El estómago y el corazón no saben de literatura

Mi nuevo artículo en Literofilia, en mi columna Lo demás es ficción, sobre la ligereza con la que algunas personas opinan sobre literatura, algunas veces con el corazón o con el estómago, pero se han visto casos de opinar sobre literatura también con el hígado o desde el peso de una bolsa solidaria. Hay de todo:

En las clases que sirvo en la universidad, durante los primeros días suelo sondear a mis estudiantes acerca de sus ideas respecto a la literatura. Me interesa, por ejemplo, saber cómo entienden el asunto de la interpretación de un texto literario. Saberlo me resulta útil, no sólo para efectos del desarrollo de mis clases sino también para entender mejor la percepción general que la gente tiene acerca de la literatura.

Esta percepción general suele estar bastante equivocada. Hay quienes piensan, por ejemplo, que cada quien puede interpretar un texto literario desde la mera intuición, que para interpretar un texto literario basta con atreverse a hacerlo, que hay absoluta libertad en la elección de los significados, que la literatura es una cosa que cada quien entiende como quiera, y desconocen que aunque la literatura no sea una ciencia sino un arte, también tiene su teoría y unos fundamentos que se acercan a lo científico. La Historia de la Literatura, la Teoría de la Literatura, la Crítica Literaria y la Literatura Comparada son campos de estudio que, obviamente, no constituyen materia de consideración y mucho menos de discusión entre los defensores de la interpretación caprichosa de los textos literarios.

Pueden leer el artículo completo con un clic aquí: Lo demás es ficción. Literofilia.

Nueva reseña de Los días y los muertos

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Mario Gallardo hizo una de las dos presentaciones de mi novela Los días y los muertos en UNAH-VS en abril pasado. Entonces, leyó primera versión de este texto que tituló “Del narrador de la caverna a Los días y los muertos y viceversa”, en el que, entre otras cosas, dice que a mi novela le viene bien la etiqueta de lo neopolicial. Les dejo aquí la reseña:

Durante el pasado mes de marzo mi libro de cabecera fue Leer la mente, un esclarecedor ensayo de Jorge Volpi sobre las relaciones existentes entre el cerebro y el arte de la ficción. En las páginas iniciales de su propuesta el escritor mexicano reflexiona sobre el momento en que surgió la ficción narrativa y, novelista al fin, escoge contarnos una historia que ocurre en el principio de los tiempos y tiene como escenario una caverna iluminada por las tenues llamas de una hoguera, donde un vago antepasado homo sapiens salta, mueve los brazos, mientras emite una serie de sonidos guturales frente a un atento público troglodita.

No es fácil advertirlo, pero lo que todos pueden inferir es que horas atrás, mientras buscaba una ruta entre la nieve, se topó con un mamut colosal que le impedía el regreso a la caverna. Heroico, pese al monumental tamaño de la bestia, nuestro hirsuto antepasado, empuñando su hacha de sílice, decidió enfrentarla. De un salto, como si escalara un promontorio, subió a la grupa del mamut y logró asestarle un golpe providencial en un punto débil de su lanudo cuello. La sangre brotaba con profusión mientras el animal barritaba encabritado. Cuando por fin se desplomó sobre la nieve produjo un estruendo, un temblor de tierra. Al terminar la narración sobreviene un silencio entre los trogloditas, pero después se rompe, inundado por risas y algo parecido a los aplausos: la historia, sin duda, les había gustado.

Volpi añade que “el milagro es evidente, pero no radica en el carácter chapucero y vanidoso de la historia, ya que los miembros de la horda han reparado en la falsedad de la aventura, pero ello no les impidió escucharla y, a ojos vistas, disfrutarla, como si cada uno de ellos hubiese sido el verdadero protagonista”. La ficción se inaugura, pues, no cuando el primer humano miente, sino cuando los demás reconocen su mentira y prefieren ignorarla, seducidos por el artificio narrativo.

He tenido que apelar a esta evidente digresión porque nunca está demás volver a reflexionar sobre la esencia de la literatura, sobre la verdadera naturaleza de la ficción narrativa. Y en el caso de la obra que nos ocupa es imperativo ahondar en sus claves narrativas. Porque Los días y los muertos se maneja en un presente lleno de vivencias tan dolorosamente actuales, que bien podría justificarse una lectura referencial que disponga en un segundo plano los elementos literarios para enfatizar su correlato objetivo: la violencia y la inseguridad que campean a sus anchas en el seno de una sociedad atenazada por el miedo.

Pero esta aproximación “realista” a la novela de Giovanni Rodríguez implica postergar sus “valores literarios”, en los que precisamente se afincan sus mayores logros, porque Los días y los muertos en tanto propuesta narrativa va mucho más allá de la simple relación especular con una sociedad en crisis, abatida por los desaciertos de los gobernantes que han creado el caldo de cultivo ideal para la proliferación del crimen organizado en todas sus variantes.

Ganadora del I Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo”, Los días y los muertos, la segunda novela de Giovanni Rodríguez después de la polémica Ficción hereje para lectores castos, es una incursión en los terrenos de la inseguridad y la violencia flagrante que definen, desde hace un par de décadas, el devenir de los países centroamericanos del llamado “Triángulo Norte” (Guatemala, El Salvador, Honduras). Rodríguez elige a San Pedro Sula, la ciudad más violenta del mundo —según estadísticas de organismos internacionales, pese a que el gobierno hondureño insiste en que “esos índices han bajado” — como ámbito central de la acción novelesca; pero más allá de los tópicos que pudieran surgir de tal escogencia, la trama se asienta definitivamente en la figura de López, el periodista honesto y con ambiciones literarias que un día decide investigar por su cuenta el escabroso crimen cometido por Guillermo, un enigmático joven de 24 años, que apuñaló en el corazón a su amigo Walter, de 19 años, en el estacionamiento de un centro comercial.

En su afán por esclarecer los móviles del asesino, López inicia un viaje a los bajos fondos de la ciudad, y se vale de su relación con la policía para obtener información confidencial, pero luego se ve sorprendido por la puesta en libertad de Guillermo, favorecido por la proverbial torpeza investigativa de las autoridades policiales. Pero este hecho, que hubiese marcado el final de las pesquisas de López, más bien definirá el nuevo rumbo que seguirán las inclinaciones detectivescas del periodista. Rodríguez aquí continúa una línea de reinvención de los usos y costumbres del relato policial en Latinoamérica que viene gestándose desde Osvaldo Soriano, Mempo Giardinelli, Ramón Díaz Eterovic y Paco Ignacio Taibo II hasta llegar a Leonardo Padura y su invención más afortunada: el teniente Mario Conde. Es en esta línea donde se define la real dimensión narrativa de Los días y los muertos, aunque los miembros del jurado también han destacado aspectos tales como su dimensión estilística: “una prosa fluida y bien estructurada”, así como la “notable destreza en la construcción de los personajes, los cuales se nos revelan convincentes y subjetivos”.

La novela de Rodríguez encaja perfectamente en la etiqueta de lo neopolicial, afincada en la proposición de Padura al precisar “su ejercicio de crítica social, aun en tiempos de herméticos juegos posmodernos”. Extremo que cobra validez en Los días y los muertos, donde la noción del enigma pierde fuerza para terminar convertido en mero pretexto para las reflexiones de López, un verdadero outsider que enjuicia al sistema y sus instituciones, pero sin perder de vista el carácter primario de su dilema existencial.

De allí la importancia de los escarceos amorosos de López entreverados en fragmentos cargados de reflexiones sobre la vida y largas parrafadas en torno a sus aspiraciones literarias. Aquí es donde Rodríguez despliega toda una serie de técnicas intertextuales para reforzar el carácter dialógico de su novela: la mise en abyme, el diario personal, narraciones paralelas y la “teoría de la noche”. Este arsenal de recursos obedece a la intención de representar la vida misma, como diría Taibo II, en ese momento cuando ya no importan los héroes y todo redunda en contar historias sencillas de hombres y mujeres comunes: la del periodista López, la tragedia de los amigos Walter y Guillermo, el fatal infortunio de las hermanas Paz.

En Los días y los muertos está clara la premisa esbozada por De Santis en torno a la actual narrativa policial latinoamericana cuando subraya que esta no nace con el crimen “sino con la desaparición del crimen, el borramiento del crimen como hecho moral y aun humano, para que quede solo como problema intelectual, como desafío gnoseológico”. Y este problema intelectual, este desafío implícito en el horror, es precisamente el origen de las pesquisas de López, en el momento en que se impone un deseo casi insoportable por saber, por conocer todos los detalles, por encontrar sentido a los muertos y a los días, aunque en este afán se juegue la vida.

Estructurada como si fuese un juego casi delirante de planos y contraplanos textuales, Los días y los muertos no sólo revela los círculos concéntricos del infierno que son el pan nuestro de cada día en la pretenciosa “metrópoli sampedrana”; además de asumir la condición de incómodo testigo de su época, Giovanni Rodríguez, como el impostado narrador de la caverna, ha urdido un elaborado artefacto narrativo, y a nosotros, auténticos trogloditas del siglo XXI, no nos queda más que celebrarlo.

* Texto leído en la presentación de Los días y los muertos. Biblioteca de la Escuela de Ciencias de la Salud UNAH-VS, San Pedro Sula, Cortés, abril 5 de 2017.

 

Una travesura hereje hecha novela

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En Costa Rica apareció una reseña de mi primera novela, Ficción hereje para lectores castos, a cargo de Héctor Hernández Gómez. Les dejo un fragmento a continuación:

Rodríguez nos advierte que tiene poca certeza de que lo narrado en esas páginas tenga algún grado de realidad; simplemente nos señala que puso en orden una serie de manuscritos que recibió de manera anónima. La publicación de estas páginas pasa más por su valor literario que por un eventual contacto con un hecho de la realidad. La historia o ficción ordenada, editada y publicada por Rodríguez nos cuenta el fallido secuestro de un famoso pastor Satanael Aguilar, así como las razones por las que cada uno de los cuatro miembros de la secta Los Herejes, llevó a cabo dicha travesura. La fallida fechoría lo único que busca es convertir el “divino” cuerpo de Satanael en un objeto de escarnio y risa pública. Demostrarles a los creyentes que el “rey está desnudo”, que de la boca de Satanael no emana la palabra divina sino su contrario, pútridas blasfemias. Los herejes, con su travesura, pretendían liberar a sus compatriotas hondureños del falso profeta. Ciertamente, ellos no aspiraban a convertirse en Joaquim de Fiore o Thomas Münzer, simplemente, querían mostrar la falsedad del discurso del famoso pastor. Toda esta divertida ficción me recuerda aquella famosa historia o ficción del robo de la virgen de los Ángeles, por algún travieso, en la segunda mitad del siglo veinte. Me imagino al ladronzuelo tomando la piedra y reventándola contra el piso cagado de risa, como si al reventar esa piedra se hiciera añicos el fervor cristiano del pueblo costarricense. Podríamos interpretar, que al igual que con la fechoría de Los Herejes en la Ficción de Rodríguez, el robo a la Basílica buscaba recordar que la piedra con forma de virgen no es divina, ya que la divinidad reposa en los cuerpos de los hermanos que sufren hambre, dolor y desprecio. Por ello, tanto el fallido secuestro, protagonizado por Los Herejes, como el robo a la Basílica de los Ángeles pueden ser tomados como simples travesuras, no obstante, su relevancia teológica puede ser mayor.

Si quieren leerla completa, entren a la web de Literofilia.

Sara Rolla sobre Los días y los muertos

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Sara Rolla, que fue mi profesora en UNAH-VS, leyó el siguiente texto durante la presentación de mi novela Los días y los muertos precisamente ahí en la universidad hace algunas semanas. Hoy, ese texto apareció publicado en El Heraldo:

Seré muy breve y espero que contundente. Me gusta esta novela, que nos demuestra que en  Honduras han madurado mucho, a nivel institucional, los criterios a la hora de otorgar premios literarios.

Desde el título mismo, Los días y los muertos, la obra nos envía, probablemente, un guiño intertextual. A riesgo de ser algo especulativa, les diré que a mí me sugiere una reminiscencia, sin duda bastante irónica, del poema de Hesíodo Los trabajos y los días. Los días, en el título de la novela, no son aquellas cándidas jornadas campestres, y los trabajos, que los hay, tienen un carácter mucho menos productivo e ingenuo.

Ingeniosamente estructurada, con un juego sutil de planos narrativos, la novela nos sumerge en la realidad social enajenada y enajenante (y culturalmente primitiva) en que nos movemos a diario los habitantes de este sufrido país de nombre infaustamente alegórico.

Como telón de fondo y, afortunadamente, fuera de toda voluntad testimonial, se despliega el amargo escenario urbano en que vivimos, o más bien morimos, parafraseando el admirable verso de Sosa dedicado a Tegucigalpa, pero muy aplicable a esta nuestra “ciudad del Adelantado” (el que, en efecto, se adelantó a tantos saqueadores que vinieron luego). El propio autor deja constancia, en un reportaje,  del sentido de la ambientación de la trama:

“La novela está ambientada en la San Pedro Sula violenta y sangrienta de la actualidad. Al escribirla he querido representar (…) lo que significa vivir en una ciudad como ésta, en la que nos vamos acostumbrando, de manera pasmosa, a la inseguridad, a la violencia y a la muerte”. (“La Prensa”, edición electrónica, 22 de febrero de 2017)

En la contratapa de la novela, Rodríguez hace una excelente caracterización del texto y apunta que, en relación con su ubicación genérica, la obra “flirtea con el género policial pero también con el thriller psicológico…” En efecto, hay muchos elementos de la llamada “novela negra” en esta obra. Recordemos que se trata de una especie narrativa en la que la resolución del caso policial “no es el objetivo principal y los argumentos son habitualmente muy violentos; la división entre buenos y malos se difumina y sus protagonistas  son individuos derrotados y decadentes”, según Raymond Chandler, uno de sus principales representantes.

En un ensayo de su libro El último lector, Ricardo Piglia puntualiza lo siguiente:

“…los “thrillers” vienen a narrar lo que excluye y censura la novela policial clásica. Ya no hay misterio alguno en la causalidad (…)  Se termina con el mito del enigma, o, mejor, se lo desplaza. En estos relatos el detective no descifra solamente los misterios de la trama, sino que encuentra y descubre a cada paso la determinación de las relaciones sociales. El crimen es el espejo de la sociedad, esto es, la sociedad es vista desde el crimen (…) Es un mundo que no huele bien, pero es el mundo en el que usted vive.” (Ricardo Piglia, El último lector, Anagrama, 2005, pp. 96-97)

En Centroamérica, este género ha tenido un cultivo no muy extenso. En Argentina, hay un exponente clave, al menos en mis preferencias, que es el mismo Piglia, con su novela Plata quemada.

El estilo de Giovanni es, como siempre, admirablemente fluido, sin el menor juego retórico (cualidad esencial, sin duda, en los buenos narradores).

Hay otro aspecto muy digno de destacar: la presencia de San Pedro Sula (su protagonismo espacial y cultural) en esta obra. Adquieren relevancia, en el encuadre narrativo, muchos lugares conocidos: calles, barrios , cafés. Esa literaturización de nuestro entorno suma un interés especial a la lectura hecha por los sampedranos de origen o de corazón, como la que les habla. Además, es un hecho comprobado que la literatura hace que la realidad se vuelva mítica, a tal punto que los lectores fanáticos llegamos a reverenciar lugares por el hecho de asociarlos con las páginas de autores muy apreciados. ¿Qué lector de Víctor Hugo no ha relacionado la catedral de Notre Dame con las vicisitudes de su famoso jorobado? En relación con la literatura argentina, les confieso que he estado en cafés, plazas, parques y calles de Buenos Aires porque, además de tener su encanto particular, han sido la locación de algún relato de Borges, Cortázar o Sabato.

Del mismo modo, lugares emblemáticos de San Pedro Sula se mitifican en esta novela de Rodríguez. El café “Espresso Americano” del parque central, por ejemplo, ya es uno de esos lugares míticos. Y ni qué decir del bar “de Meches”, al lado del viejo cine “Tropicana”, cuyas veladas me constan, no por haberlas compartido (no piensen mal), sino porque solía pasar por enfrente y saludar, como quien dice, a la afición allí reunida.

Felicitamos a Giovanni, que ha sabido equilibrar, cualitativamente, las dos vertientes que cultiva: la poesía y la narrativa. Sin duda, el género lírico le afinó el oído para la prosa, y sus experiencias de lectura, estudio y trabajo (de vida, en fin) le proporcionaron el sustrato para esta sólida obra narrativa.

Y aquí concluyo, no sólo por cultivar aquel famoso aforismo que asocia la bondad con la brevedad (aunque parezca, y quizás lo sea, un alarde gaucho juzgar como bueno mi sencillo comentario), sino porque el protagonista de este acto es nuestro querido y admirado exalumno, Giovanni Rodríguez.

Texto leído durante la presentación de la novela Los días y los muertos, Auditorio Escuela de Ciencias de la Salud, UNAH-VS, 5 de abril de 2017.

“Un escritor que no domine su idioma no puede llamarse escritor”

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Rescato esta entrevista que me hiciera Karla Palacios para la revista CriticArte el año pasado luego de darse la noticia de que me habían otorgado el premio de novela “Roberto Castillo”:

Tu más reciente triunfo es ser el primer ganador del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo”. Más allá del reconocimiento del momento, el despliegue en los medios de comunicación y la “lluvia” de felicitaciones, a largo plazo, según tu opinión, ¿qué aportan los premios a la vida de un escritor?

R/ Aportan, sobre todo, dinero; y el dinero trae lapsos de tranquilidad. Aunque quizá aporten también la sensación de que, más allá del dinero, hay cierto reconocimiento al trabajo realizado.

Tradicionalmente, en los medios hondureños ha sido difícil encontrar espacios para la información sobre arte y cultura. ¿Te sorprendió que algunos medios reseñaran la noticia sobre tu premio? ¿Piensas que todavía cuesta encontrar espacios para las buenas noticias?

R/ Sí, lo de la cobertura del premio fue una sorpresa para mí, y creo que se explica por el hecho de que en Honduras estamos ávidos de buenas noticias, aunque, paradójicamente, las malas noticias son las únicas que parecen producir un beneficio directo para los medios de comunicación.

Honduras vive momentos muy complicados, sin embargo, tú abogas porque a pesar del panorama a veces desolador, se mantenga el buen humor. ¿Es posible que el conocimiento y análisis de la realidad lo vuelvan a uno irremediablemente pesimista?

R/ Sí, definitivamente es así. Ser optimista en países como el nuestro es ser ingenuo. Lo lógico es que seamos pesimistas y nos sintamos condenados. Y ante una perspectiva como esa el sentido del humor puede ser lo único que nos salve de la desesperación. Los hondureños tenemos un gran sentido del humor y eso quizá explique que seamos tan aguantadores.

Hablemos de tu proceso creativo. Tú escribes poesía, cuento y novela. ¿Cómo decides qué escribir, lo piensas en frío o te dejas llevar por lo que surja?

R/ La novela es el género al que le dedico casi todo mi tiempo; ahora, por ejemplo, en medio de mis actividades cotidianas, trabajo en dos novelas simultáneamente; paso tomando notas, dándole forma a las tramas, y en ese proceso a veces se me ocurren ideas para historias que exigen una tensión y un ritmo distintos, entonces escribo cuentos en dos o tres días, o los dejo inacabados durante uno o dos años, hasta que llega el momento en que les doy el toque final o los abandono por completo. La poesía, en cambio, sólo llega en los momentos de absoluta calma, y darle forma a un poema probablemente me cueste más que darle forma a una novela.

Como escritor, ¿qué te exiges a ti mismo? Como lector, ¿qué te exiges encontrar en una obra?

R/ Como escritor me exijo, ante todo, la precisión en el lenguaje; no me gustan las redundancias ni la verborrea. Un escritor que no domine su idioma y que no sepa utilizar las herramientas de ese idioma para ponerlas al servicio de la literatura no puede llamarse escritor. Como lector exijo casi lo mismo, pero debo agregar que en este caso el placer es fundamental para mí, así que si un libro me aburre, aunque esté muy bien escrito, lo dejo a un lado para empezar a disfrutar con otro lo más pronto posible.

En Honduras ha aumentado la publicación de libros de cuentos, no obstante, desde tu perspectiva, no siempre cumplen los requerimientos elementales para estar a la altura de los buenos cuentistas hondureños. ¿Cómo se es un buen escritor de cuentos?

R/ Quizá no sepa bien cómo se llega a ser un buen escritor de cuentos, pero sí estoy seguro de que en el cuento debe haber mayor tensión que en la novela y que no es lo mismo contar una perra que escribir un cuento. Creo que partiendo de ese mínimo conocimiento se puede empezar una búsqueda verdadera o llegar a una propuesta verdadera en la escritura de cuentos. Lo que ocurre con la mayoría de los que publican cuentos en Honduras es que ni siquiera han llegado a ese conocimiento y aparte, les cuesta superar sus problemas con la sintaxis o con los lugares comunes.

Existe la creencia entre las grandes masas de que la cultura y el arte son privilegio de una minoría, de aquellos pocos que pueden descifrar y entender el lenguaje de los artistas. Se piensa por ejemplo, que apreciar una pintura o una escultura no es para todos, que hay obras que leen solo los intelectuales y que la poesía no hay forma de comprenderla. Según eso, ¿hay entre los artistas un interés de permanecer inalcanzables? ¿O crees que deberían tratar de cambiar este pensamiento?

R/ Desafortunadamente no todo el mundo tiene acceso a la formación artística y eso, obviamente, imposibilita que todo el mundo llegue a apreciar una obra artística en toda su dimensión. Porque, aunque esto no le guste a muchos, el arte no es un asunto tan democrático como pretenden hacerlo ver algunos. Un artista se forma como artista, pero también el público debe formarse como público capaz de descifrar los códigos de una obra. No se trata de rebajar la obra para ponerla al alcance de la mayoría, porque esta mayoría generalmente es inculta y no establece diferencias entre, por ejemplo, un libro de recetas y uno de cuentos; se trata más bien de que el público aspire a estar a la altura de la obra, que sea capaz de decir algo más que “está bonito” o “está feo”. Un futbolista que no entrena no puede aspirar a ser un buen futbolista y de la misma manera un lector que no tenga suficiente experiencia como lector o que lo que haya leído no pase de Coelho y los libros de autoayuda no puede aspirar a comprender una buena obra literaria. La ambigüedad y la plurisignificación son elementos inherentes a la obra de arte y una obra que no los tenga no es arte sino artesanía. Así que el público, en lugar de quejarse tanto, debería empezar a cultivarse, si es que de verdad le interesa el arte.

Escribir es un desafío, publicar mucho más, pero publicar a otros autores debe ser una tarea aún más complicada. ¿Qué lo motivó a participar en el proyecto editorial Mimalapalabra?

R/ Precisamente las dificultades que identifiqué en su momento acerca de publicar literatura en Honduras. Yo soy de los que no espera que las oportunidades caigan del cielo sino que me las busco, y en esto he coincidido con algunos amigos que han publicado en la editorial Mimalapalabra.

Entre los conocedores parece haber muchas expectativas sobre tu carrera y lo que aportarás a la literatura hondureña ¿Sientes ese peso sobre tu espalda o se convierte esto en una motivación?

R/ El único peso que siento sobre mi espalda es un tanto egoísta y tiene que ver sólo con la necesidad de seguir trabajando y así garantizar el bienestar de mi familia. Las expectativas que pudiera generar en otros lo que yo escriba de ahora en adelante en realidad no son asunto mío. En cuanto a la motivación, eso yo lo he tenido siempre, incluso antes de que empezara a escribir. Lo que sí puedo garantizar es que mientras me dedique a la literatura, lo haré con la misma pasión y la misma seriedad con que lo he hecho hasta ahora.

Alberto Arce sobre Los días y los muertos

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Alberto Arce, uno de los periodistas extranjeros más conocidos en Honduras, autor de dos libros, entre ellos Novato en nota roja. Corresponsal en Tegucigalpa, que después tendría una nueva edición titulada Honduras a ras de suelo, y ganador de prestigiosos premios internacionales, me escribió a finales del año pasado preguntándome por mi novela Los días y los muertos. En ese momento la novela apenas había empezado a circular en Tegucigalpa y yo ni siquiera tenía un ejemplar para poder enviárselo, por lo que le ofrecí el texto en PDF. A los días me escribió diciéndome que la novela le había gustado, se despachó unos tuits recomendándola y hasta me envió el comentario que dejaré a continuación. Que alguien como Alberto Arce, un periodista al que admiro y respeto, sobre todo luego de leer Honduras a ras de suelo, un libro más hondo y mucho mejor escrito que un buen montón de los libros que presumen de ser literatura en este país, le dedique unas palabras a un libro mío es algo que me llena de alegría. Así que mientras ustedes leen su comentario, yo me voy al Correo Nacional para enviarle, por fin, el ejemplar prometido.

La manera más fácil de describir la Honduras de hoy sería saltar al charco de sangre y tratar de que salpique. Eso siempre tiene mercado. Pero evitarlo -con elegancia, sin caer en la omisión, optando por un ejercicio de sobriedad contenida-, como ha hecho Giovanni Rodríguez en Los días y los muertos, es digno de reconocimiento. Me permite pensar que la novela no busca aprovecharse del sufrimiento del país para el lucimiento de una pluma. Va mucho más allá. Me transmite algo mucho más, que tiene que ver con la soledad de un lugar donde las relaciones personales son cada día más complicadas, las profesionales caen en lo destructivo y la esperanza en que la sociedad se recomponga no se vislumbra por ninguna esquina.

El libro está seriamente bien escrito, con gran complejidad pero ninguna pedantería. Muy por encima del nivel del país. El juego de muñecas rusas alrededor de un periodista que quiere escribir un libro justo cuando conoce a alguien que lo ha hecho y a quien lee mientras vive lo que lee, o lee lo que vive y se ve obligado a decidir qué hacer con su vida con una novela como imán que le atrae, es algo que pocos escritores son capaces de articular con la tranquilidad con la que lo hace Giovanni Rodríguez en esta novela.

Yo comencé como periodista que cubría Honduras en San Pedro Sula, donde está ambientada la novela. Y les aseguro que es, ante todo, creíble.

Alberto Arce.

 

Dasio y Nicodemo, el principio de la locura

Mi artículo de febrero de la columna “Lo demás es ficción” ya está disponible en la nueva web de Literofilia:

Arrastrado por una urgencia burocrática, me vi hace pocos días en la necesidad de volver al centro de esta ciudad infernal llamada San Pedro Sula, que, como ya se sabe, no ha cambiado mucho en los últimos años y sigue siendo un campo minado para cualquiera que pretenda preservar su cordura. El ruido de los parlantes frente a las tiendas, el ir y venir de la gente, los vendedores ambulantes de cualquier cosa y el sol y el calor recordándonos que no hay escapatoria; todo eso concentrado en unos cuantos minutos en los que hay que cuidarse las espaldas, por si aparece un ladrón dispuesto a llevarse nuestra billetera.

Ahí en las calles de esta ciudad, considerada como una de las más violentas del mundo, es posible localizar cualquier día del año, a manera de contraste con la realidad apabullante, a auténticos personajes dignos de un manicomio: un fanático religioso alertándonos, Biblia en mano, sobre el nuevo fin del mundo; un falso ciego limosnero con una mano extendida y examinando los traseros femeninos; un labioso vendedor ambulante, “respetable señora, apreciable damita”, de una poción para retener a los maridos en casa; un grupo de fervorosos politiqueros, megáfono mediante, pregonando las virtudes del próximo redentor en el Congreso. Una feria de pueblo, diría cualquiera; un manicomio, digo yo.

Puede leerse completo siguiendo este enlace —–> Dasio y Nicodemo, el principio de la locura.

La dimensión humana de “Los días y los muertos”

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Portada Siempre

Portada de la revista “Siempre”, publicación dominical de El Heraldo.

Samaí Torres me entrevistó para El Heraldo con motivo de la publicación de Los días y los muertos. “En su nueva novela Giovanni Rodríguez explora el tema de la violencia en Honduras desde la tragedia de un escritor y la mirada personal de un periodista”, dice, y continúa:

“Un papelote surcando el cielo mientras la sangre surca la tierra. Una visión de inocencia y muerte conjugadas en un mismo territorio: Honduras, y que se establece como el punto de partida de Los días y los muertos, la novela de Giovanni Rodríguez ganadora de la primera edición del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo, organizado por la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (UNAH). Si en la realidad el papelote volaba mientras abajo, en un campo de fútbol, yacían siete personas muertas, en la novela el papelote volaba mientras abajo, en el área de juegos de un restaurante, yacían niños y adultos muertos producto de lo mismo: una masacre. En su obra el escritor aborda la vida de dos personajes, uno de ellos decide renunciar a esta sociedad, el otro decide luchar, quedarse, seguir adelante y replantearse sus posibilidades en un panorama sombrío; este último bien podría ser el hondureño común que se enfrenta a esta sociedad con una esperanza que lucha por interponerse a la desesperanza”.

¿Cómo concibió la trama de esta novela?

Cuando me lo preguntan suelo decir que, quizá, todo parte de una imagen, y es la de un niño elevando un papelote el día que asesinaron a 14 hombres en un campo de fútbol en la colonia Felipe Zelaya en San Pedro Sula; en esos días estaba trabajando como periodista de la crónica policial en diario Tiempo, y recuerdo perfectamente que en el campo quedaban siete cadáveres, los otros fueron trasladados heridos a los hospitales, donde murieron. Me pareció bastante sorprendente el contraste entre un niño elevando un papelote en el campo de fútbol y a pocos metros los cuerpos tirados y rodeados por la cinta amarilla, me quedé pensando en el asunto de cómo pueden convivir la inocencia con la violencia en un espacio tan reducido.

¿Ha considerado que quizá la gente puede decir que esta historia es más de lo mismo que ya vivimos?

A pesar de que el personaje principal es un periodista, a pesar de que la trama gira en torno al periodismo, mi objetivo no era ofrecer un punto de vista periodístico del tema, porque eso ya lo conocemos, lo vemos todos los días en el periódico y la televisión. Pero la literatura no debe enfocarse solamente en contar historias o en un tema específico, debe crear personajes que sean suficientemente cercanos a los lectores para que puedan identificarse con ellos. Mi intención ha sido crear personajes que tengan una dimensión humana con la que cualquiera pueda identificarse. El asunto es que se pueda observar el tema de la violencia ya no como nos asomamos a las portadas de los periódicos, sino como nos asomamos, probablemente, al alma del ser humano que está involucrado en el asunto.

¿Cuál es el riesgo de hablar de un tema tan común como la violencia sin que suene trillado?

Yo me hice esa pregunta: ¿en qué momento esto va a diferenciarse de lo que ya todo el mundo consume a diario? Eso para mí fue un reto mucho mayor, dotar a los personajes de ciertas características que pudieran establecer esa comunión con el lector, para que se interesara en leerlos, porque la perspectiva es distinta, es más humana, y con el tratamiento literario se aleja de lo meramente periodístico y se convierte en algo más expresivo. Lo que quise es que fuera una expresión de la condición humana del hondureño común que vive en medio de toda esta violencia.

La entrevista completa puede leerse con un clic aquí —-> Entrevista en El Heraldo.

HABermúdez sobre Los días y los muertos

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Quizá hayan leído ya este texto con el que Hernán Antonio Bermúdez presentó mi novela Los días y los muertos en Tegucigalpa la semana pasada, pues fue publicado originalmente en Presencia Universitaria, pero lo dejo aquí por si las moscas (y para el archivo de este blog):

Se ha dicho que Honduras es un país violento, peligroso y absurdo. Tan absurdo que (por manido que suene) si Kafka hubiera nacido aquí, solo sería un escritor costumbrista. Lo cierto es que en Los días y los muertos, novela con la que Giovanni Rodríguez ganó el Premio Centroamericano y del Caribe Roberto Castillo, se aborda esa violencia y ese peligro que se padece y respira en nuestro país.

Pero no se trata de una crónica documental ni de un testimonio directo. El lector se encuentra aquí con un libro que propone rupturas, ensanchamiento de límites, disolución de fronteras, metamorfosis.

En Los días y los muertos irrumpe una “conciencia interior” que trae consigo cierta intensificación expresiva. Se está ante una novedosa forma literaria de “mirar”, con el consiguiente cambio de perspectiva. A diferencia, por ejemplo, de una obra como Trópico, de Marcos Carías Reyes, bien escrita y solvente, que forma parte de nuestra tradición literaria pero que nace bajo el registro del descriptivismo costumbrista, la novela de Giovanni Rodríguez es un artefacto literario más difícil, en el sentido de lo que Roland Barthes llama “textos de goce”, es decir, una obra disidente.

Así, lejos del “encantamiento narrativo” de Trópico, que se puede leer con fruición (pues no está exento de un sabor nostálgico), el caudal de recursos expresivos contenido en Los días y los muertos denota una atracción por la herejía (no en balde la primera novela de Giovanni, publicada en 2009, se llama Ficción hereje para lectores castos), con la que el autor se enfrenta a las formas convencionales de narrar.

La gama de técnicas formales contribuye a captar con cruel ironía esa Honduras que aquí deriva en geografía existencial. Sobresale la ausencia de un sentido unitario y se impone, en su lugar, el peso del mundo disgregado. De manera que la visión que brinda Rodríguez del momento histórico es crítica y el “diagnóstico” fulminante, pues lo irracional se da en estado bruto. Se trata de una estética de ruptura, de una literatura de disidencia, que viene a continuar y a exacerbar los logros de la narrativa de Marcos Carías Zapata, Eduardo Bähr y Roberto Castillo, así como del honduro-salvadoreño Horacio Castellanos Moya, todas producciones de carácter cuestionador. Esos autores hondureños —a los que podría añadirse parcialmente Julio Escoto—, tienen por tema central, para decirlo en forma escueta, las dificultades (o, a veces, incluso la imposibilidad) de habitar completa y plenamente el mundo. Y hoy se está ante honduras trágicas donde la precariedad de la existencia salta por los aires.

Pero Los días y los muertos ejerce al mismo tiempo una ruptura con el tiempo lineal para dar paso a otra lógica, anudada al cuerpo y al impulso libidinal. Pues ciertamente López, el periodista que protagoniza la novela, junto al asesino Guillermo Rodríguez, y Walter Laínez, la víctima, viven la exaltación de los sentidos en el ambiente de la costa norte, al igual que Mercedes (y sus hermanas “descarriadas”), susceptible de despertar pasiones tumultuosas.

Aquí San Pedro Sula constituye el decorado del hilo narrativo, y no se trata solo de una escenografía ornamental (o de la recreación de un marco caribeño), sino que se enlaza con toda suerte de extravíos y complacencias de la carne. Sí, está presente la particularidad de lo local, pero los nervios con que está escrita la novela no vienen solo de un hálito regional sino también de una línea de reflexión que se entronca con lo universal o, mejor dicho, con la mejor tradición literaria de la humanidad.

El riesgo abrupto, la violencia abierta o larvada propia de lo cotidiano conforman la atmósfera de Los días y los muertos. Pero lo que podría parecer tremendismo al momento de narrar los estragos de esa batalla diaria por la sobrevivencia, se vuelve íntimo. El novelista narra los destrozos en la intimidad, y no solo en el ámbito de lo individual sino también, si ello fuera posible, en el de lo colectivo. Así, desde un enfoque intimista, el relato del mundo circundante se transforma en alusión, y la anécdota en alegoría. Ambas se confabulan para la construcción literaria de una nación ruinosa, asediada por la pobreza y sus pestes. Convertida en alegórica, esa estética de la ruina lo impregna todo, pues si bien Los días y los muertos se refiere a historias privadas, personales, de manera simultánea se transmuta en fragmentos de la historia de un país, en una época particular: el presente.

Esta obra confirma —aunque pueda sonar banal— que no hay nada más frágil que la vida de un ser humano, puesto que aquí la vida humana equivale a la inseguridad radical. No conozco otro texto narrativo en el país que encarne la conciencia de esa vulnerabilidad como lo hace esta obra de Giovanni Rodríguez, capaz de producir una interpretación literaria impugnadora de un mundo venido a pique junto con todo su cargamento de valores. Y esa conciencia amarga enriquece la vida, desde la mirada de una modernidad estética contestataria, siempre inconforme.

Al margen de esa atracción por la herejía, que supone una puesta en cuestión de los códigos tradicionales de narrar, hay que subrayar los elementos de erotismo en esta novela. Aquí el eros es esa hendidura por donde se cuela la anarquía (libertina) en la vida, es —de alguna manera— la insumisión contra la codificación burguesa del entorno. El eros es “revuelta” que acerca al sujeto a su fibra más recóndita, y allí lo prohibido se rebela contra un orden predeterminado: la pulsión erótica como fuerza liberadora.

Solo resta hacer énfasis en que Los días y los muertos posee un registro narrativo basado en la ironía, la cual, como se sabe, desestabiliza las certezas. Dicho en forma extrema, ironizar provoca angustia. No en vano la novela es el territorio donde naufragan (o suelen diluirse) las certidumbres de toda índole.

Días violentos. Días 1 y 2

Inicio de Los días y los muertos:

DÍAS VIOLENTOS 

Día 1

Walter Antonio Laínez Enamorado, de 19 años de edad… Como consecuencia de una puñalada en el corazón en el sitio del corazón murió ayer, alrededor de las tres y media de la tarde, Walter Antonio Laínez Enamorado, de 19 años de edad, tras ser atacado por Guillermo Rodríguez Estrada, de 24 años, en el estacionamiento de un centro comercial de esta ciudad, en lo que, según el reporte policial, pudo haberse tratado de un crimen pasional.

La víctima había llegado, de ocupación auditor bancario, había llegado hasta ese sitio minutos antes acompañado por su novia, cuyo nombre no fue revelado, al parecer con la intención de entrar juntos a ver una película en los cines del centro comercial. Según informó un testigo… Pero los planes de la pareja Los planes de la pareja, sin embargo, fueron truncados por Rodríguez, un exnovio de la muchacha, quien los interceptó a pocos metros de la puerta de entrada al edificio e inició una discusión con ambos, la cual terminó con el ataque un ataque de arma blanca por parte de Rodríguez, según relató la muchacha.

Una vez cometido el crimen… Después de matar a Laínez Enamorado… Un guardia de seguridad cuya identidad tampoco fue revelada por razones de seguridad aseguró haber visto al agresor salir del estacionamiento con “una de sus manos manchada de sangre”, en la que además portaba lo que podría haber sido una navaja, lo cual lo atemorizó por lo que decidió no requerirlo. Fue él quien llamó Luego llamó a la Policía desde su teléfono celular mientras observaba que a unos cien metros de distancia del sitio por donde había salido el sospechoso, éste, absurdamente, decidía sentarse en una acera y después acostarse boca arriba.

La Policía, al recibir el aviso, encontró a éste envió dos patrullas y algunos agentes motorizados para buscarlo iniciar la búsqueda del agresor pero ésta no fue necesaria ya que se lo encontraron desmayado en una acera cerca de la avenida Circunvalación, al lado de un poste del tendido eléctrico, según las indicaciones ofrecidas por el guardia. Semiinconsciente, las autoridades fue trasladado los agentes policiales lo trasladaron a la sala de emergencias del hospital Mario Rivas, en donde fue reanimado por médicos y enfermeras el personal de turno lo reanimó por completo para luego confesar su crimen a la Policía.

Rodríguez fue puesto en guardará prisión preventiva en el Centro Integrado de la Policía en esta ciudad mientras se formalizan los cargos de asesinato en perjuicio de Laínez Enamorado y de intento de asesinato contra la joven que lo acompañaba acompañaba a éste.

López leyó la nota para revisarla y luego puso el título: “Triángulo amoroso deja una víctima mortal”. La guardó en la carpeta de Policiales, copió y pegó tres fotografías en las Digitales del día, una del cuerpo en el suelo del estacionamiento, otra del rostro del agresor, captada por Diógenes en el hospital, y la última de la cédula de identidad de la persona asesinada. Apagó la computadora, tomó un trago de su bote de agua y se levantó para salir a la calle, con la única intención de llegar al café del parque y sentarse, a la primera oportunidad que se le presentara, a la mesa en la que solían sentarse Walter Antonio Laínez Enamorado, el muerto, y Guillermo Rodríguez Estrada, su asesino, cuando las cosas no eran lo que habían empezado a ser a partir de las tres y media de la tarde de ese día.

López se consideraba a sí mismo un hombre frío, después de 17 años cubriendo Generales en ese diario, muchos de ellos consumidos en la crónica policial. Sentía que estaba curado contra los efectos que la violencia restregaba en la cara de los ciudadanos todos los días. Nada de lo que veía a diario en la cobertura de los asesinatos, los asaltos, los incendios y los escándalos públicos lo asombraban o le revolvía el estómago, como sí ocurrió en las primeras ocasiones en que tuvo que cubrir alguno de estos eventos. Había llegado incluso a imitar la costumbre de Becerrita, aquel personaje de Vargas Llosa, colega suyo, que siempre se hacía tomar una fotografía con el muerto que le tocara, y había considerado armar su propio álbum con esas fotografías, que no eran muchas pero sí las suficientes como para que una novia lo dejara definitivamente el día que, por accidente, las encontró sobre una pila de libros en el mueble del televisor que tenía en su habitación. Sin embargo, López era un poco paranoico, efecto, este sí, de todos esos años escribiendo en sus notas de Policiales los nombres de asesinos, pandilleros, narcotraficantes o asaltantes que la Policía o alguna víctima o testigo señalaba como culpable de algún crimen o delito común. Desconfiaba de todos y siempre que estaba en un lugar público su mirada era un radar en busca de posibles ataques sorpresivos. Pero esta vez quería volver al Espresso Americano del parque, el café en el que veía con frecuencia a esos dos amigos, porque a las tres y media de la tarde de ese día había tenido que cubrir la noticia de la muerte de uno de ellos a manos del otro, ambos conocidos por él, no simples pandilleros de los que a diario aparecían descuartizados y metidos en costales en solares baldíos, en tiraderos de basura o en las cañeras o con las manos y los pies atados, con signos de tortura y un disparo exacto en la frente o en la boca, no muchachos desconocidos de ocupación jornaleros que días antes habían desaparecido o que habían sido sacados a medianoche de sus hogares en colonias como la Rivera Hernández, la López Arellano o la Luis García Bustamante por presuntos amigos o compañeros de negocios, no mujeres con expediente abierto en la Policía por tráfico de drogas o extorsión, con tatuajes en el pecho y la espalda y con disparos en la nuca. No, esta vez se trataba de dos muchachos a los que había visto, durante al menos un año, encontrarse en ese Espresso Americano del Centro para hablar de mujeres o de libros, como pudo constatar en las diferentes ocasiones en que llegó, sin querer, a escuchar sus conversaciones.

Salió de la sala de redacción y cuando iba por el pasillo y miró hacia la izquierda se le vinieron los recuerdos de cuando llegó a trabajar al diario. Entonces, utilizaba una máquina de escribir y no una computadora y sus pagos llegaban puntuales cada quincena. Ahora todo era diferente, pensó con tristeza o con aburrimiento o quizá con desdén. Ahora sentía que, aunque había valido la pena trabajar ahí durante mucho tiempo, la vida se le había ido considerablemente a la mierda. Tenía 36 años. Desde hacía doce vivía solo en un apartamento del tercer piso de un edificio del Centro, justo sobre la Tercera Avenida y la Tercera Calle, zona que producía un ruido incesante que se elevaba hasta su habitación cada mañana. Su única compañía permanente era su perro Káiser, obsequio de su exnovia en un día de cumpleaños, al que en las últimas semanas había podido enseñarle la habilidad de cagar en un lugar preciso. Lo de las meadas era un caso aparte y para educarlo en eso necesitaba seguir siendo paciente y asumir que tendría que lavar el piso y las orillas de algunas paredes cada tarde al llegar a casa y al levantarse por las mañanas.

Bajó las gradas del edificio alquilado por el diario para sus operaciones, llegó a recepción y firmó el libro de entradas y salidas a las 5:47 P.M. Una vez afuera, se quitó de encima el carné de identificación como reportero del diario y se lo metió en el bolsillo izquierdo de su pantalón. Pensó, como algunas veces pensaba cuando hacía eso cada tarde, en sus colegas del diario de la competencia, a quienes al parecer les gustaba exhibir su carné de identificación por las calles, para demostrar quizá lo importantes que eran o que creían ser; pobres diablos quizá todavía estudiantes de Periodismo, esperanzados en la obtención de un título que probablemente nunca llegaría, por sus jodidos horarios en ese diario y por el estúpido compromiso a tiempo completo que éste exigía de ellos. Cruzó la calle, una calle a esa hora más transitada y más ruidosa que a ninguna otra, y enfiló, calle arriba, rumbo al café. ¿Cómo sería estar ahí, a esa hora y ver la mesa vacía u ocupada por otras personas?

 

Día 2

Muy temprano, López se levantó para limpiar las meadas nocturnas de Káiser, depositar en el plato de aluminio de éste algo de Doggy y al lado, en otros dos recipientes, también de aluminio, un poco de leche y otro tanto de agua. Era la rutina de cada mañana antes de irse a su trabajo para incorporarse a esa otra rutina de las muertes violentas propias del periodismo policial. Porque en un país como Honduras el periodismo policial casi podía reducirse exclusivamente al ámbito de las muertes violentas, unas doce de promedio diario en diferentes ciudades, al menos las que reportaba la Policía con los levantamientos de cadáveres. Muchos más quizá perecían en otros sitios, en aldeas de municipios cercanos o del interior del país, pero de esas muertes nadie se enteraba, apenas algún familiar, algún amigo que después de tres días de búsqueda optaba por olvidarlo todo y reservarse sus sospechas para evitar meterse en líos con los victimarios.

Era así cada día, desde que su exnovia lo dejó hacía un año. Antes ella se ocupaba de Káiser pues había sido idea de ella traerlo a casa. Ahora él agradece esta decisión de su exnovia porque si a ella no se le hubiera ocurrido alguna vez regalarle una mascota y traerla a casa, él no habría podido acostumbrarse tan fácilmente de nuevo a la soledad, a esa soledad que es mayor cuando inmediatamente antes esos espacios fueron ocupados por el cuerpo de una mujer, por los movimientos de una mujer, por la sombra de una mujer. Káiser no había sido lo único que ella le dejó el día de su partida; también estaban todas las fotos en las que aparecían juntos, las cartas que él le había enviado cuando ella se fue a estudiar un año fuera del país, las figuritas de porcelana en miniatura, todos los recuerdos materiales de su vida juntos.

Caminó las nueve cuadras que separaban su casa de su lugar de trabajo, que en algunas ocasiones se convertían en diez u once pues, por seguridad, decía él, no solía utilizar la misma ruta dos días seguidos. Minutos antes de las ocho y media escribía su nombre y la hora de entrada en el cuaderno del guardia en la recepción del diario y luego subía a la sala de redacción, en donde aún no empezaba a producirse el ruido de las teclas presionadas y el de las pantallas de televisión encendidas pues a esa hora todos los que han llegado leen, lo más rápidamente posible, su ejemplar del diario que les ha dejado, doblado, Leonidas, el eterno conserje, bajo el teclado de la computadora. Un rato después, luego de la reunión de todos los de Generales con Casco, el jefe de redacción, en la oficina de éste, López se quedó un momento para comentarle algo. Ajá, López, qué me cuenta. Y entonces López le habló, con una muestra de pasión periodística que hacía mucho su jefe no le veía, de Walter Laínez Enamorado y del tipo que lo mató.

Una hora más tarde ya estaba en el Centro Integrado de la Policía, en el barrio Lempira, solicitando al jefe de turno que le permitiera un par de minutos para entrevistar al detenido Guillermo Rodríguez Estrada, acusado de asesinato. El jefe policial le dijo que por su parte no había problema en arreglar esa entrevista pero le advirtió de lo peligroso que podía resultarle tener contacto directo con un criminal. López le dijo que no se preocupara, que había razones para creer que el detenido no se tomaría a mal su solicitud. López había leído a Truman Capote. A sangre fría era uno de sus libros de cabecera y siempre había deseado cubrir un caso semejante al de los asesinos de la familia Clutter. Ahora sentía que se le presentaba la oportunidad de hacerlo. Pero, ¿realmente creía tener ahora una situación semejante? Y en el caso de que así fuera, ¿qué probabilidad habría de que Rodríguez accediera a contarle su historia? Era lo que averiguaría en ese momento, cuando el jefe policial lo guiaba hasta la celda 2, una oscura y húmeda habitación con olor a mierda y meados en la que Rodríguez se encontraba, al fondo, acostado sobre una banca de concreto.

Qué me tiene, le preguntó Casco por la tarde, después del almuerzo, en la redacción y López le dijo que había podido hablar con el tipo y que aunque no le dio una respuesta, al menos tampoco desestimó la pregunta. Y qué pregunta había sido esa. Que si estaría dispuesto a explicar públicamente por qué decidió asesinar a su amigo. Y no contestó. No. Pero lo dejó en suspenso. Sí. ¿Y qué piensa hacer ahora, López? Veré si puedo hablar con él de nuevo mañana. Ya habrá pasado la audiencia de declaración de imputado, que se hará hoy a las nueve la noche, según me dijeron. Quizá haya decidido algo para entonces. Bien, pero no deberíamos soltar esta historia y dejar de publicar algo mañana; ¿podemos publicar unos párrafos con información adicional y una fotografía del detenido en su celda? Sí, se puede. Aparte de eso, ¿qué trae hoy? Sólo unos detenidos por tráfico de marihuana y dos levantamientos en la aldea El Carmen, mujeres, atadas de pies y manos, como casi siempre. Póngale entonces, para que cerremos a la hora.

Guillermo Rodríguez Estrada, sospechoso de asesinar a Walter Antonio Laínez Enamorado hace dos días en el estacionamiento de un centro comercial de la ciudad, permanece detenido en la celda 2 del Centro Integrado de la Policía a la espera de la acusación formal de la Fiscalía, en donde se consignarán los cargos de asesinato e intento de asesinato.

En su primer día de encierro, Rodríguez recibió la visita de algunos de sus familiares…