Una revolución contra la tristeza

Mi nuevo artículo de la columna “Lo demás es ficción” en Tercer Mundo habla (resumiendo) de política, de depresión y de redes sociales:

No he venido hoy a decir nada nuevo sobre estos tiempos que corren (ni que fuera yo un gurú de los fenómenos sociales), pero sucede que a veces, en mi condición de gruñón inconforme y poco apto para el optimismo, se me antoja hacer el repaso de las desgracias que alcanzo a observar a mi alrededor, quizá sólo para mantener vigente la alerta, para recordarme (y de paso intentar recordarle a los demás) cómo estamos y hacia dónde podríamos estar yéndonos.

Probablemente al final eso no sirva de nada, pues suele ocurrir que aunque estemos al tanto del origen de nuestras calamidades, de nuestras diversas formas del hundimiento, actuamos ante ellas con apatía, con una mueca de cansancio o de aburrimiento, como auténticos campeones de la indiferencia. Dan fe de ello mis ojos de espanto al ver la cantidad reflejada en el recibo de la energía eléctrica este último mes, mis ganas de tomarme, para incendiarlo, un edificio de la empresa que emite esos recibos y mi posterior caída en esa sensación de impotencia, tan arraigada en nosotros durante los últimos años.

Eso que me ha ocurrido a mí les ocurre a casi todos en este país; es un fenómeno, aunque repetitivo, curioso, y desgracias aparte, a veces incluso cómico; podríamos considerar que es nuestra “curva de la indignación”: despegamos con el asombro, llegamos indignados a nuestro punto más alto y, por último, caemos plácidamente y de inmediato nos echamos a dormir.

Vemos, en este país con nombre de abismo, que cada tanto estalla una “revolución”, o al menos así es como llamo yo a esos puntos más altos y de efímera existencia en la gráfica de nuestra rabia, y con la “revolución” resurge la esperanza del cambio, pero llegado el momento, cuando nuestra furia se aburre o se cansa o es apagada (“reprimir” es el verbo comúnmente aceptado), volvemos a la normalidad, que en un país como el nuestro consiste en saber que en cualquier momento podría suceder lo que sea, como que estalle una revolución, que le prendamos fuego a todo, como poseídos por la locura de los Targaryen, o que los de arriba inventen una manera más descarada de reavivar nuestra potencia reaccionaria.

De las cosas que uno aprende viviendo en un país como Honduras es que aquí resulta difícil, dificilísimo, para algunos incluso imposible, encontrar motivos para el optimismo. “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”, escribió Sabato en uno de sus últimos libros, y hay mucha poesía en esa idea de un hombre que, a pesar de su infortunio, es capaz de cantar o de reír, de dedicarle gestos de alegría a su miseria, y aunque no dudo de la existencia de ese tipo de seres humanos, me cuesta mucho imaginarlos en este país llamado, cómo no, Honduras, en donde todo se hunde a diario y nosotros, los espectadores, apenas parecemos capaces de parpadear, con la boca abierta, cuando no nos damos la vuelta para ver hacia otro lado.

Yo, que soy un inconforme crónico, un pesimista consumado, un crítico perenne, un amargado ocasional pero con excelente espíritu deportivo (que no debe confundirse con optimismo) vengo hoy, cómo no, a soltar esta opinión sobre ciertas “desgracias” que observo todos los días en esta sociedad alienada en medio de la cual vivo, que padezco y que soporto con estoicismo, entre mi ceño fruncido y mi irónica sonrisa permanente; unas “desgracias” cuya existencia sólo podemos entender porque vivimos en los tiempos de los likes, de algo a lo que las huestes adolescentes y posadolescentes llaman, con aparente orgullo, “valeverguismo”, y de la depresión como modus vivendi. Con un panorama así es difícil que la “revolución” no recurra a “treguas navideñas”. ¿Cómo podríamos esperar que la cosa funcione si mientras nos indignamos empezamos a buscar el mejor ángulo para la selfie?

Eso que pareciera sólo suceder con la gente más joven y que consiste en declararse tristes, buenos para nada y candidatos firmes al suicidio, en realidad es posible que nos esté ocurriendo a todos en este país, en mayor o menor medida. Quizá el país entero esté sumido en una profunda depresión y no nos hayamos dado cuenta o no queramos aceptarlo todavía. Quizá es sólo que los de mi generación, los que nacimos y crecimos sin teléfonos móviles ni internet, los que tuvimos la suerte de observar el mundo real en nuestra infancia y nuestra juventud, hayamos llegado hasta estos tiempos de imbecilidad absoluta un poquito más capacitados para resistir. Creo que los más jóvenes le llaman a eso “resiliencia”, aunque no parezcan muy aptos para ejercitarse en ella. Es una palabra fea, hay que decirlo, aunque no tanto como la espantosa “sororidad”. Wikipedia define la resiliencia como “la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas”. Los que vivimos en un país como Honduras, si bien somos los campeones de la indiferencia, también podemos jactarnos de ser los campeones de una particular forma de la resiliencia, que consiste en adaptarnos a nuestras calamidades nacionales, pero no de manera positiva sino sumiéndonos en una apacible depresión.

Un fantasma recorre las calles de estos tiempos. Y asusta y entristece a quien es capaz de verlo. De un tiempo acá he venido observando el comportamiento de esta última generación de jóvenes y no puedo evitar retroceder en el tiempo y recordarme a mí mismo cuando tenía su edad, cuando si queríamos “expresarnos” no lo hacíamos en Facebook, porque eso no existía, afortunadamente; si nos gustaba una mujer, se lo decíamos de frente, con educación, respeto y galantería, y no con emoticonos por WhatsApp; no apelábamos a la libertad de expresión para emitir nuestras “opiniones contundentes”, pues no solíamos considerar que las tuviéramos, puesto que no habíamos vivido y leído lo suficiente para tenerlas. Eran otros tiempos, en los que no existía eso de la “posverdad” ni teníamos que soportar el patetismo de los llamados “influencers” porque no podíamos respetar a los tontos con ínfulas que hoy se pasean como grandes figurones en la televisión o en las redes sociales; no existían la desatención y las facilidades para que la basura que escriben los Elvirasastres y los Marwanes fuera considerada literatura; y el “bullying” lo combatíamos a cachimbazos desde la escuela y a la depresión la agarrábamos del pescuezo y le decíamos, con valor: “¡aquí te me quedás, hija de puta, aquí quien manda soy yo!”, y nos poníamos a hacer ejercicio, a practicar algún deporte, que funcionaba (y funciona) muy bien como antidepresivo.

Tampoco existían los call centers en aquella época y asumíamos que debíamos trabajar en cualquier cosa y si eso representaba seguir siendo pobres, asumíamos también nuestra pobreza con dignidad, sin venderle el alma al diablo, porque era más importante estudiar, terminar la universidad, que ganar dinero para sentirnos un día después del pago de la quincena que seguimos siendo pobres, miserables, pero más desvelados, cansados y deprimidos. Así, en aquella época yo fui cajero de banco, asistente de avalúos, bibliotecario, librero, profesor de colegio recién inaugurado, y cuando no era ninguna de esas cosas, escribía ensayitos para haraganes de colegio o de universidad que hoy seguramente ostentan altos cargos en las empresas de sus papis, o pegaba calcomanías en los carros a cambio de dos tiempos de comida, o integraba grupos focales para escoger el mejor nombre para un preservativo o la cerveza más apropiada para paladares exigentes. Y de todos esos empleos sacaba, apenas, unos pocos lempiras para pagarme el alquiler, aunque recuerdo haber acumulado una vez cuatro meses de deuda a doña White, como cariñosamente llamaba a doña Blanca, y sacaba también para comprar la pasta y el sofrito que acompañaban los plátanos que llegaban de vez en cuando desde el pueblo. Esa dieta de pasta, sofrito diluido en agua y plátano, que se repetía con una feliz frecuencia cuando las cosas andaban bien, me daba las fuerzas, supongo, para mantener la presencia de ánimo necesaria y seguir dándole cuerda a la vida, para estudiar en la universidad (aunque no siempre para pagarme el pasaje del bus, por lo que me iba a veces caminando desde Guamilito a las aulas) y para leer tres o cuatro libros por semana, que sacaba de la biblioteca o me prestaban los amigos, con un ritmo y una intensidad que seguramente jamás mostrarán los feisbukeros lectores de memes de esta época. Ya desde entonces era un inconforme crónico, un pesimista consumado, un crítico perenne de todo, un amargado de primer orden, pero aún así solía “cantar en la miseria” y mantenía ese mismo espíritu deportivo y esa sonrisa con la que aún ahora me doy riata, día a día, con todos los hijos-de-puta-motivos-para-deprimirme-que-me-salgan-al-paso.

No puedo evitar sentir nostalgia, no sólo por mí y por la forma en que crecí en esos tiempos que, aunque sea un cliché, fueron mejores que los actuales, sino también porque al tratar de ponerme en el lugar de estos jóvenes de ahora a los que me refiero, me doy cuenta de que no tuvieron la oportunidad, como la tuvo mi generación, de observar la vida con calma, sin las prisas con las que nos llevan de encuentro la tecnología y las crisis económicas o existenciales de esta época. En aquella época había más tiempo disponible, sí, pero no solíamos invertirlo en el decadente rubro de la tristeza.

Se trata ésta de una última generación de jóvenes que, a mi parecer, corren el riesgo de echarse a perder en medio de esa bruma insensata, como diría Vila-Matas, que es la tristeza. Y eso sí que es un motivo para ponerse triste. He mencionado los likes, el llamado “valeverguismo” y la depresión como modus vivendi porque creo que son los rasgos distintivos de esta generación a la que me refiero, además de lo que podríamos llamar una “actitud selfie” ante la vida, la “declaración oficial de la tristeza” y la “asunción de la inutilidad”.

¿Qué nos quedará después de todo esto?, ¿una nota suicida en el muro de Facebook?, ¿un perfil de Twitter en el que se lea: “Soy depre y cool, muriéndome desde el año en que nací”? ¿No podríamos intentar, mejor, sacudirnos la modorra y la tristeza? Si acaso hay que librar una batalla a muerte, quizá podríamos hacerlo contra eso que nos dice, como un diablillo cabrón: “quedate ahí abajo, no te levantés”; quizá pudiéramos empezar con un poco de ejercicio, con un poco de amor propio, con la decisión de salir a la calle un día y unirnos a la “revolución”, o con alguien que nos rete alegremente a cachimbazos.

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La fiesta está en los libros

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Hace algunos días me estrené como columnista en Tercer Mundo. Lo hice el 23 de abril justamente para hablar de libros. Aquí les dejo el artículo:

Estamos en abril y quienes escribimos y publicamos libros en este país sabemos lo que eso significa.

Durante los últimos días he recibido la tradicional cuota anual de invitaciones a impartir charlas, conferencias, talleres literarios; a integrar algún jurado calificador para elegir cualquier cosa, desde el mejor poema o el mejor cuento hasta el mural más pintoresco o el declamador más enfático y dramático o el disfraz de escritor más creativo (suelen excederse con los bigotes de Froylán Turcios y “emboinar” a cualquier adolescente con barba blanca postiza para que se parezca a Roberto Sosa); o a comparecer en algún medio de comunicación para responder a la misma aburrida pregunta: “¿Qué les puede aconsejar a los jóvenes que no leen?”. Digo “tradicional” porque desde hace unos quince años recibo ese tipo de invitaciones, provenientes, en la mayoría de los casos, de colegios en los que se les machaca a los pobres alumnos con el temita del Quijote durante toda una semana y se hacen murales y se decoran puertas y se repite hasta el cansancio lo de la importancia de la lectura y se averiguan las biografías de dos o tres escritores, etcétera, pero en los que rara vez encontraremos a un profesor y a un grupo de alumnos leyendo un libro.

El buen Miguel de Cervantes aparece, entonces, representado en cualquier pared de escuela, de colegio o de universidad con su clásico cuello de lechuguilla y muy cerca, Don Quijote, observado por Sancho, se enfrenta a su molino de viento. En algunos casos, la imagen de Cervantes es sustituida por la de su personaje, el caballero andante, y no faltarán alumnos (e incluso profesores) que crean que un escritor de nombre Don Quijote es el autor de un libro famoso en el que un hombre serio con cuello de lechuguilla se da en la madre con cuanto molino de viento se le ponga enfrente, que de eso, y no de otra cosa, trata esa gran obra de la literatura universal, según he llegado a oír.

Uno recibe, entonces, la formal invitación para invertir unas cuantas horas de su tiempo en la preparación de la “conferencia” o el “taller literario” la mayoría de las veces sin que incluya las preguntas esenciales: ¿se animaría usted a dar la conferencia, a impartir el taller?, ¿cuánto cobra por esa conferencia o ese taller?, ¿cuáles son sus condiciones? Se trata de preguntas básicas, elementales, obvias, que constituirían una muestra de cortesía o de respeto deseables para cualquier escritor y ante las que rara vez responderemos de manera negativa, preguntas que, por lo demás, probablemente sí incluyen las invitaciones cuando van dirigidas a otros “connotados personajes”, los que han hecho de las llamadas “escuelas para padres” su nicho fecundo, esos conferencistas del liderazgo o de la autoayuda, generalmente sicólogos o pastores evangélicos, que cobran por sus horas de verborrea, que cuentan con una acreditación tipo “John Maxwell Team” para que se les considere “conferencistas profesionales”, que sí tienen una agenda apretada y no necesitan “darse a conocer” sino al contrario: el mundo entero clama por ellos.

A nosotros, los que escribimos y publicamos libros, nos invitan sólo para concedernos la oportunidad de “darnos a conocer”. Porque un escritor seguramente tiene tiempo y voluntad de sobra y lo que hace con ese tiempo es pensar en su gran necesidad de reconocimiento, de aplausos, de fotos en puertas y murales, y acepta siempre oportunidades para el gozo del reconocimiento. Le aplico el tono irónico a estas palabras, pero no puedo obviar que en algunos casos es así; es decir, hay escritores que invierten toda su energía creativa en la preparación de estas oportunidades, por lo que se dedican más a la creación de una imagen propia que a la de una escritura decente.

Pero volvamos al asunto. En excepcionales ocasiones eso de “darnos a conocer” va emparejado con aquello otro de “ayudarle al escritor” comprándole un libro. En muy raras ocasiones, dije, por suerte. No quiero imaginarme un mundo en el que los lectores compren libros sólo para “ayudarle” a los escritores. Y es que las vergüenzas por las que solemos pasar quienes escribimos y publicamos libros no parten sólo de la creencia generalizada de que somos payasos de circo dispuestos a tirarnos al suelo declamando poemas con absoluta solemnidad o la de que “eso de la literatura” es un pasatiempo de románticos y de desempleados o la de que, si somos escritores, lo más lógico es que vistamos con chaqueta y boina y usemos anteojos con montura de pasta y fumemos en pipa, etcétera, y seamos melancólicos, incomprendidos, perseguidos, caóticos, borrachos o drogadictos.

Los equívocos en torno a la actividad literaria abundan en esta aldea y durante los abriles de cada año el caudal de clichés se amplía, la mayoría de las veces porque nosotros mismos, escritores hechos, rehechos o supuestos, contribuimos con estúpida voluntad, dejándonos llevar por la parafernalia de las celebraciones del “Día del Idioma”, como víctimas propicias encaminándose al patíbulo.

La idea de que quienes nos dedicamos a las letras somos “gente sin oficio” está suficientemente socializada entre la mayoría como para que se asuma que nuestro tiempo no vale para mucho más que para “darnos a conocer”. Así es como se explica que cualquiera de nosotros pase por experiencias como las que voy a referir a continuación.

En 2005, cuando publiqué mi primer libro, uno de poemas mortuorios o algo así, me fui con un amigo a una librería de San Pedro Sula con la intención de colocar ahí unos cinco ejemplares en consignación para su hipotética venta. La encargada de la librería sopesó el librito y me preguntó, con una seriedad cimentada en la duda, si “esas poesías” las había escrito yo o las había tomado de otros libros. Luego de la aclaración, que me costó justo la dosis de paciencia que nunca he tenido, me pidió que le declamara “una de esas poesías”. Le arrebaté el librito de las manos, me di la vuelta y salí con mi amigo de esa librería para no volver nunca.

Ese mismo año me invitaron de una escuela bilingüe a dar una conferencia sobre “la importancia de la lectura”. Como en aquella época yo me moría por “darme a conocer”, acepté la invitación, pero en una llamada telefónica previa a mi visita a la escuela, una profesora me preguntó si podría llevar diez ejemplares de mi libro para donárselos, no sé si a ella o a la escuela. Intenté explicarle por qué no podía “donarle” esos libros y, además, por qué cambiaba de parecer y decidía ya no ir a dar la conferencia, y lo que gané fue la indignación de aquella profesora, que terminó diciéndome que “por ese tipo de actitudes” como la que yo mostraba es que este país estaba como estaba.

Entre los episodios más recientes de esta chusca rememoración está la invitación de un diario (“de mayor circulación”) nacional para integrar el jurado calificador de un concurso de cuentos entre no sé cuántos miles de niños de no sé cuántas escuelas de San Pedro Sula. Más allá de lo abrumadora que se perfilaba la tareíta estaba el hecho de que el tal concurso de cuentos se organizaba en el marco de un negocio que ese diario se tiene desde hace algunos años y que consiste en garantizar, en un determinado número de escuelas, la venta de una buena cantidad de ejemplares una vez por semana. “El libro de los valores”, le llaman al negocito, y yo debía contribuir con mi trabajo y mi buena voluntad a mantenerlo.

Son tres anécdotas apenas, pero hay muchas más. Y si se le pregunta a cualquier escritor de estos lares, estará en condiciones de contar otras, quizá más asombrosas y divertidas que las mías.

Hablo de todo esto no con la intención de burlarme de quienes, en su ignorancia e inocencia, nos hacen pasar esas vergüenzas, ni tampoco para hacer escarnio de esos profesores o esas instituciones que amablemente y con todas las buenas intenciones del mundo nos invitan a “darnos a conocer”, sino para, quizá, pensar un poco más en el asunto y reevaluar el papel que todos (instituciones, profesores, alumnos, escritores) cumplimos en esta mascarada llamada “Día del Idioma”. Porque en lo que se han convertido las festividades en torno al 23 de abril, fecha del fallecimiento de aquel hombre con cuello de lechuguilla llamado Miguel de Cervantes Saavedra y no Don Quijote de La Mancha, es en una especie de circo que se repite en escuelas, colegios y universidades, instituciones en las que se privilegia la parafernalia cervantina y se olvida lo esencial, que es la lectura. Todo el mundo recuerda, por estas fechas, a Cervantes; todo el mundo recuerda a Don Quijote y a Sancho; pero pocos, muy pocos (y pienso, sobre todo, en los profesores), serían capaces de recordar cuándo fue la última vez que leyeron un libro con sus alumnos.

Esto es Honduras, y es difícil creer que la decoración de puertas y la elaboración de murales va a salvarnos de la ignorancia del que dice que leer es aburrido o una pérdida de tiempo, y continuar engañándonos con la idea de que un día o una semana de celebración es suficiente, es perpetuarnos en la farsa sin cuestionarla nunca.

En San Pedro Sula no hay ferias de libro ni editoriales ni librerías que hagan algo más que vender libros populares, y a nosotros los lectores no nos queda de otra que “celebrar”, como cada año, este insípido abril de hombres con cuello de lechuguilla, Quijotes y Sanchos, de molinos de viento y de murales, concursos y disfraces, de la forma en que lo hemos hecho siempre: con la oportuna distancia respecto al espectáculo circense y con la cercanía permanente de los libros, lejos del ruido y las escasas nueces.

Algo se salva siempre, sin embargo. Porque entre tanta payasada y tantas citas de libros en las redes sociales y entre tanta simpleza y tantos clichés propios de la época de las selfies y de la falsa idea de nosotros mismos, todavía nos quedan esos objetos raros llamados libros para recordarnos que en ellos, y no en otra cosa, están los verdaderos motivos de esta celebración, y que aunque en las escuelas, los colegios y las universidades ya no se lea como antes, porque ahí importa más el circo que la lectura, nosotros, en ese lugar tranquilo y lejano llamado soledad, con un libro en las manos, podemos recordarnos a nosotros mismos qué es lo que verdaderamente importa de todo esto.

El más frío de todos los inviernos

Hace algunas semanas apareció este cuento en El Heraldo. Es uno de los dos textos hasta ahora inéditos que se suman a la nueva edición de La caída del mundo (mi primer libro de cuentos, publicado originalmente en 2015), que ahora prepara la Editorial Universitaria con el título Habrá silencio en nuestras bocas frías:

Pintura de Edward Hopper.

*

Abrí la puerta del siguiente vagón y dejé que entrara un poco de aire frío. Una mujer que hacía guardia me dijo, en ruso, que no convenía hacerlo. Notó que yo no reaccionaba y agregó que ella bien podría ser mi madre y como madre me lo decía de nuevo: me arriesgaba a contraer una pulmonía. Fue su tono, suave pero firme, y no el contenido de su advertencia lo que finalmente logró convencerme.

En mi vagón otros tres viajantes dormían en sus literas. Me acosté, pero sentía calor, tenía las axilas húmedas, y sólo pude dormir de manera intermitente mientras pensaba en mi madre o soñaba con ella.

Era mi vuelta a casa, que me tenía ahí, en un tren de Leningrado a Helsinki, y que se interrumpiría en Zurich, en cuyo aeropuerto, al dirigirme a un mostrador para comprar mi boleto a Madrid, mi penúltima escala, entendí que a partir de ese momento estaría perdido. Registré mis bolsillos, pero fue inútil. Entonces, recordé al dominicano simpático de al lado en el asiento del avión, el momento en que me había levantado para ir al baño, mi chaqueta con el pasaporte y el dinero sobre mi asiento…

**

Un tipo alto y fornido se me acercó justo después de que yo levantara de una mesa en un restaurante del aeropuerto los restos de una hamburguesa y una Coca-Cola. Lo intentó con el inglés, con el alemán y con el francés, pero aunque yo entendía esos idiomas, no quise responderle, pues su uniforme de guardia de seguridad o de policía constituía suficiente advertencia. Y yo era alguien que había pasado los últimos dos días recogiendo las sobras de la comida. Español, dije finalmente, cuando calculé que evitarlo no seguiría siendo una buena estrategia. Oh, ¿espanhol da Espanha?, preguntó. ¿Portugués de Portugal?, le respondí, y nos echamos a reír, yo un poco nervioso. José Carvalho, me dijo, extendiéndome la mano. Danilo Pinto, le dije, correspondiéndole el saludo. Pinto é um sobrenome portugues, observó, y yo le dije sí, pero soy de Honduras y no sé mucho de mi árbol genealógico, y volvimos a reír. Me preguntó por mi situación y yo le hablé del frío ruso, del acento dominicano y de las playas y las montañas hondureñas. 

Lo primero fue sacar mis maletas del casillero, que me obligaba al gasto de unas valiosas últimas monedas, y llevarlas a una garita a la que sólo él tenía acceso. Podía dormir y utilizar los servicios del aeropuerto mientras no tuviera mejor sitio para hospedarme; nadie me privaría de esa posibilidad, me dijo José. Agregó que aprovecharíamos mi apellido e intentaríamos algo en la embajada portuguesa.

Luego de ese intento infructuoso al día siguiente volví cabizbajo y él animado, diciéndome que no me preocupara. La salida inmediata fue lavar platos en uno de los restaurantes del aeropuerto. Antes, acudimos a la oficina de los objetos perdidos con escasa esperanza, y como era previsible, mi pasaporte no había aparecido. Una semana después tuve que cubrir a uno de los camareros del restaurante y a partir de ahí alterné lo de los platos con el servicio en las mesas y empecé a ganar, además de mi sueldo, unas buenas propinas.

Tres meses después, acumulada una cantidad de dinero que me permitiría comprar un boleto de avión, José me llevó a la embajada de Honduras. Le expuse mi caso a un embajador serio, de mal talante; me preguntó cómo había yo logrado entrar y salir “de esos países comunistas” y respondí mencionándole el salvoconducto que me permitía cruzar algunas fronteras sin que me sellaran el pasaporte. Le tengo malas noticias, me dijo, no puedo ayudarle; así como usted anduvo por esos países co-mu-nis-tas –y enfatizó esta última palabra remarcando las sílabas-, tendrá que ver cómo hace para volver a Honduras. Y eso fue todo, o quizá no, quizá me levanté de la silla dirigiéndole una mirada furiosa a aquel tipo, o quizá tan sólo dije gracias, con la voz temblorosa y la mirada baja, y me levanté y salí de esa oficina diciéndome que no volvería nunca. Mi pasaporte, por suerte, apareció en un basurero del aeropuerto y había estado esperándome, durante la última semana, en la oficina de los objetos perdidos. Fue la recuperación, también, de la esperanza. Dos días después, José y yo nos abrazamos y prometimos escribirnos.

***

Transcurrieron cinco meses; José vino a Honduras y recorrimos buena parte del país durante casi dos semanas. Entonces, aquí se hablaba de un posible Golpe de Estado, y aunque en el ambiente se respiraba cierta incertidumbre, traté de que mi amigo disfrutara sus vacaciones sin preocuparse de nada. En la barra de un bar sobre una playa en Roatán le hablé de mi familia en Colón, de mi empleo como vendedor de seguros en mi juventud, de mi madre orgullosa afuera de su casa mostrándole al mundo el cheque que yo le había enviado, de la discusión con mi padre, de mis poemas, de mis dibujos y del amor de mi vida. Él entonces, en medio del recuerdo de los paisajes campestres de su pueblo natal, mencionó de pasada a sus padres, que vivían en un pueblo gallego muy cerca de la frontera con Portugal. El resto de sus vacaciones las pasaría con ellos, me dijo. Y así fue. O al menos, así empezó a ser. José murió en un accidente de tránsito camino a Pontevedra.

Su padre me escribió a los pocos días, aunque la carta tardó más tiempo en llegar. La madre de José había fallecido también dos días después del accidente de su hijo y ahora él no tenía mucha voluntad para vivir. La muerte que llega a alguien de repente, luego salta a otro y por último acecha a un tercero en una misma familia. Una sensación extraña fue llenándome el pecho, una combinación de tristeza, de nostalgia, de impotencia, y al final, muy al final, de esperanza de que algo pudiera salvarse. Escribí, sin pensarlo mucho, la carta. Esperé un mes, luego otro y otro, y finalmente en octubre recibí respuesta. No tenía a nadie en el mundo y estaba dispuesto a venirse pronto para evitar el invierno que, sin su esposa y su único hijo, sería el más frío de todos, me dijo. Esa alusión al invierno me hizo recordar mi viaje en tren de Leningrado a Helsinki y a la mujer rusa con su advertencia sobre la pulmonía. Yo siempre tendré calor, me dije, pensando en mi madre. Así que llamé al número de teléfono que el padre de José me apuntó en la carta. Y otra vez pasó el tiempo como un tren que no llega nunca a su destino. Y unas cuantas llamadas inútiles.

En marzo, en una tarde calurosa y húmeda, un cartero me entregó una caja pequeña y lo primero que extraje de ella fue un papel doblado en tres y firmado por un desconocido. Había, además, una foto de José conmigo en una calle de Zurich y otras de José y sus padres, un reloj de pulsera de José, y por último, el boleto de avión de don José Carvalho, el padre de mi amigo, con fecha 20 de noviembre de 1984. Una mañana en que volvía de la panadería con un baguette, decía la carta, el padre de José decidió sentarse en la banca del parque próximo a su casa para compartir su pan con las palomas. Ahí quedó sentado, con su suéter azul marino y su boina, con la cabeza ladeada y unas cuantas palomas encima, picoteando la bolsa del pan. La imagen vive en mí como otra acechanza de la muerte.

Raúl Arechavala sobre Los días y los muertos

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Raúl Arechavala ha reseñado mi novela Los días y los muertos en Tercer Mundo:

Lo primero que me llamó la atención en la novela de Giovanni Rodríguez, desde el punto de vista narrativo, fue el hecho de que no estaba frente a una novela, sino ante dos: la de López, en tercera persona, y la de Guillermo Rodríguez Estrada, en primera persona. Esto implica, indudablemente, un enorme esfuerzo estilístico, una gran destreza narrativa, que está muy bien lograda…

Para leer el texto completo, sigan por aquí: Asfixia existencial y la literatura como obsesión.

Decir lo que nos da la gana

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Suelo publicar a veces en Facebook y Twitter comentarios acerca de temas diversos como la política o la religión o relacionados con la literatura y el arte en general. Casi siempre mi intención es -disculpen que se los diga y disculpen, además, si quieren, que yo sea tan cabrón- provocar a la gente, tocarles la llaga a esas almas sensibles que no soportan que nadie, de vez en cuando, les ponga un espejo enfrente y les explique cómo son verdaderamente los rasgos de su hipocresía, de su ignorancia o de su ingenuidad. De paso, intento divertirme un poco, y procuro no entrar en discusiones que, después de mucho tiempo observando el fenómeno, uno concluye que están abocadas al fracaso.

No individualizo mis comentarios; es decir, lanzo disparos al aire con la imprudente alegría festiva de un borracho en la medianoche del fin de año, y casi siempre me echo luego a dormir la goma con absoluta impunidad, sin enterarme de las consecuencias de esos pequeños ejercicios derivados, si acaso, de mis convicciones, y, definitivamente, de mi sinceridad.

Muchas veces es la incapacidad de leer lo que propicia que la otra persona eche a perder lo que podría llegar a ser una buena discusión, ya sea en las redes sociales o en la vida real. (Y espero que no haya, entre los lectores de este artículo, alguien que se ofenda porque me atreva a oponer, con esas últimas líneas, lo que ocurre en las pantallas con lo que ocurre en la vida real. Hay gente para la que el muro de Facebook es el muro de sus lamentos y deposita ahí su energía vital, pero lo que uno ve en esos muros y en las reacciones a lo que hay en esos muros se parece más a una telenovela mexicana que a una vida real).

La lectura atenta y la capacidad de comprensión de lo leído deberían contar como dos de las competencias indispensables para todo aquel que decida expresar sus opiniones. Pero, obviamente, esto es algo que no podemos esperar que ocurra, pues ni siquiera ocurre con muchas de las personas que se dedican, supuestamente, al estudio de la literatura, que es algo para lo que no basta con ser “fan” de un autor o con leer cinco o diez libros por año o con estar matriculado en la carrera de Letras. Y cómo cuesta hacerle entender a la gente que aunque todas las opiniones son aceptadas, no todas son válidas pues algunas carecen de sustento y son más una extensión de las emociones que del razonamiento.

La incapacidad de leer, decía, hace nacer muchas veces discusiones estériles en las redes sociales. De pronto aquello se convierte en “un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades”, como decía Girondo, cada uno intentando que su voz se oiga más que la de los demás, aunque en este caso en lugar de personalidades deberíamos hablar de un revoltijo de egos, que son la cara visible, generalmente, de seres sin sustancia, irreflexivos, meramente emotivos, simples opinadores “de a tostón” dándose en la madre con tontos dispuestos a rebajarse discutiendo con ellos.

Aunque, como dije, me echo a dormir después de los disparos al aire, a veces me da por asomarme y ver qué tan mal se ha leído algo que he publicado (porque muy seguro estoy -discúlpenme de nuevo por la falta de modestia- de haber reflexionado lo suficiente y de haber utilizado luego las palabras adecuadas para expresar mis opiniones). Así, por ejemplo, cuando he contado en Facebook que mi hijo me pregunta quién hizo a Dios, recalcando la importancia de formular, de vez en cuando, preguntas semejantes, han aparecido unos cuantos, armados con la Biblia, intentando evangelizarme o al menos convencerme de que Dios es el principio y el fin, etcétera; o cuando he dicho que El cuento de la criada, una novela de Margaret Atwood, es magistral, han brincado unas feministas (y algún feministo, por aquello de “la inclusión”) insinuando que lo digo con ironía (eso de leer entre líneas, si lo aplicaran adecuadamente, les haría verse más inteligentes); o cuando he recomendado una novela de Javier Marías (consumado misógino, según las feministas que no saben leer) a quienes quieren aprender a escribir, se me ha venido “en voladora” algún lector ofendido cuyas únicas intenciones en la vida (por suerte) son las de leer y no las de escribir; o cuando he dicho que me ha parecido lamentable que con la salida de Kevin Spacey se echara a perder la última temporada de House of cards ha venido alguien a decirme que lo lamentable era que continuara ese “personaje” abusador, como si yo estuviera hablando de las consecuencias de esos supuestos abusos del actor en las vidas de las víctimas y no en el desarrollo de la serie. Pero así funciona la vida en las redes sociales, a puros equívocos producto de malas lecturas.

Una discusión, para que funcione, tiene que contar con dos oponentes en igualdad de condiciones. Si uno es aficionado al fútbol, por ejemplo, no vale intentar discutir sobre fútbol con alguien que no sepa lo que es una chilena o un pase en profundidad, del mismo modo que si uno sabe de literatura no vale intentar hacerlo con alguien que disfruta leer los libros de Coelho o que le llama “realismo mágico” a cualquier cosa. Son casos perdidos. Así, tampoco conviene discutir con quienes se rigen por los clichés o anteponen sus prejuicios a las pautas de la razón y se apresuran a opinar como si el solo hecho de hacerlo, sin importar la calidad de su lectura o de su razonamiento previos, fuera lo importante. Leer bien y razonar son cosas que no se le dan bien a la mayoría, lamentablemente. Opinar, en cambio, es algo que está al alcance de todos, por aquello de la libre emisión del pensamiento. Y en estos tiempos los opinadores irreflexivos están a cada vuelta de esquina, o quizá sea más apropiado decir a medio click de distancia. Debe tratarse de un fenómeno parecido al de las selfies: esa necesidad de mostrarse en público antes que intentar observarse a uno mismo.

Otras veces es la incapacidad de hacer uso adecuado de eso que suele llamarse inteligencia y que en estos tiempos de emociones expresadas en tiempo real se reduce precisamente a eso: a la expresión burda y desvergonzada de opiniones que no derivan necesariamente del razonamiento sino del imperio del Sturm und Drang. Pero debemos comprender que para muchos, en estos tiempos, la inteligencia debe ser una cosa sobrevalorada, pues parecen atribuirle mayor valor a la liberación de sus emociones que a un argumento dignamente elaborado. Pensar, dice la neurociencia, genera ansiedad y dolor de cabeza entre quienes no suelen pensar. Pero “pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”, escribió Borges.

Es sabido, sin embargo, que estos son los tiempos de la hipersensibilidad, de la corrección política, de los eufemismos y de un renovado e hipócrita puritanismo en muchos sentidos, tiempos en los que la mayoría prefiere no tomar partido antes que exponerse a un posible linchamiento, tiempos en los que no resultaría extraño que se empezaran a promover leyes que castiguen las convicciones y la sinceridad (ya ha habido casos en el Congreso Nacional, recuerdo ahora), cuando estas convicciones y esta sinceridad establezcan contacto impunemente con la sensibilidad de esa masa creciente de ofendidos. La novela de Atwood, precisamente, pinta un panorama parecido a ese.

Pero ojalá esa aparente autocensura aplicara también para las opiniones, así no tendríamos, por ejemplo, a algunas feministas que nada saben de literatura diciendo que Javier Marías es mal escritor por ser, según ellas, misógino; así no tendríamos a esos ingenuos y entusiastas lectores de primer grado exigiéndole a los escritores que escriban con decidido compromiso social; así no tendríamos tampoco que explicar constantemente en qué consiste el sarcasmo; así no tendríamos que lidiar con esa otra forma de intolerancia surgida en el seno de los ofendidos; así probablemente no tendríamos, usted, ofendido, indignado o dolido, y yo, ofensivo, pedante y odioso, que estar ahora mismo viéndonos a los ojos a través de estas palabras, sonriéndonos como lo harían dos alegres borrachos, botella en mano, en la última batalla de la guerra por el derecho a decir lo que nos da la gana en una noche de fiesta.

Entrevista en la Revista Desocupado

Juan Becerra me entrevistó para la revista mexicana Desocupado, luego de leer mi novela Los días y los muertos.

Como lector de novelas aprecio cuando el autor nos cuenta la historia de una manera en la que nos motiva a entrar en ella más allá de lo que tiene que ver con la anécdota contada. Para mí, las buenas novelas son una conjunción equilibrada entre anécdota y trama. Me aburren terriblemente esos relatos que sólo son anécdota y que no aspiran a nada estéticamente. Con esa idea, quise contar la historia del periodista López y del escritor Rodríguez Estrada de una forma en que los lectores mantuvieran su atención hasta el final, asumiendo, de algún modo, la curiosidad del primero y las angustias del segundo. Para lograrlo, recurrí a una estructura narrativa que combinara distintos formatos, desde la nota periodística hasta el diario personal, pasando por la metaficción, y recurrí también a ciertas técnicas narrativas que le permitieran al lector una experiencia alejada de las tradicionales historias lineales con finales sorpresivos.

Pueden leer la entrevista completa entrando por aquí.

Nueva edición de Los días y los muertos

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Los días y los muertos (2da. Ed. 2018)

La nueva edición de mi novela Los días y los muertos (mimalapalabra editores) acaba de salir. Sin temor a equivocarme (y sin pecar de falta de modestia), puedo decir que es de los libros más bonitos que se hayan visto en Honduras en muchísimo tiempo. Esta nueva edición, corregida por el tal G. Rodríguez y aumentada en casi cien páginas (ahora tiene 320), con papel editorial, doble cubierta (una de ellas desprendible) y cintillo, contiene algunos cambios en el formato y en la tipografía que no fueron aceptados para la edición original.

Hay intenciones de presentarla próximamente en San Pedro Sula, en Tegucigalpa, en Santa Rosa de Copán y en Gracias. Por ahora, trato de combinar bien las fechas para que todo cuadre.

La primera edición (Editorial Universitaria) circuló ampliamente por varias ciudades e incluso fue presentada en dos ferias del libro: la FILUNI, en México, y la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile.

Se han escrito cinco reseñas sobre la novela, y aquí voy a dejar algunos fragmentos de esas reseñas:

“Los nervios con que está escrita la novela no vienen solo de un hálito regional sino también de una línea de reflexión que se entronca con lo universal o, mejor dicho, con la mejor tradición literaria de la humanidad”. HERNÁN ANTONIO BERMÚDEZ

“Ingeniosamente estructurada, con un juego sutil de planos narrativos, la novela nos sumerge en la realidad social enajenada y enajenante (y culturalmente primitiva) en que nos movemos a diario los habitantes de este sufrido país de nombre infaustamente alegórico”. SARA ROLLA

“El libro está seriamente bien escrito, con gran complejidad pero ninguna pedantería. Muy por encima del nivel del país”. ALBERTO ARCE

“Estructurada como si fuese un juego casi delirante de planos y contraplanos textuales, Los días y los muertos no sólo revela los círculos concéntricos del infierno que son el pan nuestro de cada día en la pretenciosa “metrópoli sampedrana”; además de asumir la condición de incómodo testigo de su época, Giovanni Rodríguez ha urdido un elaborado artefacto narrativo, y a nosotros no nos queda más que celebrarlo”. MARIO GALLARDO

“Giovanni Rodríguez ha alcanzado ya su inequívoca edad adulta narrativa. En Los días y los muertos nos entrega una novela donde Honduras y sus atrocidades son apenas referencias en la dimensión de la creatividad y no el sustrato para hacer del escritor un prócer de la identidad”. FABRICIO ESTRADA

Está a la venta en librería Metronova (Mall Galerías, San Pedro Sula).

La artística sonrisa de José Dalí Bouquets

Mi artículo de agosto en Literofilia:

Víctimas de esa absurda tradición en Honduras que considera con valor artístico o merecedor de atención sólo lo que se hace en Tegucigalpa, los personajes sobre los que ahora escribo, marginales todos, en el sentido amplio de la palabra, en una San Pedro Sula más concentrada, según dice el tópico, en trabajar que en crear arte, pasaron casi de puntillas sobre la historia de las artes plásticas catrachas.

A finales de los años 90´s, en una de las ediciones del Salón Nacional de Arte del Centro Cultural Sampedrano, cuatro pintores coincidieron para certificar íntimamente las sospechas de su futuro fracaso. Otros fueron los ganadores, pero ellos cuatro, unidos quizá por el carácter insólito de sus cuadros expuestos o tan sólo por la semejanza de las risas que provocaban estos cuadros a los asistentes al evento, terminaron en un rincón del salón tragándose con el vino la incomprensión de todos y comentando, mientras miraban de reojo a uno u otro lado, lo que, concluyeron, constituía una auténtica muestra de ceguera hacia sus obras, que en aquel momento consideraban sumamente revolucionarias y rupturistas, lo más vanguardista en la historia del arte hondureño.

Por aquella época varios amigos y yo, aprendices de poetas y bebedores extremos, asistíamos a aquel tipo de eventos haciéndonos creer que nuestro interés era genuinamente artístico cuando lo que en realidad buscábamos era satisfacer una necesidad más pedestre: la de comernos las boquitas y bebernos todo el vino que pudiéramos antes de emprender una nueva incursión en los bares más baratos y oscuros del Centro.

Los nombres de aquellos cuatro pintores eran tan raros como ellos mismos, quizá tan sólo porque, como sospecho, se trataba de seudónimos. El caso es que con esos nombres se les conocía en el estrecho círculo de la plástica sampedrana. Ever Mosh, Aníbal Anchuria, Hegel Bayardo Block y José Dalí Bouquets. Ricardo llegó a asegurar que esos nombres habían sido extraídos de un Diccionario de Onomásticos Extraños que había en la biblioteca del CCS, pero yo al menos no recuerdo haber visto nunca tal compendio nominal.

De Ever Mosh se puede decir que demostraba siempre una tardía comprensión de todas las cosas del mundo, quizá debido al permanente consumo de cannabis, que lo mantenía en un estado de abstracción distinto. Si alguna vez llegaba a sentarse a nuestra mesa en el café, iniciábamos una conversación sobre la conveniencia, por ejemplo, de atomizar las partículas sedimentarias superpuestas en el rango superior de la masa finisecular de un alotropo hidrocarbónico, que luego, al ver la cara de asombro genuino del pintor, derivaba en la decisión de incorporar al proceso los conocimientos de la farmacopea odontológica, en la cual una gutapercha tántrica aparecía como el elemento indispensable para la sujeción del miocardio peritomastoideo y posterior recontrituración de la pieza calcárea en un rango de escasos dos milímetros cúbicos. Mosh se llevaba las manos a la cabeza y desesperado, se levantaba y se iba diciendo que no entendía a los intelectuales.

Anchuria era más bien manso y esa actitud de mansedumbre y de complacencia con todos nosotros se la atribuíamos también al consumo permanente de la cannabis. Contrario a Ever Mosh, él parecía seguir muy bien la pista de lo que hablábamos y en una ocasión nos confió incluso la idea de su proyecto pictórico más audaz hasta la fecha: sentado en una esquina de su cama y recostado a la pared, trazaría con pincel líneas de colores entrecruzadas sobre pequeñas piezas de cartulina que luego lanzaría por toda la habitación. Una vez terminadas de pintar todas las piezas de cartulina, lo que quedara de aquel campo de batalla habría de ser registrado con fotografías por alguno de sus compañeros. Así el mundo empezaría a comprender el funcionamiento del genio en la pintura.

Hegel Bayardo Block probablemente le debía su segundo apellido al hecho de que para sus pinturas no recurriera al tradicional lienzo sino a hojas de papel bond blanco que extraía de un block que cargaba siempre en su mochila y luego pegaba unas hojas sobre otras en muchas capas que terminaban constituyendo una superficie fuerte de relieves diversos; ahí depositaba, cada vez, un color distinto, con lo que pretendía, según pregonaba recurriendo a vulgares adaptaciones de citas filosóficas, capturar toda la gama de colores del espíritu.

De entre los cuatro, José Dalí Bouquets era el más interesante. Además de pintor, declaraba ser cineasta, poeta y fotógrafo; era casi tan polifacético como su homónimo el surrealista famoso de Figueres; quizá de ahí venía su apellido Bouquets, que parecía una derivación del Busquets, más conocido.

Cargaba su segundo nombre como un estigma: se sentía condenado a pintar. Después de aquel Salón Nacional de Pintura en el que conoció a los otros tres, se sabe que participó en muestras colectivas en San Pedro Sula o en la capital, e incluso, con la complicidad de algunas damas promotoras de la cultura, logró montar sus exposiciones individuales. Sus cuadros, que consistían en la elemental unión de dos o tres lienzos negros o rojos por medio de un hilo de nylon, eran valorados (por él mismo, claro) en fabulosas cantidades de dólares. Se decía que había tenido rachas de hasta doscientos mil lempiras en un sólo mes por concepto de ventas de cuadros suyos y de sus colegas, que le cedían la representación formal, conociendo sus dotes de vendedor.

Frecuentaba con una disciplina férrea los cafés del Centro, donde solía reunirse con el resto de los eternos aspirantes a pintores de la ciudad. Era de estatura mediana, flaco y tostado por el sol, vestía a la manera de un payaso devaluado: flojo y colorido, pero con el maquillaje corrido, unas sandalias que le permitían mostrar unos dedos huesudos, y unos anteojos con aros gruesos y oscuros que le daban un aire de falsa intelectualidad; además, cultivaba una sonrisa que nunca dejaba insatisfechos a sus científicos observadores, que es en lo que se convertían todos, dado que él se mostraba como un ejemplar raro de la especie humana.

Era José Dalí Bouquets uno de los personajes favoritos de aquel grupo de amigos al que ya me he referido, y al que una feminista, de las de viejo cuño, calificó como “grupo de malditos” luego de una velada poética truncada por nuestras risas y nuestros comentarios inoportunos desde el fondo de un salón en el CCS. Nos gustaba ver a José Dalí Bouquets ofrecer sus cuadros a los potenciales compradores en los cafés, a las damas cultas de la burguesía en los eventos culturales del CCS o a los propietarios de tiendas de souvenirs del Centro, y por eso lo manteníamos vigilado.

En alguna ocasión uno de estos clientes suyos se sintió embaucado por el pintor, quien le había vendido uno de los que él llamaba “paisajes de mar”, pero que consistía tan sólo en unas cuantas manchas de diversos colores sobre un fondo blanco, nada tropical. El cuadro en mención al parecer había sufrido lo que normalmente sufren las pinturas con el inexorable paso del tiempo: mostraba un desprendimiento alarmante de las mixturas en finas y largas cascaritas. Lo único cuestionable en este caso era que el cuadro tenía unas pocas semanas de haber sido elaborado, lo cual significaba para el comprador que definitivamente la pintura no servía, lo mismo que podía inferirse del pintor.

De todos los Malditos, Wilmerio, cuensuetudinario hasta nuestros días en el Espresso Americano del parque, era el que más conocía a José Dalí Bouquets y a sus colegas, y por supuesto, el que con mayor desenfado se burlaba de ellos. “Mírenlo”, solía decir, “parece un pájaro tierno recién caído del nido”, a lo que Ricardo agregaba: “¿Cómo va a ser pintor ese tostado? Y es que las técnicas y los estilos de estos pintores, que tenían su sedimento en la total ignorancia de los conceptos elementales del arte, se veían reflejados cómicamente en algunos collages con cucarachas y latas de refresco dispuestas simétricamente sobre un fondo de tierra combinado con excremento de gallina, por ejemplo. Lo curioso de todo ello es que si se le pedía a alguno de los pintores hacer un dibujo con lápiz, rehusaba de inmediato hacerlo, argumentando que eso representaría una involución en su trabajo, cuando todos sabíamos que de lo que se trataba era de una simple, elemental incapacidad de llevar a cabo dicho trabajo.

Cuando llegábamos a uno de esos cafés saludábamos a los pintores ceremoniosa pero irónicamente. “Entre más irónicos más se hunden”, se le oía decir a José Dalí Bouquets luego del saludo, y nosotros reíamos, mientras comprábamos nuestro café. Al levantarnos, después de media hora de conversación sobre pintura, mujeres, literatura, música, mujeres, sexo y otra vez mujeres, dejábamos sobre nuestra mesa y a la vista de los vecinos pintores lo que llamábamos socarronamente una “auténtica obra de arte”, elaborada con minuciosidad con los restos de nuestro consumo: un vaso plástico atravesado por una pajilla cuya parte superior sostenía otro vaso adornado con una servilleta doblada en forma de abanico, y sobre este segundo vaso una bonita flor de servilleta pintados sus bordes con tinta negra y granitos de azúcar en medio de sus pétalos.

Con esta postal sobre la mesa nosotros nos íbamos, imaginando los comentarios diversos de los que se quedaban:

Miren lo que dejaron: una obra de arte. ¡Qué va a ser obra de arte, si esos sólo son críticos, no son artistas! Pero está interesante eso que hicieron, es una escultura de desperdicios. Sí, está como para pintarlo. ¡Les digo que no, esos sólo para criticar sirven, no son creadores como nosotros! ¿Y qué es eso que hicieron, entonces? Es una crítica. ¿Una crítica a qué? A nosotros, ¿a quién más? Pero se mira bonita la crítica. Sí, bien bonita, dan ganas de pintarla. ¡Pendejos!

Nosotros, como dije, reíamos y nos íbamos, imitando la franca, absoluta y artística sonrisa de José Dalí Bouquets.

Muchos años después de la fotografía de Eduardo Bähr

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Mi artículo de julio en Literofilia:

I

Empecé a leer el cuento y a medida que avanzaba en la lectura, ésta generaba en mí una sensación extraña. La sensación consistía en recordarme a mí mismo leyendo ese cuento por primera vez hacía unos cinco años, a principios de 2010, en un café de Barcelona en donde había decidido esperar las dos horas que faltaban para asistir a una última entrevista de trabajo después de un proceso que llevaba ya varios meses y que me garantizaría únicamente la comprobación de que yo, un extranjero en un grupo de seis aspirantes al puesto, no iba a ser el elegido. La sensación era extraña pues no había razones para creer que, efectivamente, yo había leído ese cuento, y mucho menos en ese café de Barcelona una mañana de marzo de 2010.

Al autor del cuento, Eduardo Bähr, lo había conocido en 2007, meses antes de viajar a España, pero a sus cuentos no los conocí sino hasta ese momento de 2015 en que -suponía a pesar de la sensación extraña- tuve un libro suyo por primera vez en mis manos. Conocer al escritor no debía ser tan importante como conocer su obra, pero por aquellos días yo, probablemente, sintiera o pensara que una cosa era equivalente a la otra y me congratulé por estrecharle la mano al escritor de la misma manera en que ahora me felicito por lo que leo. Me recibió en su oficina de la Biblioteca Nacional, en donde él fungía como director, y no recuerdo muy bien de qué hablamos, quizá de mi libro de poemas que la extinta Secretaría de Cultura acababa de publicarme por haber ganado con él un premio en Guatemala, o quizá de “ese grupo de escritores jóvenes sampedranos”, como solía aludirse a la cofradía que habíamos formado por aquellos tiempos y que sólo se mantenía unida en función de dos o tres razones para acabar con todo y de las cervezas.

Al terminar de leer el cuento, que, por cierto, era muy breve, la sensación se hizo más fuerte. Ya había yo esbozado esa misma leve sonrisa tras la lectura y ya había imaginado al tipo de la cámara en el cuento con su carcajada luego de interpretar el gesto de los futuros fotografiados como uno que invitaba a aplazar para mañana lo que en ese momento se disponían a hacer. Era una sensación que por firme parecía el despegue definitivo hacia una certeza.

El asunto es que yo creía firmemente haber leído el cuento una vez en un café de Barcelona. Así que investigué un poco. El cuento, titulado “El fotógrafo reía”, integró originalmente el volumen Fotografía del peñasco, publicado en 1969, luego apareció en una antología de cuentos breves en 2006 y en un sitio web en octubre de 2010. Era imposible que yo hubiese leído el cuento en el libro de 1969, ahora casi inencontrable; tampoco recordaba haberme llevado a España o haber pedido a alguien desde allá la antología de 2006 en donde volvió a aparecer; y la última posibilidad era, aunque la más razonable, también imposible, pues mi recuerdo de la lectura de ese cuento en un café de Barcelona tiene lugar en marzo de 2010 y el cuento fue publicado siete meses después en esa página web, cuando yo ya había vuelto a Honduras. Por eso la sensación era extraña, sumamente extraña.

II

“El fotógrafo reía” es el cuento que abre Fotografía del peñasco, de Eduardo Bähr, y ahora que lo releo, en una fotocopia del libro que tengo desde 2015, vuelvo a experimentar la misma sensación de haberlo leído una mañana de marzo de 2010 en un café barcelonés. Quizá haya una explicación, me digo, y pienso en lo que cualquiera que lea ese cuento y el libro en que aparece podría experimentar, no importa si lo lee hoy, dentro de cinco o veinte años: extrañeza, admiración, entusiasmo, alegría.

Cuando el libro se publicó en 1969 (Ediciones Kukulkán, 66 pp.), la narrativa hondureña estaba hundida en el Costumbrismo, que, si nos atenemos a lo que señaló en su momento Óscar R. Flores, pudo haber empezado a tomar fuerza en los años 30, durante la dictadura militar de Tiburcio Carías Andino (1933-1949), cuando los escritores con inclinaciones vanguardistas optaron por la autocensura, ya que el término “vanguardista” era comúnmente asociado con aquellos que mostraran una actitud rebelde y contestataria, algo que, obviamente, no combinaba muy bien con una dictadura. El temor a ser señalados como disidentes, entonces, pudo haber privado a aquellas décadas entre los años treinta y cuarenta de acoger las tendencias de la Vanguardia.

El Costumbrismo siguió dominando la literatura hondureña durante mucho tiempo. Todavía para los años sesenta, recurrir a los escenarios rurales y al habla de la gente del campo les permitía a la mayoría de los escritores de aquella época retratar una realidad que, si bien existía, también era cierto que se alejaba de esa otra realidad derivada sobre todo de las acciones del gobierno conservador y represivo del general Oswaldo López Arellano (1963-1965). Manuel Salinas Pagoada explica así la actitud de esta generación de escritores: “Debido a su ideología conservadora, escamoteó la realidad hondureña al describirnos de una manera colorista y estereotipada el campesinado como personaje central de sus relatos”. Si acaso se puede señalar un contrapeso al Costumbrismo en aquellos años, es el del Romanticismo tardío de Lucila Gamero de Medina y de Argentina Díaz Lozano, además del llamado Realismo Social de Ramón Amaya Amador.

No es gratuito, entonces, considerar la aparición de Fotografía del peñasco como otro de los momentos importantes de la Vanguardia en la narrativa hondureña, una Vanguardia que empezó a insinuarse en algunos cuentos de Arturo Martínez Galindo agrupados bajo el título Sombra, de 1940, pero publicados, en su mayoría, durante los años previos a la muerte de este autor, y que volvió a mostrarse hasta en 1956 con la publicación de El arca, de Óscar Acosta. Un nuevo momento, este de 1969, para una Vanguardia literaria hondureña que entonces sí parecía dispuesta a quedarse, pues la voluntad renovadora que se apreciaba en Fotografía del peñasco no tenía ni la timidez de Martínez Galindo ni la brevedad de Acosta, y que además, se vio alimentada con la publicación en 1971 de La balada del herido pájaro y otros cuentos, de Julio Escoto, y en 1973 del otro gran libro de Bähr, El cuento de la guerra.

Uno lee Fotografía del peñasco casi cincuenta años después de su publicación y siente que de esas páginas emana algo distinto; distinto incluso, por arriesgado y poco convencional en cuanto a la forma, a lo que publican actualmente la mayoría de los cuentistas hondureños, que parecen no haber leído oportunamente a Borges y a O. Henry y encuentran todavía, en estos años del siglo XXI, en los cuentos de Nery Alexis Gaytán un modelo válido a seguir.

Hay una línea perfectamente trazable para ubicar ese espíritu de innovación y esa marca de verdadera renovación en la narrativa hondureña que empieza con Martínez Galindo, continúa con Óscar Acosta, salta hasta Eduardo Bähr y de ahí continúan Julio Escoto, Marcos Carías y Roberto Castillo. Cada uno de ellos ha publicado por lo menos un libro que, en su momento, representó un salto, un despegue con intenciones vanguardistas respecto a lo que se escribía o predominaba en la narrativa hondureña.

Así, Sombra, de Arturo Martínez Galindo, aporta cosmopolitismo, atrevimiento con temas escabrosos como la pedofilia, el incesto y el lesbianismo, profundidad sicológica y ambigüedad; El arca, de Óscar Acosta lo hace con su inusitada concisión que, sin embargo, tiene alcances amplios de carácter simbólico y universal; Fotografía del peñasco, de Eduardo Bähr, que rompe definitivamente con las motivaciones del Costumbrismo y se inscribe en la Vanguardia con el uso de técnicas narrativas modernas y su carácter lúdico y plurisignificativo; La balada del herido pájaro y otros cuentos y El árbol de los pañuelos, de Julio Escoto, en los que su autor aplica técnicas narrativas modernas en consonancia con lo más reciente de la narrativa latinoamericana; Una función con móbiles y tentetiesos, de Marcos Carías, que a juicio de Héctor Miguel Leyva, es, quizá, “el experimento narrativo más osado de la literatura hondureña”; y todos los libros de Roberto Castillo, un autor que con cada nueva publicación fue demostrando una gran capacidad narrativa y una voluntad renovadora y de estilo que hacen de su segunda novela, La guerra mortal de los sentidos, una obra maestra.

III

Al evaluar todo esto, uno no puede evitar hacer una mueca de profundo aburrimiento cuando se topa con libros de narrativa hondureña en los que, más que intenciones estéticas, lo que hay es el puro afán de contar. Hay, incluso, algunos de estos libros que, desde la contraportada o desde el prólogo, advierten no tener fines estéticos sino que buscan apenas entretener, lo cual no tendría ningún problema si no fuera porque sus autores se pasean por la aldea haciendo alarde de sus impresionantes aptitudes literarias.

Cada uno escribe como puede, de eso no hay duda, y no debe señalarse como pecado el que un libro no alcance, en un contexto como el de Honduras, un nivel de calidad como el que alcanzaron los autores mencionados en el segundo apartado de este artículo. El pecado reside en la fanfarronería de algunos de sus autores, que se hacen de un cuerpo de escuderos para lanzarse a la llanura con una armadura en la que no penetran ni las buenas lecturas ni el buen juicio; o en la falta de conciencia o de humildad en otros, que hasta son capaces de aparecer en la televisión hablando de sus “aportes a la narrativa hondureña” o hacer que un colega, que lo supera con creces en talento y oficio, claudique en la página de un periódico a favor su imagen de impoluto genio de las letras nacionales.

Que alguien como yo, que también escribe y publica narrativa, venga a decir estas cosas, constituye seguramente para esos otros una muestra de fanfarronería, pero el hecho de que yo mismo no alcance como narrador las exigencias que me planteo o que le planteo a los demás, no me impide hablar, desde mi posición de lector, de estos temas que la mayoría no aborda por dos razones sencillas: el desconocimiento de la narrativa en general o de la narrativa hondureña en particular y el temor a perder unas cuantas amistades.

Hay cosas que hay que decir respecto a la narrativa hondureña contemporánea y una de ellas tiene que ver con los modelos de escritura de los escritores actuales. Ya basta de escribir cuentos con finales a lo O. Henry, de recurrir a la historia como único asidero y a la autobiografía como terapia, de pretender ser escritores mientras decimos que sólo aspiramos a contar, a entretener. ¿No hay acaso otras posibilidades para la narrativa hondureña? ¿De verdad estamos tan atrasados que ni nos hemos dado cuenta? Si nos descuidamos, vuelve a nosotros el Costumbrismo.

No logro imaginar cómo pudo haber sido la reacción de los lectores de Fotografía del peñasco en 1969. ¿Qué pensarían cuando leyeron aquellos cuentos raros, tan alejados de lo que era la norma por aquellos días? Supongo que una mueca de incomprensión se dibujó en sus rostros. Una mueca digna de una fotografía y de que el fotógrafo se ahogue con una carcajada.

Pedroza: el regreso inminente

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En mi último artículo en Literofilia hablo nuevamente sobre Bruno Pedroza, que parece que vuelve:

Un anuncio en Twitter acerca de la preparación de una nueva novela mía hizo, al parecer (aunque esto lo supe después), que el salingeriano y temible crítico literario hondureño Bruno Pedroza me enviara por WhatsApp (cosa extrañísima en él, que no es muy dado al uso de la tecnología) un mensaje casi telegráfico de impostergable lectura: “Tenemos que hablar de esa novela. El sábado. En el café de la última vez. Misma hora”. Yo, que suelo anunciar en Twitter la escritura o la publicación de novelas que jamás voy a escribir o a publicar, no alcancé a pensar que la novela aludida por el maestro Pedroza era una de esas hipotéticas novelas mías sino que me puse a rastrear en mi memoria los títulos de las últimas novelas hondureñas, entre las que aparecían una mía (ahora lo recordaba), intentando establecer las razones para que Pedroza considerara que “hablar de esa novela” era un asunto urgente.

“Tenemos que hablar de esa novela”, había dicho Pedroza, y yo me sentí como aquel personaje de Bolaño que retó a un duelo de espadas a un crítico literario que, según le habían anunciado, escribiría una “mala crítica” sobre su libro, así que acudí a la cita con la decisión de enfrentarme a Pedroza en un duelo de espadas, de ser necesario.

La vas a cagar y la vas a cagar bonito, dijo Pedroza, de entrada, al nomás sentarse a la mesa en donde yo lo esperaba, impaciente y nervioso. Pero fue un alivio percibir que el crítico literario aludía al futuro y no al presente o al pasado. La vas a cagar, había dicho, y entonces yo abandoné mi preocupación inicial y la convertí en pura curiosidad. ¿Ahora no te conformás con publicar sino que también anunciás trilogías?, agregó, visiblemente alarmado. ¿Pero de qué putas me habla?, pregunté por fin, impaciente. ¡De esa novela que estás anunciando como parte de una trilogía!, respondió, con tono de reproche y de decepción al mismo tiempo. Comprendí entonces lo que sucedía. Y lo que sucedía era que a Pedroza, al parecer, la soledad le afectaba tanto que había perdido la capacidad de identificar el sarcasmo. Se trataba de mi “Trilogía de la Vida Mejor”, que yo “escribiría” supuestamente para hablar de nuestros males nacionales. Era una broma, le aclaré, no existen esas novelas mías que anuncio en Twitter. Con la literatura no se juega, muchacho, me advirtió, y entonces volví a adoptar el “modo Pedroza” que uno debe adoptar cuando está con él, a fin de no tener que vérselas con la peor versión de su mal humor. ¿Ya leyó mi novela?, pregunté. ¿cuál novela?, dijo. Tercera persona. ¿Cómo querés que la lea si no me la has dado? Cuando fui a la librería ya no había. Le aparté uno, mire, le dije, y le puse el libro sobre la mesa. Avíseme por si tenemos que darnos riata a machetazos, le advertí, casi susurrando, pero él no pareció oír nada pues se entretenía leyendo las primeras líneas de mi novela. Cuando una muchacha llegó a nuestra mesa, le pedí un café solo y otro con leche, además de agua.

Ya me tienen hasta los güevos estos supuestos escritores de ahora; no han aprendido a redactar y ya quieren ser novelistas; creen que porque hay mucho que contar es urgente que ellos hagan libros, dijo Pedroza levantando la vista del mío, y no pude evitar pensar que yo era uno de esos “escritores de ahora” a los que aludía. Parece que hoy viene con más filo de lo normal, pensé, pero luego pensé también que Pedroza nunca ha sido un crítico complaciente, y entonces sí pude adoptar definitivamente el “modo Pedroza” y dejarme llevar por el curso de sus palabras. Lo que urge es que uno venga, por fin, a decirles lo que se merecen, agregó el crítico, y entonces esperé que empezara a decirme lo que yo merecía que me dijeran sobre esa última novela publicada.

Pasaron unos minutos durante los cuales Pedroza no levantó la vista de las páginas, alternando gestos que oscilaban entre el espanto y la curiosidad, entre la ira y la risa. La llegada de los cafés interrumpió su lectura y evitó, muy probablemente, que mi novela fuera machacada ahí mismo por el crítico literario más ácido en la historia de la literatura hondureña. Luego Pedroza me confió una buena noticia: volvería a escribir reseñas y ensayos sobre literatura hondureña. Después de muchos años, lo había decidido, era hora de volver, y se refirió nuevamente al tema utilizando la palabra “urgencia”. Le habían ofrecido, me dijo, un espacio en una nueva revista cultural para escribir sobre libros y esta vez no iba a negarse. Justificó su regreso diciendo que no es posible que en Honduras un montón de gente escriba y quede en la impunidad. Lo dijo así, como si de crímenes se tratara, pero supe entenderlo, pues yo también había llegado a considerar algunos libros de los publicados en Honduras en los últimos años como verdaderos atentados contra los lectores, contra el buen juicio, contra la cordura. Aquí urge la crítica literaria, dijo Pedroza; ni siquiera la literatura misma es urgente como la crítica literaria, dijo también. Aquí hay gente que publica, que sale en la televisión hablando sobre las supuestas grandezas de su obra y que hasta llega a ganar el Premio Nacional de Literatura, y todo en el marco de una ignorancia terrible, de una estupidez asombrosa y de una impunidad lamentable, continuó el crítico. Hay que empezar ahora mismo o esto joderá todo lo demás, dijo, si no les decimos sus verdades, seguirán engañados ellos y engañarán también a la gente que los lee. No me importa si ellos no se desengañan pero sí es importante que las nuevas generaciones de lectores no crezcan creyendo que las burradas de esos tipos son literatura, dijo. Ya tengo a varios en la mira, me llegan siempre esos bodrios que publican, de una u otra manera, y yo los repaso con una mueca de asco y luego los tiro a una caja en donde probablemente las ratas o las cucarachas hacen fiesta permanente. Pero de ahí los voy a ir sacando, y apartando huevos de cucaracha, intentaré leerlos y escribir sobre ellos.

No sabía Pedroza que quien le hizo la invitación para escribir sobre libros había sido yo, desde el correo de Tercer Mundo, la revista de la que hablaba, pero no se lo dije, quizá para no romper la burbuja de la ilusión de que era el New Yorker y no una revista cultural tercermundista la que se había comunicado con él para invitarlo a escribir en sus páginas. Y es que Tercer Mundo era el sitio y el pretexto perfecto para que Pedroza volviera. ¿Y a quién tiene en la mira?, le pregunté, curioso, y él me vio como diciendo ¿sos pendejo o qué?, y empezó a recitarme, como si de un poema malísimo se tratara, los títulos de muchos de los libros hondureños, en verso y prosa, publicados en los últimos cinco o diez años. Había entre ellos algunos de los que pasaron fugazmente por mis manos y que incluso olvidé fácilmente, pues no soy de los que dedica demasiado tiempo a lo que no funciona, pero Pedroza, que considera que los libros malos son los más valiosos para poner de ejemplo, no pensaba, al parecer, renunciar a la posibilidad de mostrar públicamente los defectos que los convertían en libros ejemplares. O no leen, o no leen bien o no tienen talento, dijo, de pronto, categórico, mientras se llevaba la taza del café a la boca. Dicen que hay uno al que le llaman “El sobaco intelectual”, ya te imaginarás por qué, me dice. Hay otro que ha forjado su carrera literaria (y cuando dijo carrera literaria hizo comillas con dos dedos de cada mano) haciéndose amigo de los tontos con voz y voto o haciendo “crowdfunding” vía chantaje emocional en Facebook. Y continuó: hay otro cuya única gracia para la literatura, y no heredada precisamente de la obra y gracia de su mentor, es tener suficiente dinero para comprar libros en ediciones antiguas. Otro que, lejos de limpiar, fijar y dar esplendor a la lengua, lo que hace es atropellarla en cada frase que escribe. Otro que parece que está viviendo (y creyéndoselo) el sueño literario: publicar libros y venderlos en colegios y universidades. Está la otra que no logra escribir un texto de cuatro párrafos porque pierde el hilo a la tercera oración y luego ya no sabe de lo que habla o de lo que hablaba al principio. Ahí te resumo buena parte de lo que constituye actualmente la literatura hondureña, dijo finalmente Pedroza. Yo, mientras tanto, sacando cuentas para determinar si algo de lo que había hecho calificaba para considerarme alguno de los aludidos. Y Pedroza pareció percatarse de mis cavilaciones, porque dijo a continuación: vos no, no te preocupés, no parece que seás tan pendejo como esos, y esa fue la frase más generosa que pude haber recibido de un mito de la crítica literaria nacional como Bruno Pedroza. Pero no la vayás a cagar, me advirtió, mirá que en este país todos estamos siempre a puntito de cagarla. “A puntito de cagarla”, pensé, estar consciente de eso es una buena forma de mantenerse despierto. La inmediatez de la catástrofe como poética vital.