El año pasado el escritor francés radicado en México Philippe Ollé-Laprune me invitó, por recomendación de Horacio Castellanos Moya, a integrar el comité editorial para un proyecto de publicaciones de autores clásicos centroamericanos. Ese proyecto, llamado Biblioteca de Literatura Centroamericana, tiene ya sus primeros cinco libros, y el que corresponde a Honduras es una antología de poesía, cuento y ensayo de Juan Ramón Molina. Escribí el prólogo para esa edición, que se presentó, junto a los otros cuatro libros centroamericanos, en el lanzamiento de la colección en noviembre en la Ciudad de México.

Dejo aquí el inicio de ese prólogo, que se puede leer completo en Tercer Mundo:

Que el alcohol y la morfina lo llevaron al encuentro con la muerte, se dijo siempre de Juan Ramón Molina, considerado el más grande poeta que ha tenido Honduras. Atribulado y solo, las reseñas biográficas lo ubican, primero, ebrio y adormilado, en la mesa o en la barra de una cantina en una aldea salvadoreña llamada Aculhuaca, hoy convertida en el municipio de Delgado, y luego, en una cama solicitada por el propio poeta en ese mismo lugar, expirando poco antes de la llegada de los amigos que lo habían invitado a visitar El Salvador.

El alcohol, entonces, parecía ser la causa. Y la tristeza, la melancolía, ese “spleen” de los poetas del Romanticismo de principios del Siglo XIX y que Baudelaire popularizó poco después, sería lo que lo había llevado, obediente, a esa cantina. Pronto se supo que ese día se hizo suministrar una fuerte dosis de morfina y que días antes intentó suicidarse con el mismo recurso, aunque en esa ocasión se arrepintió y buscó la ayuda de un amigo para que lo mantuviera despierto.

La anécdota, con su melancolía, con la ingesta de nepentes quizá para olvidar o al menos para curar momentáneamente las heridas del corazón, con su vocación suicida y su final lúgubre, parece reunir los elementos necesarios para imaginarla como la típica escena de una novela romántica. A finales del Siglo XIX, cuando nació Molina, en América el movimiento romántico estaba en sus estertores, pero en Honduras, el país de este poeta, siempre a la zaga de lo que ocurría en el resto de los países del continente en materia literaria, florecía con las obras de Carlos F. Gutiérrez, Lucila Gamero de Medina o Froylán Turcios. El Romanticismo, de hecho, campearía en Honduras hasta muy entrado el Siglo XX, incluso después de darse por clausurado el Modernismo, irremontable en la cima de Darío, y aún con la explosión del movimiento vanguardista en sus distintas manifestaciones…