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La pregunta del título de esta entrada corresponde al título de una reseña de mi novela Los días y los muertos que Manuel Ayes ha publicado este domingo en El Heraldo en una versión corta, adaptada al espacio disponible en el periódico. La que viene a continuación es la versión original de esa reseña, que su autor, al que le agradezco sus palabras, me ha enviado:

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Uno suele escuchar que la literatura hondureña escasea de novelas. Es cierto. No ha sido Honduras el país más comprometido con este género; el otro tema al respecto es el de la calidad, la de aquellas novelas que trascienden por la esencia de sus personajes y las acciones meticulosamente construidas. Es distinto con la poesía, que impera, en logro o intentona, como la elección favorita principalmente de los escritores noveles.

Por supuesto, tenemos las novelas clásicas, que a mi parecer son: Blanca Olmedo de Lucila Gamero de Medina, La guerra mortal de los sentidos de Roberto Castillo, Una función con móbiles y tentetiesos de Marcos Carías Zapata, El árbol de los pañuelos de Julio Escoto, Peregrinaje de Argentina Díaz Lozano y Bajo el chubasco de Carlos Izaguirre.

Los días y los muertos de Giovanni Rodríguez se une a esa tradición de obras exhaustivas. Acreedor con ella del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo, este escritor santabarbarense nos brinda una grata sorpresa. Su obra posee un estilo fluido, sin ambages prosísticos, y novedoso en Honduras, enriquecido nítidamente por la rapidez de la acción del relato combinada con la digresión reflexiva de las obras que perduran.

Esta novela se ha convertido en uno de los mejores retratos de nuestra Honduras. Destaco de ella esa fotografía de la decadencia contemporánea, en la que sucesos insólitos para otras naciones, merecedores del pánico irrefrenable y la indignación, se han vuelto aquí el pan de cada día: una normalidad enfermiza.

El autor critica, no digo que intencionalmente, poco importaría, esa actitud inverosímil tomando como escenario San Pedro Sula, “la ciudad más violenta del mundo”, en la que las muertes, contadas por docenas, no son nada más que un titular de periódico. Y esto, en López, el personaje principal, desencadena la actitud primordial para la trama: una paranoia, que representa el estado de ánimo de la mayoría de quienes somos conscientes de esta tragedia. Así, entre elucubraciones de personajes complejos como Guillermo Rodríguez Estrada, el joven asesino, y las infidencias del narrador sobre López, Rodríguez desentraña el alma del hondureño actual.

Los días y los muertos nos presenta la vida de unos personajes que por el compromiso creativo han llegado a obtener carne y huesos palpables, personajes que se quedan viviendo con nosotros incluso después de finalizar la lectura, en esas preguntas que persisten y a que nos invitan las buenas obras literarias. Resulta inevitable esculcar en ellos e identificar algunas de las actitudes de los jóvenes actuales, de alguna manera bastante modianescos, según he percibido. Y es que también en ocasiones los personajes de Rodríguez están determinados por la presencia de la misteriosa mujer, encarnada en Mercedes, la Innombrable y sus hermanas prostitutas; la fatalidad de la juventud, hastiada de las implicaciones de una inevitable madurez y las obligaciones de un sistema que aborrecen; los jóvenes enamorados pero desconocidos, unidos por un azar de la noche o de la vida en general; y esos triángulos, o cuadrados o pentágonos amorosos que se construyen y deconstruyen infortunadamente.

También hay esa soledad y el odio al prójimo en Rodríguez Estrada, y la decepción que una mujer fatal puede causar en un hombre, emociones muy evocadoras de lo juanpablocastelesco, que llevan a encontrar la redención en lo que él mismo llama “la confirmación de la culpa”.

López, agobiado por la violencia, incorruptible en su trabajo, sabatianamente solitario, intelectual y capaz de encontrarse a sí mismo cuando creía que su camino estaba ya fatídicamente trazado, es un personaje que debe huir, en un exilio de su residencia que día a día vemos alrededor nuestro, aunque sean más frecuentes las huidas fuera del país; pero se trata de un exilio también de sí mismo, para escabullirse de la violencia que lo amenaza. López figura como esos personajes fuertes que no se olvidan y que traspasan la barrera del tiempo.

Leer el libro constituye una garantía de mantenerse en vilo, deseando avanzar más pronto de lo posible para descifrar lo que se convierte en una caja de sorpresas en los acontecimientos. La trama está acompañada de unas punzantes pero certeras críticas al sistema de justicia, a la literatura hondureña y su devoción por el Boom latinoamericano y con esto último alude a la necesidad de crear mejores historias que nos capturen con su maestría.

Como se lee en la novela, “la realidad se vuelve tu realidad cuando en lugar de ser un observador externo te convertís en participante directo”. La realidad golpeará al lector al enfrentarse con esta obra, en la que no hay ninguna coincidencia milagrosa, sino una determinada por el hecho de vivir en un lugar tan pequeño regido por un único gobernante: la violencia. Esa que, por lo menos, al leer el libro, solo se encontrará en la imaginación.

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