Los días y los muertos: lo que queda entre líneas

Javier Suazo ha escrito una reseña sobre mi novela Los días y los muertos, que apareció publicada en Tiempo Digital. Si quieren leerla completa, entren al blog de mimalapalabra, pero si no, aquí les dejo el inicio:

Una característica fundamental de la literatura verdadera, no de la simple escritura o narración de eventos, es lo que queda entre líneas. Ese juego diabólico del autor con el lector, en donde el primero propone un modelo para armar, una interacción vivencial que rompa la pasividad en la lectura.

Sin lugar a dudas, la novela Los días y los muertos de Giovanni Rodríguez (Santa Bárbara, 1980), Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” 2015, es un digno ejemplo de esa literatura auténtica, la que cava en lo profundo de la mente, destroza la pasividad del lector y lo impulsa en un tobogán de misterios, secretos ocultos, casos sin resolver, que alimentan el análisis, la especulación, la actividad intelectual.

Entrevista en revista El Camaleón

Juan de Dios Maya Ávila me entrevistó para su columna Canaimera en la revista El Camaleón, de México. Dejo aquí una de sus preguntas y mi respuesta:

¿Cómo has vivido el ser escritor en Honduras?

Uno tiene que acostumbrarse aquí a estar prácticamente solo en esto. Escribir, ya se sabe, es un ejercicio solitario, y esa soledad no tiene por qué incomodar a un escritor sino todo lo contrario, pero ya afuera, en lo que concierne a cierta vidita pública en la que un escritor se supone que está obligado a participar algunas veces, uno echa en falta aquí más posibilidades de discusión sobre lo que hace, un mayor o mejor contacto con lectores o posibles lectores, algo de fiesta en torno a la alegría que supone leer. Pero en Honduras lo que hay es mucho conformismo en la mayoría de los escritores y mucha ignorancia sobre lo que verdaderamente es la literatura, en términos generales, y eso deriva peligrosamente en la idea de que cualquiera puede ser escritor antes incluso que aprender a escribir. Y eso da como asquito. Por eso es preferible mantenerse alejado y sólo echar un ojo al corral para tirarse de vez en cuando una lágrima irónica o una carcajada.

Para leer la entrevista completa, pueden entrar aquí: GIOVANNI RODRÍGUEZ MUÑOZ | CUANDO LAS LETRAS SON HONDURAS.

Algunos apuntes sobre mi mal humor

Hace más de un mes, cuando salí de casa porque debía ir al supermercado, me encontré ahí, frente a la vitrina de los quesos, mientras esperaba que me atendieran, a un excompañero de la universidad, uno de los tiempos en que yo estudiaba Administración de Empresas, antes de convertirme en ese “renegado del sistema” que se dedicaría a estudiar “una carrera para fracasados”: la de Letras, y al reconocerme, a pesar de mi calvicie, que dista mucho de aquella profusa cabellera que realzaba mi belleza de allá por 1998 y 1999, y a pesar, también, de la mascarilla, me saludó con tal aspaviento que tuve que frenarlo con mi puño derecho alzado, como sugiriéndole que en estos tiempos pandémicos conviene evitar los abrazos y otras demostraciones excesivas de entusiasmo.

No lo reconocí de inmediato porque, así como yo había ganado belleza con mi calvicie durante todos estos años, él la había ganado en libras, lo cual, por iniciativa suya, aclaro, fue nuestro tema de conversación durante los primeros tres minutos. Nos tiramos ahí, en medio de los demás clientes del área de quesos del supermercado, unas buenas carcajadas, y luego mi excompañero universitario me sorprendió con una finísima observación: “te noto de buen humor”, que, de plano, mandó a la mierda mi buen humor de ese momento.

Mi gesto de sorpresa pudo haber sido evidente aún debajo de mi mascarilla; quizá mis ojos se achicaron y mi ceño fruncido se expresó con su elocuencia de siempre, haciendo evidentes mis ganas de alzar de nuevo el puño, pero esta vez para depositárselo, también con suficiente elocuencia, sobre su KN95. Más de veinte años después de que hubiéramos coincidido, sin que, acaso, mediáramos palabra más que un par de veces, en las aulas del tercer piso del edificio 2 del antiguo CURN, mi efusivo excompañero venía a hacerme una observación que denotaba un profundo conocimiento sobre lo que yo constituyo como individuo y específicamente, un profundo conocimiento acerca de cómo funciona mi sentido del humor.

En aquel momento una señora me preguntó, detrás de la vitrina, en qué podía ayudarme, y destiné toda mi concentración a intentar recordar las instrucciones de mi mujer respecto a cuánto de queso, cuánto de mantequilla y de qué marcas, respectivamente, y eso impidió que le preguntara a mi excompañero por qué le llamaba particularmente la atención mi buen humor de aquel momento. Faltaban unos cuantos números para que a él lo atendieran, así que, muy a mi pesar, consideró oportuno él ampliar su observación: “es que veo que sólo de amargado trabajás en Facebook”. Esta revelación suya de que sigue los pasos de mi carrera feisbuquera no me tomó por sorpresa, pues sucede que no reparo demasiado en quienes me mandan “invitación de amistad” por esa red social, a menos que tengan toda la pinta, desde sus fotos de perfil, de ser cachurecos, pervertidos o poetas malditos.

Pues según el excompañero universitario, como les venía diciendo, yo “trabajo de amargado”, pero lo curioso es que esa idea suya acerca de mi amargura no se reducía a Facebook sino también a mi presunta vida privada. Un par de agudísimas, oportunas y casi freudianas observaciones más que logré escuchar de su voz pandémica detrás de su KN95 me informaron, prácticamente, en una especie de radiografía de mi personalidad, acerca de cómo soy yo. Era esa, por supuesto, una información que yo desconocía por completo, porque, como todo mundo sabe o podría suponer, yo, a mis cuarenta años, todavía no he sido capaz de autoanalizarme, de llegar a saber quién soy y cómo soy, sigo creyéndome un personaje de ficción, soy un caso de estudio para la psicología, y era absolutamente necesario (urgente incluso) que viniera uno de esos amigos míos de Facebook a aclararme las cosas para que por fin, como se dice, me cayera el veinte, para que por fin supiera yo que soy un amargado.

Lo de mi mal humor es un asunto que ha llamado también la atención de mi mamá. “Usted, hijo, de chiquito era bien bonito”, suele ella informarme, generalmente cuando me ve de mal humor, lo que yo interpreto de esta otra manera: “Usted, hijo, de chiquito no era tan amargado”, pues obviamente no puede estarse refiriendo al abandono de mi atractivo, pues éste, con el paso de los años, incluso aumenta (me lo dicen a menudo y yo soy bastante crédulo en eso). Tiene la mala suerte ella de hacerme ese comentario justo cuando me dispongo, con algún chiste, a reponerme del trago amargo y a mostrarme otra vez “bonito”, como cuando estaba “chiquito”, lo que me hace pensar que, del mismo modo que la observación de mi excompañero universitario, esta otra observación de mi mamá tiene la virtud de exacerbar mi mal humor.

Me muevo yo por el mundo con un humor, digamos, término medio tirando a buen humor, pero el problema de este tipo de buen humor discreto es precisamente su discreción; si uno no se abre camino en la vida a carcajadas y está dispuesto a “trabajar de payaso” todo el tiempo, contando chistes o riéndose por cualquier estupidez ajena, no gana la debida reputación de persona con buen humor.

Me declaro (en público y en privado) absolutamente incapaz de reír, por ejemplo, con los memes insulsos o gastados, con las ocurrencias de los locutores de la radio, con las películas de Adam Sandler, con el optimismo reguetonero del vecino durante las mañanas; me declaro incapaz, ya lo he dicho en otras ocasiones, de ser un optimista viviendo en este país que más que país es cloaca. A mí la abstracción absoluta de este entorno de coprófagos en el que pasamos sumergidos en Honduras sólo me funciona cuando me pongo a leer o a escribir.

Sucede que mi buen humor reside, posiblemente, en cosas y en situaciones más pequeñas o más finas, menos al alcance del ojo feisbuquero de mi excompañero universitario y del maternal ojo de doña Yolanda, que sólo alcanza a verme también en Facebook o durante los dos o tres días de cada cuatrimestre que viene del pueblo a esta San Pedro permanentemente en fiesta en la que el único amargado parece ser su hijo mayor, el que de chiquito era bonito. No la culpo, entonces, por esa idea equivocada acerca de su primogénito.

Sucede, decía, que mi buen humor quizá consista en fingirme un amargado, y en despotricar, en consecuencia, con cierto ánimo provocador, como un pirómano, malévola sonrisa en ristre, acerca de todo cuanto exista allá afuera, empezando por esa aparente comodidad de muchos, casi todos, con lo establecido, con el placer que parece procurarles el acomodamiento de sus nalgas en el acolchonado asiento de La Gran Costumbre.

Yo, alrededor de mi casa, en la que caben mi familia, mis lecturas y mi cerveza diaria, me he construido una muralla altísima para que no entren, de ningún modo, el humor obvio, barato, simplón, el humor chusma de carro con puertas abiertas y parlantes en su máxima expresión, el humor de esa gentuza degenerada que no consigue estar un momento en silencio y encienden el televisor o el equipo de sonido, pues el salón de baile de sus cerebros no puede llenarse con imaginación, con ideas, sino con las canciones de la radio a un volumen altísimo, con Caso Cerrado y la doctora Polo, con los videos de “La More” y con Eduardo Maldonado.

Yo, obviamente, cuando me salto esa muralla y muestro mi cara en Facebook, por ejemplo, no puedo verme sino como amargado, pero esta amargura mía, tan reconocida públicamente, la atesoro porque me recuerda que no soy parte de esa manada que, bajo el efecto adormecedor de este narcótico llamado “realidad”, que nos enseña día a día a ser más dóciles e idiotas, ríe ante todo y es capaz de juzgar, a la primera, el mal humor del otro, pero no de reaccionar de una manera distinta ante la vacuidad y el sinsentido de lo que le rodea.

Mi amargura, que es uno de mis rasgos de carácter presuntamente de conocimiento público, yo la entiendo, quizá, como un acto de desahogo y de resistencia ante la imbecilidad que amenaza con asfixiarme a cada vuelta de esquina, a cada clic, a cada fin de semana de fiesta de mis vecinos. Y en mi vida privada, que es, al fin y al cabo, mi vida real, la que casi nadie conoce, en la que caben, como dije, mi familia, mis lecturas, mi cerveza diaria y mis pocos amigos, mantengo y alimento el saludable espacio restante para el buen humor, el buen humor privado, que, aunque se parezca al otro, a mi mal humor en público, son muy distintos.

Yo, afuera de esta gran muralla, fingiéndome amargado, en realidad me río a carcajadas. Soy el revés del payaso del poema de Roberto Sosa: me subo al vértice más alto de este circo y los observo a todos, con el equívoco gesto de mi mal humor. Si me ven, ahí, alguna vez, reír con vehemencia, reír a carcajadas, con todas las arrugas acumuladas de mis cuarenta años, sorpréndanse un poquito o ríanse conmigo, pero sepan que quizá lo que esté haciendo sea fingir que no me amargan las constantes insolencias de la vida. Así que no confíen en mi rostro, que es el rostro de un cabrón, de un payaso que a veces trabaja de amargado. O al contrario.

Este lado del muro

Me invitaron a participar en esta “Bitácora del encierro”, un proyecto de la Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa y 17, Instituto de Estudios Críticos, de México. Dejos los primeros dos párrafos, pero pueden leer el artículo completo en este enlace: 17.

Uno se asoma por la ventana al final de la tarde, un fin de semana, y ve afuera desolación pura. Los niños no pasean ya con sus bicicletas o sus monopatines; los vecinos no se manifiestan ni con su música de siempre; parecieran haberse ido de vacaciones. No se trata de eso, por supuesto. No ayuda que ahí afuera los pájaros estén ahora, ya sin nosotros, como una presencia permanente y que hayan tomado los espacios que antes parecían nuestros. No sé si será cosa mía, pero últimamente me da la impresión de que más pájaros revolotean afuera. A ellos, como al parecer a toda la fauna del planeta, una pandemia vino a darles la libertad que a nosotros nos ha quitado.

Es verano aquí, como casi todo el año, y es la temporada de verano más seca, sin lluvia, que hace meses no cae para acabar con la monotonía de un calor de treinta y siete grados a la sombra, con apenas viento en breves rachas después del mediodía. Mi casa está en una de esas residenciales de “circuito cerrado”, lo que significa que contamos con vigilancia privada y un muro que nos separa (y nos protege) de ese mundo exterior precario y peligroso que constituye, en un país como Honduras, cualquier zona carente de murallas y vigilancia.

El difícil arte de entender muy mal

No lo conozco personalmente, pero cuando un amigo me envió un mensaje con un comentario de un tal Óscar Leiva Estrada acerca de un foro virtual en el que participamos Mario Gallardo, Raúl López y yo, pensé que podía tratarse de la persona que creó un medio digital llamado El Pulso, la editorial llamada Casasola y que durante el juicio celebrado en Nueva York a Tony Hernández actuó, pagado por HRN, en calidad de reportero, como el típico periodista catracho que escribe o dice lo que le dictan para “ganarse el pan”.

Una extraña combinación de referencias, a la que podría agregar unas cuantas más: parece que el señor Leiva Estrada es el mismo que publicó la novela titulada Pescador de sirenas, cuya reseña de Hernán Antonio Bermúdez apareció en Tercer Mundo con el título de “Pescador sin fortuna”; y si mal no recuerdo, Leiva Estrada -aunque parece que esto de anteponerse el Leiva es reciente, porque antes creo recordar que se llamaba simplemente Óscar Estrada- fue quien un día comentó en un blog que yo editaba, de nombre Literatura Portátil, para afirmar que yo guardaba resentimiento, no sé si con Julio Escoto o con el mundo entero, por el hecho de no haber recibido el Premio Nacional de Literatura.

Voy a poner a continuación los indispensables signos de admiración: ¡!, porque cuando leí semejante tontería, venida de quién sabe quién (en aquel momento supuse el “Óscar Estrada” un seudónimo, pues ya sabemos que su uso, o figurar como anónimo, es práctica recurrente en cierto tipo de personas), debí reaccionar con un gesto de auténtico asombro, aunque está más presente en mí el recuerdo de una carcajada sólo reprimida para evitar la posibilidad de dejar caer algunas gotas de saliva en mi teclado.

A propósito de este tema: ¿hay algún escritor en Honduras con un resto de dignidad que, más allá de creer que merece el Premio Nacional de Literatura, aspire a recibirlo, considerando quiénes lo otorgan y cuáles son los criterios que determinan su otorgamiento? Eso ya daría para otro artículo.

Permítanme esta última pausa, que quizás arroje luz al contexto del comentario de Leiva Estrada: en 2016 me concedieron un premio de novela que, si no fuera porque incluía diez mil dólares, probablemente a nadie le habría importado. Recuerdo que un día después de darse a conocer el fallo del jurado, que integraron el poeta hondureño Leonel Alvarado, el escritor costarricense Óscar Núñez Olivas y el novelista salvadoreño Manlio Argueta, apareció una nota anónima en El Pulso, el medio digital creado, al parecer, por Leiva Estrada. Esa nota, titulada “Los laureles bajo la sombra”, torpemente redactada y con un manejo de las fuentes y de los datos bastante cuestionable y hasta sospechoso, señalaba como “viciado” el premio (¡Vaya ironía!), sobre todo por la manera de procesar las obras participantes, algo con lo que estuve de acuerdo, pues con el envío de los textos vía correo electrónico no se garantizaba el ocultamiento de la identidad de los autores, necesario en este tipo de concursos; y además, la fecha para la comunicación del fallo se dilató tanto que, recuerdo, en algún momento pensé que ese premio había sido sepultado por la desidia burocrática.

Esto debería, junto a las anteriores referencias, servir sólo de contexto para lo que sigue, y lo que sigue es el comentario escrito por Óscar Leiva Estrada en su muro de Facebook, según veo en la captura de pantalla que me envía el amigo ya referido: “Entré a un foro de “literatura en tiempos de pandemia” auspiciado por el CAC de la UNAH y bueno, no sé quién es quién ahí la verdad, pero alguien dijo que no podía recomendar un libro hondureño para ser escritor, que mejor leyeran a Sabato. Y yo (aquí Leiva Estrada pone un emoji sonrojado) acaso no hay un libro hondureño según usted que deba leer todo escritor de Honduras! Obviamente es alguien que desconoce ciento y pico de años de literatura nacional. Luego alguien más dijo que no era necesario leer para escribir. Que cualquiera puede hacerlo y habrá alguien quien le lea. Quizás estoy dando un reporte descontextualizado y después (o los demás invitados) desvirtuaron esos argumentos. Me salí del foro. No puedo creer que esos son los que enseñan literatura en la UNAH”.

Hasta aquí el comentario de Leiva Estrada. Permítanme ponerle un [sic] enorme, para que no crean que la torpeza de la redacción es mía, sobre todo considerando que he publicado libros (como Leiva Estrada) y hasta es posible que acepte que soy escritor (como Leiva Estrada) e incluso considerando que edito un modesto medio digital, Tercer Mundo (como Leiva Estrada con El Pulso), y que hasta he jugado a ser el director de una editorial, mimalapalabra (como Leiva Estrada con Casasola). Así que para que no quede duda, lo repito: todo lo que cité antes entre comillas lo escribió el escritor, periodista fundador de un medio de comunicación y director de una editorial Óscar Leiva Estrada. No puedo creer que, con tanto currículum, sea él capaz de entender tan mal lo que escucha, y más aún, con tanta experiencia escribiendo y editando, ya sea sus libros o los libros de los autores de su editorial o las notas que publica en El Pulso, no sea capaz de redactar mínimamente bien un simple comentario de Facebook. No quisiera creer que así somos todos los escritores, los periodistas y los editores de este país.

Una de las premisas básicas de todo buen lector es leer sin prejuicios. Y una de las premisas básicas de todo buen periodista es conocer el contexto. Es cierto que Leiva Estrada no “nos leyó” en ese foro virtual al que alude, tan sólo nos vio y nos escuchó un rato, porque después de escuchar (o de entender mal), salió del foro, según afirma. Pero creo que alguien debe darle la razón y confirmarle que, efectivamente, está “dando un reporte descontextualizado”.

No voy a ser yo quien le ofrezca el contexto de nuestra plática en ese foro virtual, pues, por lo que se desprende de su comentario, eso a él no le interesa. Y, además, ahí están esas casi dos horas de nuestra plática colgadas en Facebook, para que repase la lección, ya que no la entendió bien, aunque nadie le bajará puntos si decide no hacerlo. Así que no es algo de lo que nadie debiera preocuparse demasiado; hay niños que se empeñan en ser siempre los que están en la esquina del aula, de espaldas a la clase, con sus orejas de burro, y años después, cuando ya son adultos, llegan a ser diputados, exitosos empresarios, periodistas y hasta escritores. Lo que al parecer sí le interesa al señor Leiva Estrada, típico periodista catracho, con el ácido desoxirribonucleico de HCH, que vive del morbo o del chinchín pecuniario, es, quizá, darle salida a algún resentimiento posiblemente guardado desde los tiempos en que, según supe después por las mismas “fuentes” que le confiaron a aquel redactor anónimo de El Pulso los detalles sobre los manejos del premio que yo gané, él participó, con toda la ilusión del mundo y creyendo plenamente en sus capacidades como novelista, y ni siquiera llegó a estar entre los finalistas. Al final, los diez mil dólares fueron a parar a otro lado. ¿Es motivo eso para estar enfurruñado?

Esa es la única manera en que logro explicarme que un connotado escritor, prestigioso director de editorial, periodista fundador de un medio digital y oportuno fiel reportero de HRN en las cortes de Nueva York haya llegado a entender tan mal y a manejar tan mal los datos que, mientras seguramente intentaba pasar un poco de su habitual pan por el gañote, escuchaba de nuestra plática en aquel foro virtual.

Tontos y engañados, pero felices

Hacia el final de la novela 2666 de Roberto Bolaño, específicamente en “La parte de Archimboldi”, el narrador se refiere a Tegucigalpa en los siguientes términos: “le pareció dividida en tres grupos o clanes bien diferenciados: los indios y los enfermos, que constituían la mayoría de la población, y los así llamados blancos, en realidad mestizos, que eran la minoría que ostentaba el poder”. Luego habla de sus habitantes: “Todos gente simpática y degenerada, afectados por el calor y por la dieta alimenticia o por la falta de dieta alimenticia, gente abocada a la pesadilla”. Y al final, hace balance de los hondureños en general: “…la naturaleza de los hondureños, incluso de los educados en Harvard, tendía al robo, a ser posible el robo con violencia”.

Siempre me reí con ese pasaje de la novela de Bolaño, que leí por primera vez en 2004, porque me pareció (y me sigue pareciendo) asombrosamente cercano a la realidad. Si bien el narrador de Bolaño simplifica la categorización de las clases sociales en Tegucigalpa (que podrían ampliarse a toda Honduras y sobre todo, por el tema del calor, aunque por estos días también por el de los contagios de Covid-19, a San Pedro Sula), resulta irrefutable “el fondo” de la idea: en Honduras la mayoría de la población está constituida por gente pobre, mal alimentada y enferma; y si acaso tuviéramos que establecer cuáles son nuestras definitivas clases sociales, diría que, en primer lugar, la de los pobres y marginados, luego la de los medianamente educados con acceso (o con esperanza) a trabajos para sobrevivir y, por último, la de los ricos (la minoría) que ostentan el poder.

Parte de mi risa al leer ese texto de Bolaño en 2004 se debía a lo curioso que resulta el hecho de que un extranjero que, si acaso estuvo en Honduras alguna vez fue de pasada, luego de salir de prisión en Chile durante el golpe de Estado de Pinochet a Allende en 1973, cuando tuvo que hacer, vía terrestre, el viaje hasta México, fuera capaz de radiografiar a nuestro país y de resumir en unos pocos párrafos nuestro “modo de ser”. Tampoco es tanto el mérito, pues cualquiera con un mínimo de inteligencia y capacidad de observación, dentro o fuera de nuestras fronteras, podría llegar a conclusiones similares, pero me llamó la atención que el escritor no se mordiera la lengua (sería insólito que lo hiciera), pues entre nosotros, esto de juzgar lo que somos, de “criticar lo nuestro”, no es bien visto por la mayoría, que prefiere tragarse el cuento del país de las maravillas o se la pasa en esa cruzada optimista del “rescate de lo positivo”, por lo que se me ocurre que el buen Bolaño pasa de inmediato, si no había sucedido ya, a engrosar la lista de quienes “le hacen daño a la imagen del país”.

Hace tres años, cuando presenté mi novela Los días y los muertos en la UNAH en Tegucigalpa una señora del público, que dijo ser la “directora del sistema bibliotecario de la universidad” (o algo parecido), se levantó para felicitarme diciéndome que qué bueno que haya escritores en Honduras, que qué importante es leer, etcétera, pero justo cuando ya nos estaba pareciendo aburridísima, soltó lo importante, es decir, lo que la había motivado a levantarse para hablar en ese momento. Me recriminó, en primer lugar, el título de mi novela, sugiriendo que lo cambiara a “Los días y los vivos” o alguna variante menos fúnebre; se permitió, además, darnos a todos una lección de patriotismo y nos llevó, en un rápido paseo por sus recuerdos turísticos, a “todos esos lugares bonitos de Honduras” que, según entendimos, constituían temas mucho más agradables para escribir una novela. De inmediato se activó en mí y en los demás asistentes al evento una saludable oleada de indignación que se manifestó en variadas pero contundentes respuestas a la señora, a quien vimos, poco a poco, hacerse chiquitita en su asiento, quizá sin comprender los motivos de que su chovinismo, su optimismo y sus consejos hubieran caído tan mal entre el resto la concurrencia.

Ese recuerdo sirve muy bien como ejemplo de ese optimismo con el que muchos hondureños salen “drogados” de sus hogares cada mañana, algunos de ellos porque de verdad creen vivir en un país hermoso y lleno de oportunidades (quizá para ellos sea así, no hay que descartarlo, hay de toda clase de gente en la vida, sobre todo entre los que viven de la política); pero el resto lo hace, quizá, porque prefiere pensar, en un ejercicio de evasión, que eso es cierto antes que dejarse embarrar por la mierda cotidiana; o porque, en otro ejercicio al que llamaremos placebo, encuentra en el optimismo y en la negación de la realidad, combinado con el entretenimiento vacuo (los tik toks, los acertijos con frutitas en Facebook…) una cura, que aunque momentánea y ficcional, es cura al fin y al cabo.

Y es que da la impresión de que en estos tiempos la mayoría quisiera vivir como el niño de la película La vida es bella, engañados, pero aparentemente felices, y aunque no justifico tal elección, soy, después de darle bastantes vueltas al asunto en mi cabeza, capaz de entenderla.

En términos de cultura, en su acepción específica referida al “conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”, según el diccionario de la RAE, la diferencia entre los hondureños cultos y los incultos es mucho más amplia que la que hay entre ricos y pobres (noten que ya estamos haciendo otra categorización de nuestras clases sociales, en la que la de los reguetoneros ocuparía el nivel a ras de suelo). Esto sucede, sobre todo, porque la educación, importantísima para que un individuo se desarrolle intelectualmente, no es en este país un valor demasiado apreciado, y sin educación, entonces, o sin una educación de calidad, ese mismo individuo, en lugar de consumir cultura y de desarrollar su juicio crítico, lo que hace es dejarse llevar por la inercia y consumir, sin atragantarse, con placer incluso, del mismo modo en que se atora una Coca-Cola, la basura del Internet, las redes sociales, la radio y la televisión o la charlatanería derivada de la fe y las iglesias.

Esto no es nada extraño ni exclusivo de nuestra condición de país pobre, subdesarrollado y tercermundista, por supuesto; recuerdo haber conocido a gente muy tonta y muy fanática y muy ignorante también en España, durante los tres años que viví allá. España, ya sabemos, es un país con una oferta cultural envidiable y aunque la calidad de su educación respecto al resto de los países europeos no es la mejor, sí es muchísimo más alta que la de Honduras y de la mayoría de los países latinoamericanos. Siempre he pensado que es absolutamente comprensible encontrar gente ignorante e inculta en Honduras, un país que limita las posibilidades de cualquier ciudadano desde su nacimiento (aunque nos inoculemos el virus del optimismo cada mañana), pero es difícilmente comprensible que en un país como España, en donde uno encuentra, por ejemplo, una vasta biblioteca pública en cada pueblito al que llegue, salgan, de vez en cuando, esos tontorrones como la hermana de la dueña de la empresa en la que yo trabajaba, que creía (sin ironía de por medio) que Rumanía, Honduras y Colombia son países limítrofes.

Es comprensible, he dicho, que en nuestro país haya gente ignorante (ignorar, del latín ignorāre: “no saber algo o no tener noticia de ello”; no lo tomen, entonces, como un insulto), gente excesivamente optimista y hasta ingenua, del tipo que dice “los buenos somos más”; gente de un solo libro (La Biblia), dispuesta más a creer que a saber; gente escasamente educada (algunos no tuvieron la oportunidad, hay que decirlo), sin capacidad de analizar las cosas y de reaccionar ante las anomalías o de calcular las consecuencias de sus decisiones (las elecciones generales de cada cuatro años son un ejemplo); gente adicta a los clics e idiotizada por las redes sociales; gente corrupta, incapaz de actuar más allá de un beneficio inmediato (en este país a nadie parece importarle el bien común); gente muy cómoda (o acomodada) en “el país de las maravillas”. Resumiendo: gente que ve pasar la vida como si no pasara nada, que vive engañada, abstraída o distraída de lo realmente importante, pero gente feliz, al fin y al cabo.

Eso del optimismo, más allá de las metas que me impongo, del esfuerzo que aplico en cada cosa que hago, del cálculo de mis posibilidades en base a lo que reconozco como mis virtudes y mis defectos, mi potencial y mis carencias, mis fortalezas y mis debilidades, la verdad, no va conmigo. Pero como ya dije, entiendo que en otras personas la cosa funcione de manera distinta.

Creo que un hombre debe ser consciente de su lugar en el mundo y debe, al mismo tiempo, tratar de vivir con lo que ese mundo le ofrece. Acabo de cumplir cuarenta años y supongo que por eso me da por hacer el balance de todo esto. Perdonen ustedes que esta vez no sea tan cáustico como de costumbre. Me invade un pesimismo reposado, en cuarentena.

La verdad, pocas veces me he sentido identificado con todo lo que representa a estas Honduras en las que vivo. Me gusta, como a cualquiera, la comida hondureña; me fascinan los paisajes de mi país que he llegado a conocer en estos cuarenta años; he admirado y admiro a algunos hombres y mujeres que aún con todo en contra, han logrado hacer cosas importantes en este país (o cuando han salido huyendo de él); soy tan hondureño como cualquier hondureño y amo a este país con una fuerza tan grande como la fuerza con la que he llegado a odiarlo. Sí, porque no puede ser otro más que odio el sentimiento que aflora en mí, unido al de la vergüenza, cuando veo en lo que este país se ha convertido: un pozo insondable de corrupción y barbarie al que se accede a través de un embudo forjado por la ignorancia, el fanatismo religioso y la estupidez derivada de ambas cosas.

Honduras es, como lo dijo el narrador de Bolaño, un lugar de “gente abocada a la pesadilla”, dispuesta a matarse por cualquier cosa; aquí se tiende al robo y no sólo “al robo con violencia” sino también al robo con descaro, sin vergüenza, porque uno de los principios de la idiosincrasia catracha es ese de “si tenés la oportunidad de robar y no robás, es que sos pendejo”, y no se puede tener optimismo en un país cuya mentalidad pasa por “reflexiones” como esa, no se puede tener esperanza en un país que confunde espiritualidad con fanatismo religioso, que gasta sus emociones en emoticonos y que ve, desde la pantalla de un teléfono, pasar la vida como si no pasara nada. Honduras es un error incorregible que en los últimos tiempos ha llegado a ser demasiado grande, aunque la mayoría, tonta y optimista, no se haya dado cuenta. Vivamos con eso y pongámosle, si nos apetece, los filtros necesarios. Que las opciones son sólo dos: pensamos, reflexionamos, criticamos y nos amargamos la vida o ya nos vamos olvidando de todo, sin pensar en nada, aceptando todo de buena gana y tatuándonos la sonrisa del Joker para simular que somos muy felices viviendo, como se vive, en este que antes era un país y que ahora es un mierdero absoluto.

Zombis y héroes en la era del Copy + Paste

Unas semanas de inevitable encierro en casa y ya el mundo nos confirma su auténtico rostro: videos de gente con sus nalgas moviéndose al ritmo del reguetón, diciendo disparates a una cámara o haciendo malabares con un rollo de papel higiénico; aplausos multitudinarios (desde los pórticos o los balcones) que han de salvar vidas, textos que contienen ofertas altruistas de servicios profesionales desde casa, absurdas teorías conspirativas sobre el (ahora sí) Fin de los Tiempos. Todo constituye una auténtica muestra de esa “repetidera” automática de los seductores ecos de la banalidad, de ese Copy + Paste irracional que parece regir nuestras vidas actuales, en las que ya no aspiramos a pensar y a ser inteligentes.

Es lo que ocurre, cómo no, en las redes sociales, que, ya sabemos, sirven tanto para cambiar el mundo como para incrementar las posibilidades de un mundo más imbécil cada día. Unas semanas más de encierro y sentaremos las bases de la que será nuestra condición futura: la de unos zombis siguiendo, en una reivindicación del derecho a la simple existencia, la droga que nos permita eso, sólo eso: existir, no vivir, apenas con los movimientos del cuerpo en los vaivenes del tiempo, sin la tediosa tarea de pensar, ese ejercicio inmóvil que produce dolores de cabeza innecesarios.

En 1939 Borges, atribuyéndole sus palabras a Pierre Menard, escribió lo siguiente: “Pensar, analizar, inventar no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”. Y en el mismo párrafo hablaba de la posibilidad de “atesorar antiguos y ajenos pensamientos”, pues “todo hombre debe ser capaz de todas las ideas”, y remataba con un optimismo enternecedor: “entiendo que en el porvenir lo será”.

Borges, que tuvo casi todas las ideas, no pudo concebir jamás la idea de que esa, allá por el año 2020, iba a ser una pretensión ridícula. No imaginó que ese soñado aleph suyo se llamaría “internet”, y que, si bien le otorgaría a cualquier ser humano la posibilidad de tener al alcance de la mano todo el conocimiento del mundo, también propiciaría la acumulación de toda la imbecilidad del mundo.

Las excusas más repetidas, cuando las hay, tienen que ver, también, con la falta de imaginación, que, como ya deberíamos saber, es una rama que crece sólo en el tronco del pensamiento (imaginar es “pensar en imágenes”). Porque con un poco más de imaginación, estas excusas serían más creativas: “Hacemos esos videos para no aburrirnos” (una persona inteligente y creativa jamás se aburre); “No todos tuvimos tiempo de conseguir unos buenos libros para leer durante la cuarentena” (una persona que lee tiene siempre consigo unos buenos libros; no los busca por emergencia); “De alguna manera tenemos que pasarla bien” (sí, de alguna manera, pero en función de nuestra inteligencia y nuestra creatividad, ese entretenimiento podría resultar menos vacuo).

Pero esperar que alguien se excuse por dedicar las horas muertas del día (que en estas últimas semanas se han incrementado considerablemente) a esos ridículos ejercicios de la idiotez, es esperar demasiado. En realidad, la mayoría no se excusará jamás por algo así, porque ni siquiera serán capaces de reflexionar sobre lo que hacen con sus horas muertas; y cuando alguien se los restriegue en la cara, reaccionarán ofendidos. Sentirse ofendido, ya sabemos, es algo muy propio de quien no tiene convicciones firmes; la susceptibilidad es inversamente proporcional al desarrollo de la personalidad y de la inteligencia.

Un individuo que lee, escucha buena música, que tiende a pensar en lo que observa y a emitir juicios de valor al respecto, que por supuesto no se mueve por la fe o por la inercia o por el Copy + Paste y que se dedica, aparte de sus actividades cotidianas, a ejercicios creativos, suele ser visto en estos tiempos como alguien molesto y fuera de contexto. En definitiva, esos individuos, entre los que me incluyo, estamos fuera de contexto, somos viejos anticuados o amargados, casi unos extranjeros sin papeles en el país de los tontos o de los engañados sin remedio. Es una cuestión generacional, dicen algunos, y eso sirve para justificar el fenómeno, cuando no para entender que es un fenómeno demasiado peligroso. Porque en la ligera costumbre de decir por decir, recurrimos apenas al clásico de la indolencia: “qué se le va a hacer”, sin preguntarnos nunca el qué, el por qué, el cómo, aquello que da origen al razonamiento.

En esta época en la que el asunto de detenerse a observar lo que hay alrededor, de reflexionar sobre lo observado y de emitir juicios de valor al respecto no parece una actividad frecuente entre nosotros, pues nos distrae del simple entretenimiento exento del tedioso esfuerzo, que es lo que constituye el eje de nuestra existencia, la inercia es lo que nos mueve, como si flotáramos sobre un salvavidas y esperáramos que las olas nos lleven a una orilla segura.

Yo, que doy clases en la universidad, lo veo año con año: parecen bichos raros quienes leen un poco; el afán por la adquisición del conocimiento ha sido sustituido por el burdo afán de estar bien informados, incluso si la información resulta falsa; la idea de investigar en los libros es una cosa obsoleta, pues ahí están Mr. Google y doña Wikipedia que lo saben todo; las relaciones interpersonales ahora se miden en “likes” y somos capaces de desatar una guerra como reacción a un emoticono; las vidas y las experiencias ya no se ganan y se consumen en las calles, los parques y los bares sino en las pantallas, que lo engullen todo; ahora los desvelos no son producto de horas de estudio, de borracheras o de exhaustivas jornadas amorosas sino de los chats hasta las tres, cuatro o cinco de la mañana; la conciencia social ahora es la conciencia de las redes sociales, en donde surgen Greta Thunbergs, Residentes y Bukeles según mutan las causas y los gustos por las causas.

Suele verse ahora con frecuencia que, al no ser capaces de ejercitarnos en las tareas del pensamiento, colocamos a cualquiera en el pedestal destinado a los héroes. Un mérito común, inherente a su condición de artista o de político o de activista social, oportunamente publicitado en las redes sociales, hace de cualquiera un héroe, un modelo a imitar, un depósito ideal para nuestras emociones más pedestres. Así, inmersos en la decadencia del pensamiento creativo, del razonamiento, hasta Britney Spears y Bad Bunny emergen como figuras ejemplares.

Y en medio de todo eso, como si la educación que recibimos no haya sido suficientemente mala, aparece la fe como salvoconducto. Porque una persona con fe no necesita pensar; Dios, que rige sus actos, decide por ella. Una persona con fe permite que otros hagan el mal y “allá ellos” garantizando su condenación eterna; una persona con auténtica fe no toma precauciones derivadas del razonamiento, porque Dios guarda sus pasos; una persona con fe hace el mal, incluso, pero al ser ciega la fe, es invisible lo que de ella sale.

Pero nada de todo esto importa ahora si hay internet en casa, si somos incapaces de ver que, en las circunstancias actuales, y específicamente en un país como el nuestro en las circunstancias actuales, regido por esa nefasta combinación de corrupción, cinismo, estupidez y fe religiosa, lo más probable es que, más pronto que tarde, nos llegue el día en que lo paguemos todo, aunque no sepamos cuál es la deuda ni cómo la hemos contraído, aunque no tengamos idea del origen de nuestra incertidumbre. No se necesita tener una bola de cristal ni ser muy inteligente para saber que pronto aquí no habrá trabajo ni comida ni salud para muchos; no habrá, en las calles, condiciones para la vida normal y ni siquiera condiciones para una simple existencia normal. Tampoco, entonces, habrá fe o esperanza que nos salven; la realidad nos absorberá como ahora nos absorben las pantallas y sus banalidades, como ahora nos absorbe la estupidez humana.

Cuando eso suceda, quizá nos detengamos un momento para mirar atrás. Y entonces, al no ver nada distinto, porque nuestros ojos no estarán acostumbrados a ver el mundo distinto, porque jamás nos habremos ejercitado en el odioso arte del cuestionamiento, porque no habremos sido capaces nunca de reaccionar a las anomalías, volveremos a sonreír estúpidamente y continuaremos, como siempre, la marcha, con los brazos al frente y moviendo nuestros cuerpos con la mente en blanco, como los auténticos zombis que en realidad somos, incapaces de darle un respiro a nuestra inteligencia.

Prólogo a antología de Juan Ramón Molina

El año pasado el escritor francés radicado en México Philippe Ollé-Laprune me invitó, por recomendación de Horacio Castellanos Moya, a integrar el comité editorial para un proyecto de publicaciones de autores clásicos centroamericanos. Ese proyecto, llamado Biblioteca de Literatura Centroamericana, tiene ya sus primeros cinco libros, y el que corresponde a Honduras es una antología de poesía, cuento y ensayo de Juan Ramón Molina. Escribí el prólogo para esa edición, que se presentó, junto a los otros cuatro libros centroamericanos, en el lanzamiento de la colección en noviembre en la Ciudad de México.

Dejo aquí el inicio de ese prólogo, que se puede leer completo en Tercer Mundo:

Que el alcohol y la morfina lo llevaron al encuentro con la muerte, se dijo siempre de Juan Ramón Molina, considerado el más grande poeta que ha tenido Honduras. Atribulado y solo, las reseñas biográficas lo ubican, primero, ebrio y adormilado, en la mesa o en la barra de una cantina en una aldea salvadoreña llamada Aculhuaca, hoy convertida en el municipio de Delgado, y luego, en una cama solicitada por el propio poeta en ese mismo lugar, expirando poco antes de la llegada de los amigos que lo habían invitado a visitar El Salvador.

El alcohol, entonces, parecía ser la causa. Y la tristeza, la melancolía, ese “spleen” de los poetas del Romanticismo de principios del Siglo XIX y que Baudelaire popularizó poco después, sería lo que lo había llevado, obediente, a esa cantina. Pronto se supo que ese día se hizo suministrar una fuerte dosis de morfina y que días antes intentó suicidarse con el mismo recurso, aunque en esa ocasión se arrepintió y buscó la ayuda de un amigo para que lo mantuviera despierto.

La anécdota, con su melancolía, con la ingesta de nepentes quizá para olvidar o al menos para curar momentáneamente las heridas del corazón, con su vocación suicida y su final lúgubre, parece reunir los elementos necesarios para imaginarla como la típica escena de una novela romántica. A finales del Siglo XIX, cuando nació Molina, en América el movimiento romántico estaba en sus estertores, pero en Honduras, el país de este poeta, siempre a la zaga de lo que ocurría en el resto de los países del continente en materia literaria, florecía con las obras de Carlos F. Gutiérrez, Lucila Gamero de Medina o Froylán Turcios. El Romanticismo, de hecho, campearía en Honduras hasta muy entrado el Siglo XX, incluso después de darse por clausurado el Modernismo, irremontable en la cima de Darío, y aún con la explosión del movimiento vanguardista en sus distintas manifestaciones…

Ustedes los hipócritas. Nosotros los amargados

Mi nuevo artículo en Tercer Mundo:

___________________________________________________

La hipocresía es una forma natural de la ficción. Quizá por eso me gusta tanto. No se alarmen ni se froten las manos en actitud expectante, que no será esto la confesión de un hipócrita a punto de alcanzar el cenit de su vida, que es, se supone, lo que significa estar cerca de cumplir los cuarenta años, sino, quizá, tan sólo la explicación de por qué me complace identificar la hipocresía en las personas con las que convivo o con las que me tengo que cruzar de vez en cuando.

La hipocresía es, nos dice el DRAE, un fingimiento, y a mí eso de fingir siempre me ha parecido un asunto digno de admirar. Y de imitar, incluso, aunque no en todos los casos. Yo mismo soy un fingidor, pero casi sólo cuando escribo, porque en la vida, la verdad, fingir es algo que me resulta bastante complicado y hasta repulsivo. Casi vomitivo, pues.

Recuerdo haber fingido, sin embargo, en mis días de reportero de la nota roja en el ya extinto Diario Tiempo, cuando llegaba a la escena del crimen y tenía que averiguar los datos esenciales de la víctima: nombre, edad, ocupación, hipótesis sobre su muerte…, datos que, casi siempre, sólo podían completarse con el acercamiento a los familiares, y con gestos compungidos, de aparente identificación con la causa de su sufrimiento. Y si digo “aparente” es porque mi propósito era ese, aparentar solidaridad, dolor incluso, aunque en el fondo, en ciertos casos, llegara a pensar que quizá bien merecido se lo había tenido, etcétera. Perdonen ustedes, pero después de una semana de asistir, como reportero, a esas hermosas escenas criminales que nos suele regalar este hondo paraíso llamado Honduras, yo ya empecé a perder la sensibilidad y dejó de revolvérseme el estómago y me volví el tipo frío que, en muchas circunstancias de mi vida actual, demuestro ser con la más absoluta calma.

Finjo también, y esto es algo que algunos no parecen haber captado de mis habituales emisiones en las redes sociales, cuando opino solemnemente sobre temas sensibles de nuestra vida en este país profundo. Hace días dije que “cada vez que alguien pone una x en, por ejemplo, “todxs”, un hombre machista y violento deja de pegarle a una mujer o le perdona la vida o deja de pensar en acosarla o violarla o se arrepiente de haberlo hecho” y hubo reacciones diversas, obviamente, pero las más divertidas fueron las que demostraban, con caritas de asombro o con comentarios, que no habían entendido la intención de mi mensaje. Alguien llegó a desmentirme llamándome, prácticamente, ingenuo por creer semejante cosa. Otros dos se sumaron a mi “causa” por la inclusión de la mujer en el lenguaje, o algo así. La mayoría, por suerte, puso simples pulgares levantados, corazones o caritas de risa, lo que me permite suponer que ellos sí entendieron, o al menos, advertidos de lo que suelo yo hacer en esas redes sociales, fingieron hacerlo. Ya ven ustedes, fingir con fingir se paga.

A eso de fingir para “dar a entender algo contrario o diferente de lo que se dice” se le llama, ya deben ustedes saberlo, ironía, y la ironía no suele ser apreciada en las redes sociales, que constituyen, también se sabe, sobre todo desde que Umberto Eco se animara a decirlo, una especie de ágora para los idiotas. Y pensar que ahí jugamos todos a ser eso que, como diría Cortázar, vaya a saber si somos.

Ahí en las redes sociales no somos muy apreciados los que fingimos de esta manera, pero sí los que fingen de la manera contraria; es decir, los hipócritas. Porque, aunque la hipocresía y la ironía tengan el mismo componente del fingimiento, el uso de este componente es distinto en cada una. En las redes sociales los hipócritas son los reyes del mambo, y los irónicos, aunque movemos a veces a risa a los más cautos, somos vistos como parias, como bichos raros, como intrusos, como gente que no está en sintonía con la vida. Con esa vida hipócrita, pues (en todo caso).

La ironía y el sarcasmo constituyen el terreno propicio para que los buenos lectores demuestren lo malos lectores que son. Si la hipocresía funciona como una forma natural de la ficción, la ironía y el sarcasmo funcionan como un examen de inteligencia. Para captar la ironía y el sarcasmo se requiere de una “lectura creativa”; es decir, resulta necesaria la capacidad para darle vuelta a las palabras o al tono de esas palabras para comprender que la intención de quien las escribió o de quien las dijo no tiene nada que ver con el valor denotativo de lo enunciado sino con lo contrario.

Pasa con todo, en Facebook, en la literatura y en la vida; mucha gente entiende lo contrario de lo que debería entender simplemente por no saber leer, porque si supiera leer, entendería que muchas cosas no deben leerse de manera literal sino atribuyéndoles un valor connotativo. Esto, obviamente, constituye una paradoja, que es la esencia de la ironía. La ironía consiste, ya lo sabemos, en decir intencionalmente algo utilizando palabras que indican lo contrario. Y la paradoja en los malos lectores está en que al leer un texto cargado de ironía, no le reconocen el valor connotativo sino que lo asumen del modo convencional, y por lo tanto se privan del significado opuesto, que sería el correcto.

Pero bueno. Volvamos, mejor, a lo de la hipocresía.

Admiro, sí, como ya he dicho, a las personas que fingen para quedar bien con los demás, esas que venden, como si se tratara del casting para un drama cinematográfico, sus mejores gestos de genuina hipocresía. Admiro su disposición para la actuación e imagino, justo antes de su puesta en escena, el “ensamblaje” de sus gestos, la repetición del guion, para que nada falle y surta el efecto deseado. Así, ni más ni menos, se concibe la escritura de ficciones.

Yo, que muy cabrón he sido en la vida, nunca he sido, sin embargo, aquel en cuyo rostro se puede identificar la hipocresía. Y esto lo digo sin ironía. Prefiero incluso caer mal de entrada (no alegrarme con ellos, no solidarizarme con ellos, no decirles lo que ellos esperan) que convivir, mientras tanto, más que con ellos, con mis gestos fingidos y mis palabras infladas apenas como un globo de ilusión a punto de romperse.

Por eso, suele decir mi madre, yo soy un amargado, por eso yo no accedo a la felicidad. Y es que me cuesta convivir con esas formas de la felicidad que se expresan desde la absoluta tolerancia “para no entrar en conflictos”. Un perro o un vecino llega a orinarse al patio de nuestra casa, pero los culpables somos nosotros por no reaccionar de una manera apacible, pacífica y educada. La escuela pone a nuestros hijos a bailar zumba, pero los culpables seremos nosotros por no ser receptivos, tolerantes y modernos. Un animal nos echa el carro encima en la calle, pero los culpables somos nosotros por reaccionar verbalmente a esa imprudencia que pudo costarnos la vida. El Gobierno roba, saquea, mata y se ríe de nosotros, pero los culpables somos nosotros por protestar, por no querer vivir en paz.

A eso se reduce la felicidad en estos tiempos, pienso entonces, a dejar pasar la vida como si no pasara nada. La vida entonces, aquí, es eso que pasa mientras nosotros fingimos estar bien, ser tolerantes, educados y felices. Y hasta buenos cristianos.

Pero yo, ya lo dije, no soy ese hipócrita que deja que las cosas ocurran como si no ocurriera nada, yo no voy a fingir que todo me parece bien sólo para no entrar en conflictos, para estar en paz con los demás. Y por eso es que, a pesar de la sonrisa que no le niego a nadie, pueden verme aquí despotricando, siendo ese amargado que dice mi madre que soy, ejercitándome en el arte de escurrirse de la fiebre hipócrita de los demás.

Así, fiel a lo que sé y a lo que pienso, me embarco en luchas que los otros han de ver desde lejos y con media sonrisa hipócrita y nerviosa, como esa que tiene que ver con el intento, por parte de cierta gente insulsa, de “purgar” a la literatura de las “malas vibras”, pretendiendo extirparle las ofensas y hasta las “malas palabras”, para que no transmita “antivalores”, para que no contribuya a la “exclusión”, al “irrespeto” y a la “intolerancia”. “¡Púrguenme ésta!”, les digo, con mi característico espíritu deportivo, aunque les parezca inapropiado, impropio de mí, “todo un profesor de Letras en la universidad”, “todo un padre de familia”, etcétera. Así, fiel a lo que sé y a lo que pienso, defiendo la lectura sin prejuicios ni limitaciones, sin censuras ni imposiciones, como defiendo la escritura desde la libertad individual, pero también desde la formación y el conocimiento, esenciales para que un escritor no se crea el artífice o el descubridor de algo tan elemental como el proceso del calentamiento del agua en esta aldeíta tercermundista llamada Honduras.

Llevo ya algunos añitos cultivando el arte de escurrirme de la hipocresía, tan pegajosa, y por eso, seguramente, es que me he ganado la suerte de repeler a cierto tipo de gente que al menos parece tener alguna habilidad para percibir que, de conocernos personalmente, no me caería bien y por eso opta, así, a la distancia, a través del oportuno filtro de la distancia, por decirse que yo soy lo que ellos creen o quieren creer. He sabido de gente que dice (y cree), aún sin conocerme, quizá tan sólo por haber leído alguna opinión mía, como la que cité anteriormente sobre el uso de la x, que soy machista y hasta misógino. Un reduccionismo propio de gente sin mucha inteligencia, incapaz de ver todo más allá del blanco y negro.

En ocasiones como esa en la que alguien se encarga de informarnos al respecto es que uno llega a enterarse, por ejemplo, de su machismo y su misoginia y lo único que faltaría para confirmarlo sería un diploma con las firmas y los sellos correspondientes. Yo a veces dudo incluso sobre lo que he opinado cuando viene alguien a informarme, con un comentario en las redes sociales, que yo no tengo derecho a opinar, y mucho menos a opinar con algo de humor, porque no soy militante político o feminista o activista ecológico o vegetariano, etcétera. Dudo, en esos momentos, de mis propias opiniones y me autoflagelo, como un auténtico reconocedor de mi culpa, para hacerme ver que la próxima vez debo ser prudente, comedido, respetuoso y open mind.

Porque en estos tiempos está de moda ser open mind; no suelen aceptarse ya los que, como yo, discrepamos y nos exasperamos incluso mientras lo hacemos, los que disentimos y en lugar de aceptar libremente que los tontos campeen a sus anchas, alzamos la mano y con ceño fruncido decimos lo que pensamos; nosotros, los que solemos ser llamados “conservadores” por no ser open mind con la estupidez humana, que como ya lo dijo Einstein desde hace un montón de años, es, tristemente, infinita. Pero nosotros los inconformes, los amargados, los criticones, los que no tenemos sosiego, los que no somos hipócritas ni tratamos de engañarnos a nosotros mismos, somos, quizá, el modesto peso en contra en la balanza que sostiene, en estos tiempos modernos, toda la imbecilidad del mundo. También tenemos un papel en esta gran impostura. Sepan, por favor, tolerarnos, y seamos felices, cada uno a su manera.