Érase un agosto en México

La capital de México me recibió con lluvia y con una mala noticia. Nomás desactivé el modo avión de mi teléfono empecé a ver en Twitter reacciones diversas a la noticia de la sorpresiva muerte de Ulises Juárez Polanco, un joven escritor nicaragüense al que conocí en mayo durante el Centroamérica Cuenta. ¡Vaya manera de recibirte de una ciudad a la que llegás por primera vez! A esto se le sumaron un dolor de cabeza persistente y unas náuseas que no relacioné, sino hasta que el taxista que me llevaba del aeropuerto al hotel me lo sugirió, con la altura y la contaminación de la ciudad. Ese malestar, que aumentaba y disminuía, se mantuvo hasta la noche, cuando junto a Mario Hernán Mejía, director de Cultura de la UNAH, Tania y Alejandra, las encargadas de mercadeo de la Editorial Universitaria, y un amigo mexicano del primero paseamos por el centro de Coyoacán, una zona turística muy bonita y agradable en la que abundan los restaurantes, los cafés, los bares, unos cuantos museos y otras tantas librerías.

Comiéndome unos tacos con Mario Hernán, opté por agua al tiempo y tequila para acompañar la comida pues, por si fuera poco, venía saliendo de un resfriado con tos y no quise arriesgarme a beber nada frío, así que tuve que comer y mirar de reojo la enorme copa con cerveza negra y fría que pidió el amigo, hasta que le llegara el turno a mi tequila, que, debo decirlo, era el tequila más grande que iba a tomarme en mi vida. Pero bueno, eso fue el viernes 25, que terminó con mis amigos dejándome en el hotel a eso de las once de la noche, antes de lo presupuestado, pues yo fui incapaz de continuar debido al dolor de cabeza, a las náuseas y al resfriado, que le había dado por volver. Una dramamine y las horas de sueño fueron el mejor remedio. Lo de la cerveza negra tendría que esperar hasta el domingo.

FullSizeRenderAl día siguiente, después de levantarme tarde, desayunar y visitar un local de La Casa del Libro cercano al hotel, en donde compré baratos unos cuantos libros mexicanos inencontrables en Honduras (Mario Bellatin, Juan Pablo Villalobos, Tryno Maldonado), tomé un taxi y me fui a la UNAM, en donde se desarrollaba, desde el lunes, la Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI), y en donde habría de presentar el domingo mi novela Los días y los muertos. La tarde se fue en el obligado recorrido por los stands de la feria (alcancé a ver a dos escritores mexicanos de respeto: Alberto Chimal y Elena Poniatovska), la compra de nuevos libros con muy buenos descuentos y un par de entrevistas que me hicieron en la televisión y la radio de la UNAM. Si entran a Facebook pueden ver una de esas entrevistas aquí.

Por la noche, de nuevo Coyoacán, para desquitarme lo de la noche anterior. Recorrido en un busito turístico por el barrio, buena cena y cerveza para terminar. Pasé por la Casa-Museo Trostky y por el Museo de Frida Kahlo que, por supuesto, estaban cerrados a esa hora. Al final de la jornada: la noticia de que el mayor de mis primos había fallecido en San Pedro. ¡Salud por Mon!

La hora (10.00 am) y la circunstancia de realizarse durante toda la mañana del domingo una maratón en la ciudad de México (lo que obligó a cerrar muchas calles cercanas a la UNAM), impidió que llegara a la presentación de mi novela y a los otros cuatro eventos programados a esa misma hora una mayor cantidad de público, pero el que llegó se mostró muy interesado en la novela, al grado que se agotaron todos los ejemplares que la Editorial Universitaria había llevado.

Entre ese público estaba Carlos Mendoza, periodista hondureño residente en México, a quien había prometido llevarle el “encarguito”: café sanluiseño y frijoles hondureños y con quien compartimos el almuerzo y el café después de la presentación del libro. Un video del evento, en el que me acompañó Mario Hernán Mejía, puede verse entrando aquí.

Por la tarde, con el dolor de cabeza y las náuseas volviendo amenazadoramente y aprovechando la primera pausa que me dio una monumental tormenta, tomé un taxi y me fui de nuevo a Coyoacán (¡Qué joder con Coyoacán!) con la intención de sumergirme en sus librerías (la Gandhi y la que tenía el mismo nombre del barrio me depararon hermosos hallazgos de Javier Cercas y Graham Swift), en su mercado (compré ahí unos regalitos para la familia), en algún restaurante (me harté los mejores chilaquiles que me echado en mi vida) y en unos cuantos bares (aquí tuvo lugar por fin lo de la cerveza negra). Pero eso ya corresponde a otra historia. Lo que quería contar en ésta ya lo he contado. Fue una muy buena experiencia asistir a mi primera feria del libro en otro país (debería decir “en general” puesto que en Honduras no hay ferias del libro). Ahora siguen Santiago de Chile y Guadalajara. Ahí les cuento.

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Vista desde la ventana del hotel, con el estadio Azteca al fondo.

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El viajero de Neuman

Dejo mi artículo de septiembre en Literofilia, sobre El viajero del siglo, de Andrés Neuman, una de las mejores novelas que he leído últimamente.

El viajero del siglo

Aprovechando unas vacaciones forzadas, dispuse hace un par de semanas ponerme a leer El viajero del siglo, la voluminosa obra con la que el argentino-español Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) ganó el Premio Alfaguara de Novela 2009. Yo, por supuesto, ya sabía algo de él: que quedó finalista en dos ocasiones en el Premio Herralde, la primera de ellas con la novela Bariloche, cuando sólo tenía 22 años; que también es poeta y que hizo estudios formales de literatura, pero aparte de unos cuantos textos sueltos localizados en alguna web, no había leído nada suyo.

Un amigo que sí ha leído ampliamente a Neuman se había referido a El viajero del siglo en términos de “una gran novela, muy buena, buenísima”, lo que indicaba no sólo satisfacción con la lectura sino también entusiasmo, y a ese tipo de entusiasmo en lectores como el amigo referido hay que verlo precedido de una flecha que apunta, sin lugar a demoras, al próximo libro que uno debe leer.

A Neuman lo vi y escuché hablar en un conversatorio en mayo recién pasado en Managua en el marco del V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta, y desde ahí me pareció un tipo no sólo inteligente sino también muy bien formado. Según dijo entonces, interrumpió la redacción de su tesis de doctorado para terminar de escribir una novela que tenía aplazada, una novela que, supe después por una entrevista a Neuman, iba a centrarse en la figura de un organillero, un personaje entrañable, un sabio en la simplicidad, pero que acabó tomando varias direcciones, como en efecto puede uno notar al leer El viajero del siglo.

Al salir del conversatorio, que tuvo lugar en una sala de teatro de la Alianza Francesa de Managua, pasé por las mesas ubicadas afuera, en las que se ofrecían los libros de los autores participantes en el encuentro literario. Ahí estaba El viajero del siglo y no pude resistirme. Más tarde ese mismo día vi a Neuman en la exposición fotográfica de Daniel Mordzinski en el Centro Cultural de España en Managua y me le acerqué para pedirle que me firmara el libro.

Luego de que Warren Ulloa nos tomara una fotografía, Neuman me preguntó de dónde era yo y al escuchar el nombre de abismo de mi país Honduras me comentó que era el único país latinoamericano que no había visitado puesto que en la gira que organiza Alfaguara con el ganador de su premio de novela cada año tuvieron que saltarse este caótico e inculto territorio (los adjetivos son míos) pues acabábamos de estrenar un Golpe de Estado y no había condiciones para presentar un libro ni en Tegucigalpa ni en ninguna otra ciudad; los hondureños estábamos, por supuesto, más concentrados en los toques de queda que en cualquier otra cosa.

Ese incidente que impidió a Neuman visitar Honduras me recordó una anécdota parecida con García Márquez, quien decidió, en los años inmediatamente posteriores al otorgamiento de su Nobel de Literatura de 1982, dejar a Honduras como el único país latinoamericano que no visitaría, pues, según se dice que dijo, no pondría su pie en un país que tuviera un presidente aficionado a pelarse la panza en público. Pero esa es otra historia, y la que quiero seguir contando ahora es la de mi encuentro con Andrés Neuman esa noche calurosa de Managua, un encuentro del que me traje no sólo el agradable recuerdo de haber conocido a un escritor capaz de ser inteligente y sencillo a la vez sino también la novela con la que terminaría impresionándome al grado de sentir, ahora mismo –pero sospecho que la sensación ha de mantenerse durante mucho tiempo-, que esa es una de las mejores novelas escritas en Latinoamérica en los últimos años y que su autor es uno de los mejores narradores latinoamericanos contemporáneos.

La novela cuenta la historia de Hans, un traductor viajero que llega a una ciudad ficticia alemana de nombre Wandernburgo, una ciudad esquiva en sus calles y en sus bordes pero que obliga a Hans, acostumbrado a siempre estar de paso, a permanecer en ella durante mucho más tiempo del presupuestado. “Hans tuvo la impresión absurda de que el plano de la ciudad se desordenaba mientras todos dormían. ¿Cómo podía extraviarse tanto? No lograba explicárselo: la taberna donde había almorzado aparecía en la esquina opuesta a la que la memoria le indicaba…”, se lee en las primeras páginas, y esa “impresión absurda” de que las calles o los lugares cambian de sitio se mantiene a lo largo de toda la historia.

En Wandernburgo conoce Hans a varios personajes entrañables: el organillero, quien prefiere que le llamen así, “organillero”, pues todos los días hace girar la manivela de su organillo en la plaza del Mercado a cambio de unas cuantas monedas, que vive en una cueva y tiene un perro de nombre Franz; Álvaro Urquijo, un español exiliado que vive ahí desde que muriera su esposa alemana, que se dedica al comercio textil y que se convierte en un buen amigo de Hans; y a Sophie Gottlieb, cuya relación a escondidas con Hans hace que éste postergue su viaje a Dessau continuamente.

La historia se desarrolla en torno a la imposibilidad de Hans de seguir camino luego de conocer al organillero y a Sophie, y esto la haría parecer sencilla pero no lo es. Narrada en un orden prospectivo pero a la vez fragmentada en distintos episodios que sobrevuelan las acciones y los pensamientos de los personajes a través de la mirada de un narrador omnisciente, la novela da cuenta no sólo de las relaciones de Hans con los demás personajes sino también, a través de las jugosas discusiones en el Salón de Sophie, de buena parte de la historia europea del Siglo XIX hacia atrás, sin que esto la convierta en una novela histórica, y de otros temas como la política, la religión, la literatura o la traducción; recurre a un lenguaje propio de la época, con muchas descripciones que nos insertan en el contexto de la novela decimonónica pero que, más que observar los paisajes y los objetos, ponen el ojo en los pensamientos y las emociones de los personajes. Exquisito es el pasaje en el que Hans, de visita en casa de Sophie, conversa con el padre de la muchacha mientras ella escucha, toma el té y mueve su abanico de manera displicente. Los movimientos de este abanico, según Hans, se derivan de los pensamientos y las intenciones de Sophie, de quien él quiere captar la atención tanto como ha logrado hacerlo con el padre: “El nivel más profundo de su atención se aplicó a traducir de reojo los gestos del abanico”, “Sophie se cambió de mano el abanico. Alarmado, Hans redobló sus esfuerzos pero sólo consiguió que…”, “Sophie inició un lento repliegue del abanico, pareció abandonar la escucha, extravió la mirada en los ventanales. Hans comprendió que el tiempo se le agotaba y, en una maniobra desesperada…”. La novela, en fin, está extraordinariamente bien escrita y además, es profunda en su observación de la condición humana; atrapa al lector con su prosa elegante pero también con la hondura sicológica de sus personajes; al final deja la misma sensación de perplejidad que suelen dejar los clásicos. Al menos así ha ocurrido conmigo.

Noto que mi edición de El viajero del siglo corresponde a una primera reimpresión de 2016, siete años después de la primera edición, que es de 2009. No sé cuántos ejemplares imprime Alfaguara de los libros que ganan su premio de novela, pero considerando que ésta de Neuman es una magnífica novela y que además obtuvo ese premio tan importante para los narradores en lengua española, una primera reimpresión apenas siete años después de la primera edición se me antoja muy poco. Y se me ocurre pensar que si El viajero del siglo no es una novela con una mayor aceptación o mejores resultados en ventas (que tampoco es que esté seguro de ello, sólo estoy especulando) es sólo porque en estos tiempos no hay muchos lectores capaces de enfrentarse a novelas de ese tipo, lo que me recuerda la reflexión de Amalfitano, el personaje de Bolaño en 2666, quien conoció a un farmacéutico que sólo leía novelas breves de autores clásicos: “Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”. Andrés Neuman propone en esta novela uno de esos “combates de verdad” de los que habla Amalfitano.

“Para Giovanni, que habita en el país al que no fui, ese que más importa, el que está por venir”, leo ahora en el ejemplar firmado de El viajero del siglo, y pienso que la próxima vez que me encuentre a Andrés Neuman, ese escritor que viajó por toda Latinoamérica y que se saltó este pedazo de tierra dejado de la mano de Dios, voy a decirle que Honduras sigue aquí, tan inculta y tan sumida en el caos y el infortunio como siempre, y que no necesita venir personalmente, que algunos hemos leído aquí su novela y nos ha parecido lo que ya he dicho, y que eso es, por lo menos para su libro, lo que más importa.

Vacaciones forzadas

notenojesA esto que me ocurre desde hace ya bastantes días me da por llamarlo “vacaciones forzadas”, algo que, por supuesto, al final de cuentas, no me disgusta del todo. La situación actual de la UNAH: edificios tomados, actividades paralizadas, incertidumbre respecto al desarrollo del II Periodo Académico, deriva, en mi caso, en una vida eminentemente hecha en casa.

Coincido con las vacaciones de mi mujer y de mi hijo, por lo que entre las series que vemos (Juego de Tronos, Power y Chance, las de estos meses), las películas pirateadas que compramos los viernes en una gasolinera, las partidas de Notenojes, las esporádicas salidas de nuestra colonia, las tardes en el campo para correr o jugar futbolito y los títulos que gana el Real Madrid cada vez que juega últimamente, me he puesto a leer algunos libros pendientes (por las tardes y las noches), pero sobre todo, a escribir una nueva novela que había empezado hacía más de un año y que por las circunstancias normales (trabajo, familia, las obligaciones más urgentes), no había podido terminar. Así que este periodo de “vacaciones forzadas” me ha servido para terminar de escribir mi cuarta novela, después de Ficción hereje para lectores castos (2009 y 2015), Los días y los muertos (2016) y Tercera persona (que publicará este año Uruk Editores de Costa Rica).

Me he habituado a levantarme temprano cada mañana, primero a preparar el café y luego a escribir, por lo que no me ha costado retomar el ritmo que traía la novela desde que empecé a escribirla y he podido llevarla hasta el final según como me lo había propuesto desde el principio. Una agradable rutina que, por suerte, respetan mi mujer y mi hijo y que sólo se ve alterada por las audiciones de reguetón a que me someten los vecinos de al lado de vez en cuando. Estas son las circunstancias en las que me toca escribir, me digo, tratando de no perder la paciencia y entendiendo que estas circunstancias mías son más favorables que las de otros. Así que estoy aprendiendo a convivir con ellas.

Imprimí el texto de la novela para la revisión respectiva y durante tres días me la pasé en eso, tachando, agregando, suprimiendo, mejorando el texto, y mientras tanto, incorporando ideas para hacer la trama más efectiva. Los detalles sobre esa novela he de reservármelos por ahora por la sencilla razón de que mientras no la publique cualquier cosa en ella podría cambiar, pero puedo permitirme adelantar que han vuelto dos personajes de mis anteriores novelas. ¿Cuándo la publicaré? Eso, aquí en Honduras, nunca se sabe. Por el momento no es algo en lo que quiera pensar, pues antes debo concentrarme en la edición de Tercera persona en Costa Rica y en lo que se viene con esa novela, sobre lo que también me reservo los detalles por ahora.

En fin; las vacaciones forzadas continúan, yo he terminado de escribir una nueva novela y me preparo para el viaje a México la próxima semana, para presentar Los días y los muertos en la FILUNI de la UNAM, pero entre una cosa y otra recojo información sobre un tema para un proyecto narrativo mucho más ambicioso que cualquier otro que haya emprendido hasta ahora. Creo que ha llegado el momento de escribir sobre eso que siempre ha estado ahí, en nuestra historia, en nuestra consciencia colectiva como hondureños, y que nadie ha observado con suficiente atención para intentar explicar quiénes y cómo somos.

Los días y los muertos se presentará en México

FiluniEl próximo 27 de agosto, gracias a las gestiones de la UNAH y la Editorial Universitaria, estaré presentando mi novela Los días y los muertos en el marco de la I Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI) de la UNAM (México), en el salón Ernesto de la Torre Villar a las 10:00 am junto a Evaristo López, director de la editorial, y Mario Hernán Mejía, director de Cultura de la UNAH.

Ésta será la primera edición de una feria del libro orientada a las publicaciones de universidades de España, Estados Unidos, el país anfitrión, México, y el resto de Latinoamérica, y que tendrá como protagonistas a escritores, editores, distribuidores, libreros, bibliotecarios, traductores, académicos, diseñadores y otros profesionales del mundo editorial. La universidad invitada será la Universidad de Salamanca.

Más de 130 stands en cuatro mil metros de exhibición y más de 120 actividades académicas, literarias y culturales entre el 22 y el 27 de agosto. La Editorial Universitaria estará presente en la feria del 25 al 27 de agosto con todos los libros en existencia de su catálogo.

Pueden consultar el programa general de la FILUNI en este enlace: Programa FILUNI.

Escribir para divertirse

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Todo escritor llega a preguntarse en algún momento por qué o para qué escribe. Y cuando eso sucede, se pone a pensar seriamente en el asunto, de modo que del acto de pensar surja una respuesta sincera, o al menos inteligente, para seguir dando la impresión de que es inteligente. Lo que no todo escritor hace es prepararse para el momento en que alguien más le hace esa pregunta, y cuando eso sucede, quizá ante la urgencia de responder probablemente no responda nada, o por lo menos nada que parezca inteligente.

Yo, que apenas soy un aprendiz de escritor, ya he gozado del favor de ser interrogado al respecto, y digo “del favor” porque una pregunta como esa lleva implícita la suposición de que el interrogado es escritor. Así que ahí estaba yo, por unos segundos suspendido de esta realidad, intentando formular una oración que por lo menos no me hiciera quedar como un imbécil. Para mi fortuna, quien lanzaba la pregunta lo que menos pretendía de mí, simple aprendiz de escritor casi llegando a escritorzuelo, era una respuesta, y de inmediato continuó con una perorata de las típicas suyas, por cierto muy instructivas y oportunas.

Mientras la perorata avanzaba y lo que la motivaba era olvidado, yo me puse a pensar en aquella pregunta que nunca nadie, ni yo mismo, me había hecho: ¿para qué escribo?, y en ese momento apelé más a la sinceridad que a la inteligencia para responderme a mí mismo que escribo sólo para divertirme, porque la verdad es esa, escribo porque hacerlo me produce un placer distinto a cualquier otro.

Algo parecido, pero mucho más inteligente, dijo Cortázar en una entrevista que le hiciera un periodista catalán en la Librería Laie de Barcelona en 1981: “Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”. Cortázar, que para esos días se mantenía entre el divorcio de Aurora Bernárdez, la relación infeliz con Ugné Karvelis y el amor imposible con Cristina Peri Rosi, pudo haber reconocido en la literatura una forma de escape de las miserias de la vida cotidiana y más allá de eso, una forma de experimentar lo que yo llamo “un placer distinto”.

No sé si son ciertas estas otras palabras de Cortázar que leí en un artículo anónimo en internet con las que el escritor argentino trataba de responder otra vez a la dichosa pregunta de para qué escribía: “Escribo para intentar saber qué tanto hay en las ficciones de lo que no ha habido en mi vida”. Como dije, no sé si Cortázar diría una cosa así, pues me parece floja esa respuesta, pero aunque no lo dijera, me quedo también con esas otras palabras que intentan responder a la pregunta acerca de las motivaciones para escribir. Palabras que se emparentan con las del novelista irlandés John Banville, quien dijo alguna vez escribir “por vivir otras vidas y revivir las propias”.

Quizá las respuestas más interesantes son las que dieron Carlos Fuentes y Javier Marías, o por lo menos esas respuestas son las que yo he recordado siempre. “A ver, señor Fuentes, usted ¿por qué escribe?”. Y Fuentes, que quizá lo que pensaba en ese momento era “¿Por qué no me dan el Nobel”?, respondió con otra pregunta: “¿Por qué respiro?”, con la que debió haber dejado helado a quien le preguntaba. “Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar”, dijo Javier Marías, y yo pasé muchos años pensando en que eso de no tener jefe ni verse obligado a madrugar al menos cinco días por semana eran dos buenas razones para que cualquiera aspirara a convertirse en escritor, hasta que nació mi hijo y me di cuenta de que un hijo es un despertador imprevisible y más tarde, que llevarlo a la escuela cinco veces por semana es algo de lo que pueden escurrirse sólo unos pocos afortunados en la vida.

Hace poco leí dos libros en los que sus autores, dos auténticas celebridades de la literatura mundial, intentan responder a esa pregunta. Esos libros son De qué hablo cuando hablo de escribir, del japonés Haruki Murakami, y Mientras escribo, del estadounidense Stephen King. El primero me pareció algo ligero, políticamente correcto, escrito con más sosiego y prudencia que con ímpetu, muy ameno pero con escaso colmillo. Además, algo repetitivo. Disfruté más el segundo, que fue capaz de hacer que me acercara a su autor con un entusiasmo y una curiosidad que nunca había tenido con él. Una cosa que al lector le queda clara después de leer esos dos libros es que sus autores entienden el acto de escribir como una actividad permanente y equivalente a lo que cualquiera podría considerar como “un trabajo”. Ambos aseguran levantarse temprano por las mañanas y dedicarse unas cinco horas a escribir, hasta llegar a la meta de las diez páginas, que suelen alcanzar sin muchos problemas, pero a veces, dice el estadounidense, le llega la hora del almuerzo y aunque no lo aplaza, vuelve a su estudio para cumplir con la meta de las diez páginas.

Con miles y miles de lectores en todo el mundo, ambos escritores han hecho de la literatura un modo de vida, y aunque se imponen una determinada cantidad de horas diarias para la escritura, no consideran eso de la manera negativa como se supone debería considerarse una “imposición”, puesto que aseguran disfrutar de ella. “Siempre he escrito porque me llenaba. Puede que sirviera para pagar la hipoteca y los estudios de los niños, pero eso era aparte. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo”, dice Stephen King. El placer, entonces, ante todo, del mismo modo en que Cortázar concebía la escritura y del mismo modo en que yo, salvando, por supuesto, las enormes distancias, concibo el acto de escribir. Y no se trata de autoimponerse una actividad que pueda derivar en placer sino al contrario, hacer de una actividad habitual y placentera una tarea permanente e inaplazable.

Quizá la pregunta de por qué escribo o para qué escribo pueda generar respuestas interesantes en los grandes escritores, como todos los que he mencionado, que saben (o han sabido) que cada vez que escriben un libro, ese libro será editado por una prestigiosa editorial y leído por muchas personas en distintas partes del mundo. Pero, ¿qué pasa cuando la pregunta se le hace a un escritor tercermundista como éste que escribe estas líneas, un escritor que, como habría dicho Bolaño, escribe aun sabiendo que tiene la batalla perdida, que difícilmente verá un libro suyo publicado por uno de los grandes sellos editoriales, que probablemente no será leído mucho más allá de su aldea (si llega a tener esa suerte), que cada vez que escribe un libro debe guardarlo por años porque su presupuesto no alcanza para la autoedición? Porque si alguien llega a preguntarse alguna vez qué sentido tiene escribir, ¿cómo no habrá de preguntárselo si lo suyo se trata de escribir en países como los centroamericanos, en los que, en medio de tanto problema social, que afecta directamente lo individual, leer o escribir literatura es “un lujo” o una frivolidad?

“Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”, dijo Cortázar, y yo, que escribo por las mismas razones, hago mías sus palabras y éstas explotan en mi cabeza cada vez que alguien me pregunta lo mismo, de modo que llega el momento en el que me pregunto: ¿son realmente de Cortázar esas palabras y no mías?, y me contento con saber que a pesar de ser un escritor confinado en este rincón desapacible del llamado Tercer Mundo, soy capaz de escribir y además, de divertirme haciéndolo. Dar la batalla al menos. Y mientras tanto, divertirse.

Pedroza y los autores ingenuos de la aldea

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El nuevo artículo de mi columna “Lo demás es ficción” de Literofilia se publicó ayer. El malquerido crítico literario Bruno Pedroza ha vuelto a aparecer, con nuevos dardos sobre la literatura hondureña:

Quedo de verme con el crítico literario Bruno Pedroza en un café de Los Andes donde sabemos que no llegan los que llegan a los cafés del Centro. Pedroza, todo el mundo lo sabe, se dedica a la docencia en una universidad privada de San Pedro Sula, y para no calentarse la cabeza, dice, como si se refiriera a la goma después de la borrachera, se mantiene retirado de la crítica literaria. Durante el café, que toma negro y sin azúcar, se pone, sin embargo, a hablar de lo de siempre: del estado de la literatura hondureña.

Varias veces me he topado en internet, en algún periódico, en alguna revistilla impresa o en algún blog, me dice casi con estas mismas palabras, con textos que, por puro defecto profesional, quisiera yo imprimir para corregírselos a sus autores, como hago con los textos de mis estudiantes, a quienes suelo devolvérselos, amablemente, con más rojo que negro, entendiendo ambas partes que con eso el profesor contribuye a la formación del estudiante, pero entonces recuerdo dos cosas: la ocasión en que lo hice con el texto de un seudopoeta olanchitense publicado en un diario, que además de mal escrito estaba plagiado, me gané una oportunísima amenaza de muerte, y luego, qué gano yo con ridiculizar públicamente a esos ingenuos autores.

Para leer el texto completo, visiten Literofilia en este enlace: “Pedroza y los autores ingenuos de la aldea”.

El café de los escritores en Managua

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Jacques y Rey Rosa

Jacques Aubergy y Rodrigo Rey Rosa en el “café parisino” de Hispamer en Managua.

El último día del Centroamérica Cuenta me fui a la UCA de Managua para asistir al conversatorio “Centroamérica vista desde afuera”, en el que participaría el narrador hondureño Eduardo Bähr junto al guatemalteco David Unger y el costarricense Daniel Quirós. La moderación estuvo a cargo de la también hondureña Rosario Buezo.

El conversatorio inició de forma dubitativa, pues ni la moderadora ni los tres escritores invitados parecían saber exactamente cómo responder a esa pregunta sobre lo que pasa cuando se toma a “Centroamérica por cárcel”, según sugería la descripción del programa. Sin embargo, la cosa dio para un interesante debate, que hizo coincidir a los panelistas en la opinión de que la literatura centroamericana tiene pocas oportunidades de mostrarse fronteras afuera y que mucho de eso se debe a la falta de apoyo institucional en los países del área. Pero cuando se abrió la posibilidad de las preguntas o comentarios del público, el crítico y novelista salvadoreño Miguel Huezo Mixco dijo que lo que ahí se hablaba a él le parecía solamente una quejadera, pues nadie había aludido a los aspectos positivos que podían rescatarse de toda esa situación. A continuación hubo un interesante intercambio de opiniones entre los panelistas y el público, que también contó con el novelista hondureño Julio Escoto, y del que el resto de los asistentes pudo haber salido más que satisfecho, pues mostró que aún en las diferencias Centroamérica encuentra puntos en común para salir adelante con su literatura.

El resto de la tarde tuvo a la librería Hispamer, con su centro cultural “Pablo Antonio Cuadra” como escenario de los últimos tres conversatorios de la semana. Sin embargo, quise tomarme un descanso para quitarme la sed en el café de la planta baja, en donde me encontré en una mesa a Eduardo Bähr, que se nos había adelantado, y a los escritores costarricenses Warren Ulloa y María del Mar Oboza, así que me les uní. Nos tomamos unas cervezas e intercambiamos opiniones sobre el encuentro de narradores, y mientras tanto, vimos en una mesa contigua al editor y traductor francés Jacques Aubergy y al guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, en otra a Gioconda Belli y en una más a los académicos Héctor Miguel Leyva, Alexandra Ortiz Wallner y Werner Mackenback, y saludamos a los que pasaban, entre ellos Jorge Volpi y Leonardo Padura. En un momento de ensoñación me dio por imaginar que aquel café de Managua, que se llamaba El Molino, era en realidad el Café de Flore de París, y que en cualquier momento aparecería por ahí el fantasma de César Vallejo. Pero por mucho que aquello fuera Centroamérica Cuenta, un evento que había permitido reunir durante seis días a casi trescientos escritores en un país centroamericano, lo único parecido a Vallejo que tuvimos ese viernes fue un aguacero tremendo.

Centroamérica Cuenta volverá en 2018 y Sergio Ramírez, su fundador, ya dijo que será más grande que en las ediciones anteriores. Desde Honduras lo aplaudimos y se lo agradecemos.

Cuervos, novela negra y Mordzinski

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Mordzinski

De la exposición “Objetivo Mordzinski”.

Tercera entrega de mi crónica apretadísima sobre el Centroamérica Cuenta 2017, publicada hoy en El Heraldo:

El miércoles pasado, durante el V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta, fui a la Embajada de México en Managua para estar en la presentación de la novela Vuelo de cuervos, del nicaragüense Erick Blandón, quien vive y trabaja en Estados Unidos como profesor universitario. La novela aborda la evacuación forzosa de los misquitos hacia una tierra denominada irónicamente Tasba Pri, cuyo significado es “Tierra Libre”, y el autor leyó un fragmento en el que un grupo de mujeres procedentes de distintos puntos geográficos de Nicaragua discuten respecto la cena que habrán de preparar para una celebración, y ahí pudimos notar la prosa ágil, juguetona, chispeante con que está escrita, y además su carga humorística. Vuelo de cuervos había sido publicada originalmente hacía 20 años en Nicaragua y ahora Alfaguara la reedita para que recobre el vuelo.

Ese mismo día tuve la oportunidad de asistir a dos conversatorios muy buenos, el primero con Eduardo Sacheri, Leonardo Padura y Rodrigo Rey Rosa, quienes hablaron sobre sus experiencias en el cine, ya sea como guionistas o como codirectores, que es el caso de Rey Rosa con Cárcel de árboles, un documental que disfruté el jueves, previo a un conversatorio entre este autor, Martha Clarissa Hernández y la académica y crítica literaria Alexandra Ortiz Wallner. El documental se basa en la novela homónima de Rey Rosa y muestra el contexto y los testimonios de varias personas que sufrieron directa o indirectamente las prácticas de un norteamericano de nombre David Burden en un campo de concentración “terapéutico” en la selva guatemalteca.

El último conversatorio tuvo de nuevo a Padura, junto a Juan Bolea, Marta Sanz y Daniel Quirós, para hablar de novela negra. Bolea hizo una excelente introducción sobre los códigos del género negro, mientras que Sanz, Padura y Quirós hablaros de sus modos particulares de abordarlo. La española, por ejemplo, que publicó, entre otras novelas, Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás, dijo que no se propone escribir ciñéndose a los códigos establecidos; su héroe, de hecho, no parece el convencional detective de novela. Padura, creador del famoso detective Mario Conde, dijo que suele poner al principio de sus novelas un muerto y al final de las mismas un asesino, pero que ni el muerto ni el asesino resultan ser lo más importante sino lo que los utiliza como pretexto para hablar de la Cuba contemporánea. El costarricense Daniel Quirós, que ha publicado dos novelas calificadas como negras, dice que no está seguro de que éstas puedan inscribirse definitivamente dentro del género y cree que la etiqueta responde más a estrategias editoriales.

El último evento de la jornada fue la exposición fotográfica “Objetivo Mordzinski” en el Centro Cultural de España en Nicaragua, que reunió una importante cantidad de fotografías de escritores, entre ellos los hondureños Roberto Castillo, Julio Escoto y Eduardo Bähr, tomadas por el llamado “fotógrafo de los escritores”, Daniel Mordzinski.

Las jornadas se hacen cortas en Managua

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Yo en conversatorio

En mi conversatorio sobre los escritores centroamericanos nacidos durante los años ochenta.

2da. Parte de mi crónica publicada por entregas en El Heraldo desde la semana pasada:

Con un programa tan amplio, Centroamérica Cuenta no te deja espacio ni tiempo para el aburrimiento. Anteayer, por ejemplo, después de dedicarme a escribir la primera parte de esta crónica, me fui al Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra de la librería Hispamer, un edificio en el que perfectamente cabrían todas las librerías hondureñas. Ahí, junto a la salvadoreña Elena Salamanca y el nicaragüense Ulises Juárez Polanco, con la moderación de Silvio Sirias, tuve mi conversatorio, titulado “Nuevos tiempos, nuevos escritores. ¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica”. La plática, frente a un público de unas setenta personas, giró en torno a tres aspectos: qué fue lo que motivó nuestra incursión en la literatura, qué diferencias identificamos en nuestras intenciones estéticas respecto a las de nuestros antecesores y cuáles son los temas predominantes en nuestra narrativa. Fue una experiencia agradable, que me permitió darme cuenta de que en mis compañeros de mesa el detonante había tenido un cariz trágico mientras que en mi caso todo parte de una infancia feliz en un pueblo y de unas primeras lecturas igualmente felices de Mark Twain y Julio Verne.

Me permití cambiar el siguiente conversatorio por un recorrido por la librería, que tenía una oferta amplísima de títulos, con una mesa dedicada a los libros de los participantes en el festival. Mientras examinaba algunos libros, identifiqué a Héctor Miguel Leyva, compatriota académico de la UNAH que participará hoy (el jueves pasado) con la conferencia “De Buchenwald al Rotary Club: memorias de un emigrante judío en Honduras”. Otro que tendrá su participación hoy será Julio Escoto, quien dictará la conferencia “Santos negros y Cristos negros, espejos del otro”, mientras que Eduardo Bähr lo hará mañana en un conversatorio titulado “Centroamérica vista desde afuera”. De entre los tres, he coincidido más veces con Héctor Miguel Leyva, un hombre inteligente y de buen sentido del humor. El nombre del “churrasco maya” que cenamos el martes, junto a Alexandra Ortiz Wallner, Erick Blandón, Clara Obligado y Mercedes Cebrián, dio para muchas risas.

Me gustaron, particularmente, los últimos dos conversatorios del martes; en el primero la poeta y narradora colombiana Piedad Bonnett habló sobre el proceso de escritura de su libro Lo que no tiene nombre, en el que narra la historia del suicidio de su hijo. “No escribí el libro para conmover a nadie”, dijo la autora, sino, quizá, para “darle un lugar en la memoria” a la vida de su hijo. El otro conversatorio reunió a varios pesos pesados de la literatura hispanoamericana: Sergio Ramírez y Gioconda Belli, por Nicaragua, los españoles Ricardo Menéndez Salmón y Marta Sanz, el chileno Carlos Franz y el cubano Leonardo Padura. Hablaron, durante una hora que se nos antojó cortísima, de los premios que cada uno había ganado y de lo que esos premios han representado en sus respectivas carreras literarias. Eran casi las 9:00 pm. Había que continuar la jornada en otra parte.