Mis libros en Amazon

Hace algunos años subí a Amazon, en formato Kindle, mi primera novela, Ficción hereje para lectores castos, pero después de unas semanas (o meses, no recuerdo) en los que el libro se convirtió en un best seller (imaginen aquí el emoticono con la risa y las dos lagrimitas azules), me llegó un correo electrónico en el que se me pedía la actualización de mi información tributaria, cosa que no hice, por olvido o por pereza (tampoco lo recuerdo) sino hasta hace poco. Así que me tomé el costo de actualizar la tal información tributaria y de paso me dio por subir a la plataforma de Kindle Direct Publishing (KDP) de Amazon el libro para una versión impresa en tapa blanda. Ahí tenemos ahora, disponible para su compra en Amazon y con portada nueva, esa primera novela mía cuya segunda edición en Honduras está casi agotada (quedan unos poquísimos ejemplares en las librerías Metronova y Caminante).

Pero también está disponible, tanto en versión Kindle como impreso en tapa blanda, otro libro mío: Habrá silencio en nuestras bocas frías. Si el título no les suena es porque se tituló en su primera edición La caída del mundo. Se trata del libro de cuentos que publiqué en 2015 y que ahora, renombrado y aumentado (trae otros dos cuentos, uno que había extraviado y otro que escribí el año pasado), se la juega en Amazon también con nueva portada.

Pronto estará disponible en Amazon, en las dos versiones, Café & Literatura, el libro de artículos y ensayos que publiqué en 2012 y que ya lleva dos ediciones agotadas en Honduras, pero por ahora, pasen por mi página de autor en Amazon y échenle un ojo, y después se lo echan a los libros. Así que ahí está la opción para quienes viven fuera de Honduras y me preguntan cómo pueden conseguir mis libros. Unos cuantos clics y estos les llegan en días o semanas, según desde dónde los pidan.

P.D.: Si están suscritos a Kindle Unlimited, la lectura de ambos libros en su versión Kindle les sale gratis. Y si son miembros Prime de Amazon, el envío de la edición impresa les sale también gratis.

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Perder y recordar

Los que jugaron acabaron extenuados en el campo, unos viendo de reojo a Palacios y a Figueroa, otros llorando o maldiciendo al árbitro central, al cuarto árbitro, a la puta mala suerte que siempre llega en los minutos finales, pero acabaron como héroes, pues “lo dieron todo en la cancha”, “se mataron en el terreno de juego”, “sudaron la camiseta”, etcétera; los que no jugaron, como Costly o Nájar, se convirtieron en los baluartes de la indignación catracha… en Twitter, denunciando el mayor robo en la historia de la corrupción futbolera centroamericana, algo así. Algún otro hubo, como Ricardo Álvarez, burro al fin y al cabo, que también habló de orejas, y entonces todos volvimos a recordar… Otros, incluso, para incrementar el tráfico en su página web, se grabaron tirándose al piso, tapándose el rostro para ocultar sus inexistentes lágrimas y hasta golpeando mesas, como en un episodio de Caso Cerrado, indignadísimos, como no se había visto en una sala de redacción catracha desde los tiempos del saqueo al Seguro Social.

¿Y el resto? ¿Nosotros, los más de ocho millones de hondureños que más que espectadores somos entrenadores de fútbol, los que en cada partido le cuestionamos a Pinto la utilización de la puta línea de cinco? Nosotros nos quedamos, a partir del pitazo final, recordando las palabras de Nasralla como un sabio consejo que renovamos cada noventa minutos: mejor ponerse a aprender inglés, comprarse un perrito, hacerse de novia, que el fútbol no lo es todo en la vida.

Ya nos había sucedido contra Panamá y también contra Costa Rica, pero hondureños al fin, no nos conformamos con tropezar dos veces con la misma piedra; siempre habrá una tercera que nos mande a lamentar nuestro infortunio y a convertirnos en personajes de una tragedia tercermundista, que, ya lo dije, se renueva cada noventa minutos. En el caso del último partido no fueron noventa sino noventa y seis, y de eso se trata todo esto, de maldecir al mexicano que decidió que fueran seis minutos extra y no tres, o cuatro, o cuatro y medio, como en otros tiempos se trató de maldecir a la lluvia en un partido contra Guatemala, o a un poste en otro partido contra Trinidad & Tobago, o a Pineda Chacón, que no pudo meterla contra los jamaiquinos. La terrible maldición que se balancea sobre nuestras cabezas como un péndulo filoso cada vez que hay un partido “de vida o muerte”.

Pero quizá el asunto, en el fondo, no sea ese. El asunto quizá tenga que ver con esa necesidad (necedad), tan hondureña, de seguir creyendo, aunque todos los hechos precedentes nos adviertan que creer es cosa de gente ilusa, de gente movida por la fe y no por la razón en un tiempo y en un país en los que la fe debería considerarse más o menos del mismo modo en que Borges consideraba a la religión: como algo propio de la literatura fantástica. Había, claro, en aquel partido del viernes contra Costa Rica, que extenderle el crédito a la fe y aspirar a ganar, y cuando no se pudo, había, claro, que seguir extendiéndole el crédito durante noventa minutos más, ¡y contra México!, a esa misma fe que en nosotros es capaz de mover las montañas que sea, siempre que se trate de fútbol.

Y ahí vamos de nuevo, a menos de cincuenta días del evento que marcará nuestra historia como hondureños durante los próximos años, con la fe renovada en “el Profe. Pinto y sus pupilos”, olvidándonos de todo lo que no huela a fútbol, porque en este país, ya lo dijo durante una temporada ese “vital líquido” llamado Coca-Cola: se sueña fútbol y se come fútbol, pero también se come mierda. A ver a quién le echamos la culpa al final del próximo partido. Y ojalá entonces podamos volver a recordar que vivimos en Honduras y que esa circunstancia no es como para andársela tomando a la ligera.

Novedades en el blog

Enumero algunas nuevas en el blog:

En la barra lateral, en la sección “Eventos próximos”, se enumeran las actividades en las que participaré en los próximos meses, la mayoría de ellas relacionadas con mi novela Los días y los muertos, que se presentará esta vez en la Feria Internacional del Libro de Santiago (Chile), pero también sobre una novela titulada Tercera persona, que escribí hace siete años, que aparecerá próximamente con Uruk Editores de Costa Rica y que presentaré, junto a los libros de otros tres autores centroamericanos, en la FIL Guadalajara. En los próximos días daré más detalles al respecto.

En la parte baja (al final de todo) he dejado algunos videos relacionados con mis libros de narrativa publicados y un par de entrevistas. Está también una nota de Campus TV que hizo mi hermano Cristian Rodríguez sobre un mítico bar de San Pedro Sula de nombre Café con Shandy.

En la barra lateral (a la izquierda), justo bajo las portadas de mis libros publicados, hay un video que contiene una breve entrevista con motivo del lanzamiento de mi novela Los días y los muertos en Ciudad Universitaria de Tegucigalpa en febrero de este año.

Inventar la realidad

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Vila-Pitol

Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol, dos de los autores mencionados en el artículo.

Ya está en línea mi último artículo de la columna Lo demás es ficción en Literofilia. Me dio por escribir sobre Sergio Pitol, Ricardo Piglia y Enrique Vila-Matas, tres escritores que “inventan la realidad”. De eso trata el artículo, de “inventar la realidad” en las ficciones.

Me interesan los narradores que no se conforman con contar historias sino que, de algún modo, parecieran querer demostrar que “contar historias” es, si acaso, un medio, pero no el fin. Ya sabemos que la esencia de la narrativa es contar, referir hechos, describir situaciones, estados de ánimo, emociones, y de esta manera representar el mundo, la vida, pero cada vez me cansan más esas novelas o esos cuentos en los que no se percibe, por parte de sus autores, más que la intención primitiva de contar.

Me interesan más ahora esos narradores cuyo propósito es articular un discurso en el que se cuestione desde la literatura a la literatura misma. Una novela que no intente poner en riesgo la “estabilidad” del género no despierta, al menos en mí, demasiado interés. Tampoco abogo plenamente por ese tipo de textos narrativos ultraexperimentales que demuestran una gran ambición pero sólo eso, pues no presentan una historia interesante, o al menos una historia simple de manera interesante, y que al final no parecen pasar del intento, se quedan en eso que hacía decir a Burroughs que lo experimental es un experimento que salió mal.

En narrativa, una manera de ir más allá de la simple manía de contar y a la vez de “cuestionar” a la literatura es la que observamos en el juego ficción-realidad que algunos autores, sobre todo en un subgénero al que se le llama autoficción, logran establecer con el lector, un juego que trasciende el concepto de verosimilitud, el de la mera intención de darle a la ficción apariencia de verdad, que logra incluso que la ficción (esa nueva verdad) sustituya plenamente a la realidad (a la realidad real) en la mente del lector. Este tipo de juegos, que tienen que ver más con la forma que con el fondo, constituyen para mí sustitutos efectivos de eso a lo que se le llama “la historia”; un texto con una estructura o una propuesta narrativa distinta o novedosa me resulta a veces más interesante que una simple “buena historia”.

Hay tres autores contemporáneos que he venido leyendo durante los últimos años y que constituyen ejemplos perfectos de lo que he mencionado: Sergio Pitol, Ricardo Piglia y Enrique Vila-Matas.

En los libros de Vila-Matas, pero no solamente en sus libros sino también en sus artículos e incluso en su vida, suele ocurrir que la realidad es consecuencia de la ficción. Este autor narra sucesos que, eventualmente, se producirán en la realidad; en otras palabras, es como si inventara la realidad. Llega a escribir sobre situaciones que él mismo propiciará después, sólo para darse el gusto de vivir lo que escribe, como ocurre en su relato “Porque ella no lo pidió”, de Exploradores del abismo, en el que alguien le encarga escribir una ficción y se compromete a vivir esa ficción tal como el autor la escriba. La persona del encargo finalmente se rehúsa a vivir lo inventado por Vila-Matas y entonces éste decide vivir lo que originalmente había sido escrito para que lo viviera esa otra persona. “Sí que altero la realidad; pero la altero escribiéndola antes”, ha dicho Vila-Matas en más de una entrevista. Esto permite observar el acto creativo en un plano en el que la categoría de mero entretenimiento asignada a la ficción queda relegada momentáneamente para dar paso a otra categoría, la de la “utilidad”.

Hemos de tener en cuenta, sin embargo, que la realidad vilamatiana también es artificio; es decir, si Vila-Matas es capaz de anticiparse a la realidad al presentar su ficción es sólo porque sabe con certeza cómo será esa realidad pues al construir su ficción activa ciertos mecanismos que posibilitarán la mutación de los hechos ficticios en hechos reales.

En el caso de Piglia, se puede decir que éste “inventa” la realidad para convertirla luego en ficción. Presenta una plataforma aparentemente “real” como pista de despegue hacia la ficción. Construye ficciones en las que el concepto de “verosimilitud” es explotado de una manera más que eficaz y sus consecuencias llevadas al límite. Para Piglia primero es la ficción y luego es “la realidad” que parte de esa ficción. De esta manera logra una especie de desdoblamiento de la ficción que le permite a la vez conseguir un efecto de realidad incuestionable. Introducir una fecha o un hecho real en la narración le permite a Piglia otorgarle a esa ficción un carácter “real” y convertir al lector en un testigo inevitable de lo que lee.

El mejor ejemplo de esta estrategia narrativa lo encontramos en su novela Plata quemada, que abre con un prólogo del mismo Piglia explicando cómo se embarcó en la investigación en torno al asalto a un camión de valores en la Buenos Aires de los años 20; un hecho real, según nos informa Piglia desde el prólogo, que nos predispone a creer que nos encontramos ante una obra de no ficción, cuando de lo que se trata es precisamente de todo lo contrario, pues si somos curiosos, buscaremos en Google y comprobaremos que el supuesto hecho real aludido por Piglia y que constituye el referente de su ficción es también una ficción. Su ficción, entonces, empieza en la realidad, pero la realidad que él se ha inventado.

Admirador de Godard, Piglia dijo en varias ocasiones que, así como había hecho el cineasta, él se proponía hacer de sus ficciones montajes que recurrieran a diferentes materiales. En Prisión perpetua, por ejemplo, recurre al diario, a la autobiografía, al relato policial e incluso a la fantasía, una manía que tiene también Vila-Matas, quien construye tramas en las que combina, por ejemplo, el ensayo, la autobiografía y el diario con la narración pura.

El cuento “El oscuro hermano gemelo”, de Sergio Pitol, que, precisamente, está dedicado a Vila-Matas, empieza como un ensayo y termina como una narración, y en esta narración asistimos al proceso en el que un autor construye una ficción a partir de un elemento tomado de la realidad. Este cuento sirve como una magnífica y clarificadora respuesta a quienes suelen buscar correspondencias directas entre las ficciones y la realidad o entre los personajes y el autor, y contribuye, además, a desbaratar esa posibilidad, aunque sea mínima, de que los hechos de la ficción se correspondan fielmente con los de la realidad o de que los personajes de la ficción sean equivalentes a personas reales. Un hecho real motiva en el cuento de Pitol que un autor escriba un cuento, pero una vez que este autor empieza a escribir ese cuento, el hecho real va cambiando de forma, de manera que el resultado final, aunque haya tomado como referente un hecho real, no será otra cosa que una ficción redonda.

El hecho de que en la voz narradora al principio del relato, que empieza citando a Justo Navarro en su prólogo de El cuaderno rojo, de Paul Auster, se identifique el tono del propio autor, crea dos efectos en el lector: el primero, de que lo que lee no es una ficción sino un ensayo, y el segundo, de que al tratarse de un ensayo, lo que se dice en éste es real, no ficticio. De nuevo vemos aquí esa confusión deliberada de la realidad con la ficción a través de un texto que, contrario a lo que normalmente ocurre con la ficción, no establece con el lector ese “pacto” que le permite a este último leer la ficción como si estuviera leyendo algo real sino que pone la cota más alta: sitúa al lector en un dilema: creer o no creer lo que está leyendo, porque a pesar de que lo que lee se presenta como una ficción, existen razones dentro de ésta para pensar que no es necesariamente una ficción sino un relato extraído de la realidad.

En cuanto a la estructura de sus novelas Pitol también demuestra ser un autor extraordinario. Sirva una como ejemplo Domar a la divina garza. En esta novela un personaje de nombre Dante C. de la Estrella le cuenta a los miembros de una familia su historia con una mujer de nombre Marietta Karapetiz en un viaje por Estambul. Pero lo interesante es que este Dante es un personaje creado por un viejo novelista, quien se propone escribir una novela a partir de unas fichas que ya tiene preparadas, y aún antes en la trama interviene otro narrador, quien nos introduce al viejo novelista. Así, Pitol, el autor, inventa a un narrador que a su vez introduce al personaje del viejo novelista y éste, a su vez, crea a Dante C. de la Estrella, quien finalmente nos cuenta su historia con la mujer a la que llama “la divina garza”; el juego de las cajas chinas que hace que la novela no sea una narración plana sino una obra que, además, pone en práctica la teoría de lo carnavalesco de Bajtin.

Por las escasas razones que hasta aquí he mencionado esos tres autores me parecen mucho más interesantes que otros aparentemente sólo preocupados por “contar historias”, en cuyo proceso de escritura sólo interviene esa “bendita manía de contar”, sin preocuparse por las cuestiones técnicas. Y que nadie venga ahora a citarme a García Márquez, que por mucho que él dijera que lo suyo era intuitivo, ahí está por lo menos Cien años de soledad para demostrar que una novela no sólo es lo que cuenta sino cómo lo cuenta, y quien haya leído Cien años de soledad sin reparar en que esa novela, además de contarnos una gran historia nos enseña cómo debe contarse una gran historia, como lector no ha de valer demasiado.

Érase un agosto en México

La capital de México me recibió con lluvia y con una mala noticia. Nomás desactivé el modo avión de mi teléfono empecé a ver en Twitter reacciones diversas a la noticia de la sorpresiva muerte de Ulises Juárez Polanco, un joven escritor nicaragüense al que conocí en mayo durante el Centroamérica Cuenta. ¡Vaya manera de recibirte de una ciudad a la que llegás por primera vez! A esto se le sumaron un dolor de cabeza persistente y unas náuseas que no relacioné, sino hasta que el taxista que me llevaba del aeropuerto al hotel me lo sugirió, con la altura y la contaminación de la ciudad. Ese malestar, que aumentaba y disminuía, se mantuvo hasta la noche, cuando junto a Mario Hernán Mejía, director de Cultura de la UNAH, Tania y Alejandra, las encargadas de mercadeo de la Editorial Universitaria, y un amigo mexicano del primero paseamos por el centro de Coyoacán, una zona turística muy bonita y agradable en la que abundan los restaurantes, los cafés, los bares, unos cuantos museos y otras tantas librerías.

Comiéndome unos tacos con Mario Hernán, opté por agua al tiempo y tequila para acompañar la comida pues, por si fuera poco, venía saliendo de un resfriado con tos y no quise arriesgarme a beber nada frío, así que tuve que comer y mirar de reojo la enorme copa con cerveza negra y fría que pidió el amigo, hasta que le llegara el turno a mi tequila, que, debo decirlo, era el tequila más grande que iba a tomarme en mi vida. Pero bueno, eso fue el viernes 25, que terminó con mis amigos dejándome en el hotel a eso de las once de la noche, antes de lo presupuestado, pues yo fui incapaz de continuar debido al dolor de cabeza, a las náuseas y al resfriado, que le había dado por volver. Una dramamine y las horas de sueño fueron el mejor remedio. Lo de la cerveza negra tendría que esperar hasta el domingo.

FullSizeRenderAl día siguiente, después de levantarme tarde, desayunar y visitar un local de La Casa del Libro cercano al hotel, en donde compré baratos unos cuantos libros mexicanos inencontrables en Honduras (Mario Bellatin, Juan Pablo Villalobos, Tryno Maldonado), tomé un taxi y me fui a la UNAM, en donde se desarrollaba, desde el lunes, la Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI), y en donde habría de presentar el domingo mi novela Los días y los muertos. La tarde se fue en el obligado recorrido por los stands de la feria (alcancé a ver a dos escritores mexicanos de respeto: Alberto Chimal y Elena Poniatovska), la compra de nuevos libros con muy buenos descuentos y un par de entrevistas que me hicieron en la televisión y la radio de la UNAM. Si entran a Facebook pueden ver una de esas entrevistas aquí.

Por la noche, de nuevo Coyoacán, para desquitarme lo de la noche anterior. Recorrido en un busito turístico por el barrio, buena cena y cerveza para terminar. Pasé por la Casa-Museo Trostky y por el Museo de Frida Kahlo que, por supuesto, estaban cerrados a esa hora. Al final de la jornada: la noticia de que el mayor de mis primos había fallecido en San Pedro. ¡Salud por Mon!

La hora (10.00 am) y la circunstancia de realizarse durante toda la mañana del domingo una maratón en la ciudad de México (lo que obligó a cerrar muchas calles cercanas a la UNAM), impidió que llegara a la presentación de mi novela y a los otros cuatro eventos programados a esa misma hora una mayor cantidad de público, pero el que llegó se mostró muy interesado en la novela, al grado que se agotaron todos los ejemplares que la Editorial Universitaria había llevado.

Entre ese público estaba Carlos Mendoza, periodista hondureño residente en México, a quien había prometido llevarle el “encarguito”: café sanluiseño y frijoles hondureños y con quien compartimos el almuerzo y el café después de la presentación del libro. Un video del evento, en el que me acompañó Mario Hernán Mejía, puede verse entrando aquí.

Por la tarde, con el dolor de cabeza y las náuseas volviendo amenazadoramente y aprovechando la primera pausa que me dio una monumental tormenta, tomé un taxi y me fui de nuevo a Coyoacán (¡Qué joder con Coyoacán!) con la intención de sumergirme en sus librerías (la Gandhi y la que tenía el mismo nombre del barrio me depararon hermosos hallazgos de Javier Cercas y Graham Swift), en su mercado (compré ahí unos regalitos para la familia), en algún restaurante (me harté los mejores chilaquiles que me echado en mi vida) y en unos cuantos bares (aquí tuvo lugar por fin lo de la cerveza negra). Pero eso ya corresponde a otra historia. Lo que quería contar en ésta ya lo he contado. Fue una muy buena experiencia asistir a mi primera feria del libro en otro país (debería decir “en general” puesto que en Honduras no hay ferias del libro). Ahora siguen Santiago de Chile y Guadalajara. Ahí les cuento.

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Vista desde la ventana del hotel, con el estadio Azteca al fondo.

El viajero de Neuman

Dejo mi artículo de septiembre en Literofilia, sobre El viajero del siglo, de Andrés Neuman, una de las mejores novelas que he leído últimamente.

El viajero del siglo

Aprovechando unas vacaciones forzadas, dispuse hace un par de semanas ponerme a leer El viajero del siglo, la voluminosa obra con la que el argentino-español Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) ganó el Premio Alfaguara de Novela 2009. Yo, por supuesto, ya sabía algo de él: que quedó finalista en dos ocasiones en el Premio Herralde, la primera de ellas con la novela Bariloche, cuando sólo tenía 22 años; que también es poeta y que hizo estudios formales de literatura, pero aparte de unos cuantos textos sueltos localizados en alguna web, no había leído nada suyo.

Un amigo que sí ha leído ampliamente a Neuman se había referido a El viajero del siglo en términos de “una gran novela, muy buena, buenísima”, lo que indicaba no sólo satisfacción con la lectura sino también entusiasmo, y a ese tipo de entusiasmo en lectores como el amigo referido hay que verlo precedido de una flecha que apunta, sin lugar a demoras, al próximo libro que uno debe leer.

A Neuman lo vi y escuché hablar en un conversatorio en mayo recién pasado en Managua en el marco del V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta, y desde ahí me pareció un tipo no sólo inteligente sino también muy bien formado. Según dijo entonces, interrumpió la redacción de su tesis de doctorado para terminar de escribir una novela que tenía aplazada, una novela que, supe después por una entrevista a Neuman, iba a centrarse en la figura de un organillero, un personaje entrañable, un sabio en la simplicidad, pero que acabó tomando varias direcciones, como en efecto puede uno notar al leer El viajero del siglo.

Al salir del conversatorio, que tuvo lugar en una sala de teatro de la Alianza Francesa de Managua, pasé por las mesas ubicadas afuera, en las que se ofrecían los libros de los autores participantes en el encuentro literario. Ahí estaba El viajero del siglo y no pude resistirme. Más tarde ese mismo día vi a Neuman en la exposición fotográfica de Daniel Mordzinski en el Centro Cultural de España en Managua y me le acerqué para pedirle que me firmara el libro.

Luego de que Warren Ulloa nos tomara una fotografía, Neuman me preguntó de dónde era yo y al escuchar el nombre de abismo de mi país Honduras me comentó que era el único país latinoamericano que no había visitado puesto que en la gira que organiza Alfaguara con el ganador de su premio de novela cada año tuvieron que saltarse este caótico e inculto territorio (los adjetivos son míos) pues acabábamos de estrenar un Golpe de Estado y no había condiciones para presentar un libro ni en Tegucigalpa ni en ninguna otra ciudad; los hondureños estábamos, por supuesto, más concentrados en los toques de queda que en cualquier otra cosa.

Ese incidente que impidió a Neuman visitar Honduras me recordó una anécdota parecida con García Márquez, quien decidió, en los años inmediatamente posteriores al otorgamiento de su Nobel de Literatura de 1982, dejar a Honduras como el único país latinoamericano que no visitaría, pues, según se dice que dijo, no pondría su pie en un país que tuviera un presidente aficionado a pelarse la panza en público. Pero esa es otra historia, y la que quiero seguir contando ahora es la de mi encuentro con Andrés Neuman esa noche calurosa de Managua, un encuentro del que me traje no sólo el agradable recuerdo de haber conocido a un escritor capaz de ser inteligente y sencillo a la vez sino también la novela con la que terminaría impresionándome al grado de sentir, ahora mismo –pero sospecho que la sensación ha de mantenerse durante mucho tiempo-, que esa es una de las mejores novelas escritas en Latinoamérica en los últimos años y que su autor es uno de los mejores narradores latinoamericanos contemporáneos.

La novela cuenta la historia de Hans, un traductor viajero que llega a una ciudad ficticia alemana de nombre Wandernburgo, una ciudad esquiva en sus calles y en sus bordes pero que obliga a Hans, acostumbrado a siempre estar de paso, a permanecer en ella durante mucho más tiempo del presupuestado. “Hans tuvo la impresión absurda de que el plano de la ciudad se desordenaba mientras todos dormían. ¿Cómo podía extraviarse tanto? No lograba explicárselo: la taberna donde había almorzado aparecía en la esquina opuesta a la que la memoria le indicaba…”, se lee en las primeras páginas, y esa “impresión absurda” de que las calles o los lugares cambian de sitio se mantiene a lo largo de toda la historia.

En Wandernburgo conoce Hans a varios personajes entrañables: el organillero, quien prefiere que le llamen así, “organillero”, pues todos los días hace girar la manivela de su organillo en la plaza del Mercado a cambio de unas cuantas monedas, que vive en una cueva y tiene un perro de nombre Franz; Álvaro Urquijo, un español exiliado que vive ahí desde que muriera su esposa alemana, que se dedica al comercio textil y que se convierte en un buen amigo de Hans; y a Sophie Gottlieb, cuya relación a escondidas con Hans hace que éste postergue su viaje a Dessau continuamente.

La historia se desarrolla en torno a la imposibilidad de Hans de seguir camino luego de conocer al organillero y a Sophie, y esto la haría parecer sencilla pero no lo es. Narrada en un orden prospectivo pero a la vez fragmentada en distintos episodios que sobrevuelan las acciones y los pensamientos de los personajes a través de la mirada de un narrador omnisciente, la novela da cuenta no sólo de las relaciones de Hans con los demás personajes sino también, a través de las jugosas discusiones en el Salón de Sophie, de buena parte de la historia europea del Siglo XIX hacia atrás, sin que esto la convierta en una novela histórica, y de otros temas como la política, la religión, la literatura o la traducción; recurre a un lenguaje propio de la época, con muchas descripciones que nos insertan en el contexto de la novela decimonónica pero que, más que observar los paisajes y los objetos, ponen el ojo en los pensamientos y las emociones de los personajes. Exquisito es el pasaje en el que Hans, de visita en casa de Sophie, conversa con el padre de la muchacha mientras ella escucha, toma el té y mueve su abanico de manera displicente. Los movimientos de este abanico, según Hans, se derivan de los pensamientos y las intenciones de Sophie, de quien él quiere captar la atención tanto como ha logrado hacerlo con el padre: “El nivel más profundo de su atención se aplicó a traducir de reojo los gestos del abanico”, “Sophie se cambió de mano el abanico. Alarmado, Hans redobló sus esfuerzos pero sólo consiguió que…”, “Sophie inició un lento repliegue del abanico, pareció abandonar la escucha, extravió la mirada en los ventanales. Hans comprendió que el tiempo se le agotaba y, en una maniobra desesperada…”. La novela, en fin, está extraordinariamente bien escrita y además, es profunda en su observación de la condición humana; atrapa al lector con su prosa elegante pero también con la hondura sicológica de sus personajes; al final deja la misma sensación de perplejidad que suelen dejar los clásicos. Al menos así ha ocurrido conmigo.

Noto que mi edición de El viajero del siglo corresponde a una primera reimpresión de 2016, siete años después de la primera edición, que es de 2009. No sé cuántos ejemplares imprime Alfaguara de los libros que ganan su premio de novela, pero considerando que ésta de Neuman es una magnífica novela y que además obtuvo ese premio tan importante para los narradores en lengua española, una primera reimpresión apenas siete años después de la primera edición se me antoja muy poco. Y se me ocurre pensar que si El viajero del siglo no es una novela con una mayor aceptación o mejores resultados en ventas (que tampoco es que esté seguro de ello, sólo estoy especulando) es sólo porque en estos tiempos no hay muchos lectores capaces de enfrentarse a novelas de ese tipo, lo que me recuerda la reflexión de Amalfitano, el personaje de Bolaño en 2666, quien conoció a un farmacéutico que sólo leía novelas breves de autores clásicos: “Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”. Andrés Neuman propone en esta novela uno de esos “combates de verdad” de los que habla Amalfitano.

“Para Giovanni, que habita en el país al que no fui, ese que más importa, el que está por venir”, leo ahora en el ejemplar firmado de El viajero del siglo, y pienso que la próxima vez que me encuentre a Andrés Neuman, ese escritor que viajó por toda Latinoamérica y que se saltó este pedazo de tierra dejado de la mano de Dios, voy a decirle que Honduras sigue aquí, tan inculta y tan sumida en el caos y el infortunio como siempre, y que no necesita venir personalmente, que algunos hemos leído aquí su novela y nos ha parecido lo que ya he dicho, y que eso es, por lo menos para su libro, lo que más importa.

Vacaciones forzadas

notenojesA esto que me ocurre desde hace ya bastantes días me da por llamarlo “vacaciones forzadas”, algo que, por supuesto, al final de cuentas, no me disgusta del todo. La situación actual de la UNAH: edificios tomados, actividades paralizadas, incertidumbre respecto al desarrollo del II Periodo Académico, deriva, en mi caso, en una vida eminentemente hecha en casa.

Coincido con las vacaciones de mi mujer y de mi hijo, por lo que entre las series que vemos (Juego de Tronos, Power y Chance, las de estos meses), las películas pirateadas que compramos los viernes en una gasolinera, las partidas de Notenojes, las esporádicas salidas de nuestra colonia, las tardes en el campo para correr o jugar futbolito y los títulos que gana el Real Madrid cada vez que juega últimamente, me he puesto a leer algunos libros pendientes (por las tardes y las noches), pero sobre todo, a escribir una nueva novela que había empezado hacía más de un año y que por las circunstancias normales (trabajo, familia, las obligaciones más urgentes), no había podido terminar. Así que este periodo de “vacaciones forzadas” me ha servido para terminar de escribir mi cuarta novela, después de Ficción hereje para lectores castos (2009 y 2015), Los días y los muertos (2016) y Tercera persona (que publicará este año Uruk Editores de Costa Rica).

Me he habituado a levantarme temprano cada mañana, primero a preparar el café y luego a escribir, por lo que no me ha costado retomar el ritmo que traía la novela desde que empecé a escribirla y he podido llevarla hasta el final según como me lo había propuesto desde el principio. Una agradable rutina que, por suerte, respetan mi mujer y mi hijo y que sólo se ve alterada por las audiciones de reguetón a que me someten los vecinos de al lado de vez en cuando. Estas son las circunstancias en las que me toca escribir, me digo, tratando de no perder la paciencia y entendiendo que estas circunstancias mías son más favorables que las de otros. Así que estoy aprendiendo a convivir con ellas.

Imprimí el texto de la novela para la revisión respectiva y durante tres días me la pasé en eso, tachando, agregando, suprimiendo, mejorando el texto, y mientras tanto, incorporando ideas para hacer la trama más efectiva. Los detalles sobre esa novela he de reservármelos por ahora por la sencilla razón de que mientras no la publique cualquier cosa en ella podría cambiar, pero puedo permitirme adelantar que han vuelto dos personajes de mis anteriores novelas. ¿Cuándo la publicaré? Eso, aquí en Honduras, nunca se sabe. Por el momento no es algo en lo que quiera pensar, pues antes debo concentrarme en la edición de Tercera persona en Costa Rica y en lo que se viene con esa novela, sobre lo que también me reservo los detalles por ahora.

En fin; las vacaciones forzadas continúan, yo he terminado de escribir una nueva novela y me preparo para el viaje a México la próxima semana, para presentar Los días y los muertos en la FILUNI de la UNAM, pero entre una cosa y otra recojo información sobre un tema para un proyecto narrativo mucho más ambicioso que cualquier otro que haya emprendido hasta ahora. Creo que ha llegado el momento de escribir sobre eso que siempre ha estado ahí, en nuestra historia, en nuestra consciencia colectiva como hondureños, y que nadie ha observado con suficiente atención para intentar explicar quiénes y cómo somos.

Los días y los muertos se presentará en México

FiluniEl próximo 27 de agosto, gracias a las gestiones de la UNAH y la Editorial Universitaria, estaré presentando mi novela Los días y los muertos en el marco de la I Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI) de la UNAM (México), en el salón Ernesto de la Torre Villar a las 10:00 am junto a Evaristo López, director de la editorial, y Mario Hernán Mejía, director de Cultura de la UNAH.

Ésta será la primera edición de una feria del libro orientada a las publicaciones de universidades de España, Estados Unidos, el país anfitrión, México, y el resto de Latinoamérica, y que tendrá como protagonistas a escritores, editores, distribuidores, libreros, bibliotecarios, traductores, académicos, diseñadores y otros profesionales del mundo editorial. La universidad invitada será la Universidad de Salamanca.

Más de 130 stands en cuatro mil metros de exhibición y más de 120 actividades académicas, literarias y culturales entre el 22 y el 27 de agosto. La Editorial Universitaria estará presente en la feria del 25 al 27 de agosto con todos los libros en existencia de su catálogo.

Pueden consultar el programa general de la FILUNI en este enlace: Programa FILUNI.

Escribir para divertirse

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Todo escritor llega a preguntarse en algún momento por qué o para qué escribe. Y cuando eso sucede, se pone a pensar seriamente en el asunto, de modo que del acto de pensar surja una respuesta sincera, o al menos inteligente, para seguir dando la impresión de que es inteligente. Lo que no todo escritor hace es prepararse para el momento en que alguien más le hace esa pregunta, y cuando eso sucede, quizá ante la urgencia de responder probablemente no responda nada, o por lo menos nada que parezca inteligente.

Yo, que apenas soy un aprendiz de escritor, ya he gozado del favor de ser interrogado al respecto, y digo “del favor” porque una pregunta como esa lleva implícita la suposición de que el interrogado es escritor. Así que ahí estaba yo, por unos segundos suspendido de esta realidad, intentando formular una oración que por lo menos no me hiciera quedar como un imbécil. Para mi fortuna, quien lanzaba la pregunta lo que menos pretendía de mí, simple aprendiz de escritor casi llegando a escritorzuelo, era una respuesta, y de inmediato continuó con una perorata de las típicas suyas, por cierto muy instructivas y oportunas.

Mientras la perorata avanzaba y lo que la motivaba era olvidado, yo me puse a pensar en aquella pregunta que nunca nadie, ni yo mismo, me había hecho: ¿para qué escribo?, y en ese momento apelé más a la sinceridad que a la inteligencia para responderme a mí mismo que escribo sólo para divertirme, porque la verdad es esa, escribo porque hacerlo me produce un placer distinto a cualquier otro.

Algo parecido, pero mucho más inteligente, dijo Cortázar en una entrevista que le hiciera un periodista catalán en la Librería Laie de Barcelona en 1981: “Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”. Cortázar, que para esos días se mantenía entre el divorcio de Aurora Bernárdez, la relación infeliz con Ugné Karvelis y el amor imposible con Cristina Peri Rosi, pudo haber reconocido en la literatura una forma de escape de las miserias de la vida cotidiana y más allá de eso, una forma de experimentar lo que yo llamo “un placer distinto”.

No sé si son ciertas estas otras palabras de Cortázar que leí en un artículo anónimo en internet con las que el escritor argentino trataba de responder otra vez a la dichosa pregunta de para qué escribía: “Escribo para intentar saber qué tanto hay en las ficciones de lo que no ha habido en mi vida”. Como dije, no sé si Cortázar diría una cosa así, pues me parece floja esa respuesta, pero aunque no lo dijera, me quedo también con esas otras palabras que intentan responder a la pregunta acerca de las motivaciones para escribir. Palabras que se emparentan con las del novelista irlandés John Banville, quien dijo alguna vez escribir “por vivir otras vidas y revivir las propias”.

Quizá las respuestas más interesantes son las que dieron Carlos Fuentes y Javier Marías, o por lo menos esas respuestas son las que yo he recordado siempre. “A ver, señor Fuentes, usted ¿por qué escribe?”. Y Fuentes, que quizá lo que pensaba en ese momento era “¿Por qué no me dan el Nobel”?, respondió con otra pregunta: “¿Por qué respiro?”, con la que debió haber dejado helado a quien le preguntaba. “Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar”, dijo Javier Marías, y yo pasé muchos años pensando en que eso de no tener jefe ni verse obligado a madrugar al menos cinco días por semana eran dos buenas razones para que cualquiera aspirara a convertirse en escritor, hasta que nació mi hijo y me di cuenta de que un hijo es un despertador imprevisible y más tarde, que llevarlo a la escuela cinco veces por semana es algo de lo que pueden escurrirse sólo unos pocos afortunados en la vida.

Hace poco leí dos libros en los que sus autores, dos auténticas celebridades de la literatura mundial, intentan responder a esa pregunta. Esos libros son De qué hablo cuando hablo de escribir, del japonés Haruki Murakami, y Mientras escribo, del estadounidense Stephen King. El primero me pareció algo ligero, políticamente correcto, escrito con más sosiego y prudencia que con ímpetu, muy ameno pero con escaso colmillo. Además, algo repetitivo. Disfruté más el segundo, que fue capaz de hacer que me acercara a su autor con un entusiasmo y una curiosidad que nunca había tenido con él. Una cosa que al lector le queda clara después de leer esos dos libros es que sus autores entienden el acto de escribir como una actividad permanente y equivalente a lo que cualquiera podría considerar como “un trabajo”. Ambos aseguran levantarse temprano por las mañanas y dedicarse unas cinco horas a escribir, hasta llegar a la meta de las diez páginas, que suelen alcanzar sin muchos problemas, pero a veces, dice el estadounidense, le llega la hora del almuerzo y aunque no lo aplaza, vuelve a su estudio para cumplir con la meta de las diez páginas.

Con miles y miles de lectores en todo el mundo, ambos escritores han hecho de la literatura un modo de vida, y aunque se imponen una determinada cantidad de horas diarias para la escritura, no consideran eso de la manera negativa como se supone debería considerarse una “imposición”, puesto que aseguran disfrutar de ella. “Siempre he escrito porque me llenaba. Puede que sirviera para pagar la hipoteca y los estudios de los niños, pero eso era aparte. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo”, dice Stephen King. El placer, entonces, ante todo, del mismo modo en que Cortázar concebía la escritura y del mismo modo en que yo, salvando, por supuesto, las enormes distancias, concibo el acto de escribir. Y no se trata de autoimponerse una actividad que pueda derivar en placer sino al contrario, hacer de una actividad habitual y placentera una tarea permanente e inaplazable.

Quizá la pregunta de por qué escribo o para qué escribo pueda generar respuestas interesantes en los grandes escritores, como todos los que he mencionado, que saben (o han sabido) que cada vez que escriben un libro, ese libro será editado por una prestigiosa editorial y leído por muchas personas en distintas partes del mundo. Pero, ¿qué pasa cuando la pregunta se le hace a un escritor tercermundista como éste que escribe estas líneas, un escritor que, como habría dicho Bolaño, escribe aun sabiendo que tiene la batalla perdida, que difícilmente verá un libro suyo publicado por uno de los grandes sellos editoriales, que probablemente no será leído mucho más allá de su aldea (si llega a tener esa suerte), que cada vez que escribe un libro debe guardarlo por años porque su presupuesto no alcanza para la autoedición? Porque si alguien llega a preguntarse alguna vez qué sentido tiene escribir, ¿cómo no habrá de preguntárselo si lo suyo se trata de escribir en países como los centroamericanos, en los que, en medio de tanto problema social, que afecta directamente lo individual, leer o escribir literatura es “un lujo” o una frivolidad?

“Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”, dijo Cortázar, y yo, que escribo por las mismas razones, hago mías sus palabras y éstas explotan en mi cabeza cada vez que alguien me pregunta lo mismo, de modo que llega el momento en el que me pregunto: ¿son realmente de Cortázar esas palabras y no mías?, y me contento con saber que a pesar de ser un escritor confinado en este rincón desapacible del llamado Tercer Mundo, soy capaz de escribir y además, de divertirme haciéndolo. Dar la batalla al menos. Y mientras tanto, divertirse.