Unas semanas de inevitable encierro en casa y ya el mundo nos confirma su auténtico rostro: videos de gente con sus nalgas moviéndose al ritmo del reguetón, diciendo disparates a una cámara o haciendo malabares con un rollo de papel higiénico; aplausos multitudinarios (desde los pórticos o los balcones) que han de salvar vidas, textos que contienen ofertas altruistas de servicios profesionales desde casa, absurdas teorías conspirativas sobre el (ahora sí) Fin de los Tiempos. Todo constituye una auténtica muestra de esa “repetidera” automática de los seductores ecos de la banalidad, de ese Copy + Paste irracional que parece regir nuestras vidas actuales, en las que ya no aspiramos a pensar y a ser inteligentes.

Es lo que ocurre, cómo no, en las redes sociales, que, ya sabemos, sirven tanto para cambiar el mundo como para incrementar las posibilidades de un mundo más imbécil cada día. Unas semanas más de encierro y sentaremos las bases de la que será nuestra condición futura: la de unos zombis siguiendo, en una reivindicación del derecho a la simple existencia, la droga que nos permita eso, sólo eso: existir, no vivir, apenas con los movimientos del cuerpo en los vaivenes del tiempo, sin la tediosa tarea de pensar, ese ejercicio inmóvil que produce dolores de cabeza innecesarios.

En 1939 Borges, atribuyéndole sus palabras a Pierre Menard, escribió lo siguiente: “Pensar, analizar, inventar no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”. Y en el mismo párrafo hablaba de la posibilidad de “atesorar antiguos y ajenos pensamientos”, pues “todo hombre debe ser capaz de todas las ideas”, y remataba con un optimismo enternecedor: “entiendo que en el porvenir lo será”.

Borges, que tuvo casi todas las ideas, no pudo concebir jamás la idea de que esa, allá por el año 2020, iba a ser una pretensión ridícula. No imaginó que ese soñado aleph suyo se llamaría “internet”, y que, si bien le otorgaría a cualquier ser humano la posibilidad de tener al alcance de la mano todo el conocimiento del mundo, también propiciaría la acumulación de toda la imbecilidad del mundo.

Las excusas más repetidas, cuando las hay, tienen que ver, también, con la falta de imaginación, que, como ya deberíamos saber, es una rama que crece sólo en el tronco del pensamiento (imaginar es “pensar en imágenes”). Porque con un poco más de imaginación, estas excusas serían más creativas: “Hacemos esos videos para no aburrirnos” (una persona inteligente y creativa jamás se aburre); “No todos tuvimos tiempo de conseguir unos buenos libros para leer durante la cuarentena” (una persona que lee tiene siempre consigo unos buenos libros; no los busca por emergencia); “De alguna manera tenemos que pasarla bien” (sí, de alguna manera, pero en función de nuestra inteligencia y nuestra creatividad, ese entretenimiento podría resultar menos vacuo).

Pero esperar que alguien se excuse por dedicar las horas muertas del día (que en estas últimas semanas se han incrementado considerablemente) a esos ridículos ejercicios de la idiotez, es esperar demasiado. En realidad, la mayoría no se excusará jamás por algo así, porque ni siquiera serán capaces de reflexionar sobre lo que hacen con sus horas muertas; y cuando alguien se los restriegue en la cara, reaccionarán ofendidos. Sentirse ofendido, ya sabemos, es algo muy propio de quien no tiene convicciones firmes; la susceptibilidad es inversamente proporcional al desarrollo de la personalidad y de la inteligencia.

Un individuo que lee, escucha buena música, que tiende a pensar en lo que observa y a emitir juicios de valor al respecto, que por supuesto no se mueve por la fe o por la inercia o por el Copy + Paste y que se dedica, aparte de sus actividades cotidianas, a ejercicios creativos, suele ser visto en estos tiempos como alguien molesto y fuera de contexto. En definitiva, esos individuos, entre los que me incluyo, estamos fuera de contexto, somos viejos anticuados o amargados, casi unos extranjeros sin papeles en el país de los tontos o de los engañados sin remedio. Es una cuestión generacional, dicen algunos, y eso sirve para justificar el fenómeno, cuando no para entender que es un fenómeno demasiado peligroso. Porque en la ligera costumbre de decir por decir, recurrimos apenas al clásico de la indolencia: “qué se le va a hacer”, sin preguntarnos nunca el qué, el por qué, el cómo, aquello que da origen al razonamiento.

En esta época en la que el asunto de detenerse a observar lo que hay alrededor, de reflexionar sobre lo observado y de emitir juicios de valor al respecto no parece una actividad frecuente entre nosotros, pues nos distrae del simple entretenimiento exento del tedioso esfuerzo, que es lo que constituye el eje de nuestra existencia, la inercia es lo que nos mueve, como si flotáramos sobre un salvavidas y esperáramos que las olas nos lleven a una orilla segura.

Yo, que doy clases en la universidad, lo veo año con año: parecen bichos raros quienes leen un poco; el afán por la adquisición del conocimiento ha sido sustituido por el burdo afán de estar bien informados, incluso si la información resulta falsa; la idea de investigar en los libros es una cosa obsoleta, pues ahí están Mr. Google y doña Wikipedia que lo saben todo; las relaciones interpersonales ahora se miden en “likes” y somos capaces de desatar una guerra como reacción a un emoticono; las vidas y las experiencias ya no se ganan y se consumen en las calles, los parques y los bares sino en las pantallas, que lo engullen todo; ahora los desvelos no son producto de horas de estudio, de borracheras o de exhaustivas jornadas amorosas sino de los chats hasta las tres, cuatro o cinco de la mañana; la conciencia social ahora es la conciencia de las redes sociales, en donde surgen Greta Thunbergs, Residentes y Bukeles según mutan las causas y los gustos por las causas.

Suele verse ahora con frecuencia que, al no ser capaces de ejercitarnos en las tareas del pensamiento, colocamos a cualquiera en el pedestal destinado a los héroes. Un mérito común, inherente a su condición de artista o de político o de activista social, oportunamente publicitado en las redes sociales, hace de cualquiera un héroe, un modelo a imitar, un depósito ideal para nuestras emociones más pedestres. Así, inmersos en la decadencia del pensamiento creativo, del razonamiento, hasta Britney Spears y Bad Bunny emergen como figuras ejemplares.

Y en medio de todo eso, como si la educación que recibimos no haya sido suficientemente mala, aparece la fe como salvoconducto. Porque una persona con fe no necesita pensar; Dios, que rige sus actos, decide por ella. Una persona con fe permite que otros hagan el mal y “allá ellos” garantizando su condenación eterna; una persona con auténtica fe no toma precauciones derivadas del razonamiento, porque Dios guarda sus pasos; una persona con fe hace el mal, incluso, pero al ser ciega la fe, es invisible lo que de ella sale.

Pero nada de todo esto importa ahora si hay internet en casa, si somos incapaces de ver que, en las circunstancias actuales, y específicamente en un país como el nuestro en las circunstancias actuales, regido por esa nefasta combinación de corrupción, cinismo, estupidez y fe religiosa, lo más probable es que, más pronto que tarde, nos llegue el día en que lo paguemos todo, aunque no sepamos cuál es la deuda ni cómo la hemos contraído, aunque no tengamos idea del origen de nuestra incertidumbre. No se necesita tener una bola de cristal ni ser muy inteligente para saber que pronto aquí no habrá trabajo ni comida ni salud para muchos; no habrá, en las calles, condiciones para la vida normal y ni siquiera condiciones para una simple existencia normal. Tampoco, entonces, habrá fe o esperanza que nos salven; la realidad nos absorberá como ahora nos absorben las pantallas y sus banalidades, como ahora nos absorbe la estupidez humana.

Cuando eso suceda, quizá nos detengamos un momento para mirar atrás. Y entonces, al no ver nada distinto, porque nuestros ojos no estarán acostumbrados a ver el mundo distinto, porque jamás nos habremos ejercitado en el odioso arte del cuestionamiento, porque no habremos sido capaces nunca de reaccionar a las anomalías, volveremos a sonreír estúpidamente y continuaremos, como siempre, la marcha, con los brazos al frente y moviendo nuestros cuerpos con la mente en blanco, como los auténticos zombis que en realidad somos, incapaces de darle un respiro a nuestra inteligencia.