Pedroza y los autores ingenuos de la aldea

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El nuevo artículo de mi columna “Lo demás es ficción” de Literofilia se publicó ayer. El malquerido crítico literario Bruno Pedroza ha vuelto a aparecer, con nuevos dardos sobre la literatura hondureña:

Quedo de verme con el crítico literario Bruno Pedroza en un café de Los Andes donde sabemos que no llegan los que llegan a los cafés del Centro. Pedroza, todo el mundo lo sabe, se dedica a la docencia en una universidad privada de San Pedro Sula, y para no calentarse la cabeza, dice, como si se refiriera a la goma después de la borrachera, se mantiene retirado de la crítica literaria. Durante el café, que toma negro y sin azúcar, se pone, sin embargo, a hablar de lo de siempre: del estado de la literatura hondureña.

Varias veces me he topado en internet, en algún periódico, en alguna revistilla impresa o en algún blog, me dice casi con estas mismas palabras, con textos que, por puro defecto profesional, quisiera yo imprimir para corregírselos a sus autores, como hago con los textos de mis estudiantes, a quienes suelo devolvérselos, amablemente, con más rojo que negro, entendiendo ambas partes que con eso el profesor contribuye a la formación del estudiante, pero entonces recuerdo dos cosas: la ocasión en que lo hice con el texto de un seudopoeta olanchitense publicado en un diario, que además de mal escrito estaba plagiado, me gané una oportunísima amenaza de muerte, y luego, qué gano yo con ridiculizar públicamente a esos ingenuos autores.

Para leer el texto completo, visiten Literofilia en este enlace: “Pedroza y los autores ingenuos de la aldea”.

El café de los escritores en Managua

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Jacques y Rey Rosa

Jacques Aubergy y Rodrigo Rey Rosa en el “café parisino” de Hispamer en Managua.

El último día del Centroamérica Cuenta me fui a la UCA de Managua para asistir al conversatorio “Centroamérica vista desde afuera”, en el que participaría el narrador hondureño Eduardo Bähr junto al guatemalteco David Unger y el costarricense Daniel Quirós. La moderación estuvo a cargo de la también hondureña Rosario Buezo.

El conversatorio inició de forma dubitativa, pues ni la moderadora ni los tres escritores invitados parecían saber exactamente cómo responder a esa pregunta sobre lo que pasa cuando se toma a “Centroamérica por cárcel”, según sugería la descripción del programa. Sin embargo, la cosa dio para un interesante debate, que hizo coincidir a los panelistas en la opinión de que la literatura centroamericana tiene pocas oportunidades de mostrarse fronteras afuera y que mucho de eso se debe a la falta de apoyo institucional en los países del área. Pero cuando se abrió la posibilidad de las preguntas o comentarios del público, el crítico y novelista salvadoreño Miguel Huezo Mixco dijo que lo que ahí se hablaba a él le parecía solamente una quejadera, pues nadie había aludido a los aspectos positivos que podían rescatarse de toda esa situación. A continuación hubo un interesante intercambio de opiniones entre los panelistas y el público, que también contó con el novelista hondureño Julio Escoto, y del que el resto de los asistentes pudo haber salido más que satisfecho, pues mostró que aún en las diferencias Centroamérica encuentra puntos en común para salir adelante con su literatura.

El resto de la tarde tuvo a la librería Hispamer, con su centro cultural “Pablo Antonio Cuadra” como escenario de los últimos tres conversatorios de la semana. Sin embargo, quise tomarme un descanso para quitarme la sed en el café de la planta baja, en donde me encontré en una mesa a Eduardo Bähr, que se nos había adelantado, y a los escritores costarricenses Warren Ulloa y María del Mar Oboza, así que me les uní. Nos tomamos unas cervezas e intercambiamos opiniones sobre el encuentro de narradores, y mientras tanto, vimos en una mesa contigua al editor y traductor francés Jacques Aubergy y al guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, en otra a Gioconda Belli y en una más a los académicos Héctor Miguel Leyva, Alexandra Ortiz Wallner y Werner Mackenback, y saludamos a los que pasaban, entre ellos Jorge Volpi y Leonardo Padura. En un momento de ensoñación me dio por imaginar que aquel café de Managua, que se llamaba El Molino, era en realidad el Café de Flore de París, y que en cualquier momento aparecería por ahí el fantasma de César Vallejo. Pero por mucho que aquello fuera Centroamérica Cuenta, un evento que había permitido reunir durante seis días a casi trescientos escritores en un país centroamericano, lo único parecido a Vallejo que tuvimos ese viernes fue un aguacero tremendo.

Centroamérica Cuenta volverá en 2018 y Sergio Ramírez, su fundador, ya dijo que será más grande que en las ediciones anteriores. Desde Honduras lo aplaudimos y se lo agradecemos.

Cuervos, novela negra y Mordzinski

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Mordzinski

De la exposición “Objetivo Mordzinski”.

Tercera entrega de mi crónica apretadísima sobre el Centroamérica Cuenta 2017, publicada hoy en El Heraldo:

El miércoles pasado, durante el V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta, fui a la Embajada de México en Managua para estar en la presentación de la novela Vuelo de cuervos, del nicaragüense Erick Blandón, quien vive y trabaja en Estados Unidos como profesor universitario. La novela aborda la evacuación forzosa de los misquitos hacia una tierra denominada irónicamente Tasba Pri, cuyo significado es “Tierra Libre”, y el autor leyó un fragmento en el que un grupo de mujeres procedentes de distintos puntos geográficos de Nicaragua discuten respecto la cena que habrán de preparar para una celebración, y ahí pudimos notar la prosa ágil, juguetona, chispeante con que está escrita, y además su carga humorística. Vuelo de cuervos había sido publicada originalmente hacía 20 años en Nicaragua y ahora Alfaguara la reedita para que recobre el vuelo.

Ese mismo día tuve la oportunidad de asistir a dos conversatorios muy buenos, el primero con Eduardo Sacheri, Leonardo Padura y Rodrigo Rey Rosa, quienes hablaron sobre sus experiencias en el cine, ya sea como guionistas o como codirectores, que es el caso de Rey Rosa con Cárcel de árboles, un documental que disfruté el jueves, previo a un conversatorio entre este autor, Martha Clarissa Hernández y la académica y crítica literaria Alexandra Ortiz Wallner. El documental se basa en la novela homónima de Rey Rosa y muestra el contexto y los testimonios de varias personas que sufrieron directa o indirectamente las prácticas de un norteamericano de nombre David Burden en un campo de concentración “terapéutico” en la selva guatemalteca.

El último conversatorio tuvo de nuevo a Padura, junto a Juan Bolea, Marta Sanz y Daniel Quirós, para hablar de novela negra. Bolea hizo una excelente introducción sobre los códigos del género negro, mientras que Sanz, Padura y Quirós hablaros de sus modos particulares de abordarlo. La española, por ejemplo, que publicó, entre otras novelas, Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás, dijo que no se propone escribir ciñéndose a los códigos establecidos; su héroe, de hecho, no parece el convencional detective de novela. Padura, creador del famoso detective Mario Conde, dijo que suele poner al principio de sus novelas un muerto y al final de las mismas un asesino, pero que ni el muerto ni el asesino resultan ser lo más importante sino lo que los utiliza como pretexto para hablar de la Cuba contemporánea. El costarricense Daniel Quirós, que ha publicado dos novelas calificadas como negras, dice que no está seguro de que éstas puedan inscribirse definitivamente dentro del género y cree que la etiqueta responde más a estrategias editoriales.

El último evento de la jornada fue la exposición fotográfica “Objetivo Mordzinski” en el Centro Cultural de España en Nicaragua, que reunió una importante cantidad de fotografías de escritores, entre ellos los hondureños Roberto Castillo, Julio Escoto y Eduardo Bähr, tomadas por el llamado “fotógrafo de los escritores”, Daniel Mordzinski.

Las jornadas se hacen cortas en Managua

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Yo en conversatorio

En mi conversatorio sobre los escritores centroamericanos nacidos durante los años ochenta.

2da. Parte de mi crónica publicada por entregas en El Heraldo desde la semana pasada:

Con un programa tan amplio, Centroamérica Cuenta no te deja espacio ni tiempo para el aburrimiento. Anteayer, por ejemplo, después de dedicarme a escribir la primera parte de esta crónica, me fui al Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra de la librería Hispamer, un edificio en el que perfectamente cabrían todas las librerías hondureñas. Ahí, junto a la salvadoreña Elena Salamanca y el nicaragüense Ulises Juárez Polanco, con la moderación de Silvio Sirias, tuve mi conversatorio, titulado “Nuevos tiempos, nuevos escritores. ¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica”. La plática, frente a un público de unas setenta personas, giró en torno a tres aspectos: qué fue lo que motivó nuestra incursión en la literatura, qué diferencias identificamos en nuestras intenciones estéticas respecto a las de nuestros antecesores y cuáles son los temas predominantes en nuestra narrativa. Fue una experiencia agradable, que me permitió darme cuenta de que en mis compañeros de mesa el detonante había tenido un cariz trágico mientras que en mi caso todo parte de una infancia feliz en un pueblo y de unas primeras lecturas igualmente felices de Mark Twain y Julio Verne.

Me permití cambiar el siguiente conversatorio por un recorrido por la librería, que tenía una oferta amplísima de títulos, con una mesa dedicada a los libros de los participantes en el festival. Mientras examinaba algunos libros, identifiqué a Héctor Miguel Leyva, compatriota académico de la UNAH que participará hoy (el jueves pasado) con la conferencia “De Buchenwald al Rotary Club: memorias de un emigrante judío en Honduras”. Otro que tendrá su participación hoy será Julio Escoto, quien dictará la conferencia “Santos negros y Cristos negros, espejos del otro”, mientras que Eduardo Bähr lo hará mañana en un conversatorio titulado “Centroamérica vista desde afuera”. De entre los tres, he coincidido más veces con Héctor Miguel Leyva, un hombre inteligente y de buen sentido del humor. El nombre del “churrasco maya” que cenamos el martes, junto a Alexandra Ortiz Wallner, Erick Blandón, Clara Obligado y Mercedes Cebrián, dio para muchas risas.

Me gustaron, particularmente, los últimos dos conversatorios del martes; en el primero la poeta y narradora colombiana Piedad Bonnett habló sobre el proceso de escritura de su libro Lo que no tiene nombre, en el que narra la historia del suicidio de su hijo. “No escribí el libro para conmover a nadie”, dijo la autora, sino, quizá, para “darle un lugar en la memoria” a la vida de su hijo. El otro conversatorio reunió a varios pesos pesados de la literatura hispanoamericana: Sergio Ramírez y Gioconda Belli, por Nicaragua, los españoles Ricardo Menéndez Salmón y Marta Sanz, el chileno Carlos Franz y el cubano Leonardo Padura. Hablaron, durante una hora que se nos antojó cortísima, de los premios que cada uno había ganado y de lo que esos premios han representado en sus respectivas carreras literarias. Eran casi las 9:00 pm. Había que continuar la jornada en otra parte.

CA Cuenta 2017, por entregas

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Sergio Ramírez

Sergio Ramírez en su bienvenida a los participantes en el CA Cuenta 2017.

Empezaré a subir aquí las entregas de una crónica apretada que ya empezó a publicar El Heraldo la semana pasada y que continuará publicando esta nueva semana.

 

El calor de Managua, un calor que recordaba, tras mi primera visita hace 11 años, es parecido al de San Pedro Sula, y uno no quiere salir del infierno sampedrano para llegar a otro infierno parecido. Pero afuera del aeropuerto, camino al hotel que el Centroamérica Cuenta ha dispuesto para sus participantes de este año, noto el cielo nublado, rastros de lluvia en las calles y apenas 29 grados en la aplicación del clima de mi teléfono. Por suerte hemos tenido dos días agradables, me dice, al llegar al hotel, Adiak Montoya, un joven narrador nicaragüense que ganó en 2015 el Certamen de Cuento Breve Centroamericano Carátula.

Son las primeras horas de este encuentro de narradores y ya he podido conocer a algunos de los que, como yo, llegan invitados de otros países: el primero de ellos es el salvadoreño Alberto Pocasangre, autor de varios libros de cuentos, quien me dice que tiene un hermano de nombre Samurái Pocasangre. Puede apropiarse del nombre de mi hermano para ponérselo a un personaje de novela negra, me dice Alberto. Después de un rato de conversación veo que habla en serio, pero pienso en si como novelista estaré a la altura de semejante nombre.

Coincido con Arquímedes Gonzáles, otro escritor joven nicaragüense, en el hotel a la hora del almuerzo y se suma luego a nuestra mesa en el restaurante Silvio Sirias, académico nacido en Estados Unidos, autor de varias novelas, quien moderaría el conversatorio en el que yo participaría al día siguiente sobre los escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica. Hablamos de política, corrupción, violencia y narcotráfico en la región, y del peligro de escribir aquí narrativa sobre el presente, sobre todo si los temas aludidos en esa narrativa son los que acabo de enumerar.

Por la tarde nos vamos a la sede de la Alianza Francesa, un sitio amplio y agradable, con biblioteca, teatro, una plaza, un bar y otros espacios destinados a la cultura. En el teatro se desarrollarían los tres eventos a los que había decidido asistir. En el primero de ellos el colombiano Pablo Montoya, ganador del Rómulo Gallegos 2015, y los franceses Sophie Doudet y José Lenzini hablaron sobre Albert Camus y André Malraux, escritores a quienes está dedicado el festival este año. Más tarde, Erick Blandón conversó con Sandra Cisneros, Clara Obligado y Daniel Alarcón sobre la literatura latinoamericana escrita en otro idioma o en un país distinto al de origen. La jornada finalizó con el acto de inauguración del festival, que incluyó la premiación a la guatemalteca Andrea Morales y la entrega por parte del editor de L’Atinoir Jacques Aubergy a Sergio Ramírez de una antología con textos de centroamericanos participantes en la edición anterior.

Pero decir que todo terminó ahí durante ese primer día es faltar a la verdad: las Toñas, el vino y las boquitas empezaron a fluir al mismo tiempo que una lluvia tenue caía sobre la plaza interior del edificio. Y eso era apenas el principio.

Rumbo a Managua

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GRodríguezCACuentaEste lunes 22 de mayo inicia el V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta en Managua, Nicaragua, y he sido invitado, junto a otros escritores hondureños como Eduardo Bähr, Julio Escoto y Héctor Miguel Leyva, además de la editora de Guaymuras, Isolda Arita.

Mi participación será el martes 23 en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra, de Hispamer, desde las 4:30 pm, en la mesa “Nuevos tiempos. Nuevos escritores” que en el programa se presenta así:

¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica? Autores nacidos durante los conflictos armados en Centroamérica dialogan sobre sus búsquedas literarias, el papel de su generación, crecer en la posguerra y sus propuestas creadoras. ¿Cuáles son las temáticas que estos autores abordan en sus obras? Un diálogo intergeneracional para conocer a las nuevas voces de la literatura centroamericana y sus propuestas literarias.

Los otros participantes de la mesa serán Elena Salamanca y Mauricio Orellana Suárez, de El Salvador; y Ulises Juárez Polanco, de Nicaragua. La mesa será moderada por Silvio Sirias (Estados Unidos/Nicaragua).

Ese mismo día y en ese mismo lugar tendré la oportunidad de conocer personalmente a algunos de los escritores que he leído, entre ellos la colombiana Piedad Bonnett, el español Ricardo Menéndez Salmón y el cubano Leonardo Padura, pues habrá con ellos otras mesas interesantes que no me voy a perder.

A partir del miércoles se publicará en El Heraldo una serie de notas sobre el Centroamérica Cuenta con información de primera mano y algunas fotografías que logre tomar en las mesas y conversatorios. Trataré, luego, de subir esas mismas notas a este blog.

El estómago y el corazón no saben de literatura

Mi nuevo artículo en Literofilia, en mi columna Lo demás es ficción, sobre la ligereza con la que algunas personas opinan sobre literatura, algunas veces con el corazón o con el estómago, pero se han visto casos de opinar sobre literatura también con el hígado o desde el peso de una bolsa solidaria. Hay de todo:

En las clases que sirvo en la universidad, durante los primeros días suelo sondear a mis estudiantes acerca de sus ideas respecto a la literatura. Me interesa, por ejemplo, saber cómo entienden el asunto de la interpretación de un texto literario. Saberlo me resulta útil, no sólo para efectos del desarrollo de mis clases sino también para entender mejor la percepción general que la gente tiene acerca de la literatura.

Esta percepción general suele estar bastante equivocada. Hay quienes piensan, por ejemplo, que cada quien puede interpretar un texto literario desde la mera intuición, que para interpretar un texto literario basta con atreverse a hacerlo, que hay absoluta libertad en la elección de los significados, que la literatura es una cosa que cada quien entiende como quiera, y desconocen que aunque la literatura no sea una ciencia sino un arte, también tiene su teoría y unos fundamentos que se acercan a lo científico. La Historia de la Literatura, la Teoría de la Literatura, la Crítica Literaria y la Literatura Comparada son campos de estudio que, obviamente, no constituyen materia de consideración y mucho menos de discusión entre los defensores de la interpretación caprichosa de los textos literarios.

Pueden leer el artículo completo con un clic aquí: Lo demás es ficción. Literofilia.

Nueva reseña de Los días y los muertos

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Mario Gallardo hizo una de las dos presentaciones de mi novela Los días y los muertos en UNAH-VS en abril pasado. Entonces, leyó primera versión de este texto que tituló “Del narrador de la caverna a Los días y los muertos y viceversa”, en el que, entre otras cosas, dice que a mi novela le viene bien la etiqueta de lo neopolicial. Les dejo un fragmento de la reseña, pero pueden leerla completa en Literatura Portátil:

En su afán por esclarecer los móviles del asesino, López inicia un viaje a los bajos fondos de la ciudad, y se vale de su relación con la policía para obtener información confidencial, pero luego se ve sorprendido por la puesta en libertad de Guillermo, favorecido por la proverbial torpeza investigativa de las autoridades policiales. Pero este hecho, que hubiese marcado el final de las pesquisas de López, más bien definirá el nuevo rumbo que seguirán las inclinaciones detectivescas del periodista. Rodríguez aquí continúa una línea de reinvención de los usos y costumbres del relato policial en Latinoamérica que viene gestándose desde Osvaldo Soriano, Mempo Giardinelli, Ramón Díaz Eterovic y Paco Ignacio Taibo II hasta llegar a Leonardo Padura y su invención más afortunada: el teniente Mario Conde. Es en esta línea donde se define la real dimensión narrativa de Los días y los muertos, aunque los miembros del jurado también han destacado aspectos tales como su dimensión estilística: “una prosa fluida y bien estructurada”, así como la “notable destreza en la construcción de los personajes, los cuales se nos revelan convincentes y subjetivos”.

Una travesura hereje hecha novela

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En Costa Rica apareció una reseña de mi primera novela, Ficción hereje para lectores castos, a cargo de Héctor Hernández Gómez. Les dejo un fragmento a continuación:

Rodríguez nos advierte que tiene poca certeza de que lo narrado en esas páginas tenga algún grado de realidad; simplemente nos señala que puso en orden una serie de manuscritos que recibió de manera anónima. La publicación de estas páginas pasa más por su valor literario que por un eventual contacto con un hecho de la realidad. La historia o ficción ordenada, editada y publicada por Rodríguez nos cuenta el fallido secuestro de un famoso pastor Satanael Aguilar, así como las razones por las que cada uno de los cuatro miembros de la secta Los Herejes, llevó a cabo dicha travesura. La fallida fechoría lo único que busca es convertir el “divino” cuerpo de Satanael en un objeto de escarnio y risa pública. Demostrarles a los creyentes que el “rey está desnudo”, que de la boca de Satanael no emana la palabra divina sino su contrario, pútridas blasfemias. Los herejes, con su travesura, pretendían liberar a sus compatriotas hondureños del falso profeta. Ciertamente, ellos no aspiraban a convertirse en Joaquim de Fiore o Thomas Münzer, simplemente, querían mostrar la falsedad del discurso del famoso pastor. Toda esta divertida ficción me recuerda aquella famosa historia o ficción del robo de la virgen de los Ángeles, por algún travieso, en la segunda mitad del siglo veinte. Me imagino al ladronzuelo tomando la piedra y reventándola contra el piso cagado de risa, como si al reventar esa piedra se hiciera añicos el fervor cristiano del pueblo costarricense. Podríamos interpretar, que al igual que con la fechoría de Los Herejes en la Ficción de Rodríguez, el robo a la Basílica buscaba recordar que la piedra con forma de virgen no es divina, ya que la divinidad reposa en los cuerpos de los hermanos que sufren hambre, dolor y desprecio. Por ello, tanto el fallido secuestro, protagonizado por Los Herejes, como el robo a la Basílica de los Ángeles pueden ser tomados como simples travesuras, no obstante, su relevancia teológica puede ser mayor.

Si quieren leerla completa, entren a la web de Literofilia.

Sara Rolla sobre Los días y los muertos

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Sara Rolla, que fue mi profesora en UNAH-VS, leyó el siguiente texto durante la presentación de mi novela Los días y los muertos precisamente ahí en la universidad hace algunas semanas. Hoy, ese texto apareció publicado en El Heraldo:

Seré muy breve y espero que contundente. Me gusta esta novela, que nos demuestra que en  Honduras han madurado mucho, a nivel institucional, los criterios a la hora de otorgar premios literarios.

Desde el título mismo, Los días y los muertos, la obra nos envía, probablemente, un guiño intertextual. A riesgo de ser algo especulativa, les diré que a mí me sugiere una reminiscencia, sin duda bastante irónica, del poema de Hesíodo Los trabajos y los días. Los días, en el título de la novela, no son aquellas cándidas jornadas campestres, y los trabajos, que los hay, tienen un carácter mucho menos productivo e ingenuo.

Ingeniosamente estructurada, con un juego sutil de planos narrativos, la novela nos sumerge en la realidad social enajenada y enajenante (y culturalmente primitiva) en que nos movemos a diario los habitantes de este sufrido país de nombre infaustamente alegórico.

Como telón de fondo y, afortunadamente, fuera de toda voluntad testimonial, se despliega el amargo escenario urbano en que vivimos, o más bien morimos, parafraseando el admirable verso de Sosa dedicado a Tegucigalpa, pero muy aplicable a esta nuestra “ciudad del Adelantado” (el que, en efecto, se adelantó a tantos saqueadores que vinieron luego). El propio autor deja constancia, en un reportaje,  del sentido de la ambientación de la trama:

“La novela está ambientada en la San Pedro Sula violenta y sangrienta de la actualidad. Al escribirla he querido representar (…) lo que significa vivir en una ciudad como ésta, en la que nos vamos acostumbrando, de manera pasmosa, a la inseguridad, a la violencia y a la muerte”. (“La Prensa”, edición electrónica, 22 de febrero de 2017)

En la contratapa de la novela, Rodríguez hace una excelente caracterización del texto y apunta que, en relación con su ubicación genérica, la obra “flirtea con el género policial pero también con el thriller psicológico…” En efecto, hay muchos elementos de la llamada “novela negra” en esta obra. Recordemos que se trata de una especie narrativa en la que la resolución del caso policial “no es el objetivo principal y los argumentos son habitualmente muy violentos; la división entre buenos y malos se difumina y sus protagonistas  son individuos derrotados y decadentes”, según Raymond Chandler, uno de sus principales representantes.

En un ensayo de su libro El último lector, Ricardo Piglia puntualiza lo siguiente:

“…los “thrillers” vienen a narrar lo que excluye y censura la novela policial clásica. Ya no hay misterio alguno en la causalidad (…)  Se termina con el mito del enigma, o, mejor, se lo desplaza. En estos relatos el detective no descifra solamente los misterios de la trama, sino que encuentra y descubre a cada paso la determinación de las relaciones sociales. El crimen es el espejo de la sociedad, esto es, la sociedad es vista desde el crimen (…) Es un mundo que no huele bien, pero es el mundo en el que usted vive.” (Ricardo Piglia, El último lector, Anagrama, 2005, pp. 96-97)

En Centroamérica, este género ha tenido un cultivo no muy extenso. En Argentina, hay un exponente clave, al menos en mis preferencias, que es el mismo Piglia, con su novela Plata quemada.

El estilo de Giovanni es, como siempre, admirablemente fluido, sin el menor juego retórico (cualidad esencial, sin duda, en los buenos narradores).

Hay otro aspecto muy digno de destacar: la presencia de San Pedro Sula (su protagonismo espacial y cultural) en esta obra. Adquieren relevancia, en el encuadre narrativo, muchos lugares conocidos: calles, barrios , cafés. Esa literaturización de nuestro entorno suma un interés especial a la lectura hecha por los sampedranos de origen o de corazón, como la que les habla. Además, es un hecho comprobado que la literatura hace que la realidad se vuelva mítica, a tal punto que los lectores fanáticos llegamos a reverenciar lugares por el hecho de asociarlos con las páginas de autores muy apreciados. ¿Qué lector de Víctor Hugo no ha relacionado la catedral de Notre Dame con las vicisitudes de su famoso jorobado? En relación con la literatura argentina, les confieso que he estado en cafés, plazas, parques y calles de Buenos Aires porque, además de tener su encanto particular, han sido la locación de algún relato de Borges, Cortázar o Sabato.

Del mismo modo, lugares emblemáticos de San Pedro Sula se mitifican en esta novela de Rodríguez. El café “Espresso Americano” del parque central, por ejemplo, ya es uno de esos lugares míticos. Y ni qué decir del bar “de Meches”, al lado del viejo cine “Tropicana”, cuyas veladas me constan, no por haberlas compartido (no piensen mal), sino porque solía pasar por enfrente y saludar, como quien dice, a la afición allí reunida.

Felicitamos a Giovanni, que ha sabido equilibrar, cualitativamente, las dos vertientes que cultiva: la poesía y la narrativa. Sin duda, el género lírico le afinó el oído para la prosa, y sus experiencias de lectura, estudio y trabajo (de vida, en fin) le proporcionaron el sustrato para esta sólida obra narrativa.

Y aquí concluyo, no sólo por cultivar aquel famoso aforismo que asocia la bondad con la brevedad (aunque parezca, y quizás lo sea, un alarde gaucho juzgar como bueno mi sencillo comentario), sino porque el protagonista de este acto es nuestro querido y admirado exalumno, Giovanni Rodríguez.

Texto leído durante la presentación de la novela Los días y los muertos, Auditorio Escuela de Ciencias de la Salud, UNAH-VS, 5 de abril de 2017.