimir” es el verbo comúnmente aceptado), volvemos a la normalidad, que en un país como el nuestro consiste en saber que en cualquier momento podría suceder lo que sea, como que estalle una revolución, que le prendamos fuego a todo, como poseídos por la locura de los Targaryen, o que los de arriba inventen una manera más descarada de reavivar nuestra potencia reaccionaria.

De las cosas que uno aprende viviendo en un país como Honduras es que aquí resulta difícil, dificilísimo, para algunos incluso imposible, encontrar motivos para el optimismo. “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”, escribió Sabato en uno de sus últimos libros, y hay mucha poesía en esa idea de un hombre que, a pesar de su infortunio, es capaz de cantar o de reír, de dedicarle gestos de alegría a su miseria, y aunque no dudo de la existencia de ese tipo de seres humanos, me cuesta mucho imaginarlos en este país llamado, cómo no, Honduras, en donde todo se hunde a diario y nosotros, los espectadores, apenas parecemos capaces de parpadear, con la boca abierta, cuando no nos damos la vuelta para ver hacia otro lado.

Yo, que soy un inconforme crónico, un pesimista consumado, un crítico perenne, un amargado ocasional pero con excelente espíritu deportivo (que no debe confundirse con optimismo) vengo hoy, cómo no, a soltar esta opinión sobre ciertas “desgracias” que observo todos los días en esta sociedad alienada en medio de la cual vivo, que padezco y que soporto con estoicismo, entre mi ceño fruncido y mi irónica sonrisa permanente; unas “desgracias” cuya existencia sólo podemos entender porque vivimos en los tiempos de los likes, de algo a lo que las huestes adolescentes y posadolescentes llaman, con aparente orgullo, “valeverguismo”, y de la depresión como modus vivendi. Con un panorama así es difícil que la “revolución” no recurra a “treguas navideñas”. ¿Cómo podríamos esperar que la cosa funcione si mientras nos indignamos empezamos a buscar el mejor ángulo para la selfie?

Eso que pareciera sólo suceder con la gente más joven y que consiste en declararse tristes, buenos para nada y candidatos firmes al suicidio, en realidad es posible que nos esté ocurriendo a todos en este país, en mayor o menor medida. Quizá el país entero esté sumido en una profunda depresión y no nos hayamos dado cuenta o no queramos aceptarlo todavía. Quizá es sólo que los de mi generación, los que nacimos y crecimos sin teléfonos móviles ni internet, los que tuvimos la suerte de observar el mundo real en nuestra infancia y nuestra juventud, hayamos llegado hasta estos tiempos de imbecilidad absoluta un poquito más capacitados para resistir. Creo que los más jóvenes le llaman a eso “resiliencia”, aunque no parezcan muy aptos para ejercitarse en ella. Es una palabra fea, hay que decirlo, aunque no tanto como la espantosa “sororidad”. Wikipedia define la resiliencia como “la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas”. Los que vivimos en un país como Honduras, si bien somos los campeones de la indiferencia, también podemos jactarnos de ser los campeones de una particular forma de la resiliencia, que consiste en adaptarnos a nuestras calamidades nacionales, pero no de manera positiva sino sumiéndonos en una apacible depresión.

Un fantasma recorre las calles de estos tiempos. Y asusta y entristece a quien es capaz de verlo. De un tiempo acá he venido observando el comportamiento de esta última generación de jóvenes y no puedo evitar retroceder en el tiempo y recordarme a mí mismo cuando tenía su edad, cuando si queríamos “expresarnos” no lo hacíamos en Facebook, porque eso no existía, afortunadamente; si nos gustaba una mujer, se lo decíamos de frente, con educación, respeto y galantería, y no con emoticonos por WhatsApp; no apelábamos a la libertad de expresión para emitir nuestras “opiniones contundentes”, pues no solíamos considerar que las tuviéramos, puesto que no habíamos vivido y leído lo suficiente para tenerlas. Eran otros tiempos, en los que no existía eso de la “posverdad” ni teníamos que soportar el patetismo de los llamados “influencers” porque no podíamos respetar a los tontos con ínfulas que hoy se pasean como grandes figurones en la televisión o en las redes sociales; no existían la desatención y las facilidades para que la basura que escriben los Elvirasastres y los Marwanes fuera considerada literatura; y el “bullying” lo combatíamos a cachimbazos desde la escuela y a la depresión la agarrábamos del pescuezo y le decíamos, con valor: “¡aquí te me quedás, hija de puta, aquí quien manda soy yo!”, y nos poníamos a hacer ejercicio, a practicar algún deporte, que funcionaba (y funciona) muy bien como antidepresivo.

Tampoco existían los call centers en aquella época y asumíamos que debíamos trabajar en cualquier cosa y si eso representaba seguir siendo pobres, asumíamos también nuestra pobreza con dignidad, sin venderle el alma al diablo, porque era más importante estudiar, terminar la universidad, que ganar dinero para sentirnos un día después del pago de la quincena que seguimos siendo pobres, miserables, pero más desvelados, cansados y deprimidos. Así, en aquella época yo fui cajero de banco, asistente de avalúos, bibliotecario, librero, profesor de colegio recién inaugurado, y cuando no era ninguna de esas cosas, escribía ensayitos para haraganes de colegio o de universidad que hoy seguramente ostentan altos cargos en las empresas de sus papis, o pegaba calcomanías en los carros a cambio de dos tiempos de comida, o integraba grupos focales para escoger el mejor nombre para un preservativo o la cerveza más apropiada para paladares exigentes. Y de todos esos empleos sacaba, apenas, unos pocos lempiras para pagarme el alquiler, aunque recuerdo haber acumulado una vez cuatro meses de deuda a doña White, como cariñosamente llamaba a doña Blanca, y sacaba también para comprar la pasta y el sofrito que acompañaban los plátanos que llegaban de vez en cuando desde el pueblo. Esa dieta de pasta, sofrito diluido en agua y plátano, que se repetía con una feliz frecuencia cuando las cosas andaban bien, me daba las fuerzas, supongo, para mantener la presencia de ánimo necesaria y seguir dándole cuerda a la vida, para estudiar en la universidad (aunque no siempre para pagarme el pasaje del bus, por lo que me iba a veces caminando desde Guamilito a las aulas) y para leer tres o cuatro libros por semana, que sacaba de la biblioteca o me prestaban los amigos, con un ritmo y una intensidad que seguramente jamás mostrarán los feisbukeros lectores de memes de esta época. Ya desde entonces era un inconforme crónico, un pesimista consumado, un crítico perenne de todo, un amargado de primer orden, pero aún así solía “cantar en la miseria” y mantenía ese mismo espíritu deportivo y esa sonrisa con la que aún ahora me doy riata, día a día, con todos los hijos-de-puta-motivos-para-deprimirme-que-me-salgan-al-paso.

No puedo evitar sentir nostalgia, no sólo por mí y por la forma en que crecí en esos tiempos que, aunque sea un cliché, fueron mejores que los actuales, sino también porque al tratar de ponerme en el lugar de estos jóvenes de ahora a los que me refiero, me doy cuenta de que no tuvieron la oportunidad, como la tuvo mi generación, de observar la vida con calma, sin las prisas con las que nos llevan de encuentro la tecnología y las crisis económicas o existenciales de esta época. En aquella época había más tiempo disponible, sí, pero no solíamos invertirlo en el decadente rubro de la tristeza.

Se trata ésta de una última generación de jóvenes que, a mi parecer, corren el riesgo de echarse a perder en medio de esa bruma insensata, como diría Vila-Matas, que es la tristeza. Y eso sí que es un motivo para ponerse triste. He mencionado los likes, el llamado “valeverguismo” y la depresión como modus vivendi porque creo que son los rasgos distintivos de esta generación a la que me refiero, además de lo que podríamos llamar una “actitud selfie” ante la vida, la “declaración oficial de la tristeza” y la “asunción de la inutilidad”.

¿Qué nos quedará después de todo esto?, ¿una nota suicida en el muro de Facebook?, ¿un perfil de Twitter en el que se lea: “Soy depre y cool, muriéndome desde el año en que nací”? ¿No podríamos intentar, mejor, sacudirnos la modorra y la tristeza? Si acaso hay que librar una batalla a muerte, quizá podríamos hacerlo contra eso que nos dice, como un diablillo cabrón: “quedate ahí abajo, no te levantés”; quizá pudiéramos empezar con un poco de ejercicio, con un poco de amor propio, con la decisión de salir a la calle un día y unirnos a la “revolución”, o con alguien que nos rete alegremente a cachimbazos.