Nueva edición de Los días y los muertos

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Los días y los muertos (2da. Ed. 2018)

La nueva edición de mi novela Los días y los muertos (mimalapalabra editores) acaba de salir. Sin temor a equivocarme (y sin pecar de falta de modestia), puedo decir que es de los libros más bonitos que se hayan visto en Honduras en muchísimo tiempo. Esta nueva edición, corregida por el tal G. Rodríguez y aumentada en casi cien páginas (ahora tiene 320), con papel editorial, doble cubierta (una de ellas desprendible) y cintillo, contiene algunos cambios en el formato y en la tipografía que no fueron aceptados para la edición original.

Hay intenciones de presentarla próximamente en San Pedro Sula, en Tegucigalpa, en Santa Rosa de Copán y en Gracias. Por ahora, trato de combinar bien las fechas para que todo cuadre.

La primera edición (Editorial Universitaria) circuló ampliamente por varias ciudades e incluso fue presentada en dos ferias del libro: la FILUNI, en México, y la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile.

Se han escrito cinco reseñas sobre la novela, y aquí voy a dejar algunos fragmentos de esas reseñas:

“Los nervios con que está escrita la novela no vienen solo de un hálito regional sino también de una línea de reflexión que se entronca con lo universal o, mejor dicho, con la mejor tradición literaria de la humanidad”. HERNÁN ANTONIO BERMÚDEZ

“Ingeniosamente estructurada, con un juego sutil de planos narrativos, la novela nos sumerge en la realidad social enajenada y enajenante (y culturalmente primitiva) en que nos movemos a diario los habitantes de este sufrido país de nombre infaustamente alegórico”. SARA ROLLA

“El libro está seriamente bien escrito, con gran complejidad pero ninguna pedantería. Muy por encima del nivel del país”. ALBERTO ARCE

“Estructurada como si fuese un juego casi delirante de planos y contraplanos textuales, Los días y los muertos no sólo revela los círculos concéntricos del infierno que son el pan nuestro de cada día en la pretenciosa “metrópoli sampedrana”; además de asumir la condición de incómodo testigo de su época, Giovanni Rodríguez ha urdido un elaborado artefacto narrativo, y a nosotros no nos queda más que celebrarlo”. MARIO GALLARDO

“Giovanni Rodríguez ha alcanzado ya su inequívoca edad adulta narrativa. En Los días y los muertos nos entrega una novela donde Honduras y sus atrocidades son apenas referencias en la dimensión de la creatividad y no el sustrato para hacer del escritor un prócer de la identidad”. FABRICIO ESTRADA

Está a la venta en librería Metronova (Mall Galerías, San Pedro Sula).

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La artística sonrisa de José Dalí Bouquets

Mi artículo de agosto en Literofilia:

Víctimas de esa absurda tradición en Honduras que considera con valor artístico o merecedor de atención sólo lo que se hace en Tegucigalpa, los personajes sobre los que ahora escribo, marginales todos, en el sentido amplio de la palabra, en una San Pedro Sula más concentrada, según dice el tópico, en trabajar que en crear arte, pasaron casi de puntillas sobre la historia de las artes plásticas catrachas.

A finales de los años 90´s, en una de las ediciones del Salón Nacional de Arte del Centro Cultural Sampedrano, cuatro pintores coincidieron para certificar íntimamente las sospechas de su futuro fracaso. Otros fueron los ganadores, pero ellos cuatro, unidos quizá por el carácter insólito de sus cuadros expuestos o tan sólo por la semejanza de las risas que provocaban estos cuadros a los asistentes al evento, terminaron en un rincón del salón tragándose con el vino la incomprensión de todos y comentando, mientras miraban de reojo a uno u otro lado, lo que, concluyeron, constituía una auténtica muestra de ceguera hacia sus obras, que en aquel momento consideraban sumamente revolucionarias y rupturistas, lo más vanguardista en la historia del arte hondureño.

Por aquella época varios amigos y yo, aprendices de poetas y bebedores extremos, asistíamos a aquel tipo de eventos haciéndonos creer que nuestro interés era genuinamente artístico cuando lo que en realidad buscábamos era satisfacer una necesidad más pedestre: la de comernos las boquitas y bebernos todo el vino que pudiéramos antes de emprender una nueva incursión en los bares más baratos y oscuros del Centro.

Los nombres de aquellos cuatro pintores eran tan raros como ellos mismos, quizá tan sólo porque, como sospecho, se trataba de seudónimos. El caso es que con esos nombres se les conocía en el estrecho círculo de la plástica sampedrana. Ever Mosh, Aníbal Anchuria, Hegel Bayardo Block y José Dalí Bouquets. Ricardo llegó a asegurar que esos nombres habían sido extraídos de un Diccionario de Onomásticos Extraños que había en la biblioteca del CCS, pero yo al menos no recuerdo haber visto nunca tal compendio nominal.

De Ever Mosh se puede decir que demostraba siempre una tardía comprensión de todas las cosas del mundo, quizá debido al permanente consumo de cannabis, que lo mantenía en un estado de abstracción distinto. Si alguna vez llegaba a sentarse a nuestra mesa en el café, iniciábamos una conversación sobre la conveniencia, por ejemplo, de atomizar las partículas sedimentarias superpuestas en el rango superior de la masa finisecular de un alotropo hidrocarbónico, que luego, al ver la cara de asombro genuino del pintor, derivaba en la decisión de incorporar al proceso los conocimientos de la farmacopea odontológica, en la cual una gutapercha tántrica aparecía como el elemento indispensable para la sujeción del miocardio peritomastoideo y posterior recontrituración de la pieza calcárea en un rango de escasos dos milímetros cúbicos. Mosh se llevaba las manos a la cabeza y desesperado, se levantaba y se iba diciendo que no entendía a los intelectuales.

Anchuria era más bien manso y esa actitud de mansedumbre y de complacencia con todos nosotros se la atribuíamos también al consumo permanente de la cannabis. Contrario a Ever Mosh, él parecía seguir muy bien la pista de lo que hablábamos y en una ocasión nos confió incluso la idea de su proyecto pictórico más audaz hasta la fecha: sentado en una esquina de su cama y recostado a la pared, trazaría con pincel líneas de colores entrecruzadas sobre pequeñas piezas de cartulina que luego lanzaría por toda la habitación. Una vez terminadas de pintar todas las piezas de cartulina, lo que quedara de aquel campo de batalla habría de ser registrado con fotografías por alguno de sus compañeros. Así el mundo empezaría a comprender el funcionamiento del genio en la pintura.

Hegel Bayardo Block probablemente le debía su segundo apellido al hecho de que para sus pinturas no recurriera al tradicional lienzo sino a hojas de papel bond blanco que extraía de un block que cargaba siempre en su mochila y luego pegaba unas hojas sobre otras en muchas capas que terminaban constituyendo una superficie fuerte de relieves diversos; ahí depositaba, cada vez, un color distinto, con lo que pretendía, según pregonaba recurriendo a vulgares adaptaciones de citas filosóficas, capturar toda la gama de colores del espíritu.

De entre los cuatro, José Dalí Bouquets era el más interesante. Además de pintor, declaraba ser cineasta, poeta y fotógrafo; era casi tan polifacético como su homónimo el surrealista famoso de Figueres; quizá de ahí venía su apellido Bouquets, que parecía una derivación del Busquets, más conocido.

Cargaba su segundo nombre como un estigma: se sentía condenado a pintar. Después de aquel Salón Nacional de Pintura en el que conoció a los otros tres, se sabe que participó en muestras colectivas en San Pedro Sula o en la capital, e incluso, con la complicidad de algunas damas promotoras de la cultura, logró montar sus exposiciones individuales. Sus cuadros, que consistían en la elemental unión de dos o tres lienzos negros o rojos por medio de un hilo de nylon, eran valorados (por él mismo, claro) en fabulosas cantidades de dólares. Se decía que había tenido rachas de hasta doscientos mil lempiras en un sólo mes por concepto de ventas de cuadros suyos y de sus colegas, que le cedían la representación formal, conociendo sus dotes de vendedor.

Frecuentaba con una disciplina férrea los cafés del Centro, donde solía reunirse con el resto de los eternos aspirantes a pintores de la ciudad. Era de estatura mediana, flaco y tostado por el sol, vestía a la manera de un payaso devaluado: flojo y colorido, pero con el maquillaje corrido, unas sandalias que le permitían mostrar unos dedos huesudos, y unos anteojos con aros gruesos y oscuros que le daban un aire de falsa intelectualidad; además, cultivaba una sonrisa que nunca dejaba insatisfechos a sus científicos observadores, que es en lo que se convertían todos, dado que él se mostraba como un ejemplar raro de la especie humana.

Era José Dalí Bouquets uno de los personajes favoritos de aquel grupo de amigos al que ya me he referido, y al que una feminista, de las de viejo cuño, calificó como “grupo de malditos” luego de una velada poética truncada por nuestras risas y nuestros comentarios inoportunos desde el fondo de un salón en el CCS. Nos gustaba ver a José Dalí Bouquets ofrecer sus cuadros a los potenciales compradores en los cafés, a las damas cultas de la burguesía en los eventos culturales del CCS o a los propietarios de tiendas de souvenirs del Centro, y por eso lo manteníamos vigilado.

En alguna ocasión uno de estos clientes suyos se sintió embaucado por el pintor, quien le había vendido uno de los que él llamaba “paisajes de mar”, pero que consistía tan sólo en unas cuantas manchas de diversos colores sobre un fondo blanco, nada tropical. El cuadro en mención al parecer había sufrido lo que normalmente sufren las pinturas con el inexorable paso del tiempo: mostraba un desprendimiento alarmante de las mixturas en finas y largas cascaritas. Lo único cuestionable en este caso era que el cuadro tenía unas pocas semanas de haber sido elaborado, lo cual significaba para el comprador que definitivamente la pintura no servía, lo mismo que podía inferirse del pintor.

De todos los Malditos, Wilmerio, cuensuetudinario hasta nuestros días en el Espresso Americano del parque, era el que más conocía a José Dalí Bouquets y a sus colegas, y por supuesto, el que con mayor desenfado se burlaba de ellos. “Mírenlo”, solía decir, “parece un pájaro tierno recién caído del nido”, a lo que Ricardo agregaba: “¿Cómo va a ser pintor ese tostado? Y es que las técnicas y los estilos de estos pintores, que tenían su sedimento en la total ignorancia de los conceptos elementales del arte, se veían reflejados cómicamente en algunos collages con cucarachas y latas de refresco dispuestas simétricamente sobre un fondo de tierra combinado con excremento de gallina, por ejemplo. Lo curioso de todo ello es que si se le pedía a alguno de los pintores hacer un dibujo con lápiz, rehusaba de inmediato hacerlo, argumentando que eso representaría una involución en su trabajo, cuando todos sabíamos que de lo que se trataba era de una simple, elemental incapacidad de llevar a cabo dicho trabajo.

Cuando llegábamos a uno de esos cafés saludábamos a los pintores ceremoniosa pero irónicamente. “Entre más irónicos más se hunden”, se le oía decir a José Dalí Bouquets luego del saludo, y nosotros reíamos, mientras comprábamos nuestro café. Al levantarnos, después de media hora de conversación sobre pintura, mujeres, literatura, música, mujeres, sexo y otra vez mujeres, dejábamos sobre nuestra mesa y a la vista de los vecinos pintores lo que llamábamos socarronamente una “auténtica obra de arte”, elaborada con minuciosidad con los restos de nuestro consumo: un vaso plástico atravesado por una pajilla cuya parte superior sostenía otro vaso adornado con una servilleta doblada en forma de abanico, y sobre este segundo vaso una bonita flor de servilleta pintados sus bordes con tinta negra y granitos de azúcar en medio de sus pétalos.

Con esta postal sobre la mesa nosotros nos íbamos, imaginando los comentarios diversos de los que se quedaban:

Miren lo que dejaron: una obra de arte. ¡Qué va a ser obra de arte, si esos sólo son críticos, no son artistas! Pero está interesante eso que hicieron, es una escultura de desperdicios. Sí, está como para pintarlo. ¡Les digo que no, esos sólo para criticar sirven, no son creadores como nosotros! ¿Y qué es eso que hicieron, entonces? Es una crítica. ¿Una crítica a qué? A nosotros, ¿a quién más? Pero se mira bonita la crítica. Sí, bien bonita, dan ganas de pintarla. ¡Pendejos!

Nosotros, como dije, reíamos y nos íbamos, imitando la franca, absoluta y artística sonrisa de José Dalí Bouquets.

Muchos años después de la fotografía de Eduardo Bähr

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Mi artículo de julio en Literofilia:

I

Empecé a leer el cuento y a medida que avanzaba en la lectura, ésta generaba en mí una sensación extraña. La sensación consistía en recordarme a mí mismo leyendo ese cuento por primera vez hacía unos cinco años, a principios de 2010, en un café de Barcelona en donde había decidido esperar las dos horas que faltaban para asistir a una última entrevista de trabajo después de un proceso que llevaba ya varios meses y que me garantizaría únicamente la comprobación de que yo, un extranjero en un grupo de seis aspirantes al puesto, no iba a ser el elegido. La sensación era extraña pues no había razones para creer que, efectivamente, yo había leído ese cuento, y mucho menos en ese café de Barcelona una mañana de marzo de 2010.

Al autor del cuento, Eduardo Bähr, lo había conocido en 2007, meses antes de viajar a España, pero a sus cuentos no los conocí sino hasta ese momento de 2015 en que -suponía a pesar de la sensación extraña- tuve un libro suyo por primera vez en mis manos. Conocer al escritor no debía ser tan importante como conocer su obra, pero por aquellos días yo, probablemente, sintiera o pensara que una cosa era equivalente a la otra y me congratulé por estrecharle la mano al escritor de la misma manera en que ahora me felicito por lo que leo. Me recibió en su oficina de la Biblioteca Nacional, en donde él fungía como director, y no recuerdo muy bien de qué hablamos, quizá de mi libro de poemas que la extinta Secretaría de Cultura acababa de publicarme por haber ganado con él un premio en Guatemala, o quizá de “ese grupo de escritores jóvenes sampedranos”, como solía aludirse a la cofradía que habíamos formado por aquellos tiempos y que sólo se mantenía unida en función de dos o tres razones para acabar con todo y de las cervezas.

Al terminar de leer el cuento, que, por cierto, era muy breve, la sensación se hizo más fuerte. Ya había yo esbozado esa misma leve sonrisa tras la lectura y ya había imaginado al tipo de la cámara en el cuento con su carcajada luego de interpretar el gesto de los futuros fotografiados como uno que invitaba a aplazar para mañana lo que en ese momento se disponían a hacer. Era una sensación que por firme parecía el despegue definitivo hacia una certeza.

El asunto es que yo creía firmemente haber leído el cuento una vez en un café de Barcelona. Así que investigué un poco. El cuento, titulado “El fotógrafo reía”, integró originalmente el volumen Fotografía del peñasco, publicado en 1969, luego apareció en una antología de cuentos breves en 2006 y en un sitio web en octubre de 2010. Era imposible que yo hubiese leído el cuento en el libro de 1969, ahora casi inencontrable; tampoco recordaba haberme llevado a España o haber pedido a alguien desde allá la antología de 2006 en donde volvió a aparecer; y la última posibilidad era, aunque la más razonable, también imposible, pues mi recuerdo de la lectura de ese cuento en un café de Barcelona tiene lugar en marzo de 2010 y el cuento fue publicado siete meses después en esa página web, cuando yo ya había vuelto a Honduras. Por eso la sensación era extraña, sumamente extraña.

II

“El fotógrafo reía” es el cuento que abre Fotografía del peñasco, de Eduardo Bähr, y ahora que lo releo, en una fotocopia del libro que tengo desde 2015, vuelvo a experimentar la misma sensación de haberlo leído una mañana de marzo de 2010 en un café barcelonés. Quizá haya una explicación, me digo, y pienso en lo que cualquiera que lea ese cuento y el libro en que aparece podría experimentar, no importa si lo lee hoy, dentro de cinco o veinte años: extrañeza, admiración, entusiasmo, alegría.

Cuando el libro se publicó en 1969 (Ediciones Kukulkán, 66 pp.), la narrativa hondureña estaba hundida en el Costumbrismo, que, si nos atenemos a lo que señaló en su momento Óscar R. Flores, pudo haber empezado a tomar fuerza en los años 30, durante la dictadura militar de Tiburcio Carías Andino (1933-1949), cuando los escritores con inclinaciones vanguardistas optaron por la autocensura, ya que el término “vanguardista” era comúnmente asociado con aquellos que mostraran una actitud rebelde y contestataria, algo que, obviamente, no combinaba muy bien con una dictadura. El temor a ser señalados como disidentes, entonces, pudo haber privado a aquellas décadas entre los años treinta y cuarenta de acoger las tendencias de la Vanguardia.

El Costumbrismo siguió dominando la literatura hondureña durante mucho tiempo. Todavía para los años sesenta, recurrir a los escenarios rurales y al habla de la gente del campo les permitía a la mayoría de los escritores de aquella época retratar una realidad que, si bien existía, también era cierto que se alejaba de esa otra realidad derivada sobre todo de las acciones del gobierno conservador y represivo del general Oswaldo López Arellano (1963-1965). Manuel Salinas Pagoada explica así la actitud de esta generación de escritores: “Debido a su ideología conservadora, escamoteó la realidad hondureña al describirnos de una manera colorista y estereotipada el campesinado como personaje central de sus relatos”. Si acaso se puede señalar un contrapeso al Costumbrismo en aquellos años, es el del Romanticismo tardío de Lucila Gamero de Medina y de Argentina Díaz Lozano, además del llamado Realismo Social de Ramón Amaya Amador.

No es gratuito, entonces, considerar la aparición de Fotografía del peñasco como otro de los momentos importantes de la Vanguardia en la narrativa hondureña, una Vanguardia que empezó a insinuarse en algunos cuentos de Arturo Martínez Galindo agrupados bajo el título Sombra, de 1940, pero publicados, en su mayoría, durante los años previos a la muerte de este autor, y que volvió a mostrarse hasta en 1956 con la publicación de El arca, de Óscar Acosta. Un nuevo momento, este de 1969, para una Vanguardia literaria hondureña que entonces sí parecía dispuesta a quedarse, pues la voluntad renovadora que se apreciaba en Fotografía del peñasco no tenía ni la timidez de Martínez Galindo ni la brevedad de Acosta, y que además, se vio alimentada con la publicación en 1971 de La balada del herido pájaro y otros cuentos, de Julio Escoto, y en 1973 del otro gran libro de Bähr, El cuento de la guerra.

Uno lee Fotografía del peñasco casi cincuenta años después de su publicación y siente que de esas páginas emana algo distinto; distinto incluso, por arriesgado y poco convencional en cuanto a la forma, a lo que publican actualmente la mayoría de los cuentistas hondureños, que parecen no haber leído oportunamente a Borges y a O. Henry y encuentran todavía, en estos años del siglo XXI, en los cuentos de Nery Alexis Gaytán un modelo válido a seguir.

Hay una línea perfectamente trazable para ubicar ese espíritu de innovación y esa marca de verdadera renovación en la narrativa hondureña que empieza con Martínez Galindo, continúa con Óscar Acosta, salta hasta Eduardo Bähr y de ahí continúan Julio Escoto, Marcos Carías y Roberto Castillo. Cada uno de ellos ha publicado por lo menos un libro que, en su momento, representó un salto, un despegue con intenciones vanguardistas respecto a lo que se escribía o predominaba en la narrativa hondureña.

Así, Sombra, de Arturo Martínez Galindo, aporta cosmopolitismo, atrevimiento con temas escabrosos como la pedofilia, el incesto y el lesbianismo, profundidad sicológica y ambigüedad; El arca, de Óscar Acosta lo hace con su inusitada concisión que, sin embargo, tiene alcances amplios de carácter simbólico y universal; Fotografía del peñasco, de Eduardo Bähr, que rompe definitivamente con las motivaciones del Costumbrismo y se inscribe en la Vanguardia con el uso de técnicas narrativas modernas y su carácter lúdico y plurisignificativo; La balada del herido pájaro y otros cuentos y El árbol de los pañuelos, de Julio Escoto, en los que su autor aplica técnicas narrativas modernas en consonancia con lo más reciente de la narrativa latinoamericana; Una función con móbiles y tentetiesos, de Marcos Carías, que a juicio de Héctor Miguel Leyva, es, quizá, “el experimento narrativo más osado de la literatura hondureña”; y todos los libros de Roberto Castillo, un autor que con cada nueva publicación fue demostrando una gran capacidad narrativa y una voluntad renovadora y de estilo que hacen de su segunda novela, La guerra mortal de los sentidos, una obra maestra.

III

Al evaluar todo esto, uno no puede evitar hacer una mueca de profundo aburrimiento cuando se topa con libros de narrativa hondureña en los que, más que intenciones estéticas, lo que hay es el puro afán de contar. Hay, incluso, algunos de estos libros que, desde la contraportada o desde el prólogo, advierten no tener fines estéticos sino que buscan apenas entretener, lo cual no tendría ningún problema si no fuera porque sus autores se pasean por la aldea haciendo alarde de sus impresionantes aptitudes literarias.

Cada uno escribe como puede, de eso no hay duda, y no debe señalarse como pecado el que un libro no alcance, en un contexto como el de Honduras, un nivel de calidad como el que alcanzaron los autores mencionados en el segundo apartado de este artículo. El pecado reside en la fanfarronería de algunos de sus autores, que se hacen de un cuerpo de escuderos para lanzarse a la llanura con una armadura en la que no penetran ni las buenas lecturas ni el buen juicio; o en la falta de conciencia o de humildad en otros, que hasta son capaces de aparecer en la televisión hablando de sus “aportes a la narrativa hondureña” o hacer que un colega, que lo supera con creces en talento y oficio, claudique en la página de un periódico a favor su imagen de impoluto genio de las letras nacionales.

Que alguien como yo, que también escribe y publica narrativa, venga a decir estas cosas, constituye seguramente para esos otros una muestra de fanfarronería, pero el hecho de que yo mismo no alcance como narrador las exigencias que me planteo o que le planteo a los demás, no me impide hablar, desde mi posición de lector, de estos temas que la mayoría no aborda por dos razones sencillas: el desconocimiento de la narrativa en general o de la narrativa hondureña en particular y el temor a perder unas cuantas amistades.

Hay cosas que hay que decir respecto a la narrativa hondureña contemporánea y una de ellas tiene que ver con los modelos de escritura de los escritores actuales. Ya basta de escribir cuentos con finales a lo O. Henry, de recurrir a la historia como único asidero y a la autobiografía como terapia, de pretender ser escritores mientras decimos que sólo aspiramos a contar, a entretener. ¿No hay acaso otras posibilidades para la narrativa hondureña? ¿De verdad estamos tan atrasados que ni nos hemos dado cuenta? Si nos descuidamos, vuelve a nosotros el Costumbrismo.

No logro imaginar cómo pudo haber sido la reacción de los lectores de Fotografía del peñasco en 1969. ¿Qué pensarían cuando leyeron aquellos cuentos raros, tan alejados de lo que era la norma por aquellos días? Supongo que una mueca de incomprensión se dibujó en sus rostros. Una mueca digna de una fotografía y de que el fotógrafo se ahogue con una carcajada.

Pedroza: el regreso inminente

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En mi último artículo en Literofilia hablo nuevamente sobre Bruno Pedroza, que parece que vuelve:

Un anuncio en Twitter acerca de la preparación de una nueva novela mía hizo, al parecer (aunque esto lo supe después), que el salingeriano y temible crítico literario hondureño Bruno Pedroza me enviara por WhatsApp (cosa extrañísima en él, que no es muy dado al uso de la tecnología) un mensaje casi telegráfico de impostergable lectura: “Tenemos que hablar de esa novela. El sábado. En el café de la última vez. Misma hora”. Yo, que suelo anunciar en Twitter la escritura o la publicación de novelas que jamás voy a escribir o a publicar, no alcancé a pensar que la novela aludida por el maestro Pedroza era una de esas hipotéticas novelas mías sino que me puse a rastrear en mi memoria los títulos de las últimas novelas hondureñas, entre las que aparecían una mía (ahora lo recordaba), intentando establecer las razones para que Pedroza considerara que “hablar de esa novela” era un asunto urgente.

“Tenemos que hablar de esa novela”, había dicho Pedroza, y yo me sentí como aquel personaje de Bolaño que retó a un duelo de espadas a un crítico literario que, según le habían anunciado, escribiría una “mala crítica” sobre su libro, así que acudí a la cita con la decisión de enfrentarme a Pedroza en un duelo de espadas, de ser necesario.

La vas a cagar y la vas a cagar bonito, dijo Pedroza, de entrada, al nomás sentarse a la mesa en donde yo lo esperaba, impaciente y nervioso. Pero fue un alivio percibir que el crítico literario aludía al futuro y no al presente o al pasado. La vas a cagar, había dicho, y entonces yo abandoné mi preocupación inicial y la convertí en pura curiosidad. ¿Ahora no te conformás con publicar sino que también anunciás trilogías?, agregó, visiblemente alarmado. ¿Pero de qué putas me habla?, pregunté por fin, impaciente. ¡De esa novela que estás anunciando como parte de una trilogía!, respondió, con tono de reproche y de decepción al mismo tiempo. Comprendí entonces lo que sucedía. Y lo que sucedía era que a Pedroza, al parecer, la soledad le afectaba tanto que había perdido la capacidad de identificar el sarcasmo. Se trataba de mi “Trilogía de la Vida Mejor”, que yo “escribiría” supuestamente para hablar de nuestros males nacionales. Era una broma, le aclaré, no existen esas novelas mías que anuncio en Twitter. Con la literatura no se juega, muchacho, me advirtió, y entonces volví a adoptar el “modo Pedroza” que uno debe adoptar cuando está con él, a fin de no tener que vérselas con la peor versión de su mal humor. ¿Ya leyó mi novela?, pregunté. ¿cuál novela?, dijo. Tercera persona. ¿Cómo querés que la lea si no me la has dado? Cuando fui a la librería ya no había. Le aparté uno, mire, le dije, y le puse el libro sobre la mesa. Avíseme por si tenemos que darnos riata a machetazos, le advertí, casi susurrando, pero él no pareció oír nada pues se entretenía leyendo las primeras líneas de mi novela. Cuando una muchacha llegó a nuestra mesa, le pedí un café solo y otro con leche, además de agua.

Ya me tienen hasta los güevos estos supuestos escritores de ahora; no han aprendido a redactar y ya quieren ser novelistas; creen que porque hay mucho que contar es urgente que ellos hagan libros, dijo Pedroza levantando la vista del mío, y no pude evitar pensar que yo era uno de esos “escritores de ahora” a los que aludía. Parece que hoy viene con más filo de lo normal, pensé, pero luego pensé también que Pedroza nunca ha sido un crítico complaciente, y entonces sí pude adoptar definitivamente el “modo Pedroza” y dejarme llevar por el curso de sus palabras. Lo que urge es que uno venga, por fin, a decirles lo que se merecen, agregó el crítico, y entonces esperé que empezara a decirme lo que yo merecía que me dijeran sobre esa última novela publicada.

Pasaron unos minutos durante los cuales Pedroza no levantó la vista de las páginas, alternando gestos que oscilaban entre el espanto y la curiosidad, entre la ira y la risa. La llegada de los cafés interrumpió su lectura y evitó, muy probablemente, que mi novela fuera machacada ahí mismo por el crítico literario más ácido en la historia de la literatura hondureña. Luego Pedroza me confió una buena noticia: volvería a escribir reseñas y ensayos sobre literatura hondureña. Después de muchos años, lo había decidido, era hora de volver, y se refirió nuevamente al tema utilizando la palabra “urgencia”. Le habían ofrecido, me dijo, un espacio en una nueva revista cultural para escribir sobre libros y esta vez no iba a negarse. Justificó su regreso diciendo que no es posible que en Honduras un montón de gente escriba y quede en la impunidad. Lo dijo así, como si de crímenes se tratara, pero supe entenderlo, pues yo también había llegado a considerar algunos libros de los publicados en Honduras en los últimos años como verdaderos atentados contra los lectores, contra el buen juicio, contra la cordura. Aquí urge la crítica literaria, dijo Pedroza; ni siquiera la literatura misma es urgente como la crítica literaria, dijo también. Aquí hay gente que publica, que sale en la televisión hablando sobre las supuestas grandezas de su obra y que hasta llega a ganar el Premio Nacional de Literatura, y todo en el marco de una ignorancia terrible, de una estupidez asombrosa y de una impunidad lamentable, continuó el crítico. Hay que empezar ahora mismo o esto joderá todo lo demás, dijo, si no les decimos sus verdades, seguirán engañados ellos y engañarán también a la gente que los lee. No me importa si ellos no se desengañan pero sí es importante que las nuevas generaciones de lectores no crezcan creyendo que las burradas de esos tipos son literatura, dijo. Ya tengo a varios en la mira, me llegan siempre esos bodrios que publican, de una u otra manera, y yo los repaso con una mueca de asco y luego los tiro a una caja en donde probablemente las ratas o las cucarachas hacen fiesta permanente. Pero de ahí los voy a ir sacando, y apartando huevos de cucaracha, intentaré leerlos y escribir sobre ellos.

No sabía Pedroza que quien le hizo la invitación para escribir sobre libros había sido yo, desde el correo de Tercer Mundo, la revista de la que hablaba, pero no se lo dije, quizá para no romper la burbuja de la ilusión de que era el New Yorker y no una revista cultural tercermundista la que se había comunicado con él para invitarlo a escribir en sus páginas. Y es que Tercer Mundo era el sitio y el pretexto perfecto para que Pedroza volviera. ¿Y a quién tiene en la mira?, le pregunté, curioso, y él me vio como diciendo ¿sos pendejo o qué?, y empezó a recitarme, como si de un poema malísimo se tratara, los títulos de muchos de los libros hondureños, en verso y prosa, publicados en los últimos cinco o diez años. Había entre ellos algunos de los que pasaron fugazmente por mis manos y que incluso olvidé fácilmente, pues no soy de los que dedica demasiado tiempo a lo que no funciona, pero Pedroza, que considera que los libros malos son los más valiosos para poner de ejemplo, no pensaba, al parecer, renunciar a la posibilidad de mostrar públicamente los defectos que los convertían en libros ejemplares. O no leen, o no leen bien o no tienen talento, dijo, de pronto, categórico, mientras se llevaba la taza del café a la boca. Dicen que hay uno al que le llaman “El sobaco intelectual”, ya te imaginarás por qué, me dice. Hay otro que ha forjado su carrera literaria (y cuando dijo carrera literaria hizo comillas con dos dedos de cada mano) haciéndose amigo de los tontos con voz y voto o haciendo “crowdfunding” vía chantaje emocional en Facebook. Y continuó: hay otro cuya única gracia para la literatura, y no heredada precisamente de la obra y gracia de su mentor, es tener suficiente dinero para comprar libros en ediciones antiguas. Otro que, lejos de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua, lo que hace es atropellarla en cada frase que escribe. Otro que parece que está viviendo (y creyéndoselo) el sueño literario: publicar libros y venderlos en colegios y universidades. Está la otra que no logra escribir un texto de cuatro párrafos porque pierde el hilo a la tercera oración y luego ya no sabe de lo que habla o de lo que hablaba al principio. Ahí te resumo buena parte de lo que constituye actualmente la literatura hondureña, dijo finalmente Pedroza. Yo, mientras tanto, sacando cuentas para determinar si algo de lo que había hecho calificaba para considerarme alguno de los aludidos. Y Pedroza pareció percatarse de mis cavilaciones, porque dijo a continuación: vos no, no te preocupés, no parece que seás tan pendejo como esos, y esa fue la frase más generosa que pude haber recibido de un mito de la crítica literaria nacional como Bruno Pedroza. Pero no la vayás a cagar, me advirtió, mirá que en este país todos estamos siempre a puntito de cagarla. “A puntito de cagarla”, pensé, estar consciente de eso es una buena forma de mantenerse despierto. La inmediatez de la catástrofe como poética vital.

Tachar y reescribir desde Honduras

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Fabricio Estrada ha escrito una breve reseña de mi novela Los días y los muertos, que aparece publicada en la revista Tercer Mundo. Les dejo un fragmento en el que alude a López, el personaje principal de la novela:

Y bien que puede López llegar a convertirse en el primer personaje de saga en la novela hondureña. Tiene todos los elementos: una vida marginal que le permite moverse con naturalidad entre los dos mundos de la precariedad y el riesgo; una soltería acérrima que le brinda cierta sed de aventura libre de contenciones moralizantes; y, sobre todo, una plasticidad de cine Noir que deja en el lector una buena cantidad de momentos memorables, al mejor estilo de los filmes policiales de los noventas.

Si quieren leer la reseña completa, entren por aquí: Los días y los muertos, o el tachar y reescribir desde Honduras.

Nosotros los maldicientes

Después de una pausa que duró tres meses, he vuelto hoy a mi columna Lo demás es ficción, de Literofilia, con un artículo en el que, además de maldecir, hablo sobre política, religión y medios de comunicación, o sea: sobre la estupidez humana versión Honduras:

Uno despierta un domingo y al asomarse al mundo lo primero que podría hacer es maldecir. Bastaría con empezar a escuchar las sofisticadas notas del reguetón de los vecinos. O enterarse por Twitter del nuevo aumento a la gasolina a partir del lunes. O recordar ahí mismo que los recibos de la energía están llegando doble y que el segundo, además, trae duplicado su valor. Bastaría con recordar que esto es Honduras y que ese nombre es suficiente indicio de lo que nos sucede. Y de lo que nos espera. Pero no, uno no puede maldecir un domingo. Es pecado. En realidad, uno no puede maldecir aquí ningún día de la semana, no porque alguna ley lo prohíba (aunque no descartemos que llegue a suceder) sino simplemente porque da la impresión de que aquí no pasa nada, de que estamos en el mundo feliz, de que hay que darle gracias a Dios por todo.

Si quieren leer completo el artículo, sólo tienen que irse por aquí: Lo demás es ficción/Literofilia.

Reseña de Tercera persona

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Una amiga me pone al tanto de una reseña de mi novela Tercera persona publicada en la revista Lee/Algo. Su autor, Alejandro Espinosa Fuentes, es un mexicano que obtuvo el Premio Nacional de Novela “José Revueltas” y además, es traductor y profesor de literatura. “Las primeras cincuenta páginas de Tercera persona bosquejan un cuadro del hastío moderno que obliga al lector a darse unos segundos para aplaudir la audacia de la prosa”, se lee en una parte de la reseña. Si quieren leerla completa, entren a la web de Lee/Algo.

Entrevista en El País (Uruguay)

Conocí a Mercedes Estramil, novelista uruguaya, en la FIL Guadalajara a finales del año pasado. Estuvimos juntos en un conversatorio del programa Latinoamérica Viva y coincidimos varias veces a la hora del desayuno o del almuerzo en el hotel o en el autobús que nos llevaba a la Feria. Hablamos sobre nuestros respectivos países y ella, que además de novelista es periodista y colabora con la sección cultural del diario El País de Uruguay, se interesó por la situación que se vivía en Honduras durante los días posteriores a las elecciones generales. Así, después de leer mi novela Los días y los muertos, me hizo una amplia entrevista de la que dejaré aquí un fragmento, para que mejor pasen a leerla completa en el enlace que dejaré más abajo:


Giovanni Rodriguez, nacido en 1980 en San Luis, en las tierras altas del occidente de Honduras, vive desde hace años en la húmeda y caliente San Pedro Sula, lugar del que reniega y al que no termina de acostumbrarse. Estudiante tímido y provinciano, se ha vuelto con el tiempo un individuo escéptico y sarcástico, “más cabrón” según dice. Ha visto y escrito la parte de abajo de la realidad de su país, más pequeño en extensión que Uruguay pero con más de ocho millones de habitantes, sumido en la violencia, el narcotráfico y la corrupción. En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Rodríguez concedió a EL PAÍS CULTURAL la entrevista que sigue. La excusa fue Los días y los muertos, fluido ejercicio de novela negra en el que un periodista de policiales llamado López -alter ego parcial- se mete a resolver un asesinato pasional y descubre o confirma que las raíces del crimen están por todas partes.

EPC: Fuiste cronista de policiales: ¿Cómo fue esa experiencia en el día a día y cuánto influyó en tu presente de escritor?¿Cuánto hay de Giovanni Rodríguez en el periodista López?
GR: Bueno, quizá las imágenes violentas que capté en aquellos días sean lo único mío que decidí prestarle a López. Como cronista policial me tocó enfrentarme a un mundo que hasta ese momento sólo había visto a través de la televisión o de los periódicos o por los relatos de otras personas. No me costó demasiado acostumbrarme a las escenas criminales; a la segunda semana de estar ahí ya los cuerpos mutilados o con orificios de bala en la cabeza o atados de pies y manos dentro de costales ya no me afectaban como al principio. Fui tomando conciencia de algo alarmante: la sociedad hondureña se está acostumbrando a la violencia y está perdiendo su capacidad de asombro ante la muerte diaria; eso fue lo que me sucedió a mí y lo que me motivó a escribir Los días y los muertos.

Para leer la entrevista completa, sigan este enlace: “Honduras es un país hundido en el delito”.

Entrevista en El Heraldo

Bajo el título “Giovanni Rodríguez y la ficción que puede poner en riesgo su biografía”, Samaí Torres, periodista de El Heraldo, publicó hace algunos días esta breve entrevista que me hiciera recientemente con motivo de la aparición de mi nueva novela, Tercera persona:

Un hombre llega a su casa y al abrir la puerta de su habitación es como si hubiera creado un portal que lo engulle y lo lanza en otra vida. A partir de ahí arranca una historia que Giovanni Rodríguez denomina como “autoficción” bajo el título de Tercera persona, su nueva novela. En ella un escritor cuenta cómo su vida y su proceso creativo discurren desde un país que no es el suyo, en un exilio autoimpuesto en el que se genera una danza entre realidad y ficción. Una lectura que despierta la curiosidad sobre qué es retrato de la vida y qué de la imaginación, y que se verá saciada una vez se conoce el desenlace, y aún más si esta lectura se complementa con otro libro de Rodríguez: Café & literatura.

-¿Podríamos decir que Tercera Persona es su obra más arriesgada?
Sí, en el sentido de que al recurrir a la autoficción quizá esté “poniendo en peligro” mi “biografía”. Pero ese es un riesgo asumible, puesto que, a decir verdad, pocas son las personas que nos conocen bien, por lo que nuestra biografía está constituida por lo que los demás creen que saben de nosotros. Por lo demás, no hay mucho de lo que pueda preocuparme. Si acaso, existe el riesgo de que la novela pueda resultar confusa por no contener una historia convencional, con su principio, su nudo y su desenlace, sino que propone una estructura como de una especie de espiral en la que cada vuelta es una posibilidad de lectura distinta sobre los mismos hechos.
-La novela muestra a un hombre que intenta escribir una novela, y en el proceso plantea diversas alternativas para sus personajes. ¿En qué situación usted como autor escribe una historia con tantas inconformidades?
Me propuse escribir una novela que diera cuenta precisamente de esas “inconformidades”, una novela que mostrara el proceso por el que podría pasar cualquier escritor de ficciones, que parte de un plan pero pronto descubre que el plan no es suficiente para escribir lo que se propone y entonces se plantea reescribirlo todo de nuevo. El resultado, sin embargo, no es así de incierto, pues nada de lo que se narra aquí está puesto al azar, y el lector debe ser capaz de descubrir el modo en que todo está relacionado.
-Ficción y “realidad” llegan a un punto en el que es difícil distinguir una de la otra, y hace pensar en que a veces uno como lector llega a pensar qué tanto o qué tan poco puede haber de la vida del escritor en sus historias ¿Le divierte este juego? Porque casi es una lección de lectura.
Siempre me han interesado las formas en las que la ficción y la realidad pueden llegar a confundirse. Sin embargo, esto sólo tiene que ver con el tema y creo que la novela, más que regodearse en los posibles efectos que pueda tener sobre el lector el trabajo de tratar de separar lo que hay de real de lo que es ficción, propone un juego más interesante: el de la historia que se construye y deconstruye a cada momento. Ese es el tipo de juego que me interesa practicar cuando escribo ficciones y es el tipo de juego que el lector debe estar dispuesto a jugar.
-Por años se ha dicho que Honduras es un país de poetas, pero usted es uno de los escritores que le da esperanzas a la novela ¿Cómo cree que la gente ha recibido su trabajo?
Yo creo que es más bien la novela la que me da esperanzas a mí, porque escribir una novela me permite construirme un mundo propio en el que las miserias cotidianas derivadas del hecho de vivir en un país tan jodido, con tanta corrupción e injusticia social, sólo existen bajo los parámetros que yo elijo. El entusiasmo con que los lectores reciben las novelas o los cuentos que publico podría tener relación con eso mismo: ellos quizá encuentran en lo que escribo lo que yo me he procurado: un mundo de ficción en el que todavía es posible vivir plenamente o cobrar venganza sin temor a ser castigado o enjuiciado o asesinado.

Tercera persona: Inicio

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Es necesario convertirse en otro o dejar de ser.

George Bataille

Yo siempre le había dicho que amara, que amara hasta donde fuera posible, que no dejara pasar nunca la posibilidad de amar, que si la vida tenía algún secreto, en eso consistía ese secreto, y que si como consecuencia de amar de esa manera tenía que sufrir, que aceptara su sufrimiento con dignidad, pero cuando esa madrugada, desde su posición en la cama, despeinada y sudorosa, ella volteó para verme ahí, inmóvil, bajo el marco de la puerta, y me dijo que era eso precisamente lo que en ese momento hacía: amar, amar hasta los límites de lo posible, supe que de entre nosotros dos era yo el primero en ignorar el tal secreto de la vida, y decidí mandarlo todo a la mierda y empezar de nuevo.

Entré a la casa y avancé en silencio por la sala y el pasillo para no despertarla y antes de abrir la puerta de nuestro dormitorio alcancé a oír los primeros ruidos. Abrí y la vi ahí, puesta en cuatro, siendo penetrada, quizá analmente –lo pensé en ese momento pero aún ahora no se me quita la idea de la cabeza–, por ese tipo que recordaba haber visto una sola vez durante el cóctel posterior a una conferencia sobre las relaciones entre realidad y ficción, y cuando ambos se dieron cuenta de que yo estaba ahí, bajo el marco de la puerta, hasta donde se filtraban unos rayos de la luz lunar que posiblemente le otorgaban a mi presencia cierta apariencia siniestra, observando sin decir nada, sin mover un músculo, con una aparente tranquilidad –lo cual pudieron haber percibido como el cruel preámbulo de una acción peligrosa–, ella volteó para verme desde una mueca que de placer pasaba gradualmente a otra de perplejidad y luego a otra de miedo o quizá tan solo de una tristeza profundísima, y desde una voz aletargada por el alcohol me dijo que era eso precisamente lo que en ese momento hacía: amar, amar hasta los límites de lo posible, mientras el rostro se le volvía una masa descompuesta, húmeda de lágrimas.

Entonces comprendí al fin que la vida es algo más que una simple acumulación de teorías y, contrario a lo que pude haber pensado siempre que haría en una situación semejante, solo me di la vuelta, recogí del suelo la mochila con la que llegué a casa esa madrugada y me largué, dejando atrás no solo aquello que en los últimos años empezaba a tener la apariencia del amor sino también mi absurda y ligera teoría acerca de este. Y mientras llamaba un taxi desde mi celular, me convencía de que en adelante ya nada sería igual, que probablemente no volvería a amar nunca a una mujer, que muy probablemente nunca había amado a una mujer como a esa que dejaba atrás, en mi propia casa y con otro hombre que la penetraba –esto era ya una fijación– de una manera que yo nunca logré sin eyacular demasiado pronto.

Ese momento y todo lo que ese momento encerraba, todo lo que había ido acumulándose hasta llegar a ese momento, era lo que ahora, a mis casi treinta años, intentaba borrar, o si no borrar, al menos trasladar al sitio de mi memoria destinado a los recuerdos-lecciones, a eso que recordado con rabia o con vergüenza o quizá con dolor servía como base eficaz para reinventarse la vida. Y era eso lo que ahora hacía, o al menos lo que pretendía: reinventar- me la vida.

Después de la escena en la madrugada y habiéndome instalado en un hotel no muy lejos de casa, llegué a escribir esto: “Voy a dejar de ser otro. Voy a dejar de fingir inútilmente que soy otro. Voy a quitarme la máscara de mi propia ficción. Voy a ser mi propio personaje. Voy a decir de una puta vez todo lo que no he dicho antes por pudor, por pura mojigatería. Es lo que soy: un personaje. A la mierda el álter ego. Seré yo mismo”. Me estaba reinventando, no había duda, a pesar de esa falsa convicción de que “volvería” a ser yo mismo.