“Un escritor que no domine su idioma no puede llamarse escritor”

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Rescato esta entrevista que me hiciera Karla Palacios para la revista CriticArte el año pasado luego de darse la noticia de que me habían otorgado el premio de novela “Roberto Castillo”:

Tu más reciente triunfo es ser el primer ganador del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo”. Más allá del reconocimiento del momento, el despliegue en los medios de comunicación y la “lluvia” de felicitaciones, a largo plazo, según tu opinión, ¿qué aportan los premios a la vida de un escritor?

R/ Aportan, sobre todo, dinero; y el dinero trae lapsos de tranquilidad. Aunque quizá aporten también la sensación de que, más allá del dinero, hay cierto reconocimiento al trabajo realizado.

Tradicionalmente, en los medios hondureños ha sido difícil encontrar espacios para la información sobre arte y cultura. ¿Te sorprendió que algunos medios reseñaran la noticia sobre tu premio? ¿Piensas que todavía cuesta encontrar espacios para las buenas noticias?

R/ Sí, lo de la cobertura del premio fue una sorpresa para mí, y creo que se explica por el hecho de que en Honduras estamos ávidos de buenas noticias, aunque, paradójicamente, las malas noticias son las únicas que parecen producir un beneficio directo para los medios de comunicación.

Honduras vive momentos muy complicados, sin embargo, tú abogas porque a pesar del panorama a veces desolador, se mantenga el buen humor. ¿Es posible que el conocimiento y análisis de la realidad lo vuelvan a uno irremediablemente pesimista?

R/ Sí, definitivamente es así. Ser optimista en países como el nuestro es ser ingenuo. Lo lógico es que seamos pesimistas y nos sintamos condenados. Y ante una perspectiva como esa el sentido del humor puede ser lo único que nos salve de la desesperación. Los hondureños tenemos un gran sentido del humor y eso quizá explique que seamos tan aguantadores.

Hablemos de tu proceso creativo. Tú escribes poesía, cuento y novela. ¿Cómo decides qué escribir, lo piensas en frío o te dejas llevar por lo que surja?

R/ La novela es el género al que le dedico casi todo mi tiempo; ahora, por ejemplo, en medio de mis actividades cotidianas, trabajo en dos novelas simultáneamente; paso tomando notas, dándole forma a las tramas, y en ese proceso a veces se me ocurren ideas para historias que exigen una tensión y un ritmo distintos, entonces escribo cuentos en dos o tres días, o los dejo inacabados durante uno o dos años, hasta que llega el momento en que les doy el toque final o los abandono por completo. La poesía, en cambio, sólo llega en los momentos de absoluta calma, y darle forma a un poema probablemente me cueste más que darle forma a una novela.

Como escritor, ¿qué te exiges a ti mismo? Como lector, ¿qué te exiges encontrar en una obra?

R/ Como escritor me exijo, ante todo, la precisión en el lenguaje; no me gustan las redundancias ni la verborrea. Un escritor que no domine su idioma y que no sepa utilizar las herramientas de ese idioma para ponerlas al servicio de la literatura no puede llamarse escritor. Como lector exijo casi lo mismo, pero debo agregar que en este caso el placer es fundamental para mí, así que si un libro me aburre, aunque esté muy bien escrito, lo dejo a un lado para empezar a disfrutar con otro lo más pronto posible.

En Honduras ha aumentado la publicación de libros de cuentos, no obstante, desde tu perspectiva, no siempre cumplen los requerimientos elementales para estar a la altura de los buenos cuentistas hondureños. ¿Cómo se es un buen escritor de cuentos?

R/ Quizá no sepa bien cómo se llega a ser un buen escritor de cuentos, pero sí estoy seguro de que en el cuento debe haber mayor tensión que en la novela y que no es lo mismo contar una perra que escribir un cuento. Creo que partiendo de ese mínimo conocimiento se puede empezar una búsqueda verdadera o llegar a una propuesta verdadera en la escritura de cuentos. Lo que ocurre con la mayoría de los que publican cuentos en Honduras es que ni siquiera han llegado a ese conocimiento y aparte, les cuesta superar sus problemas con la sintaxis o con los lugares comunes.

Existe la creencia entre las grandes masas de que la cultura y el arte son privilegio de una minoría, de aquellos pocos que pueden descifrar y entender el lenguaje de los artistas. Se piensa por ejemplo, que apreciar una pintura o una escultura no es para todos, que hay obras que leen solo los intelectuales y que la poesía no hay forma de comprenderla. Según eso, ¿hay entre los artistas un interés de permanecer inalcanzables? ¿O crees que deberían tratar de cambiar este pensamiento?

R/ Desafortunadamente no todo el mundo tiene acceso a la formación artística y eso, obviamente, imposibilita que todo el mundo llegue a apreciar una obra artística en toda su dimensión. Porque, aunque esto no le guste a muchos, el arte no es un asunto tan democrático como pretenden hacerlo ver algunos. Un artista se forma como artista, pero también el público debe formarse como público capaz de descifrar los códigos de una obra. No se trata de rebajar la obra para ponerla al alcance de la mayoría, porque esta mayoría generalmente es inculta y no establece diferencias entre, por ejemplo, un libro de recetas y uno de cuentos; se trata más bien de que el público aspire a estar a la altura de la obra, que sea capaz de decir algo más que “está bonito” o “está feo”. Un futbolista que no entrena no puede aspirar a ser un buen futbolista y de la misma manera un lector que no tenga suficiente experiencia como lector o que lo que haya leído no pase de Coelho y los libros de autoayuda no puede aspirar a comprender una buena obra literaria. La ambigüedad y la plurisignificación son elementos inherentes a la obra de arte y una obra que no los tenga no es arte sino artesanía. Así que el público, en lugar de quejarse tanto, debería empezar a cultivarse, si es que de verdad le interesa el arte.

Escribir es un desafío, publicar mucho más, pero publicar a otros autores debe ser una tarea aún más complicada. ¿Qué lo motivó a participar en el proyecto editorial Mimalapalabra?

R/ Precisamente las dificultades que identifiqué en su momento acerca de publicar literatura en Honduras. Yo soy de los que no espera que las oportunidades caigan del cielo sino que me las busco, y en esto he coincidido con algunos amigos que han publicado en la editorial Mimalapalabra.

Entre los conocedores parece haber muchas expectativas sobre tu carrera y lo que aportarás a la literatura hondureña ¿Sientes ese peso sobre tu espalda o se convierte esto en una motivación?

R/ El único peso que siento sobre mi espalda es un tanto egoísta y tiene que ver sólo con la necesidad de seguir trabajando y así garantizar el bienestar de mi familia. Las expectativas que pudiera generar en otros lo que yo escriba de ahora en adelante en realidad no son asunto mío. En cuanto a la motivación, eso yo lo he tenido siempre, incluso antes de que empezara a escribir. Lo que sí puedo garantizar es que mientras me dedique a la literatura, lo haré con la misma pasión y la misma seriedad con que lo he hecho hasta ahora.

Alberto Arce sobre Los días y los muertos

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Alberto Arce, uno de los periodistas extranjeros más conocidos en Honduras, autor de dos libros, entre ellos Novato en nota roja. Corresponsal en Tegucigalpa, que después tendría una nueva edición titulada Honduras a ras de suelo, y ganador de prestigiosos premios internacionales, me escribió a finales del año pasado preguntándome por mi novela Los días y los muertos. En ese momento la novela apenas había empezado a circular en Tegucigalpa y yo ni siquiera tenía un ejemplar para poder enviárselo, por lo que le ofrecí el texto en PDF. A los días me escribió diciéndome que la novela le había gustado, se despachó unos tuits recomendándola y hasta me envió el comentario que dejaré a continuación. Que alguien como Alberto Arce, un periodista al que admiro y respeto, sobre todo luego de leer Honduras a ras de suelo, un libro más hondo y mucho mejor escrito que un buen montón de los libros que presumen de ser literatura en este país, le dedique unas palabras a un libro mío es algo que me llena de alegría. Así que mientras ustedes leen su comentario, yo me voy al Correo Nacional para enviarle, por fin, el ejemplar prometido.

La manera más fácil de describir la Honduras de hoy sería saltar al charco de sangre y tratar de que salpique. Eso siempre tiene mercado. Pero evitarlo -con elegancia, sin caer en la omisión, optando por un ejercicio de sobriedad contenida-, como ha hecho Giovanni Rodríguez en Los días y los muertos, es digno de reconocimiento. Me permite pensar que la novela no busca aprovecharse del sufrimiento del país para el lucimiento de una pluma. Va mucho más allá. Me transmite algo mucho más, que tiene que ver con la soledad de un lugar donde las relaciones personales son cada día más complicadas, las profesionales caen en lo destructivo y la esperanza en que la sociedad se recomponga no se vislumbra por ninguna esquina.

El libro está seriamente bien escrito, con gran complejidad pero ninguna pedantería. Muy por encima del nivel del país. El juego de muñecas rusas alrededor de un periodista que quiere escribir un libro justo cuando conoce a alguien que lo ha hecho y a quien lee mientras vive lo que lee, o lee lo que vive y se ve obligado a decidir qué hacer con su vida con una novela como imán que le atrae, es algo que pocos escritores son capaces de articular con la tranquilidad con la que lo hace Giovanni Rodríguez en esta novela.

Yo comencé como periodista que cubría Honduras en San Pedro Sula, donde está ambientada la novela. Y les aseguro que es, ante todo, creíble.

Alberto Arce.

 

Dasio y Nicodemo, el principio de la locura

Mi artículo de febrero de la columna “Lo demás es ficción” ya está disponible en la nueva web de Literofilia:

Arrastrado por una urgencia burocrática, me vi hace pocos días en la necesidad de volver al centro de esta ciudad infernal llamada San Pedro Sula, que, como ya se sabe, no ha cambiado mucho en los últimos años y sigue siendo un campo minado para cualquiera que pretenda preservar su cordura. El ruido de los parlantes frente a las tiendas, el ir y venir de la gente, los vendedores ambulantes de cualquier cosa y el sol y el calor recordándonos que no hay escapatoria; todo eso concentrado en unos cuantos minutos en los que hay que cuidarse las espaldas, por si aparece un ladrón dispuesto a llevarse nuestra billetera.

Ahí en las calles de esta ciudad, considerada como una de las más violentas del mundo, es posible localizar cualquier día del año, a manera de contraste con la realidad apabullante, a auténticos personajes dignos de un manicomio: un fanático religioso alertándonos, Biblia en mano, sobre el nuevo fin del mundo; un falso ciego limosnero con una mano extendida y examinando los traseros femeninos; un labioso vendedor ambulante, “respetable señora, apreciable damita”, de una poción para retener a los maridos en casa; un grupo de fervorosos politiqueros, megáfono mediante, pregonando las virtudes del próximo redentor en el Congreso. Una feria de pueblo, diría cualquiera; un manicomio, digo yo.

Puede leerse completo siguiendo este enlace —–> Dasio y Nicodemo, el principio de la locura.

La dimensión humana de “Los días y los muertos”

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Portada Siempre

Portada de la revista “Siempre”, publicación dominical de El Heraldo.

Samaí Torres me entrevistó para El Heraldo con motivo de la publicación de Los días y los muertos. “En su nueva novela Giovanni Rodríguez explora el tema de la violencia en Honduras desde la tragedia de un escritor y la mirada personal de un periodista”, dice, y continúa:

“Un papelote surcando el cielo mientras la sangre surca la tierra. Una visión de inocencia y muerte conjugadas en un mismo territorio: Honduras, y que se establece como el punto de partida de Los días y los muertos, la novela de Giovanni Rodríguez ganadora de la primera edición del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Si en la realidad el papelote volaba mientras abajo, en un campo de fútbol, yacían siete personas muertas, en la novela el papelote volaba mientras abajo, en el área de juegos de un restaurante, yacían niños y adultos muertos producto de lo mismo: una masacre. En su obra el escritor aborda la vida de dos personajes, uno de ellos decide renunciar a esta sociedad, el otro decide luchar, quedarse, seguir adelante y replantearse sus posibilidades en un panorama sombrío; este último bien podría ser el hondureño común que se enfrenta a esta sociedad con una esperanza que lucha por interponerse a la desesperanza”.

¿Cómo concibió la trama de esta novela?

Cuando me lo preguntan suelo decir que, quizá, todo parte de una imagen, y es la de un niño elevando un papelote el día que asesinaron a 14 hombres en un campo de fútbol en la colonia Felipe Zelaya en San Pedro Sula; en esos días estaba trabajando como periodista de la crónica policial en diario Tiempo, y recuerdo perfectamente que en el campo quedaban siete cadáveres, los otros fueron trasladados heridos a los hospitales, donde murieron. Me pareció bastante sorprendente el contraste entre un niño elevando un papelote en el campo de fútbol y a pocos metros los cuerpos tirados y rodeados por la cinta amarilla, me quedé pensando en el asunto de cómo pueden convivir la inocencia con la violencia en un espacio tan reducido.

¿Ha considerado que quizá la gente puede decir que esta historia es más de lo mismo que ya vivimos?

A pesar de que el personaje principal es un periodista, a pesar de que la trama gira en torno al periodismo, mi objetivo no era ofrecer un punto de vista periodístico del tema, porque eso ya lo conocemos, lo vemos todos los días en el periódico y la televisión. Pero la literatura no debe enfocarse solamente en contar historias o en un tema específico, debe crear personajes que sean suficientemente cercanos a los lectores para que puedan identificarse con ellos. Mi intención ha sido crear personajes que tengan una dimensión humana con la que cualquiera pueda identificarse. El asunto es que se pueda observar el tema de la violencia ya no como nos asomamos a las portadas de los periódicos, sino como nos asomamos, probablemente, al alma del ser humano que está involucrado en el asunto.

¿Cuál es el riesgo de hablar de un tema tan común como la violencia sin que suene trillado?

Yo me hice esa pregunta: ¿en qué momento esto va a diferenciarse de lo que ya todo el mundo consume a diario? Eso para mí fue un reto mucho mayor, dotar a los personajes de ciertas características que pudieran establecer esa comunión con el lector, para que se interesara en leerlos, porque la perspectiva es distinta, es más humana, y con el tratamiento literario se aleja de lo meramente periodístico y se convierte en algo más expresivo. Lo que quise es que fuera una expresión de la condición humana del hondureño común que vive en medio de toda esta violencia.

La entrevista completa puede leerse con un clic aquí —-> Entrevista en El Heraldo.

HABermúdez sobre Los días y los muertos

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Quizá hayan leído ya este texto con el que Hernán Antonio Bermúdez presentó mi novela Los días y los muertos en Tegucigalpa la semana pasada, pues fue publicado originalmente en Presencia Universitaria, pero lo dejo aquí por si las moscas (y para el archivo de este blog):

Se ha dicho que Honduras es un país violento, peligroso y absurdo. Tan absurdo que (por manido que suene) si Kafka hubiera nacido aquí, solo sería un escritor costumbrista. Lo cierto es que en Los días y los muertos, novela con la que Giovanni Rodríguez ganó el Premio Centroamericano y del Caribe Roberto Castillo, se aborda esa violencia y ese peligro que se padece y respira en nuestro país.

Pero no se trata de una crónica documental ni de un testimonio directo. El lector se encuentra aquí con un libro que propone rupturas, ensanchamiento de límites, disolución de fronteras, metamorfosis.

En Los días y los muertos irrumpe una “conciencia interior” que trae consigo cierta intensificación expresiva. Se está ante una novedosa forma literaria de “mirar”, con el consiguiente cambio de perspectiva. A diferencia, por ejemplo, de una obra como Trópico, de Marcos Carías Reyes, bien escrita y solvente, que forma parte de nuestra tradición literaria pero que nace bajo el registro del descriptivismo costumbrista, la novela de Giovanni Rodríguez es un artefacto literario más difícil, en el sentido de lo que Roland Barthes llama “textos de goce”, es decir, una obra disidente.

Así, lejos del “encantamiento narrativo” de Trópico, que se puede leer con fruición (pues no está exento de un sabor nostálgico), el caudal de recursos expresivos contenido en Los días y los muertos denota una atracción por la herejía (no en balde la primera novela de Giovanni, publicada en 2009, se llama Ficción hereje para lectores castos), con la que el autor se enfrenta a las formas convencionales de narrar.

La gama de técnicas formales contribuye a captar con cruel ironía esa Honduras que aquí deriva en geografía existencial. Sobresale la ausencia de un sentido unitario y se impone, en su lugar, el peso del mundo disgregado. De manera que la visión que brinda Rodríguez del momento histórico es crítica y el “diagnóstico” fulminante, pues lo irracional se da en estado bruto. Se trata de una estética de ruptura, de una literatura de disidencia, que viene a continuar y a exacerbar los logros de la narrativa de Marcos Carías Zapata, Eduardo Bähr y Roberto Castillo, así como del honduro-salvadoreño Horacio Castellanos Moya, todas producciones de carácter cuestionador. Esos autores hondureños —a los que podría añadirse parcialmente Julio Escoto—, tienen por tema central, para decirlo en forma escueta, las dificultades (o, a veces, incluso la imposibilidad) de habitar completa y plenamente el mundo. Y hoy se está ante honduras trágicas donde la precariedad de la existencia salta por los aires.

Pero Los días y los muertos ejerce al mismo tiempo una ruptura con el tiempo lineal para dar paso a otra lógica, anudada al cuerpo y al impulso libidinal. Pues ciertamente López, el periodista que protagoniza la novela, junto al asesino Guillermo Rodríguez, y Walter Laínez, la víctima, viven la exaltación de los sentidos en el ambiente de la costa norte, al igual que Mercedes (y sus hermanas “descarriadas”), susceptible de despertar pasiones tumultuosas.

Aquí San Pedro Sula constituye el decorado del hilo narrativo, y no se trata solo de una escenografía ornamental (o de la recreación de un marco caribeño), sino que se enlaza con toda suerte de extravíos y complacencias de la carne. Sí, está presente la particularidad de lo local, pero los nervios con que está escrita la novela no vienen solo de un hálito regional sino también de una línea de reflexión que se entronca con lo universal o, mejor dicho, con la mejor tradición literaria de la humanidad.

El riesgo abrupto, la violencia abierta o larvada propia de lo cotidiano conforman la atmósfera de Los días y los muertos. Pero lo que podría parecer tremendismo al momento de narrar los estragos de esa batalla diaria por la sobrevivencia, se vuelve íntimo. El novelista narra los destrozos en la intimidad, y no solo en el ámbito de lo individual sino también, si ello fuera posible, en el de lo colectivo. Así, desde un enfoque intimista, el relato del mundo circundante se transforma en alusión, y la anécdota en alegoría. Ambas se confabulan para la construcción literaria de una nación ruinosa, asediada por la pobreza y sus pestes. Convertida en alegórica, esa estética de la ruina lo impregna todo, pues si bien Los días y los muertos se refiere a historias privadas, personales, de manera simultánea se transmuta en fragmentos de la historia de un país, en una época particular: el presente.

Esta obra confirma —aunque pueda sonar banal— que no hay nada más frágil que la vida de un ser humano, puesto que aquí la vida humana equivale a la inseguridad radical. No conozco otro texto narrativo en el país que encarne la conciencia de esa vulnerabilidad como lo hace esta obra de Giovanni Rodríguez, capaz de producir una interpretación literaria impugnadora de un mundo venido a pique junto con todo su cargamento de valores. Y esa conciencia amarga enriquece la vida, desde la mirada de una modernidad estética contestataria, siempre inconforme.

Al margen de esa atracción por la herejía, que supone una puesta en cuestión de los códigos tradicionales de narrar, hay que subrayar los elementos de erotismo en esta novela. Aquí el eros es esa hendidura por donde se cuela la anarquía (libertina) en la vida, es —de alguna manera— la insumisión contra la codificación burguesa del entorno. El eros es “revuelta” que acerca al sujeto a su fibra más recóndita, y allí lo prohibido se rebela contra un orden predeterminado: la pulsión erótica como fuerza liberadora.

Solo resta hacer énfasis en que Los días y los muertos posee un registro narrativo basado en la ironía, la cual, como se sabe, desestabiliza las certezas. Dicho en forma extrema, ironizar provoca angustia. No en vano la novela es el territorio donde naufragan (o suelen diluirse) las certidumbres de toda índole.

Días violentos. Días 1 y 2

Inicio de Los días y los muertos:

DÍAS VIOLENTOS 

Día 1

Walter Antonio Laínez Enamorado, de 19 años de edad… Como consecuencia de una puñalada en el corazón en el sitio del corazón murió ayer, alrededor de las tres y media de la tarde, Walter Antonio Laínez Enamorado, de 19 años de edad, tras ser atacado por Guillermo Rodríguez Estrada, de 24 años, en el estacionamiento de un centro comercial de esta ciudad, en lo que, según el reporte policial, pudo haberse tratado de un crimen pasional.

La víctima había llegado, de ocupación auditor bancario, había llegado hasta ese sitio minutos antes acompañado por su novia, cuyo nombre no fue revelado, al parecer con la intención de entrar juntos a ver una película en los cines del centro comercial. Según informó un testigo… Pero los planes de la pareja Los planes de la pareja, sin embargo, fueron truncados por Rodríguez, un exnovio de la muchacha, quien los interceptó a pocos metros de la puerta de entrada al edificio e inició una discusión con ambos, la cual terminó con el ataque un ataque de arma blanca por parte de Rodríguez, según relató la muchacha.

Una vez cometido el crimen… Después de matar a Laínez Enamorado… Un guardia de seguridad cuya identidad tampoco fue revelada por razones de seguridad aseguró haber visto al agresor salir del estacionamiento con “una de sus manos manchada de sangre”, en la que además portaba lo que podría haber sido una navaja, lo cual lo atemorizó por lo que decidió no requerirlo. Fue él quien llamó Luego llamó a la Policía desde su teléfono celular mientras observaba que a unos cien metros de distancia del sitio por donde había salido el sospechoso, éste, absurdamente, decidía sentarse en una acera y después acostarse boca arriba.

La Policía, al recibir el aviso, encontró a éste envió dos patrullas y algunos agentes motorizados para buscarlo iniciar la búsqueda del agresor pero ésta no fue necesaria ya que se lo encontraron desmayado en una acera cerca de la avenida Circunvalación, al lado de un poste del tendido eléctrico, según las indicaciones ofrecidas por el guardia. Semiinconsciente, las autoridades fue trasladado los agentes policiales lo trasladaron a la sala de emergencias del hospital Mario Rivas, en donde fue reanimado por médicos y enfermeras el personal de turno lo reanimó por completo para luego confesar su crimen a la Policía.

Rodríguez fue puesto en guardará prisión preventiva en el Centro Integrado de la Policía en esta ciudad mientras se formalizan los cargos de asesinato en perjuicio de Laínez Enamorado y de intento de asesinato contra la joven que lo acompañaba acompañaba a éste.

López leyó la nota para revisarla y luego puso el título: “Triángulo amoroso deja una víctima mortal”. La guardó en la carpeta de Policiales, copió y pegó tres fotografías en las Digitales del día, una del cuerpo en el suelo del estacionamiento, otra del rostro del agresor, captada por Diógenes en el hospital, y la última de la cédula de identidad de la persona asesinada. Apagó la computadora, tomó un trago de su bote de agua y se levantó para salir a la calle, con la única intención de llegar al café del parque y sentarse, a la primera oportunidad que se le presentara, a la mesa en la que solían sentarse Walter Antonio Laínez Enamorado, el muerto, y Guillermo Rodríguez Estrada, su asesino, cuando las cosas no eran lo que habían empezado a ser a partir de las tres y media de la tarde de ese día.

López se consideraba a sí mismo un hombre frío, después de 17 años cubriendo Generales en ese diario, muchos de ellos consumidos en la crónica policial. Sentía que estaba curado contra los efectos que la violencia restregaba en la cara de los ciudadanos todos los días. Nada de lo que veía a diario en la cobertura de los asesinatos, los asaltos, los incendios y los escándalos públicos lo asombraban o le revolvía el estómago, como sí ocurrió en las primeras ocasiones en que tuvo que cubrir alguno de estos eventos. Había llegado incluso a imitar la costumbre de Becerrita, aquel personaje de Vargas Llosa, colega suyo, que siempre se hacía tomar una fotografía con el muerto que le tocara, y había considerado armar su propio álbum con esas fotografías, que no eran muchas pero sí las suficientes como para que una novia lo dejara definitivamente el día que, por accidente, las encontró sobre una pila de libros en el mueble del televisor que tenía en su habitación. Sin embargo, López era un poco paranoico, efecto, este sí, de todos esos años escribiendo en sus notas de Policiales los nombres de asesinos, pandilleros, narcotraficantes o asaltantes que la Policía o alguna víctima o testigo señalaba como culpable de algún crimen o delito común. Desconfiaba de todos y siempre que estaba en un lugar público su mirada era un radar en busca de posibles ataques sorpresivos. Pero esta vez quería volver al Espresso Americano del parque, el café en el que veía con frecuencia a esos dos amigos, porque a las tres y media de la tarde de ese día había tenido que cubrir la noticia de la muerte de uno de ellos a manos del otro, ambos conocidos por él, no simples pandilleros de los que a diario aparecían descuartizados y metidos en costales en solares baldíos, en tiraderos de basura o en las cañeras o con las manos y los pies atados, con signos de tortura y un disparo exacto en la frente o en la boca, no muchachos desconocidos de ocupación jornaleros que días antes habían desaparecido o que habían sido sacados a medianoche de sus hogares en colonias como la Rivera Hernández, la López Arellano o la Luis García Bustamante por presuntos amigos o compañeros de negocios, no mujeres con expediente abierto en la Policía por tráfico de drogas o extorsión, con tatuajes en el pecho y la espalda y con disparos en la nuca. No, esta vez se trataba de dos muchachos a los que había visto, durante al menos un año, encontrarse en ese Espresso Americano del Centro para hablar de mujeres o de libros, como pudo constatar en las diferentes ocasiones en que llegó, sin querer, a escuchar sus conversaciones.

Salió de la sala de redacción y cuando iba por el pasillo y miró hacia la izquierda se le vinieron los recuerdos de cuando llegó a trabajar al diario. Entonces, utilizaba una máquina de escribir y no una computadora y sus pagos llegaban puntuales cada quincena. Ahora todo era diferente, pensó con tristeza o con aburrimiento o quizá con desdén. Ahora sentía que, aunque había valido la pena trabajar ahí durante mucho tiempo, la vida se le había ido considerablemente a la mierda. Tenía 36 años. Desde hacía doce vivía solo en un apartamento del tercer piso de un edificio del Centro, justo sobre la Tercera Avenida y la Tercera Calle, zona que producía un ruido incesante que se elevaba hasta su habitación cada mañana. Su única compañía permanente era su perro Káiser, obsequio de su exnovia en un día de cumpleaños, al que en las últimas semanas había podido enseñarle la habilidad de cagar en un lugar preciso. Lo de las meadas era un caso aparte y para educarlo en eso necesitaba seguir siendo paciente y asumir que tendría que lavar el piso y las orillas de algunas paredes cada tarde al llegar a casa y al levantarse por las mañanas.

Bajó las gradas del edificio alquilado por el diario para sus operaciones, llegó a recepción y firmó el libro de entradas y salidas a las 5:47 P.M. Una vez afuera, se quitó de encima el carné de identificación como reportero del diario y se lo metió en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Pensó, como algunas veces pensaba cuando hacía eso cada tarde, en sus colegas del diario de la competencia, a quienes al parecer les gustaba exhibir su carné de identificación por las calles, para demostrar quizá lo importantes que eran o que creían ser; pobres diablos quizá todavía estudiantes de Periodismo, esperanzados en la obtención de un título que probablemente nunca llegaría, por sus jodidos horarios en ese diario y por el estúpido compromiso a tiempo completo que éste exigía de ellos. Cruzó la calle, una calle a esa hora más transitada y más ruidosa que a ninguna otra, y enfiló, calle arriba, rumbo al café. ¿Cómo sería estar ahí, a esa hora y ver la mesa vacía u ocupada por otras personas?

 

Día 2

Muy temprano, López se levantó para limpiar las meadas nocturnas de Káiser, depositar en el plato de aluminio de éste algo de Doggy y al lado, en otros dos recipientes, también de aluminio, un poco de leche y otro tanto de agua. Era la rutina de cada mañana antes de irse a su trabajo para incorporarse a esa otra rutina de las muertes violentas propias del periodismo policial. Porque en un país como Honduras el periodismo policial casi podía reducirse exclusivamente al ámbito de las muertes violentas, unas doce de promedio diario en diferentes ciudades, al menos las que reportaba la Policía con los levantamientos de cadáveres. Muchos más quizá perecían en otros sitios, en aldeas de municipios cercanos o del interior del país, pero de esas muertes nadie se enteraba, apenas algún familiar, algún amigo que después de tres días de búsqueda optaba por olvidarlo todo y reservarse sus sospechas para evitar meterse en líos con los victimarios.

Era así cada día, desde que su exnovia lo dejó hacía un año. Antes ella se ocupaba de Káiser pues había sido idea de ella traerlo a casa. Ahora él agradece esta decisión de su exnovia porque si a ella no se le hubiera ocurrido alguna vez regalarle una mascota y traerla a casa, él no habría podido acostumbrarse tan fácilmente de nuevo a la soledad, a esa soledad que es mayor cuando inmediatamente antes esos espacios fueron ocupados por el cuerpo de una mujer, por los movimientos de una mujer, por la sombra de una mujer. Káiser no había sido lo único que ella le dejó el día de su partida; también estaban todas las fotos en las que aparecían juntos, las cartas que él le había enviado cuando ella se fue a estudiar un año fuera del país, las figuritas de porcelana en miniatura, todos los recuerdos materiales de su vida juntos.

Caminó las nueve cuadras que separaban su casa de su lugar de trabajo, que en algunas ocasiones se convertían en diez u once pues, por seguridad, decía él, no solía utilizar la misma ruta dos días seguidos. Minutos antes de las ocho y media escribía su nombre y la hora de entrada en el cuaderno del guardia en la recepción del diario y luego subía a la sala de redacción, en donde aún no empezaba a producirse el ruido de las teclas presionadas y el de las pantallas de televisión encendidas pues a esa hora todos los que han llegado leen, lo más rápidamente posible, su ejemplar del diario que les ha dejado, doblado, Leonidas, el eterno conserje, bajo el teclado de la computadora. Un rato después, luego de la reunión de todos los de Generales con Casco, el jefe de redacción, en la oficina de éste, López se quedó un momento para comentarle algo. Ajá, López, qué me cuenta. Y entonces López le habló, con una muestra de pasión periodística que hacía mucho su jefe no le veía, de Walter Laínez Enamorado y del tipo que lo mató.

Una hora más tarde ya estaba en el Centro Integrado de la Policía, en el barrio Lempira, solicitando al jefe de turno que le permitiera un par de minutos para entrevistar al detenido Guillermo Rodríguez Estrada, acusado de asesinato. El jefe policial le dijo que por su parte no había problema en arreglar esa entrevista pero le advirtió de lo peligroso que podía resultarle tener contacto directo con un criminal. López le dijo que no se preocupara, que había razones para creer que el detenido no se tomaría a mal su solicitud. López había leído a Truman Capote. A sangre fría era uno de sus libros de cabecera y siempre había deseado cubrir un caso semejante al de los asesinos de la familia Clutter. Ahora sentía que se le presentaba la oportunidad de hacerlo. Pero, ¿realmente creía tener ahora una situación semejante? Y en el caso de que así fuera, ¿qué probabilidad habría de que Rodríguez accediera a contarle su historia? Era lo que averiguaría en ese momento, cuando el jefe policial lo guiaba hasta la celda 2, una oscura y húmeda habitación con olor a mierda y meados en la que Rodríguez se encontraba, al fondo, acostado sobre una banca de concreto.

Qué me tiene, le preguntó Casco por la tarde, después del almuerzo, en la redacción y López le dijo que había podido hablar con el tipo y que aunque no le dio una respuesta, al menos tampoco desestimó la pregunta. Y qué pregunta había sido esa. Que si estaría dispuesto a explicar públicamente por qué decidió asesinar a su amigo. Y no contestó. No. Pero lo dejó en suspenso. Sí. ¿Y qué piensa hacer ahora, López? Veré si puedo hablar con él de nuevo mañana. Ya habrá pasado la audiencia de declaración de imputado, que se hará hoy a las nueve la noche, según me dijeron. Quizá haya decidido algo para entonces. Bien, pero no deberíamos soltar esta historia y dejar de publicar algo mañana; ¿podemos publicar unos párrafos con información adicional y una fotografía del detenido en su celda? Sí, se puede. Aparte de eso, ¿qué trae hoy? Sólo unos detenidos por tráfico de marihuana y dos levantamientos en la aldea El Carmen, mujeres, atadas de pies y manos, como casi siempre. Póngale entonces, para que cerremos a la hora.

Guillermo Rodríguez Estrada, sospechoso de asesinar a Walter Antonio Laínez Enamorado hace dos días en el estacionamiento de un centro comercial de la ciudad, permanece detenido en la celda 2 del Centro Integrado de la Policía a la espera de la acusación formal de la Fiscalía, en donde se consignarán los cargos de asesinato e intento de asesinato.

En su primer día de encierro, Rodríguez recibió la visita de algunos de sus familiares…

Repaso de días y de muertos

Al fin se presentó mi novela Los días y los muertos. Al evento, realizado en un amplio y bonito salón de la UNAH en Tegucigalpa, llegaron unas 80 personas. Luis, un amigo al que conocí ese día, comentó que le parecía escaso público, pero yo creo que fue al contrario, pues recuerdo haber asistido a eventos similares (y exitosos) con una asistencia de 10 o 12 personas. Además, recordemos, esto es Honduras.

Pero volvamos al asunto: Evaristo López, como director de la Editorial Universitaria, dio las palabras de bienvenida y Hernán Antonio Bermúdez, como invitado especial, leyó un texto sobre mi novela que, entre otras cosas -lo expresé en ese momento y lo repito ahora, tras releerlo- me puso nervioso, pues dice cosas halagadoras sobre mi novela, pero además, le otorga (o al menos eso interpreto) una importancia en el panorama de la literatura hondureña similar a la que tienen las novelas de Roberto Castillo, Marcos Carías, Horacio Castellanos Moya y Julio Escoto, y los cuentos de Eduardo Bähr. Dentro de unos días se publicará ese texto y ahí lo veremos.

Sigamos. Los comentarios al final de la presentación del libro estuvieron muy buenos y pertinentes, con excepción de uno, que sí estuvo buenísimo pero nada pertinente, aunque viniera de una persona al parecer encargada del funcionamiento de la biblioteca en la UNAH (corríjanme si estoy revolviendo cosas, además de levantando polvo innecesario), pues aludía a la aparente ausencia de un mensaje positivo en mi novela, “ya que en este país no necesitamos hacer eco de lo negativo, porque este país es hermoso y el único riesgo que corremos es el de enamorarnos de sus cosas bellas, y en ese sentido creo que la literatura debería transmitir mensajes positivos, edificantes, amén”, barbaridades así, propias del Tercer Mundo. Punto y aparte. Juzguen ustedes. Por lo demás, la cobertura mediática otra vez ha sido bastante buena; entrevistas en televisión (“¿de qué trata la novela?”, “de esto y de lo otro”; “¿cuánto tiempo le llevó escribirla?”, “unos cuantos ratos distribuidos en casi diez años”, etc.,) y en la prensa escrita, como ésta de La Prensa y esta otra de La Tribuna en la que revuelven un poco los datos. La que me hizo Samaí Torres, de El Heraldo, y que aparecerá por estos días, estará, sin duda, mucho mejor. Minutos de fama invaluables cuya acumulación me ha granjeado el mote de “El Pop Rodríguez”.

Pues bien, ya el libro está en las librerías de San Pedro Sula (las que pagan en tiempo y forma: Metronova, de Mall Galerías, y Caminante, del Bo. Guamilito), pero también en la Librería Universitaria y en las oficinas de la Editorial Universitaria de la UNAH en Tegucigalpa, y según me informaron, a partir de hoy lunes en otras librerías de la capital, como Guaymuras, Paradiso y la Soto.

El próximo sábado presentaré la novela y hablaré también de mis otros libros publicados en la Universidad Jesús de Nazareth, pero ya está en marcha la maquinaria para organizar la presentación oficial para San Pedro Sula en la UNAH-VS a finales de marzo. Tengo entendido también que se organizará otra en el CURLA de La Ceiba ahí por abril o mayo.

Ese es el recuento de los últimos días. Sobre el asunto de los muertos, ya está el periodismo nacional, pero también las páginas de mi novela. Que la disfruten.

Entrevista en UTV

Creo que en julio del año pasado se realizó la entrega, por parte de las autoridades de la UNAH, del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” 2015 en el Centro de Arte y Cultura ubicado, si no me equivoco, en Comayagüela. Minutos antes Ramón Morales, periodista de UTV, me hizo esta entrevista sobre el libro premiado: Los días y los muertos, que, como ya anuncié, se presentará en Tegucigalpa, en el salón “Jesús Aguilar Paz” de la Facultad de Química y Farmacia de la UNAH, el próximo jueves 23 de febrero a las 10.00 A.M.:

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Presentación de Los días y los muertos

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Los días y los muertos (2016)

Ya puedo confirmar que el próximo jueves 23 de febrero a las 10:00 A.M. en el salón “Jesús Aguilar Paz” de la Facultad de Química y Farmacia de la UNAH en Tegucigalpa se presentará oficialmente mi novela Los días y los muertos (Editorial Universitaria, 2016). En la mesa me acompañarán Evaristo López, nuevo director de la Editorial Universitaria, y Hernán Antonio Bermúdez, quien integró el jurado que seleccionó las novelas finalistas del Premio Centroamericano y del Caribe “Roberto Castillo”.

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Aquí presentaremos mi novela Los días y los muertos.

Es una fecha largamente esperada, que marcará el punto de partida para mi novela, aunque ya desde diciembre algunas personas recibieron ejemplares de cortesía de parte de la Editorial Universitaria y me han hecho llegar comentarios muy positivos derivados de su lectura.

Espero que quienes estén en Tegucigalpa para esa fecha puedan llegar al sitio de la presentación, y si no, que se acerquen por la noche de ese mismo día a una plática que sostendremos Samuel Trigueros y yo, probablemente en el Museo de la Identidad Nacional, en torno a mis libros, ya que nunca he hecho cosa semejante ni en Tegucigalpa ni en ningún otro lugar, y como mi amigo el famoso Olvin Conde de Lautreamont ha tenido la idea y la iniciativa de organizarla, no quise desaprovechar la oportunidad. Así que podré encontrarme con algunos amigos y de paso fingirme escritor, con el obvio agregado de unas cuantas cervezas, que suelen caer menos mal que algunas personas.

Es todo, por ahora, en este tablero de anuncios, aunque se me ocurre incorporar una breve cuñita comercial: entre hoy domingo y mañana lunes las librerías Caminante y Metronova de San Pedro Sula habrán de recibir un nuevo cargamento con mis libros Café & Literatura y Ficción hereje para lectores castos, este último, en su segunda edición y con unos cuatro mil ejemplares vendidos, convertido de pronto en best seller, cosa nunca antes vista con libro alguno de la literatura hondureña. Vaya usted a creer. Y a comprar, por supuesto, que aquí en Matolandia es mejor que la muerte nos agarre leídos.

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Una despedida

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fullsizerenderUna despedida es el título de la novela breve que Samuel Trigueros publicó el año pasado para estrenarse en el género, pues ya había publicado cuento y poesía en varios libros, con los que se había hecho un nombre en la literatura hondureña contemporánea.

Esta novela, a pesar del título, contiene dos despedidas del mismo personaje: una con una mujer y la otra con su padre, quien se marcha a vivir a El Salvador debido al peligro que representa permanecer en Honduras para un salvadoreño en los olvidables días de la guerra entre ambos países.

La elipsis y el lenguaje a veces poético, más su carácter sintético, hacen de esta obra una pieza narrativa perfectamente armada, capaz de sugerir y de conmover a partes iguales. Hay que estar atento a lo que publique Trigueros a partir de esta primera novela pues nada en ella puede disuadirnos de pensar que podría ser uno de los mejores narradores hondureños de la actualidad.