La narrativa como termómetro social

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Nuestros países, subdesarrollados y analfabetos integrales, no suelen observar con demasiada atención el quehacer de sus autores de literatura. Preocupados más, como es lógico, por el hambre, la criminalidad o la política -esta última en su estado más elemental-, nosotros, los ciudadanos del llamado “Tercer Mundo”, pasamos por alto la importancia de la literatura como medidora del pulso de una época o de una circunstancia social determinada. Importante es el periodismo, lógicamente, para observar cómo somos y qué hacemos en la sociedad, pero de ese océano de información poco queda para la posteridad. Ahí es donde entran la historia y la literatura, dos campos con escasa producción en nuestros países.

En la historia de la literatura hondureña, extensa en el tiempo aunque poco fructífera, ha habido novelas y unos cuantos relatos notables a través de los cuales sus autores han sabido captar las sensaciones o el latir de una época, con sus problemas más graves y sus principales personajes, representados casi siempre desde una óptica bastante realista y que permite ahora observar esas obras no sólo como mera literatura sino también como testimonios, es cierto que ficticios aunque no por eso menos veraces, del pasado de eso que podríamos llamar “nuestra patria”.

Ahí están las novelas de siempre, las que no faltan en cualquier resumen sobre el tema de la novelística catracha, pero también las más recientes, pocas y quizá no tan “imprescindibles” como las primeras pero igualmente valiosas a la hora de definir el curso de la narrativa hondureña actual y su papel, entre muchos otros, como termómetro social.

Prisión verde (1945), de Ramón Amaya Amador, observadora de la explotación de los obreros hondureños a manos de los representantes de las compañías bananeras norteamericanas, es quizá uno de los ejemplos más claros del rol de la novela también como medio de denuncia social. Con El árbol de los pañuelos (1972), Julio Escoto, a través de la historia de los hermanos Cano, acusados de brujería por pregonar los ideales de Morazán, indaga en el problema de la identidad, pero no sólo en eso sino también en otros aspectos como la intolerancia y la violencia, desafortunados rasgos característicos de nuestra sociedad. Big Banana (1999), de Roberto Quesada, es una novela que retrata la vida de un inmigrante hondureño en New York, al que alientan sus sueños de llegar a triunfar como actor en Hollywood mientras vive en condiciones difíciles y trabaja como albañil. Fiebre sin fin (1999), de Galel Cárdenas, aborda el tema del fútbol en Honduras, con un personaje que prefiere suicidarse antes que ver perder a su equipo, y representa muy bien el problema de la alienación del hondureño por ese deporte, comparable sólo con la religión y la política. También La guerra mortal de los sentidos (2002), de Roberto Castillo, una novela que logra explorar con eficacia el asunto de la identidad nacional y de la condición humana del hondureño en “una visión totalizante” del país y de sus habitantes, como alguna vez dijo el propio autor.

Más recientes son Memoria de las sombras (2005), de Marta Susana Prieto, que a través de un personaje mítico, el cacique Lempira, indaga en la historia, particularmente en la resistencia lenca contra los conquistadores españoles en 1538; y Memorial del blasfemo (2011), de Jorge Medina García, que hurga en la llaga de la falsedad, la corrupción y la violencia a través de la historia de un personaje rebelde. Valga también mencionar Desmoronamiento (2006), de Horacio Castellanos Moya, un escritor nacido en Honduras pero cuya obra literaria gira casi enteramente en torno El Salvador, su país adoptivo. La novela citada se enmarca en la guerra entre estos dos países en 1969 y tiene como protagonistas a los miembros de una familia hondureña desmoronada por el odio. El tema bélico ya había sido abordado por Eduardo Bähr en El cuento de la guerra (1971), considerado uno de los relatos más sobresalientes de la historia literaria hondureña; tiene también sus recurrencias en la narrativa de Julio Escoto y aparece en la novela corta Una despedida, de Samuel Trigueros (2016).

Otros dos ejemplos notables son la nouvelle Música del desierto (2011), de Dennis Arita y el relato Las virtudes de Onán (2007), de Mario Gallardo. La novela corta de Arita nos muestra a Ramos, un ex marino que ha vuelto a Honduras y se ha radicado en un pueblo del sur, en donde trabaja y tiene una relación con la mujer de su jefe, situación que desencadenará algunos hechos violentos que marcarán la vida del protagonista; en tanto que el relato de Gallardo se centra en la vida del joven Onán, culto, extremo y provocador a partes iguales, que se ve, en el último momento, víctima del mal que hasta entonces sólo había alcanzado a ver de lejos. La violencia y el mal, moneda corriente en la sociedad hondureña contemporánea.

Los temas de todas estas novelas y de los últimos relatos citados varían de un autor a otro. La identidad, la violencia, la corrupción y la intolerancia podrían ser los más recurrentes y bastarían para tener una visión amplia, desde el punto de vista siempre oblicuo de la ficción, del devenir social de nuestro país. La mirada de los escritores de ficción va posándose, de manera directa o indirecta, sobre esa realidad social que constituye, al fin y al cabo, el referente inmediato para la creación de ficciones.

A diferencia de la narrativa de otros países, la hondureña parece ir muy rezagada respecto a los grandes acontecimientos sociales producidos en el territorio nacional. Uno ve, por ejemplo, la gran cantidad de novelas surgidas en los Estados Unidos en torno al tema del 11-S poco tiempo después de ocurrido el atentado terrorista, o la enorme producción de novelas que tiene España sobre su Guerra Civil. El huracán Mitch o el Golpe de Estado de 2009, para citar sólo dos de los acontecimientos recientes más importantes en Honduras, tampoco han generado novelas (con la excepción de Julio Escoto, que publicó una novelita sobre un Golpe de Estado en la época de los mayas de Copán con un título desconcertante: Magos mayas monjes Copán), o cuentos que ahora pudiéramos considerar imprescindibles para acercar a los lectores a la historia nacional a través de la ficción.

Pero quizá esto se deba a lo que ya he dicho en otras ocasiones: casi no existen en Honduras las condiciones para la escritura de una narrativa que supere la ingenuidad del primerizo o los arranques autobiográficos que semejan ejercicios terapéuticos más que literatura, y que, además, se aproveche de la historia inmediata del país con una dimensión más amplia y ambiciosa en el ejercicio literario. Probablemente en Honduras, como me dijo un amigo, más que condiciones para escribir, lo que hay son condiciones para no escribir. Sin embargo, hay que saber que la literatura, la auténtica literatura, no se rige por las imposturas y que, independientemente del momento en que las ficciones se escriban o se publiquen, de entre éstas siempre habrá unas cuantas de calidad incuestionable que nos permitan acercarnos al espíritu de una época determinada.

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Por estos días…

2017 fue para mí un año algo agitado. En todos los sentidos. Se publicó mi novela Los días y los muertos, cuya edición ya casi se agota en menos de un año en las librerías hondureñas. En febrero se presentó en la UNAH en Tegucigalpa y en marzo en UNAH-VS, pero también en varias universidades privadas e institutos de San Pedro Sula durante los meses siguientes, y salí del país en dos ocasiones para presentarla en la Feria Internacional del Libro Universitario de la UNAM, en México, en agosto, y en la Feria Internacional del Libro de Santiago, en Chile, en octubre. Antes, en mayo, había sido invitado a participar en el encuentro internacional de narradores Centroamérica Cuenta, en Managua, Nicaragua, en donde pasé una semana extraordinaria conociendo en persona a una gran cantidad de buenos escritores y conviviendo y bebiendo y comiendo con ellos. La faena del año terminó con mi participación en la FIL Guadalajara, en noviembre, que me dejó una muy buena experiencia y a la que espero volver uno de estos años. Ahí presenté mi última novela, Tercera persona, en una edición muy cuidada y bonita de Uruk Editores, de Costa Rica, y que estará disponible, al menos en un par de librerías de San Pedro Sula, este próximo febrero. Mientras estaba en Guadalajara fueron las Elecciones Generales y al volver a San Pedro fue el caos y fueron los muertos en las protestas el resultado lógico del fraude electoral.

En los últimos días del año nos cambiamos de casa y ahora que hemos pasado de año en el calendario y que se anuncia un paro nacional para el próximo 20 de enero, sigo en esta otra casa en la que ahora vivimos, revisando por las mañanas unos cuentos que podrían publicarse dentro de unos meses, preparando un taller de escritura de ficciones que daré desde inicios de febrero y los planes de las tres clases que impartiré en la universidad este periodo.

Sigo, también, llevando a mi hijo a la escuela por las mañanas y a sus prácticas de fútbol por las tardes; preparando el café y desayunando con mi mujer a las 7:00 am y leyendo Solenoide, la novela de Cartarescu, sobre todo por las noches. La vida está hecha de esas hermosas rutinas en las que, de vez en cuando, hay felices rupturas, que últimamente aderezo con más café, cervezas o gin-tonics azucarados. Este 2018 debería traer buenas noticias para mí, que incluyen la edición del libro de cuentos que mencioné antes, un par de nuevas ediciones de Los días y los muertos (dentro y fuera de Honduras) y algunos viajecitos al extranjero, para no perder la costumbre, el ritmo y la alegría que nos hace olvidar por ratos la política de este país hundido. Pero la mejor noticia sería, precisamente, la que tuviera que ver con la política. Los próximos días serán decisivos. Y algunos todavía tenemos esperanza.

Notas de prensa recientes

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Algunos enlaces a notas recientes sobre mi participación en la FIL Guadalajara 2017:

En La Nación, de Costa Rica: “Para un escritor hondureño, ir a la FIL Guadalajara es como clasificar al Mundial de fútbol; tener la oportunidad de participar en mesas de discusión sobre la literatura de nuestros respectivos países o sobre nuestros propios libros con colegas del resto de Latinoamérica es algo excepcional; la expectativa, por lo tanto, es muy grande a nivel personal, pero supongo que es más o menos igual para cualquier escritor de esta Centroamérica periférica y atrasada en muchos aspectos”.

En Tiempo Digital: Escritor hondureño nos representará en Feria del Libro de Guadalajara 2017.

En El Heraldo:

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Centroamérica ante el mundo: videoentrevista (21 minutos) realizada por el área de prensa de la FIL, con Isabel Burgos, de Panamá, y Mario Martz, de Nicaragua.

En UNAM Global: El reto de escribir en América Latina (incluye video del conversatorio Latinoamérica Viva del lunes 27 de noviembre).

En El País, de España: Centroamérica pide la palabra: “Son historias locales “sin color local”, dice Sergio Ramírez. “El escenario es la referencia inmediata, pero no se trata de dar cuenta de la historia sino de la vida de seres humanos modificados por la historia. En eso no se distingue de la literatura universal”. Con todo, el propio Ramírez se vuelve hacia el hondureño de 37 años Giovanni Rodríguez, autor de La caída del mundo (Mimapalabra), para preguntarle qué significa escribir en San Pedro Sula, “la ciudad más violenta del mundo”. “Escribir así es fácil”, responde este con amarga ironía al recordar que no conoce a nadie que no haya sido objeto o testigo de amenazas, secuestros o asesinatos. “Superamos los muertos diarios de Irak… Por fin somos los primeros en algo””.

Centroamericanos en El País

De izquierda a derecha, los escritores Sergio Ramírez, Mario Martz, Giovanni Rodríguez, Erick Blandón y Luis Diego Guillen, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. LEONARDO ÁLVAREZ/El País.

En El Informador, de México: Giovanni Rodríguez, mantenerse vivo a pesar de las olas: “Se acercó a la literatura siendo un niño, teniendo como primera imagen a su padre, un sastre que atesoraba sus novelas “Western” en una “gavetita” prácticamente secreta y que utilizaba los últimos rayos de sol para leer, pero fue en la biblioteca de un amigo de la familia, donde el hondureño forjó su gusto por la palabra, encontrando ahí textos de Edgar Allan Poe, Chesterton y Stevenson, autores que le ayudaron a encontrar un gusto y diversión por la narrativa”.

A pocos días de la FIL Guadalajara

A falta de una semana para la FIL Guadalajara 2017, en la que, además de presentar mi nueva novela, Tercera persona, participaré en dos conversatorios con autores centroamericanos y latinoamericanos y daré una charla a estudiantes de un colegio de la ciudad, dejo aquí la portada de esa novela, cuya fotografía es de Fabricio Estrada. La edición es de Uruk Editores, de Costa Rica, una editorial que se ha preocupado por publicar no sólo a narradores costarricenses sino también del resto de países centroamericanos. Por Honduras, hasta donde sé, sólo Julio Escoto había publicado en Uruk.
PORTADA LOS TERCERA PERSONA 2Mi novela será presentada por Óscar Castillo, director de Uruk, el miércoles 29 de noviembre a las 20:00 horas en el salón Mariano Azuela de la planta baja de la FIL, junto a otros tres libros: La alquimia de la bestia y Archosaurio, de los costarricenses Luis Diego Guillén y Bernabé Berrocal, y Rubén Darío: un cisne entre gavilanes, del nicaragüense Erick Blandón.

Mi viaje a Guadalajara será el domingo 26, día de las elecciones generales en Honduras. Ya me hice una nota mental: llevar ropa extra por si no hay condiciones para aterrizar a la vuelta. Honduras es así, un circo en el que cualquier cosa podría suceder.

El lunes 27 a las 18:00 horas tendré mi primera actividad: un conversatorio en el marco del programa Latinoamérica Viva con los escritores Katya Adaui (Perú), Mercedes Estramil (Uruguay) y Leonardo Sanhueza (Chile), que será moderado por Cristina Rivera Garza (México) (ver: Latinoamérica: más viva que nunca en la FIL Guadalajara). La FIL ha preparado un micrositio con los participantes en lo de Latinoamérica Viva, que además contiene una revista electrónica en la que se puede ver el perfil de cada uno junto a un fragmento de su obra. Lo mío está entrando a este enlace: GR.

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El martes 26 a las 11:00 estaré en el Liceo del Bosque, en lo que se denomina Ecos de la FIL, dentro del programa FIL Joven, charlando con estudiantes acerca de mi experiencia como escritor. Y ese mismo día, a las 18:00 horas, estaré en Nombrar a Centroamérica, junto a los nicaragüenses Erick Blandón y Mario Martz y el costarricense Luis Diego Guillén (ver: Centroamérica vibrará en la FIL). Este conversatorio, organizado por la Coordinación de Literatura de la UNAM, el encuentro de narradores Centroamérica Cuenta y la FIL Guadalajara, será moderado por Sergio Ramírez, flamante nuevo ganador del Premio Cervantes.

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La FIL se puede seguir, “minuto a minuto”, a través de Facebook y Twitter. Desde ahí nos veremos.

Cuatro días en Santiago

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Una plaza del centro de Santiago. A la derecha la antigua Casa Presidencial.

Santiago de Chile es una ciudad cachimbona. Lo poco que conocí de ella me dejó una buenísima impresión. Parece una ciudad europea. Hay que decir, claro, que sólo salir de estas Honduras de vez en cuando da para pensar que todo el resto del mundo es mejor. Cómo no pensar en eso si uno camina por las calles de otros países, a cualquier hora del día o de la noche, sin miedo a que lo asalten. Esa sensación de seguridad ya la viví en mis tres años en España y volví a experimentarla en algunas zonas del D.F. mexicano y en las calles del centro de Santiago hace poco, y debo decir que es una sensación deliciosa.

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Una esquina del Paseo Huérfanos, que recorrí una mañana en busca de un desayuno.

En la FILSA, mi segunda aventura en una feria internacional del libro (la primera fue la FILUNI, de México, en agosto) tuve la oportunidad de ver la mayor cantidad de libros en mi vida concentrados en un solo lugar. Una antigua estación de tren alberga en la actualidad un centro cultural llamado “Estación Mapocho”, ubicado en el barrio del mismo nombre en el centro de Santiago, y es ahí en donde cada año se realiza la Feria Internacional de Libro.

Italia era el país invitado de la feria y los libros de sus autores recibían a los visitantes desde las primeras salas del recinto. Luego uno accedía al espacio principal, inmenso, con los puestos de las principales editoriales y flanqueado por las distintas salas en donde se desarrollaba el programa cultural, además de cafés y restaurantes. Más al fondo había otro espacio al aire libre con un tamaño similar al del espacio principal, con más puestos de editoriales y librerías en los que uno podía encontrarse, por ejemplo, La costa de los mosquitos, de Paul Theroux, a un equivalente de 35 lempiras.

Tuve la oportunidad de asistir a la presentación de la novela El Salvaje, de Guillermo Arriaga, que además de novelista es guionista de cine, autor de los guiones de las películas Amores perros, Los tres entierros de Melquiades Estrada, 21 gramos y Babel, y también a un conversatorio con Mario Bellatin, que lastimosamente tuve que abandonar faltando poco para que terminara pues debía ir a la sala en donde yo iba a presentar mi novela.

Una charla a estudiantes de secundaria, la presentación de mi novela Los días y los muertos y un conversatorio sobre novela negra con el novelista chileno Ramón Díaz Eterovic fueron mis participaciones en el programa cultural de la feria. Fue curioso que los dos últimos eventos coincidieran con el partido de repechaje de la Selección Nacional de fútbol, lo que nos puso a todos un poco nerviosos, pero afortunadamente no impidió que tuviéramos una buena asistencia de público, comprendido mayoritariamente por hondureños radicados en Santiago, invitados especiales de la Embajada de Honduras en Chile y lectores de Ramón Díaz Eterovic.

Entre otros libros, Díaz Eterovic tiene una serie de novelas policiales cuyo personaje principal, el detective Heredia, vive precisamente en el barrio Mapocho y se mueve por esas calles que yo anduve recorriendo en busca de café y comida durante los días previos, antes de tener la oportunidad de contar con la guía del colega chileno en mi última noche en Santiago, con quien bebimos cervezas y vino y cenamos un caldillo congrio en el bar La Unión, que, según me dijo, frecuentaba el poeta Jorge Teillier, y recorrimos algunas de las principales calles del centro de la ciudad.

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Ramón Díaz Eterovic en la noche de Santiago.

Mi regreso el sábado 11 estuvo marcado por la mala suerte. Después de una hora esperando en el avión de salida nos comunicaron que debíamos bajar debido a un desperfecto mecánico, por lo que tuve que echarme siete horas de fila de pie, esperando que me reprogramaran los vuelos. Un día más en Santiago, que aproveché para dormir lo que no había podido dormir la noche previa, en el hotel que me asignaron, y para terminar de leer La uruguaya, una magnífica novela del argentino Pedro Mairal que había empezado a leer saliendo de San Pedro Sula.

De Poirot al inspector Morales

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Mi nuevo artículo en Literofilia va sobre novela negra:

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Imagen de: SOLO NOVELA NEGRA.

Agatha Christie publicó, al parecer, 66 novelas policiales entre 1920 y 1976. Probablemente una de las más famosas es El asesinato de Roger Ackroyd, y es justo la primera novela que yo leí de esta autora británica nacida en 1890 y fallecida en 1976. Ese primer acercamiento mío a la obra de Agatha Christie pudo haber ocurrido allá por 1995, a mis 15 años, cuando luego de un año viviendo en Tegucigalpa, volví a mi pueblo para quedarme dos años más, antes de mi nueva partida. 1995 y 1996, recuerdo, fueron los años en los que afiancé mi afición por los libros, producto, quizá, de una combinación fortuita: las tardes de mi pueblo eran aburridísimas y yo encontré una forma de mitigar ese aburrimiento en la pequeña biblioteca de un amigo. En esa biblioteca había joyas que representaron para mí un feliz descubrimiento: una voluminosa antología de poesía hondureña, la poesía completa de Darío y unas 50 de las 66 novelas policiales escritas por Agatha Christie.

Hercules Poirot, el detective protagonista de muchas de esas novelas, fue, entonces, el primer detective que yo conocí en la literatura, antes que el Auguste Dupin de Edgar Allan Poe o el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, y me impresionaron de él, desde el principio, su obsesión por la simetría y su capacidad deductiva. Christie, Poe y Conan Doyle son claros ejemplos de autores del género policial en la literatura, que se caracteriza por la resolución de un caso a través de la figura de un detective intuitivo, observador, analítico y deductivo, y éste es el tipo de literatura que más se emparenta con ese otro género que en la actualidad se conoce como “género negro”.

El género negro en la literatura empieza a manifestarse en Estados Unidos a principios del Siglo XX y tiene a Raymond Chandler y a Dashiell Hammett como los grandes referentes. Desde entonces empezó a hablarse de un tipo de novela en el que la resolución de un caso no fuera lo más importante sino la representación de una realidad con una atmósfera oscura en la que imperan la violencia, el crimen, la corrupción, con personajes atormentados y solitarios o ensimismados. Todo, producto de la sociedad de la época, en la que difícilmente podía seguirse pensando en historias de detectives que apelando a su inteligencia pudieran restablecer el orden del mundo. Así, el detective que en la novela policial se presenta como observador, analítico y deductivo, y que, en definitiva, es el protagonista de la historia, en la novela negra aparece como un personaje al margen de la sociedad, con problemas personales, que investiga los hechos en una trama generalmente cargada de violencia, que se mueve continuamente entre el bien y el mal y que no necesariamente ha de llevarnos a la resolución del caso o del crimen.

En la actualidad el género negro ha llegado a tener una importancia capital en el contexto de la literatura mundial, con un incremento significativo de su número de lectores. Así, autores como Stieg Larsson, James Elrroy, Henning Mankell o Camila Lackberg, en el ámbito internacional más amplio, y Paco Ignacio Taibo II, Leonardo Padura y Élmer Mendoza, en Latinoamérica, podrían considerarse entre los exponentes más importantes del género.

Pero, ¿cómo es la novela negra actual? Las últimas manifestaciones de este tipo de novela traen consigo la hibridación de géneros, y aún más, de estilos. Al policial clásico se le ha modificado la figura del detective y se le han sumado la violencia y la corrupción para dar paso a lo que se denomina, en sentido estricto, “novela negra”, pero esta última tampoco se mantiene en la actualidad con el nivel de pureza de las primeras décadas del Siglo XX y la vemos como una mezcla con el thriller o suspense o con el periodismo, con variantes como la llamada “narconovela”, enfocada en la dinámica contemporánea del narcotráfico, o el domestic noir, en el que la tradicional figura del detective se diluye y el papel protagónico recae en una mujer, generalmente en espacios alejados de las calles violentas, de las drogas y de la delincuencia, espacios más cerrados, íntimos, domésticos. La chica del tren, de Paula Hawkins, es el mejor ejemplo de este tipo de novela.

Hay quienes resienten que lo que en la actualidad se conoce como “novela negra” ya no lo sea como era al principio, es decir, allá por los años 20 del siglo pasado en Estados Unidos, pero yo, que aunque respeto las tradiciones, me gusta jugar con ellas, me regodeo del placer al comprobar que un género literario no se mantiene incólume durante todo un enorme siglo. Así, las novelas de La Trilogía de Nueva York, de Paul Auster, que aunque juegan conscientemente con los elementos de la novela negra lo que resultan ser son thrillers existenciales; o la propuesta de Cristina Rivera Garza con La muerte me da, que combina, en una historia de cadáveres de hombres castrados, el suspense con una prosa elíptica y poética, se me antojan felices convergencias del género negro con otro tipo de narrativa.

En Centroamérica el género negro tiene escasos referentes. Se citan al salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa y al guatemalteco Dante Liano, que no he leído, pero también a Rodrigo Rey Rosa (Caballeriza) y a Horacio Castellanos Moya (Baile con serpientes y El arma en el hombre). Estos últimos dos autores, específicamente en las novelas mencionadas, con los componentes de la investigación y la violencia, tienen sutiles acercamientos al género negro, se puede decir que flirtean con él, pero no creo que entre sus intenciones haya estado la de escribir una novela negra y ni siquiera una forma personalísima de novela negra.

Sergio Ramírez, con El cielo llora por mí (2008), sí que pisa fuerte el terreno de la novela negra. En ella, el inspector Dolores Morales y el subinspector Bert Dixon, a quien se le conoce como Lord Dixon, siguen la pista del cadáver de una mujer y de una embarcación abandonada en Laguna de Perlas, en la Nicaragua contemporánea. A partir de ahí la investigación, que recurre accidentalmente a los servicios de espionaje de doña Sofía, la señora que hace la limpieza en el edificio de la Policía Nacional en Managua, deriva en un asunto más complejo que involucra a cárteles de la droga de México y Colombia. La construcción del caso que hace Sergio Ramírez en esta novela es digna de la mejor tradición de la novela negra, con una prosa que combina lo literario, generalmente en las descripciones del narrador, y lo coloquial, a través de los diálogos de los personajes. La novela posee los elementos esenciales del género: un investigador (el inspector Morales), un ayudante (Lord Dixon), varios muertos (Sheila Marenco, la primera de las víctimas) y el enigma respecto a la identidad del homicida. Ramírez le agrega el humor, un humor muy centroamericano, a través de los diálogos de los personajes principales, algo que también identificamos, por ejemplo, en los personajes detectives del Zurdo Mendieta, de Élmer Mendoza, Héctor Belascoarán Shayne, de Paco Ignacio Taibo II, y Mario Conde, de Leonardo Padura.

Sergio Ramírez acaba de publicar Ya nadie llora por mí, una segunda novela negra con el personaje del inspector Dolores Morales, con la cual apunta definitivamente su nombre en esa tendencia entre los autores de este género de darle continuidad a las historias de sus detectives.

Citables también son en Centroamérica el guatemalteco Francisco Alejandro Méndez (que tiene varias novelas con un comisario de nombre Wenceslao Pérez Chanán), la salvadoreña Jacinta Escudos (El asesino melancólico), el nicaragüense Arquímedes González (El Fabuloso Blackwell), los costarricenses Daniel Quirós (Verano rojo) y Warren Ulloa (Elefantes de grafito), y en Honduras Ernesto Bondy (Caribe Cocaine y La mitad roja del puente).

Hace algunos años me entró la curiosidad por la novela negra; es decir, quise saber si podía escribir una. El resultado acabó con el título Los días y los muertos y ganó un premio centroamericano. Mientras escribía pensaba en los elementos que debe tener una novela de ese tipo. Esencial, dice Ricardo Piglia, es la figura del detective, un tipo de personaje solitario, que no esté atado a esa “debilidad” llamada familia, que tiene una visión distinta -independientemente de si es policía o no-, de la sociedad y que por lo tanto se muestra como alguien que va contra las convenciones, que procede a su manera, y que no necesariamente es un modelo a seguir. Así, me inventé a un periodista que la mala suerte hizo que terminara investigando unos crímenes más allá de su responsabilidad laboral. Le puse un nombre extravagante, parcialmente inventado por él mismo en la novela, porque recordé que Paco Ignacio Taibo II dijo alguna vez que había escogido el nombre de Héctor Belascoarán Shayne para su detective porque necesitaba que fuera un nombre memorable, y lo imaginé como un tipo muy serio en su trabajo, algo paranoico, nostálgico por un amor perdido y con una única debilidad: las prostitutas. Y así fue como me lancé a la aventura.

En los últimos años me he propuesto seguir más de cerca la ruta de la novela negra, como lector y como escritor, y así, mientras leía a los autores que ya he citado, terminé hace poco otra novela en la que retomo los elementos del género negro para jugar a mi antojo con ellos.

He terminado esta otra novela y ya siento que mi detective tiene más casos en los que trabajar, y es que en sociedades como las de este Tercer Mundo en el que vivimos, tan dadas a la violencia y a la corrupción, la novela negra hasta parece ser un tipo de literatura necesaria. Sin embargo, creo, no hay que caer en el facilismo de reproducir la realidad con los afanes del realismo decimonónico, porque eso ya lo hace, aunque con mucho desacierto en la mayoría de los casos, el periodismo. La misión, supongo, de un autor de novela negra en nuestro tiempo y contexto es intentar ir más allá del realismo machacón, para que ese tipo de novela se distancie lo suficiente del periodismo, de la realidad, y se convierta definitivamente en una obra literaria con una propuesta interesante. Sergio Ramírez lo hace en El cielo llora por mí y su detective, el inspector Dolores Morales, que vuelve en una segunda novela, quizá nos esté dejando pistas que deberíamos seguir con suficiente atención.

Los días y los muertos se presentará en Chile

Como una iniciativa conjunta de la Embajada de Honduras en Chile y la UNAH, estaré presentando mi novela Los días y los muertos el próximo 10 de noviembre en Chile, en el marco de la 37ª Feria Internacional del Libro de Santiago. Me acompañarán en la mesa la embajadora de Honduras, María Antonia Navarro, y el escritor chileno Ramón Díaz Eterovic, autor de una buena cantidad de libros, entre ellos los de la serie con el detective Heredia. Con él tendré, además, un conversatorio sobre novela negra en Latinoamérica.

Ese mismo día, aunque más temprano (3:00 pm) daré una charla a estudiantes de secundaria como parte del programa de “visitas guiadas” que ofrece la FILSA. “Cómo me convertí en lector y cuánto me he divertido desde entonces“, es el título que elegí para esa charla y la idea es hablar sobre mi experiencia como lector, desde mis inicios hasta ahora, cuando además me he convertido en escritor y profesor de literatura. Contrario a lo que mucha gente piensa, leer, para mí, siempre ha sido una cosa muy divertida; espero poder demostrarles algo de eso a los asistentes ese día a la charla.

En la FILSA estarán algunos autores importantes a los que quiero conocer personalmente, entre ellos Mario Bellatin, a quien entrevisté vía Messenger el año pasado, y Guillermo Arriaga, autor de los guiones de algunas buenas películas como 21 gramos o Babel y de la novela El salvaje. El programa general de la FILSA puede descargarse siguiendo este enlace: Programa FILSA 2017.

Según he podido ver, la feria se realiza en el Centro Cultural Estación Mapocho, ubicado en el centro de Santiago, así que buscaré un hotel cercano para moverme tranquilamente por todos los sitios de interés cultural que ya me está señalando Google.

Café & Literatura en Amazon

Sigo subiendo mis libros a Amazon y ahora le ha tocado el turno a Café & Literatura,  publicado en 2011 y reimpreso en 2016 con una mejor calidad. La versión Kindle tiene la portada original, diseñada por Bayron Benítez, pero para la edición impresa en tapa blanda hemos diseñado otra. Ambas pueden adquirirse aquí y aquí. Y si quieren echarle un ojo a los otros dos libros también disponibles en Amazon, pueden entrar a mi página de autor.

Mis libros en Amazon

Hace algunos años subí a Amazon, en formato Kindle, mi primera novela, Ficción hereje para lectores castos, pero después de unas semanas (o meses, no recuerdo) en los que el libro se convirtió en un best seller (imaginen aquí el emoticono con la risa y las dos lagrimitas azules), me llegó un correo electrónico en el que se me pedía la actualización de mi información tributaria, cosa que no hice, por olvido o por pereza (tampoco lo recuerdo) sino hasta hace poco. Así que me tomé el costo de actualizar la tal información tributaria y de paso me dio por subir a la plataforma de Kindle Direct Publishing (KDP) de Amazon el libro para una versión impresa en tapa blanda. Ahí tenemos ahora, disponible para su compra en Amazon y con portada nueva, esa primera novela mía cuya segunda edición en Honduras está casi agotada (quedan unos poquísimos ejemplares en las librerías Metronova y Caminante).

Pero también está disponible, tanto en versión Kindle como impreso en tapa blanda, otro libro mío: Habrá silencio en nuestras bocas frías. Si el título no les suena es porque se tituló en su primera edición La caída del mundo. Se trata del libro de cuentos que publiqué en 2015 y que ahora, renombrado y aumentado (trae otros dos cuentos, uno que había extraviado y otro que escribí el año pasado), se la juega en Amazon también con nueva portada.

Pronto estará disponible en Amazon, en las dos versiones, Café & Literatura, el libro de artículos y ensayos que publiqué en 2012 y que ya lleva dos ediciones agotadas en Honduras, pero por ahora, pasen por mi página de autor en Amazon y échenle un ojo, y después se lo echan a los libros. Así que ahí está la opción para quienes viven fuera de Honduras y me preguntan cómo pueden conseguir mis libros. Unos cuantos clics y estos les llegan en días o semanas, según desde dónde los pidan.

P.D.: Si están suscritos a Kindle Unlimited, la lectura de ambos libros en su versión Kindle les sale gratis. Y si son miembros Prime de Amazon, el envío de la edición impresa les sale también gratis.

Perder y recordar

Los que jugaron acabaron extenuados en el campo, unos viendo de reojo a Palacios y a Figueroa, otros llorando o maldiciendo al árbitro central, al cuarto árbitro, a la puta mala suerte que siempre llega en los minutos finales, pero acabaron como héroes, pues “lo dieron todo en la cancha”, “se mataron en el terreno de juego”, “sudaron la camiseta”, etcétera; los que no jugaron, como Costly o Nájar, se convirtieron en los baluartes de la indignación catracha… en Twitter, denunciando el mayor robo en la historia de la corrupción futbolera centroamericana, algo así. Algún otro hubo, como Ricardo Álvarez, burro al fin y al cabo, que también habló de orejas, y entonces todos volvimos a recordar… Otros, incluso, para incrementar el tráfico en su página web, se grabaron tirándose al piso, tapándose el rostro para ocultar sus inexistentes lágrimas y hasta golpeando mesas, como en un episodio de Caso Cerrado, indignadísimos, como no se había visto en una sala de redacción catracha desde los tiempos del saqueo al Seguro Social.

¿Y el resto? ¿Nosotros, los más de ocho millones de hondureños que más que espectadores somos entrenadores de fútbol, los que en cada partido le cuestionamos a Pinto la utilización de la puta línea de cinco? Nosotros nos quedamos, a partir del pitazo final, recordando las palabras de Nasralla como un sabio consejo que renovamos cada noventa minutos: mejor ponerse a aprender inglés, comprarse un perrito, hacerse de novia, que el fútbol no lo es todo en la vida.

Ya nos había sucedido contra Panamá y también contra Costa Rica, pero hondureños al fin, no nos conformamos con tropezar dos veces con la misma piedra; siempre habrá una tercera que nos mande a lamentar nuestro infortunio y a convertirnos en personajes de una tragedia tercermundista, que, ya lo dije, se renueva cada noventa minutos. En el caso del último partido no fueron noventa sino noventa y seis, y de eso se trata todo esto, de maldecir al mexicano que decidió que fueran seis minutos extra y no tres, o cuatro, o cuatro y medio, como en otros tiempos se trató de maldecir a la lluvia en un partido contra Guatemala, o a un poste en otro partido contra Trinidad & Tobago, o a Pineda Chacón, que no pudo meterla contra los jamaiquinos. La terrible maldición que se balancea sobre nuestras cabezas como un péndulo filoso cada vez que hay un partido “de vida o muerte”.

Pero quizá el asunto, en el fondo, no sea ese. El asunto quizá tenga que ver con esa necesidad (necedad), tan hondureña, de seguir creyendo, aunque todos los hechos precedentes nos adviertan que creer es cosa de gente ilusa, de gente movida por la fe y no por la razón en un tiempo y en un país en los que la fe debería considerarse más o menos del mismo modo en que Borges consideraba a la religión: como algo propio de la literatura fantástica. Había, claro, en aquel partido del viernes contra Costa Rica, que extenderle el crédito a la fe y aspirar a ganar, y cuando no se pudo, había, claro, que seguir extendiéndole el crédito durante noventa minutos más, ¡y contra México!, a esa misma fe que en nosotros es capaz de mover las montañas que sea, siempre que se trate de fútbol.

Y ahí vamos de nuevo, a menos de cincuenta días del evento que marcará nuestra historia como hondureños durante los próximos años, con la fe renovada en “el Profe. Pinto y sus pupilos”, olvidándonos de todo lo que no huela a fútbol, porque en este país, ya lo dijo durante una temporada ese “vital líquido” llamado Coca-Cola: se sueña fútbol y se come fútbol, pero también se come mierda. A ver a quién le echamos la culpa al final del próximo partido. Y ojalá entonces podamos volver a recordar que vivimos en Honduras y que esa circunstancia no es como para andársela tomando a la ligera.