Siempre se trata de una mujer

Inicio de Las noches en La Casa del Sol Naciente:

Bajó las piernas, que tenía cruzadas sobre el escritorio, se levantó del sillón reclinable, en el que dormitaba con el sombrero de fieltro sobre la mitad superior de su rostro, y se dirigió a la puerta. Al abrir se sintió nuevamente defraudado con el hecho de que quien llegara a buscarlo no fuera una de esas mujeres elegantes que siempre en las películas aparecen por los despachos de los detectives para encargarles un caso que sólo ellos podrían resolver. En cambio, y para colmo, el tipo que tenía enfrente parecía la viva estampa de un condenado a muerte: el pelo, ni corto ni largo, desordenado sobre la cabeza; un jean desteñido, una camiseta blanca con una pátina amarillenta en los sobacos; unos Converse negros bastante maltratados; una barba de por lo menos tres semanas; unas ojeras amplísimas; los ojos vidriosos y un aliento alcohólico para el que medio metro de distancia no significaba nada. De haber estado ahí en la oficina y no en el balcón posterior del apartamento, junto a la pila, Káiser habría bufado, en actitud de alerta.

No pudo evitar López ver a su nuevo cliente de arriba abajo mientras sujetaba el pomo de la puerta, en la que se leía, sobre una placa discreta, el anuncio pomposo: “Edgar Allan D. López Davis. Detective privado”, y bloqueaba, de manera preventiva, la entrada a aquella visita. El tipo se presentó con un buenos días y una tarjeta blanca con el nombre W. Black en letras negras. Al ver el rostro pasmado de López, pronunció el apellido de la tarjeta: Black, y agregó: soy Black, el que llamó por teléfono. López lo hizo pasar a su pequeño despacho, un espacio de cuatro por cuatro metros con el mobiliario mínimo: un escritorio, una lámpara alta detrás y a un lado, un estante mediano con libros y carpetas al extremo derecho, próximo a la puerta de entrada, y un archivo metálico al otro extremo, junto a una ventana que daba a un balcón interior del edificio. Quien reparara en la puerta del despacho, situada atrás y a la izquierda del escritorio, podría imaginar del otro lado una cama, una mesita de noche con lámpara, un armario, una canasta plástica para la ropa sucia, lo que, efectivamente se correspondía con la realidad, pero lo que nadie imaginaría sería el cuerpo de la mujer desnuda, envuelta entre las sábanas, que había pasado la noche con el detective, como tantas otras noches en que la soledad le parecía un asunto de urgente tratamiento; y menos todavía podría imaginar a su perro Káiser, confinado en el balcón posterior, al pie de la pila, junto al tendedero de ropa, como cada vez que su amo tiene visitas profesionales. Lo único comprobable detrás de aquella puerta para ese tipo llamado Black eran las notas de Eye in the Sky, de The Alan Parsons Project, que dejaba oír una radio portátil que López había llevado de su escritorio a la habitación.

Se trata de una mujer, dijo Black, al sentarse frente al escritorio. Con sus dedos entrelazados sobre la superficie de madera, López pensó: siempre se trata de una mujer, y pensó también, como en cámara rápida, en algunos de sus casos anteriores: el primero en su historial como detective, sobre varias hermanas dedicadas a la prostitución, dos de las cuales terminaron muertas; luego el de la casada infiel, que había dejado a su marido para huir con un pastor evangélico; más reciente era el que los medios de comunicación bautizaron como “El caso de la mujer vampiro”, que mordía el cuello de sus víctimas, todos hombres, dejándoles chupetones como su firma delictiva, luego de dormirlos con un confite que les pasaba con un beso en la boca; y el último y más curioso de todos: el de la mujer que había contratado sus servicios para averiguar con quién le ponía los cuernos su novia, quien resultó ser una poetisa a la que en el mundillo literario llamaban “la poetisa orgásmica”, pues leía versos en medio de un aparente éxtasis sexual. Había trabajado en otros casos durante su corta carrera como detective privado, algunos de ellos relacionados con asuntos más peligrosos, pero esos cuatro le parecían los más memorables.

Una mujer, repitió, viendo fijamente el rostro de aquel pobre infeliz que tenía enfrente. Y entonces éste, que se apellidaba Black después de un nombre oculto en la inicial W., que parecía un cuarentón malenrachado, le contó, en una especie de confesión religiosa, su vida durante el último año con una mujer de nombre Natalia Paola B. Fernández, de 27 años, teibolera, probablemente prostituta y hábil extorsionadora, que había muerto estrangulada presuntamente a manos de Wilmer Owen Leiva Fernández, alias Wilmerio, primo y además amante de la susodicha, ahora desaparecido, según la información que había obtenido de la policía.

Quiero que usted encuentre al tal Wilmerio, dijo Black, y cuando lo haga, cobre lo suyo y se olvide de toda esta historia. Involucrarme no es parte de mi trabajo, replicó López, y por un instante vio que el tipo se contraía sobre la silla; sólo averiguo y cobro por la información que doy a mis clientes; lo demás es silencio.

El trato se cerró con un adelanto de cinco mil lempiras, la garantía, por parte del detective, de llamarlo por teléfono cada vez que tuviera nuevas pistas y un apretón de manos, que a López le sorprendió por la fuerza que su nuevo cliente concentró en el gesto.

Sólo una pregunta, dijo López, y ante el silencio expectante del otro, agregó: Natalia B. ¿B de qué? Me avisa cuando lo sepa, contestó Black, levantándose de la silla.

Las noches en La Casa del Sol Naciente

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La ilustración de la portada es de Elmerivánh.

En las líneas finales de mi novela Los días y los muertos se abría una posibilidad: la de ver al personaje López convertido en detective privado. Eso, que en aquel momento parecía sólo «una idea peregrina», nada que nadie debiera «tomarse demasiado en serio», es ya una realidad. En algún momento me hice la pregunta: ¿Qué pasaría si escribiera una novela en la que apareciera con un papel importante un detective privado? ¿Y qué pasaría si ese detective privado hace su trabajo en San Pedro Sula? Era demasiado tentadora la idea como para dejarla pasar, así que lo hice, y el resultado es esta novela que hace poco mimalapalabra editores publicó en Amazon y que ha de llegar a Honduras a finales de junio (o principios de julio). Su título: Las noches en La Casa del Sol Naciente, y en ella López vuelve a meterse a líos, aunque no tanto como se meten a líos Black y Wilmerio, los otros dos personajes principales de la novela, empeñados en saber quién mató a Natalia B.

Si quieren saber más acerca de esta novela antes de ponerse a leerla, visiten el blog de la editorial, que tiene otros datos que quizá puedan interesarles, y lean esta breve reseña que Mario Amaya ha dejado en Goodreads: «Un más que relevante aporte a la construcción de la nueva narrativa hondureña».

Reseña sobre Teoría de la noche

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Erick Tejada Carbajal ha publicado en su blog La perfidia de la razón una reseña de Teoría de la noche, mi último libro de cuentos. Les dejo a continuación un fragmento de esa reseña:

Una de las cosas que más me agrada de Rodríguez es esa capacidad que tiene para diagramar y delinear personajes del extracto popular con una hondura psicológica inusitada. Le da una dimensión humana y tridimensional tanto a la prostituta, como al dueño de un colegio privado como a una ama de casa.  Rodríguez escribe desde ese pavimento humeante de San Pedro Sula, desde el Bulevar del Norte, el Guamilito, el Monumento a la Madre y Circunvalación o desde las carnitas “El Sicario”. Las historias discurren con fluidez mientras el autor nos va dando una mirada de la pestilente decadencia de nuestros días. Sus personajes exudan ese tedio existencial abrumador y a veces indescifrable que produce la cotidianidad en una de las ciudades más violentas del planeta. La soledad, la melancolía, la ira y la exasperante necesidad de redención inundan a sus personajes que en medio de balaceras y masacres van normalizando el trepidante paso de la muerte. Giovanni se sumerge sin tapujos en las vísceras más inescrupulosas del bajo mundo catracho mientras conserva ese tono reflexivo y existencial de su escritura y que toma matices magistrales especialmente en Teoría de la noche, sin duda el cuento principal y bastión de este racimo de violentas historias. 

Si quieren leerla completa, visiten el blog del autor: La perfidia de la razón.

Dignificar el trabajo de los escritores

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Mi último artículo en Tercer Mundo:

Ya Jhonny Glens Márquez había anunciado en esta revista “la revolución de Mimalapalabra Editores”, o lo que es lo mismo: la forma que hemos encontrado en esta modesta editorial para sortear las dificultades inherentes a la publicación de libros en un país como Honduras. También Samaí Torres lo había informado en El Heraldo. Y hoy vengo yo con algo más de contexto sobre el asunto.

El nuestro es un país al que no hemos visto nunca en otro sitio que no sea la deshonrosa parte baja del ranking de más lectores en América Latina, un país que tiene como prioridades siempre cualquier cosa distinta a la cultura y a la educación, que pasa de una crisis social a otra con la misma frecuencia con que, en otros países, pasan de un avance a otro.

Mimalapalabra inició su andadura en aquel lejano 2009, el año del golpe de Estado, la segunda de nuestras tragedias nacionales contemporáneas después del huracán Mitch en 1998 (la tercera es el Partido Nacional, por supuesto), y desde entonces ha publicado, con la iniciativa (y el dinero) particular de cada autor involucrado, veintiún libros entre poesía, ensayo y narrativa. Existió siempre la editorial como algo apenas funcional, como un recurso de emergencia ante la escasez de oportunidades de publicación en el país. Así fue como nació en 2009: yo quería publicar una novelita y, como no había quién me ayudara con eso, me inventé una editorial.

Cuando empezó el confinamiento, producto de la pandemia del Covid-19, reducidas al mínimo esas horas que uno emplea normalmente para trasladarse de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, me encontré con más tiempo disponible para la exploración de algunas ideas en torno a la editorial. Pensé: es inviable para cualquier autor en Honduras pagar una buena cantidad de dinero por la impresión de un libro que, probablemente, tardará años en vender (o regalar). Las imprentas hondureñas suelen hacer tirajes de no menos de 500 ejemplares, lo que resulta una inversión (un gasto) considerable para cualquier autor. Pensé también: sólo los autores primerizos (como lo fui yo alguna vez) están dispuestos a reunir el dinero necesario para una empresa tan arriesgada. Cumplido el sueño de ver su primer libro publicado, al costo que sea, y de confirmar cómo esos ejemplares convocan a las cucarachas en unas cajas durante años, al autor primerizo empieza a “caerle el veinte”. Ahí es cuando comienza a “madurar”, entiende que quizá lo suyo es otra cosa o quizá reafirma su vocación diciendo que no le importa su fracaso como vendedor de libros, mientras no acabe fracasando como escritor. La mayoría, sin embargo, no ve diferencia entre una cosa y otra.

Pues bien, harto de esas imprentas que no siempre cumplen con lo prometido y la mayoría de las veces nos quedan a deber, sobre todo en lo que respecta a la calidad de los materiales y de la impresión, pero también en la cantidad de los ejemplares pactados y en los plazos de entrega, pensé: si estos cabrones creen que pueden hacer negocio a costa nuestra, les voy a demostrar que no los necesito. Yo ya había inventado una editorial alguna vez; ¿qué me impedía ahora reinventarla? Así que, con la ayuda de unos cuantos amigos, reinventé Mimalapalabra sirviéndome de los recursos de la plataforma de Amazon.

Les ahorraré los aburridos detalles relativos al proceso entre el inicio de la edición de un libro y el momento en que nos llega a Honduras, después de su impresión en los Estados Unidos; es un proceso largo, que juega con nuestro entusiasmo y con nuestra impaciencia, pero que resulta infalible. Baste decir que nuestros libros se venden en Librería Metronova de San Pedro Sula y que los publicitamos en nuestro blog y en nuestras redes sociales, para hacer envíos a todo el territorio nacional.

Llevamos con esta nueva etapa desde septiembre de 2020, cuando todavía estábamos confinados; pasaron Eta y Iota y nuestros libros no dejaron de venderse. Estamos en marzo y acaba de llegarnos un tercer tiraje con todos nuestros libros, el más grande desde que empezáramos, y mientras tanto, seguimos editando y preparando los nuevos tirajes. Los más recientes son la antología Doce cuentos negros y violentos, el número 12 de la colección Narrativa, que lanzamos en diciembre y que ha estado disponible, como todos los demás, en Amazon, pero desde este fin de semana también en físico en Honduras; y otros tres para ampliar la colección Convergencias: Escribir o tropezar, de Raúl López Lemus; Resquicios, de Hernán Antonio Bermúdez; y Mentir la vida, del costarricense Álvaro Rojas Salazar, que vendrán a Honduras durante los próximos meses.

Como ven, Mimalapalabra ya no es la editorial de uno o dos libritos que aparecían y desaparecían del panorama literario nacional del mismo modo que sus autores; tenemos en circulación ahora mismo ocho libros en Honduras y otros tres que están por llegar, y podemos garantizar la existencia permanente de estos libros.

Este año tenemos previsto reeditar los dos libros de cuentos de Raúl López Lemus: Entonces, el fuego y Perro adentro, publicados en 2012 y 2015, respectivamente; la antología El relato fantástico en Honduras, de Mario Gallardo, que lleva dos ediciones en otras dos editoriales; y en junio publicaremos dos o tres novelas negras de igual número de autores hondureños. Y en estos próximos meses, también, empezaremos a publicar los libros de Roberto Castillo, tanto los que ya se conocen, que dejaron de circular hace mucho tiempo en Honduras, como los inéditos, que nos tienen ahora bastante entretenidos, convertidos de pronto en arqueólogos literarios.

Alguien quiso saber por qué lo hacemos. ¿Qué por qué hacemos qué cosa?, pregunté. Se refería a esto de “echarnos el trompo a la uña”, a esto de editar y publicar libros en un país como Honduras. Porque algo hay que hacer para animar la fiesta, respondí, porque, aunque sepamos que perderemos la guerra, hay que dar la batalla siempre, le dije también, recordando a Bolaño. Porque no puede haber fiesta sin libros, pues.

Así que la fiesta recomenzó, para nosotros, en septiembre de 2020 y se ha mantenido hasta ahora con todo el entusiasmo necesario. Poco a poco ampliamos nuestras posibilidades, nuestras expectativas y nuestros alcances. Estamos ya, incluso, en condiciones de ofrecer a los autores la posibilidad de publicar sus libros sin que inviertan dinero en ello y sin que tengan que pensar en cosa distinta a lo único que deberían dedicar su esfuerzo: a escribir buenos libros; porque el resto lo hacemos nosotros. Tratamos de dignificar ese esfuerzo de los escritores, para que no tengan que pasar, después de escrito su libro, por el penoso proceso de invertir dinero para su impresión (sin la necesaria edición), tramitar un (casi imposible) ISBN, sentarse con un diseñador gráfico durante días o semanas, recibir por fin las cajas con esos libros impresos, cargarlos luego para llevarlos a las librerías con la esperanza de que ahí se los acepten en consignación, y por último, esperar meses o años que se vendan algunos ejemplares y se los paguen (si es que tienen al día sus facturas del SAR), mientras por cuenta propia se prostituyen en colegios y universidades para que unos amables profesores “los apoyen” vendiéndoselos a sus alumnos.

Creemos que nada de eso es necesario ahora. Creemos que los autores merecen respeto. Creemos que, por escasa que sea la incidencia de un arte como el literario en un país como Honduras, quienes nos dedicamos a esto podemos hacerlo con dignidad. ¿Qué les impide a nuestros libros y a nuestros autores hondureños nutrir los estantes de las librerías nacionales, como lo hacen los libros extranjeros, y llegar a las manos de los lectores? En Mimalapalabra nos preocupamos por publicar libros con calidad literaria, pero también nos interesa que esos libros “no se sientan menos” que los de las editoriales extranjeras, por lo que, además de escoger con cuidado a nuestros autores, nos aseguramos de hacer el necesario trabajo de la edición y de garantizar la calidad de la impresión.  

¿Hasta dónde hemos de llegar? ¿Hasta cuándo ha de continuar la fiesta? No se nos ocurre ver hacia atrás sino para reírnos un poco de nosotros mismos, de lo que fuimos antes de ser esto que vaya a saber si somos, como dijo Cortázar. Porque todo apunta hacia delante.

Nos divierte ser el alma de nuestra fiesta, pero ojalá se sumen otros autores, otros libros, otras editoriales y contribuyamos todos a la disonancia en este paisaje monótono llamado Honduras.

Entrevista sobre Teoría de la noche

En El Heraldo aparece hoy una entrevista que me hizo Samaí Torres con motivo de la publicación de mi libro de cuentos Teoría de la noche. Para leerla completa, hay que entrar a este enlace: «Ningún tema está proscrito de la literatura«. Al titular, sin embargo, habría que agregarle esto otro: «lo que hace a la literatura no son los temas sino la forma en que se escribe sobre esos temas».

Teoría de la noche

Mi segundo libro de cuentos, Teoría de la noche, empezó a circular hace un mes. Contiene 16 cuentos calificados como «violentos», pues en ellos la violencia se manifiesta de diferentes maneras. Hay crímenes, sangre, ambientes oscuros (de ahí el título), alcohol y sexo; las cosas normales que suelen suceder por la noche en un país tercermundista. San Pedro Sula es, como en mi novela Los días y los muertos, el escenario predominante en la mayoría de estos cuentos.

Se trata de relatos más extensos que los de Habrá silencio en nuestras bocas frías (titulado originalmente La caída del mundo, pero reeditado recientemente con este nuevo título por la Editorial Universitaria) y también más complejos en su estructura, pues quise que cada uno de ellos contara, al menos, dos historias. Esto último es posible lograrlo con ciertos recursos literarios que propician la ambigüedad en el relato, pero también con las propias historias narradas, que no se trazan en una sola dirección sino en varias. De manera que un personaje podría contar la historia de su suegro mientras cuenta su propia historia, algo así.

El libro está a la venta en librería Metronova (Mall Galerías, SPS), pero también en Amazon y a través de la editorial mimalapalabra, escribiendo a su correo electrónico: mimalapalabra@gmail.com.

Probablemente en marzo la editorial ponga en marcha una serie de presentaciones y conversatorios. Ahí, seguramente, podremos hablar de este libro.

Los días y los muertos: lo que queda entre líneas

Javier Suazo ha escrito una reseña sobre mi novela Los días y los muertos, que apareció publicada en Tiempo Digital. Si quieren leerla completa, entren al blog de mimalapalabra, pero si no, aquí les dejo el inicio:

Una característica fundamental de la literatura verdadera, no de la simple escritura o narración de eventos, es lo que queda entre líneas. Ese juego diabólico del autor con el lector, en donde el primero propone un modelo para armar, una interacción vivencial que rompa la pasividad en la lectura.

Sin lugar a dudas, la novela Los días y los muertos de Giovanni Rodríguez (Santa Bárbara, 1980), Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” 2015, es un digno ejemplo de esa literatura auténtica, la que cava en lo profundo de la mente, destroza la pasividad del lector y lo impulsa en un tobogán de misterios, secretos ocultos, casos sin resolver, que alimentan el análisis, la especulación, la actividad intelectual.

Entrevista en revista El Camaleón

Juan de Dios Maya Ávila me entrevistó para su columna Canaimera en la revista El Camaleón, de México. Dejo aquí una de sus preguntas y mi respuesta:

¿Cómo has vivido el ser escritor en Honduras?

Uno tiene que acostumbrarse aquí a estar prácticamente solo en esto. Escribir, ya se sabe, es un ejercicio solitario, y esa soledad no tiene por qué incomodar a un escritor sino todo lo contrario, pero ya afuera, en lo que concierne a cierta vidita pública en la que un escritor se supone que está obligado a participar algunas veces, uno echa en falta aquí más posibilidades de discusión sobre lo que hace, un mayor o mejor contacto con lectores o posibles lectores, algo de fiesta en torno a la alegría que supone leer. Pero en Honduras lo que hay es mucho conformismo en la mayoría de los escritores y mucha ignorancia sobre lo que verdaderamente es la literatura, en términos generales, y eso deriva peligrosamente en la idea de que cualquiera puede ser escritor antes incluso que aprender a escribir. Y eso da como asquito. Por eso es preferible mantenerse alejado y sólo echar un ojo al corral para tirarse de vez en cuando una lágrima irónica o una carcajada.

Para leer la entrevista completa, pueden entrar aquí: GIOVANNI RODRÍGUEZ MUÑOZ | CUANDO LAS LETRAS SON HONDURAS.

Algunos apuntes sobre mi mal humor

Hace más de un mes, cuando salí de casa porque debía ir al supermercado, me encontré ahí, frente a la vitrina de los quesos, mientras esperaba que me atendieran, a un excompañero de la universidad, uno de los tiempos en que yo estudiaba Administración de Empresas, antes de convertirme en ese “renegado del sistema” que se dedicaría a estudiar “una carrera para fracasados”: la de Letras, y al reconocerme, a pesar de mi calvicie, que dista mucho de aquella profusa cabellera que realzaba mi belleza de allá por 1998 y 1999, y a pesar, también, de la mascarilla, me saludó con tal aspaviento que tuve que frenarlo con mi puño derecho alzado, como sugiriéndole que en estos tiempos pandémicos conviene evitar los abrazos y otras demostraciones excesivas de entusiasmo.

No lo reconocí de inmediato porque, así como yo había ganado belleza con mi calvicie durante todos estos años, él la había ganado en libras, lo cual, por iniciativa suya, aclaro, fue nuestro tema de conversación durante los primeros tres minutos. Nos tiramos ahí, en medio de los demás clientes del área de quesos del supermercado, unas buenas carcajadas, y luego mi excompañero universitario me sorprendió con una finísima observación: “te noto de buen humor”, que, de plano, mandó a la mierda mi buen humor de ese momento.

Mi gesto de sorpresa pudo haber sido evidente aún debajo de mi mascarilla; quizá mis ojos se achicaron y mi ceño fruncido se expresó con su elocuencia de siempre, haciendo evidentes mis ganas de alzar de nuevo el puño, pero esta vez para depositárselo, también con suficiente elocuencia, sobre su KN95. Más de veinte años después de que hubiéramos coincidido, sin que, acaso, mediáramos palabra más que un par de veces, en las aulas del tercer piso del edificio 2 del antiguo CURN, mi efusivo excompañero venía a hacerme una observación que denotaba un profundo conocimiento sobre lo que yo constituyo como individuo y específicamente, un profundo conocimiento acerca de cómo funciona mi sentido del humor.

En aquel momento una señora me preguntó, detrás de la vitrina, en qué podía ayudarme, y destiné toda mi concentración a intentar recordar las instrucciones de mi mujer respecto a cuánto de queso, cuánto de mantequilla y de qué marcas, respectivamente, y eso impidió que le preguntara a mi excompañero por qué le llamaba particularmente la atención mi buen humor de aquel momento. Faltaban unos cuantos números para que a él lo atendieran, así que, muy a mi pesar, consideró oportuno él ampliar su observación: “es que veo que sólo de amargado trabajás en Facebook”. Esta revelación suya de que sigue los pasos de mi carrera feisbuquera no me tomó por sorpresa, pues sucede que no reparo demasiado en quienes me mandan “invitación de amistad” por esa red social, a menos que tengan toda la pinta, desde sus fotos de perfil, de ser cachurecos, pervertidos o poetas malditos.

Pues según el excompañero universitario, como les venía diciendo, yo “trabajo de amargado”, pero lo curioso es que esa idea suya acerca de mi amargura no se reducía a Facebook sino también a mi presunta vida privada. Un par de agudísimas, oportunas y casi freudianas observaciones más que logré escuchar de su voz pandémica detrás de su KN95 me informaron, prácticamente, en una especie de radiografía de mi personalidad, acerca de cómo soy yo. Era esa, por supuesto, una información que yo desconocía por completo, porque, como todo mundo sabe o podría suponer, yo, a mis cuarenta años, todavía no he sido capaz de autoanalizarme, de llegar a saber quién soy y cómo soy, sigo creyéndome un personaje de ficción, soy un caso de estudio para la psicología, y era absolutamente necesario (urgente incluso) que viniera uno de esos amigos míos de Facebook a aclararme las cosas para que por fin, como se dice, me cayera el veinte, para que por fin supiera yo que soy un amargado.

Lo de mi mal humor es un asunto que ha llamado también la atención de mi mamá. “Usted, hijo, de chiquito era bien bonito”, suele ella informarme, generalmente cuando me ve de mal humor, lo que yo interpreto de esta otra manera: “Usted, hijo, de chiquito no era tan amargado”, pues obviamente no puede estarse refiriendo al abandono de mi atractivo, pues éste, con el paso de los años, incluso aumenta (me lo dicen a menudo y yo soy bastante crédulo en eso). Tiene la mala suerte ella de hacerme ese comentario justo cuando me dispongo, con algún chiste, a reponerme del trago amargo y a mostrarme otra vez “bonito”, como cuando estaba “chiquito”, lo que me hace pensar que, del mismo modo que la observación de mi excompañero universitario, esta otra observación de mi mamá tiene la virtud de exacerbar mi mal humor.

Me muevo yo por el mundo con un humor, digamos, término medio tirando a buen humor, pero el problema de este tipo de buen humor discreto es precisamente su discreción; si uno no se abre camino en la vida a carcajadas y está dispuesto a “trabajar de payaso” todo el tiempo, contando chistes o riéndose por cualquier estupidez ajena, no gana la debida reputación de persona con buen humor.

Me declaro (en público y en privado) absolutamente incapaz de reír, por ejemplo, con los memes insulsos o gastados, con las ocurrencias de los locutores de la radio, con las películas de Adam Sandler, con el optimismo reguetonero del vecino durante las mañanas; me declaro incapaz, ya lo he dicho en otras ocasiones, de ser un optimista viviendo en este país que más que país es cloaca. A mí la abstracción absoluta de este entorno de coprófagos en el que pasamos sumergidos en Honduras sólo me funciona cuando me pongo a leer o a escribir.

Sucede que mi buen humor reside, posiblemente, en cosas y en situaciones más pequeñas o más finas, menos al alcance del ojo feisbuquero de mi excompañero universitario y del maternal ojo de doña Yolanda, que sólo alcanza a verme también en Facebook o durante los dos o tres días de cada cuatrimestre que viene del pueblo a esta San Pedro permanentemente en fiesta en la que el único amargado parece ser su hijo mayor, el que de chiquito era bonito. No la culpo, entonces, por esa idea equivocada acerca de su primogénito.

Sucede, decía, que mi buen humor quizá consista en fingirme un amargado, y en despotricar, en consecuencia, con cierto ánimo provocador, como un pirómano, malévola sonrisa en ristre, acerca de todo cuanto exista allá afuera, empezando por esa aparente comodidad de muchos, casi todos, con lo establecido, con el placer que parece procurarles el acomodamiento de sus nalgas en el acolchonado asiento de La Gran Costumbre.

Yo, alrededor de mi casa, en la que caben mi familia, mis lecturas y mi cerveza diaria, me he construido una muralla altísima para que no entren, de ningún modo, el humor obvio, barato, simplón, el humor chusma de carro con puertas abiertas y parlantes en su máxima expresión, el humor de esa gentuza degenerada que no consigue estar un momento en silencio y encienden el televisor o el equipo de sonido, pues el salón de baile de sus cerebros no puede llenarse con imaginación, con ideas, sino con las canciones de la radio a un volumen altísimo, con Caso Cerrado y la doctora Polo, con los videos de “La More” y con Eduardo Maldonado.

Yo, obviamente, cuando me salto esa muralla y muestro mi cara en Facebook, por ejemplo, no puedo verme sino como amargado, pero esta amargura mía, tan reconocida públicamente, la atesoro porque me recuerda que no soy parte de esa manada que, bajo el efecto adormecedor de este narcótico llamado “realidad”, que nos enseña día a día a ser más dóciles e idiotas, ríe ante todo y es capaz de juzgar, a la primera, el mal humor del otro, pero no de reaccionar de una manera distinta ante la vacuidad y el sinsentido de lo que le rodea.

Mi amargura, que es uno de mis rasgos de carácter presuntamente de conocimiento público, yo la entiendo, quizá, como un acto de desahogo y de resistencia ante la imbecilidad que amenaza con asfixiarme a cada vuelta de esquina, a cada clic, a cada fin de semana de fiesta de mis vecinos. Y en mi vida privada, que es, al fin y al cabo, mi vida real, la que casi nadie conoce, en la que caben, como dije, mi familia, mis lecturas, mi cerveza diaria y mis pocos amigos, mantengo y alimento el saludable espacio restante para el buen humor, el buen humor privado, que, aunque se parezca al otro, a mi mal humor en público, son muy distintos.

Yo, afuera de esta gran muralla, fingiéndome amargado, en realidad me río a carcajadas. Soy el revés del payaso del poema de Roberto Sosa: me subo al vértice más alto de este circo y los observo a todos, con el equívoco gesto de mi mal humor. Si me ven, ahí, alguna vez, reír con vehemencia, reír a carcajadas, con todas las arrugas acumuladas de mis cuarenta años, sorpréndanse un poquito o ríanse conmigo, pero sepan que quizá lo que esté haciendo sea fingir que no me amargan las constantes insolencias de la vida. Así que no confíen en mi rostro, que es el rostro de un cabrón, de un payaso que a veces trabaja de amargado. O al contrario.

Este lado del muro

Me invitaron a participar en esta «Bitácora del encierro», un proyecto de la Universidad Autónoma Metropolitana Cuajimalpa y 17, Instituto de Estudios Críticos, de México. Dejos los primeros dos párrafos, pero pueden leer el artículo completo en este enlace: 17.

Uno se asoma por la ventana al final de la tarde, un fin de semana, y ve afuera desolación pura. Los niños no pasean ya con sus bicicletas o sus monopatines; los vecinos no se manifiestan ni con su música de siempre; parecieran haberse ido de vacaciones. No se trata de eso, por supuesto. No ayuda que ahí afuera los pájaros estén ahora, ya sin nosotros, como una presencia permanente y que hayan tomado los espacios que antes parecían nuestros. No sé si será cosa mía, pero últimamente me da la impresión de que más pájaros revolotean afuera. A ellos, como al parecer a toda la fauna del planeta, una pandemia vino a darles la libertad que a nosotros nos ha quitado.

Es verano aquí, como casi todo el año, y es la temporada de verano más seca, sin lluvia, que hace meses no cae para acabar con la monotonía de un calor de treinta y siete grados a la sombra, con apenas viento en breves rachas después del mediodía. Mi casa está en una de esas residenciales de “circuito cerrado”, lo que significa que contamos con vigilancia privada y un muro que nos separa (y nos protege) de ese mundo exterior precario y peligroso que constituye, en un país como Honduras, cualquier zona carente de murallas y vigilancia.