Mi nuevo artículo en Tercer Mundo habla sobre los lectores, los buenos y los malos, los que leen sólo por el placer más básico del entretenimiento y los que saben encontrar en los libros otras posibilidades:

Saber leer es algo que apreciamos bastante quienes sabemos leer. Esa oración parece contener un lugar común pero no es así; la mayoría de las personas leen, pero no saben leer, y ni siquiera saben que no saben leer. Estoy hablando de literatura, por supuesto, aunque es algo que puede comprobarse, incluso, desde los comentarios en los muros de Facebook, esa especie de Ágora de la actualidad en la que todos dicen cosas aún sin tener nada importante que decir. Incorpora, también, la oración, dirán algunos, un alto componente de vanidad, y eso sí estoy dispuesto a aceptarlo; puedo presumir tranquilamente de ser un buen lector, sin temor al linchamiento, pues a nadie, más que a mí, estoy seguro, le importa un carajo que yo sea un buen lector. Cada día me veo al espejo y me digo: “Espejito, espejito, ¿quién es el lector más bonito?”, y me río solo, cuando no veo, con escepticismo, mi característica mueca de ironía y de ganas de joder. En eso consiste la soledad del buen lector, me digo: en la posibilidad de sentirse el mejor lector del mundo sin que eso le importe a nadie más allá de ese hábitat propio delimitado por la distancia que hay entre nosotros y el libro, o entre nosotros y el espejo, que viene a ser lo mismo.

Para alguien que no sabe leer no hay diferencia, por ejemplo, entre una crónica de partido de fútbol del diario As de España y otra del diario Diez de Honduras; le da lo mismo leer a Javier Marías que a César Indiano; los artículos de Tercer Mundo o los de La Tribuna. Es decir, no se percata de las diferencias que existen entre algo escrito con calidad o al menos con corrección y decencia y eso otro que podríamos considerar pura bazofia. Noten que este tipo de comparaciones sólo las hacemos los buenos lectores, pues los malos lectores, al ignorar que lo son, complacidos y hasta regocijados con su mal gusto, nunca dejarán de leer el patetismo sensacionalista con redacción nivel escolar de Diez, la burda expresión escrita de sus complejos y de su opinión pagada en César Indiano y las cínicas, absurdas o cómicas columnas, cargadas de falsa intelectualidad, de ese parto impreso llamado La Tribuna.

A leer bien se aprende leyendo mucho, o mejor dicho, leyendo muchos buenos libros; porque hay quienes creen que hacen algo importante con su tiempo y con su vida leyendo a Paulo Coelho o a Jojo Moyes o a Elvira Sastre, pero lo que en realidad hacen es multiplicar los efectos de su mal gusto, de manera que entre más Coelhos o Jojomoyes o Elviradesastres lean, en peores lectores se convierten. ¡Pobres de ellos, que no entrarán jamás al reino de los cielos de la literatura! Primera recomendación del día: no multipliquen los efectos de su mal gusto. A menos que les valga un pepino o que sólo busquen el sano entretenimiento; algo, por supuesto, nada reprochable.

La mayoría cree que para ser un buen lector (de literatura, perdón por la insistencia) basta con sumar páginas volteadas de un libro; es decir, creen que, en términos de lectura, la cantidad es directamente proporcional a la calidad, pero ya lo dije y lo repito, aunque de otra manera: somos lo que leemos, del mismo modo en que podríamos decir, por ejemplo, que somos lo que comemos. Y si uno come mierda, en mierda se convierte. Podríamos, sí, aceptar que la cantidad importa, sólo cuando se trata de leer muchos-buenos-libros, pero ojo con eso que creemos que son buenos libros. He visto a un montón de poetas, por ejemplo, que se pasan la vida leyendo los libritos de poemas que publican otros poetas como ellos, libritos que trajeron del último festival de poetas al que asistieron y con cuyos autores suscribieron el compromiso de leerse (y tirarse piropos) mutuamente, libritos que, por muy delgados que sean, por muy poco lomo que tengan, ya forman montañas en sus casas, incontrolables montañas que restan espacio a los buenos libros que deberían estar leyendo. Segunda recomendación del día: no se dejen recomendar libros de cualquiera. Ese alguien cualquiera que, más allá de decir que el-libro-es-buenísimo-porque-trata-acerca-de…, no sabría explicar aspectos relacionados con la forma en el libro; ese alguien cualquiera que no sabría decir qué es lo que hace que ese libro sea literatura y no, por ejemplo, un manual de jardinería. No confíen en ellos.

Leer bien (literatura, pero también lo demás) es algo que se logra con la práctica, sí, pero debe ser una práctica en comunión con el sentido común, y el problema con el sentido común es que se trata de algo que se trae o no se trae, está ligado al desarrollo de la inteligencia, algo que debe empezar desde que uno es niño, y por lo tanto, si una persona no tiene muy desarrollado esos dos aspectos: sentido común e inteligencia (aunque no sé si deba hablar de una cosa sin la otra), podrá matarse pasando páginas sin que eso lo lleve a ningún lado. He conocido gente a la que no le falta un libro bajo el sobaco (y una lista de libros leídos en la punta de la lengua), pero con la que no se puede hablar sin que uno llegue a notar que lo supuestamente leído debió ir a parar a un lugar bastante lejano. Esos casos, generalmente, derivan en poetas o narradores catrachos, muy de moda en estos tiempos de likes.

No es lo mismo, sin embargo, un lector primerizo o un mal lector que sólo lee por placer, con su falta de experiencia y todo, con su mal gusto y todo, pero por placer (o por presumir en Facebook e Instagram, como sea), y un mal lector que además pretenda ser escritor y publique lo que escriba. Los primeros no le hacen daño a nadie; son, de hecho, ejemplos de resistencia en un mundo dominado por la banalidad de las redes sociales; pero esos últimos, es decir, los que también escriben, son peligrosísimos, entre otras cosas porque, en su afán por sobresalir, se convierten en los voceros y los prescriptores oficiales del mal gusto. Tercera recomendación del día: no vean programas de televisión catrachos dirigidos por estos oscuros personajes de ficción que ni siquiera aprendieron nunca a redactar.

La mayoría no se entera, hay que decirlo; la mayoría de los lectores no saben si son o no buenos lectores, y en el caso de que se lo preguntaran, no les importaría, o dirían simplemente que sí, que por supuesto, que cómo van a ser malos lectores si leen ¡tres libros al año!, ¡veinte poetas al año!; y eso (esa ignorancia respecto a sus capacidades como lectores) tiene que ver con el escaso desarrollo del sentido crítico.

Un lector que sólo lee por placer seguramente podrá pasar por alto aspectos fundamentales del texto sin que eso le reste posibilidades al placer. Total, entretener es algo que cualquiera puede lograr, escribiendo libros o contando chistes. Pero un lector con sentido crítico, un lector despierto, que sabe, por ejemplo, que el valor de un texto literario no está en el fondo sino en la forma, estará más capacitado para enfrentar lecturas más difíciles y exigentes, en las que encontrará, probablemente, un mayor placer que el que le puede deparar una novela con una anécdota curiosa e interesante, lo que la hace “buenísima” y “recomendable”.

Para empezar a leer literatura es necesario, en primer lugar, que el lector esté anuente a establecer ese pacto con lo que lee; en el caso de las ficciones, el pacto tiene que ver con la aceptación, por parte del lector, de que lo que lee, más allá del hecho de que se trate de una ficción, sucedió en realidad; ponerle un muro a eso implica quedarse de este lado del muro; y con la poesía el pacto pasa por la aceptación de que el lenguaje utilizado por este género literario es un lenguaje figurado, de carácter simbólico, representativo, y que por lo tanto resulta plurisignificativo.

Para un tipo de lectura como el que exige la literatura se requiere no solamente de presencia de ánimo, de predisposición, sino también de imaginación y de creatividad, elementos necesarios para lograr ver más allá de lo que dicen las palabras y de esa manera conectar con eso otro deliberadamente oculto en el texto. Cuarta recomendación del día: no crean que leer literatura es comida de trompudo. Si de verdad quiere alguien ser buen lector de literatura, debería empezar por lo menos por averiguar qué es eso del lenguaje figurado y cuál es la diferencia entre la denotación y la connotación; con eso, tan básico, entenderán muchas cosas y le sacarán ventaja a un montón de malos lectores.

¿Por qué es común, en el mundo de la literatura, encontrarse a personas que dicen ser escritores pero que no lo son, que publican libros pero que esos libros no suman en el registro del arte literario de su aldea más que en la columna de los despropósitos? ¿Por qué no abundan, en el mismo sentido, los ingenieros o los arquitectos, por ejemplo? ¿Por qué cualquiera cree poder escribir un libro, pero no cualquiera cree poder construir un edificio? ¿Por qué hay tantas personas que, en determinado momento de su vida, llegan a decir: “es que si yo escribiera un libro sobre mi vida…”? ¿Por qué, cuando se trata de escribir, cualquiera se siente capaz?

No es que la literatura sea un asunto fácil de lograr; lo que sucede es que es fácil aspirar a ella, y casi siempre ocurre que entre la aspiración y el hecho concreto de publicar un libro no hay mediadores (la crítica literaria, los estudios formales, la lectura seria, el sentido común) que funcionen como disuasorios, por lo que cada uno acaba produciendo y mostrando algo, cualquier cosa, en medio de esa masa de gente sin criterio, que constituye la mayoría de los lectores, una masa que ahora se manifiesta en blogs, en Facebook y, con suerte, en las barras de los bares.

Es tan débil, en estos países nuestros con escasa formación literaria, la línea que separa nuestros criterios sobre lo que es y lo que no es literatura, que cuando uno que sabe se atreve a señalar cosas puntuales, el que no sabe se ofende y refunfuña y patalea, hace cualquier cosa para expresar su inconformidad, pero no hace nada para intentar demostrar que sabe, para intentar demostrar que el otro estaba equivocado. Pero es que para eso último se requiere, obviamente, contar con las herramientas necesarias. Y no bastan el reclamo ideológico o el simple argumento de la “libertad de expresión” para decir que lo que uno u otro escribe es literatura. Algunos (muchos, de hecho) dirán que sí, que nadie les puede decir lo que es o no es literatura, o querrán establecer “un nuevo canon” basándose en argumentos ideológicos, extraliterarios, pero eso que hacen, por mucho que la demagogia lleve a algunos a adherirse a su causa, no es más que un simple pataleo, un sofisma de esta época en la que, como ocurría en la Edad Media, importa más creer que tener la razón.

Cuando en temporadas como ésta, en la que cuento con bastante tiempo para leer, para escribir y para reflexionar sobre lo que leo y lo que escribo, pienso en la suerte que tengo de haber llegado hasta mis casi cuarenta años sabiendo identificar las diferencias entre literatura y lo que Truman Capote llamaba (refiriéndose a lo de Kerouac) simple “mecanografía”, no puedo evitar sentir esa soledad que tiene el lector, un lector cualquiera, cuando luego de terminar de leer un libro quiere comentarlo con alguien y se da cuenta de que nadie más, cercano a él, ha leído ese libro, pero al mismo tiempo experimento esa sensación de poder que supone ese grandioso acontecimiento íntimo y secreto de haber descubierto algo que nadie más, aquí cerca, ha descubierto; y entonces me lanzo de nuevo a mi biblioteca, porque sé que, siendo un buen lector, jamás podré sentirme realmente solo si tengo buenos libros a mano.