Vacaciones forzadas

notenojesA esto que me ocurre desde hace ya bastantes días me da por llamarlo “vacaciones forzadas”, algo que, por supuesto, al final de cuentas, no me disgusta del todo. La situación actual de la UNAH: edificios tomados, actividades paralizadas, incertidumbre respecto al desarrollo del II Periodo Académico, deriva, en mi caso, en una vida eminentemente hecha en casa.

Coincido con las vacaciones de mi mujer y de mi hijo, por lo que entre las series que vemos (Juego de Tronos, Power y Chance, las de estos meses), las películas pirateadas que compramos los viernes en una gasolinera, las partidas de Notenojes, las esporádicas salidas de nuestra colonia, las tardes en el campo para correr o jugar futbolito y los títulos que gana el Real Madrid cada vez que juega últimamente, me he puesto a leer algunos libros pendientes (por las tardes y las noches), pero sobre todo, a escribir una nueva novela que había empezado hacía más de un año y que por las circunstancias normales (trabajo, familia, las obligaciones más urgentes), no había podido terminar. Así que este periodo de “vacaciones forzadas” me ha servido para terminar de escribir mi cuarta novela, después de Ficción hereje para lectores castos (2009 y 2015), Los días y los muertos (2016) y Tercera persona (que publicará este año Uruk Editores de Costa Rica).

Me he habituado a levantarme temprano cada mañana, primero a preparar el café y luego a escribir, por lo que no me ha costado retomar el ritmo que traía la novela desde que empecé a escribirla y he podido llevarla hasta el final según como me lo había propuesto desde el principio. Una agradable rutina que, por suerte, respetan mi mujer y mi hijo y que sólo se ve alterada por las audiciones de reguetón a que me someten los vecinos de al lado de vez en cuando. Estas son las circunstancias en las que me toca escribir, me digo, tratando de no perder la paciencia y entendiendo que estas circunstancias mías son más favorables que las de otros. Así que estoy aprendiendo a convivir con ellas.

Imprimí el texto de la novela para la revisión respectiva y durante tres días me la pasé en eso, tachando, agregando, suprimiendo, mejorando el texto, y mientras tanto, incorporando ideas para hacer la trama más efectiva. Los detalles sobre esa novela he de reservármelos por ahora por la sencilla razón de que mientras no la publique cualquier cosa en ella podría cambiar, pero puedo permitirme adelantar que han vuelto dos personajes de mis anteriores novelas. ¿Cuándo la publicaré? Eso, aquí en Honduras, nunca se sabe. Por el momento no es algo en lo que quiera pensar, pues antes debo concentrarme en la edición de Tercera persona en Costa Rica y en lo que se viene con esa novela, sobre lo que también me reservo los detalles por ahora.

En fin; las vacaciones forzadas continúan, yo he terminado de escribir una nueva novela y me preparo para el viaje a México la próxima semana, para presentar Los días y los muertos en la FILUNI de la UNAM, pero entre una cosa y otra recojo información sobre un tema para un proyecto narrativo mucho más ambicioso que cualquier otro que haya emprendido hasta ahora. Creo que ha llegado el momento de escribir sobre eso que siempre ha estado ahí, en nuestra historia, en nuestra consciencia colectiva como hondureños, y que nadie ha observado con suficiente atención para intentar explicar quiénes y cómo somos.

Los días y los muertos se presentará en México

FiluniEl próximo 27 de agosto, gracias a las gestiones de la UNAH y la Editorial Universitaria, estaré presentando mi novela Los días y los muertos en el marco de la I Feria Internacional del Libro Universitario (FILUNI) de la UNAM (México), en el salón Ernesto de la Torre Villar a las 10:00 am junto a Evaristo López, director de la editorial, y Mario Hernán Mejía, director de Cultura de la UNAH.

Ésta será la primera edición de una feria del libro orientada a las publicaciones de universidades de España, Estados Unidos, el país anfitrión, México, y el resto de Latinoamérica, y que tendrá como protagonistas a escritores, editores, distribuidores, libreros, bibliotecarios, traductores, académicos, diseñadores y otros profesionales del mundo editorial. La universidad invitada será la Universidad de Salamanca.

Más de 130 stands en cuatro mil metros de exhibición y más de 120 actividades académicas, literarias y culturales entre el 22 y el 27 de agosto. La Editorial Universitaria estará presente en la feria del 25 al 27 de agosto con todos los libros en existencia de su catálogo.

Pueden consultar el programa general de la FILUNI en este enlace: Programa FILUNI.

Escribir para divertirse

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Todo escritor llega a preguntarse en algún momento por qué o para qué escribe. Y cuando eso sucede, se pone a pensar seriamente en el asunto, de modo que del acto de pensar surja una respuesta sincera, o al menos inteligente, para seguir dando la impresión de que es inteligente. Lo que no todo escritor hace es prepararse para el momento en que alguien más le hace esa pregunta, y cuando eso sucede, quizá ante la urgencia de responder probablemente no responda nada, o por lo menos nada que parezca inteligente.

Yo, que apenas soy un aprendiz de escritor, ya he gozado del favor de ser interrogado al respecto, y digo “del favor” porque una pregunta como esa lleva implícita la suposición de que el interrogado es escritor. Así que ahí estaba yo, por unos segundos suspendido de esta realidad, intentando formular una oración que por lo menos no me hiciera quedar como un imbécil. Para mi fortuna, quien lanzaba la pregunta lo que menos pretendía de mí, simple aprendiz de escritor casi llegando a escritorzuelo, era una respuesta, y de inmediato continuó con una perorata de las típicas suyas, por cierto muy instructivas y oportunas.

Mientras la perorata avanzaba y lo que la motivaba era olvidado, yo me puse a pensar en aquella pregunta que nunca nadie, ni yo mismo, me había hecho: ¿para qué escribo?, y en ese momento apelé más a la sinceridad que a la inteligencia para responderme a mí mismo que escribo sólo para divertirme, porque la verdad es esa, escribo porque hacerlo me produce un placer distinto a cualquier otro.

Algo parecido, pero mucho más inteligente, dijo Cortázar en una entrevista que le hiciera un periodista catalán en la Librería Laie de Barcelona en 1981: “Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”. Cortázar, que para esos días se mantenía entre el divorcio de Aurora Bernárdez, la relación infeliz con Ugné Karvelis y el amor imposible con Cristina Peri Rosi, pudo haber reconocido en la literatura una forma de escape de las miserias de la vida cotidiana y más allá de eso, una forma de experimentar lo que yo llamo “un placer distinto”.

No sé si son ciertas estas otras palabras de Cortázar que leí en un artículo anónimo en internet con las que el escritor argentino trataba de responder otra vez a la dichosa pregunta de para qué escribía: “Escribo para intentar saber qué tanto hay en las ficciones de lo que no ha habido en mi vida”. Como dije, no sé si Cortázar diría una cosa así, pues me parece floja esa respuesta, pero aunque no lo dijera, me quedo también con esas otras palabras que intentan responder a la pregunta acerca de las motivaciones para escribir. Palabras que se emparentan con las del novelista irlandés John Banville, quien dijo alguna vez escribir “por vivir otras vidas y revivir las propias”.

Quizá las respuestas más interesantes son las que dieron Carlos Fuentes y Javier Marías, o por lo menos esas respuestas son las que yo he recordado siempre. “A ver, señor Fuentes, usted ¿por qué escribe?”. Y Fuentes, que quizá lo que pensaba en ese momento era “¿Por qué no me dan el Nobel”?, respondió con otra pregunta: “¿Por qué respiro?”, con la que debió haber dejado helado a quien le preguntaba. “Escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar”, dijo Javier Marías, y yo pasé muchos años pensando en que eso de no tener jefe ni verse obligado a madrugar al menos cinco días por semana eran dos buenas razones para que cualquiera aspirara a convertirse en escritor, hasta que nació mi hijo y me di cuenta de que un hijo es un despertador imprevisible y más tarde, que llevarlo a la escuela cinco veces por semana es algo de lo que pueden escurrirse sólo unos pocos afortunados en la vida.

Hace poco leí dos libros en los que sus autores, dos auténticas celebridades de la literatura mundial, intentan responder a esa pregunta. Esos libros son De qué hablo cuando hablo de escribir, del japonés Haruki Murakami, y Mientras escribo, del estadounidense Stephen King. El primero me pareció algo ligero, políticamente correcto, escrito con más sosiego y prudencia que con ímpetu, muy ameno pero con escaso colmillo. Además, algo repetitivo. Disfruté más el segundo, que fue capaz de hacer que me acercara a su autor con un entusiasmo y una curiosidad que nunca había tenido con él. Una cosa que al lector le queda clara después de leer esos dos libros es que sus autores entienden el acto de escribir como una actividad permanente y equivalente a lo que cualquiera podría considerar como “un trabajo”. Ambos aseguran levantarse temprano por las mañanas y dedicarse unas cinco horas a escribir, hasta llegar a la meta de las diez páginas, que suelen alcanzar sin muchos problemas, pero a veces, dice el estadounidense, le llega la hora del almuerzo y aunque no lo aplaza, vuelve a su estudio para cumplir con la meta de las diez páginas.

Con miles y miles de lectores en todo el mundo, ambos escritores han hecho de la literatura un modo de vida, y aunque se imponen una determinada cantidad de horas diarias para la escritura, no consideran eso de la manera negativa como se supone debería considerarse una “imposición”, puesto que aseguran disfrutar de ella. “Siempre he escrito porque me llenaba. Puede que sirviera para pagar la hipoteca y los estudios de los niños, pero eso era aparte. Yo he escrito porque me hacía vibrar. Por el simple gozo de hacerlo. Y el que disfruta puede pasarse la vida escribiendo”, dice Stephen King. El placer, entonces, ante todo, del mismo modo en que Cortázar concebía la escritura y del mismo modo en que yo, salvando, por supuesto, las enormes distancias, concibo el acto de escribir. Y no se trata de autoimponerse una actividad que pueda derivar en placer sino al contrario, hacer de una actividad habitual y placentera una tarea permanente e inaplazable.

Quizá la pregunta de por qué escribo o para qué escribo pueda generar respuestas interesantes en los grandes escritores, como todos los que he mencionado, que saben (o han sabido) que cada vez que escriben un libro, ese libro será editado por una prestigiosa editorial y leído por muchas personas en distintas partes del mundo. Pero, ¿qué pasa cuando la pregunta se le hace a un escritor tercermundista como éste que escribe estas líneas, un escritor que, como habría dicho Bolaño, escribe aun sabiendo que tiene la batalla perdida, que difícilmente verá un libro suyo publicado por uno de los grandes sellos editoriales, que probablemente no será leído mucho más allá de su aldea (si llega a tener esa suerte), que cada vez que escribe un libro debe guardarlo por años porque su presupuesto no alcanza para la autoedición? Porque si alguien llega a preguntarse alguna vez qué sentido tiene escribir, ¿cómo no habrá de preguntárselo si lo suyo se trata de escribir en países como los centroamericanos, en los que, en medio de tanto problema social, que afecta directamente lo individual, leer o escribir literatura es “un lujo” o una frivolidad?

“Escribo para divertirme y porque le huyo a la solemnidad de los que dicen escribir por una razón distinta”, dijo Cortázar, y yo, que escribo por las mismas razones, hago mías sus palabras y éstas explotan en mi cabeza cada vez que alguien me pregunta lo mismo, de modo que llega el momento en el que me pregunto: ¿son realmente de Cortázar esas palabras y no mías?, y me contento con saber que a pesar de ser un escritor confinado en este rincón desapacible del llamado Tercer Mundo, soy capaz de escribir y además, de divertirme haciéndolo. Dar la batalla al menos. Y mientras tanto, divertirse.

Pedroza y los autores ingenuos de la aldea

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El nuevo artículo de mi columna “Lo demás es ficción” de Literofilia se publicó ayer. El malquerido crítico literario Bruno Pedroza ha vuelto a aparecer, con nuevos dardos sobre la literatura hondureña:

Quedo de verme con el crítico literario Bruno Pedroza en un café de Los Andes donde sabemos que no llegan los que llegan a los cafés del Centro. Pedroza, todo el mundo lo sabe, se dedica a la docencia en una universidad privada de San Pedro Sula, y para no calentarse la cabeza, dice, como si se refiriera a la goma después de la borrachera, se mantiene retirado de la crítica literaria. Durante el café, que toma negro y sin azúcar, se pone, sin embargo, a hablar de lo de siempre: del estado de la literatura hondureña.

Varias veces me he topado en internet, en algún periódico, en alguna revistilla impresa o en algún blog, me dice casi con estas mismas palabras, con textos que, por puro defecto profesional, quisiera yo imprimir para corregírselos a sus autores, como hago con los textos de mis estudiantes, a quienes suelo devolvérselos, amablemente, con más rojo que negro, entendiendo ambas partes que con eso el profesor contribuye a la formación del estudiante, pero entonces recuerdo dos cosas: la ocasión en que lo hice con el texto de un seudopoeta olanchitense publicado en un diario, que además de mal escrito estaba plagiado, me gané una oportunísima amenaza de muerte, y luego, qué gano yo con ridiculizar públicamente a esos ingenuos autores.

Para leer el texto completo, visiten Literofilia en este enlace: “Pedroza y los autores ingenuos de la aldea”.

El café de los escritores en Managua

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Jacques y Rey Rosa

Jacques Aubergy y Rodrigo Rey Rosa en el “café parisino” de Hispamer en Managua.

El último día del Centroamérica Cuenta me fui a la UCA de Managua para asistir al conversatorio “Centroamérica vista desde afuera”, en el que participaría el narrador hondureño Eduardo Bähr junto al guatemalteco David Unger y el costarricense Daniel Quirós. La moderación estuvo a cargo de la también hondureña Rosario Buezo.

El conversatorio inició de forma dubitativa, pues ni la moderadora ni los tres escritores invitados parecían saber exactamente cómo responder a esa pregunta sobre lo que pasa cuando se toma a “Centroamérica por cárcel”, según sugería la descripción del programa. Sin embargo, la cosa dio para un interesante debate, que hizo coincidir a los panelistas en la opinión de que la literatura centroamericana tiene pocas oportunidades de mostrarse fronteras afuera y que mucho de eso se debe a la falta de apoyo institucional en los países del área. Pero cuando se abrió la posibilidad de las preguntas o comentarios del público, el crítico y novelista salvadoreño Miguel Huezo Mixco dijo que lo que ahí se hablaba a él le parecía solamente una quejadera, pues nadie había aludido a los aspectos positivos que podían rescatarse de toda esa situación. A continuación hubo un interesante intercambio de opiniones entre los panelistas y el público, que también contó con el novelista hondureño Julio Escoto, y del que el resto de los asistentes pudo haber salido más que satisfecho, pues mostró que aún en las diferencias Centroamérica encuentra puntos en común para salir adelante con su literatura.

El resto de la tarde tuvo a la librería Hispamer, con su centro cultural “Pablo Antonio Cuadra” como escenario de los últimos tres conversatorios de la semana. Sin embargo, quise tomarme un descanso para quitarme la sed en el café de la planta baja, en donde me encontré en una mesa a Eduardo Bähr, que se nos había adelantado, y a los escritores costarricenses Warren Ulloa y María del Mar Oboza, así que me les uní. Nos tomamos unas cervezas e intercambiamos opiniones sobre el encuentro de narradores, y mientras tanto, vimos en una mesa contigua al editor y traductor francés Jacques Aubergy y al guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, en otra a Gioconda Belli y en una más a los académicos Héctor Miguel Leyva, Alexandra Ortiz Wallner y Werner Mackenback, y saludamos a los que pasaban, entre ellos Jorge Volpi y Leonardo Padura. En un momento de ensoñación me dio por imaginar que aquel café de Managua, que se llamaba El Molino, era en realidad el Café de Flore de París, y que en cualquier momento aparecería por ahí el fantasma de César Vallejo. Pero por mucho que aquello fuera Centroamérica Cuenta, un evento que había permitido reunir durante seis días a casi trescientos escritores en un país centroamericano, lo único parecido a Vallejo que tuvimos ese viernes fue un aguacero tremendo.

Centroamérica Cuenta volverá en 2018 y Sergio Ramírez, su fundador, ya dijo que será más grande que en las ediciones anteriores. Desde Honduras lo aplaudimos y se lo agradecemos.

Cuervos, novela negra y Mordzinski

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Mordzinski

De la exposición “Objetivo Mordzinski”.

Tercera entrega de mi crónica apretadísima sobre el Centroamérica Cuenta 2017, publicada hoy en El Heraldo:

El miércoles pasado, durante el V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta, fui a la Embajada de México en Managua para estar en la presentación de la novela Vuelo de cuervos, del nicaragüense Erick Blandón, quien vive y trabaja en Estados Unidos como profesor universitario. La novela aborda la evacuación forzosa de los misquitos hacia una tierra denominada irónicamente Tasba Pri, cuyo significado es “Tierra Libre”, y el autor leyó un fragmento en el que un grupo de mujeres procedentes de distintos puntos geográficos de Nicaragua discuten respecto la cena que habrán de preparar para una celebración, y ahí pudimos notar la prosa ágil, juguetona, chispeante con que está escrita, y además su carga humorística. Vuelo de cuervos había sido publicada originalmente hacía 20 años en Nicaragua y ahora Alfaguara la reedita para que recobre el vuelo.

Ese mismo día tuve la oportunidad de asistir a dos conversatorios muy buenos, el primero con Eduardo Sacheri, Leonardo Padura y Rodrigo Rey Rosa, quienes hablaron sobre sus experiencias en el cine, ya sea como guionistas o como codirectores, que es el caso de Rey Rosa con Cárcel de árboles, un documental que disfruté el jueves, previo a un conversatorio entre este autor, Martha Clarissa Hernández y la académica y crítica literaria Alexandra Ortiz Wallner. El documental se basa en la novela homónima de Rey Rosa y muestra el contexto y los testimonios de varias personas que sufrieron directa o indirectamente las prácticas de un norteamericano de nombre David Burden en un campo de concentración “terapéutico” en la selva guatemalteca.

El último conversatorio tuvo de nuevo a Padura, junto a Juan Bolea, Marta Sanz y Daniel Quirós, para hablar de novela negra. Bolea hizo una excelente introducción sobre los códigos del género negro, mientras que Sanz, Padura y Quirós hablaros de sus modos particulares de abordarlo. La española, por ejemplo, que publicó, entre otras novelas, Black, black, black y Un buen detective no se casa jamás, dijo que no se propone escribir ciñéndose a los códigos establecidos; su héroe, de hecho, no parece el convencional detective de novela. Padura, creador del famoso detective Mario Conde, dijo que suele poner al principio de sus novelas un muerto y al final de las mismas un asesino, pero que ni el muerto ni el asesino resultan ser lo más importante sino lo que los utiliza como pretexto para hablar de la Cuba contemporánea. El costarricense Daniel Quirós, que ha publicado dos novelas calificadas como negras, dice que no está seguro de que éstas puedan inscribirse definitivamente dentro del género y cree que la etiqueta responde más a estrategias editoriales.

El último evento de la jornada fue la exposición fotográfica “Objetivo Mordzinski” en el Centro Cultural de España en Nicaragua, que reunió una importante cantidad de fotografías de escritores, entre ellos los hondureños Roberto Castillo, Julio Escoto y Eduardo Bähr, tomadas por el llamado “fotógrafo de los escritores”, Daniel Mordzinski.

Las jornadas se hacen cortas en Managua

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Yo en conversatorio

En mi conversatorio sobre los escritores centroamericanos nacidos durante los años ochenta.

2da. Parte de mi crónica publicada por entregas en El Heraldo desde la semana pasada:

Con un programa tan amplio, Centroamérica Cuenta no te deja espacio ni tiempo para el aburrimiento. Anteayer, por ejemplo, después de dedicarme a escribir la primera parte de esta crónica, me fui al Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra de la librería Hispamer, un edificio en el que perfectamente cabrían todas las librerías hondureñas. Ahí, junto a la salvadoreña Elena Salamanca y el nicaragüense Ulises Juárez Polanco, con la moderación de Silvio Sirias, tuve mi conversatorio, titulado “Nuevos tiempos, nuevos escritores. ¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica”. La plática, frente a un público de unas setenta personas, giró en torno a tres aspectos: qué fue lo que motivó nuestra incursión en la literatura, qué diferencias identificamos en nuestras intenciones estéticas respecto a las de nuestros antecesores y cuáles son los temas predominantes en nuestra narrativa. Fue una experiencia agradable, que me permitió darme cuenta de que en mis compañeros de mesa el detonante había tenido un cariz trágico mientras que en mi caso todo parte de una infancia feliz en un pueblo y de unas primeras lecturas igualmente felices de Mark Twain y Julio Verne.

Me permití cambiar el siguiente conversatorio por un recorrido por la librería, que tenía una oferta amplísima de títulos, con una mesa dedicada a los libros de los participantes en el festival. Mientras examinaba algunos libros, identifiqué a Héctor Miguel Leyva, compatriota académico de la UNAH que participará hoy (el jueves pasado) con la conferencia “De Buchenwald al Rotary Club: memorias de un emigrante judío en Honduras”. Otro que tendrá su participación hoy será Julio Escoto, quien dictará la conferencia “Santos negros y Cristos negros, espejos del otro”, mientras que Eduardo Bähr lo hará mañana en un conversatorio titulado “Centroamérica vista desde afuera”. De entre los tres, he coincidido más veces con Héctor Miguel Leyva, un hombre inteligente y de buen sentido del humor. El nombre del “churrasco maya” que cenamos el martes, junto a Alexandra Ortiz Wallner, Erick Blandón, Clara Obligado y Mercedes Cebrián, dio para muchas risas.

Me gustaron, particularmente, los últimos dos conversatorios del martes; en el primero la poeta y narradora colombiana Piedad Bonnett habló sobre el proceso de escritura de su libro Lo que no tiene nombre, en el que narra la historia del suicidio de su hijo. “No escribí el libro para conmover a nadie”, dijo la autora, sino, quizá, para “darle un lugar en la memoria” a la vida de su hijo. El otro conversatorio reunió a varios pesos pesados de la literatura hispanoamericana: Sergio Ramírez y Gioconda Belli, por Nicaragua, los españoles Ricardo Menéndez Salmón y Marta Sanz, el chileno Carlos Franz y el cubano Leonardo Padura. Hablaron, durante una hora que se nos antojó cortísima, de los premios que cada uno había ganado y de lo que esos premios han representado en sus respectivas carreras literarias. Eran casi las 9:00 pm. Había que continuar la jornada en otra parte.

CA Cuenta 2017, por entregas

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Sergio Ramírez

Sergio Ramírez en su bienvenida a los participantes en el CA Cuenta 2017.

Empezaré a subir aquí las entregas de una crónica apretada que ya empezó a publicar El Heraldo la semana pasada y que continuará publicando esta nueva semana.

 

El calor de Managua, un calor que recordaba, tras mi primera visita hace 11 años, es parecido al de San Pedro Sula, y uno no quiere salir del infierno sampedrano para llegar a otro infierno parecido. Pero afuera del aeropuerto, camino al hotel que el Centroamérica Cuenta ha dispuesto para sus participantes de este año, noto el cielo nublado, rastros de lluvia en las calles y apenas 29 grados en la aplicación del clima de mi teléfono. Por suerte hemos tenido dos días agradables, me dice, al llegar al hotel, Adiak Montoya, un joven narrador nicaragüense que ganó en 2015 el Certamen de Cuento Breve Centroamericano Carátula.

Son las primeras horas de este encuentro de narradores y ya he podido conocer a algunos de los que, como yo, llegan invitados de otros países: el primero de ellos es el salvadoreño Alberto Pocasangre, autor de varios libros de cuentos, quien me dice que tiene un hermano de nombre Samurái Pocasangre. Puede apropiarse del nombre de mi hermano para ponérselo a un personaje de novela negra, me dice Alberto. Después de un rato de conversación veo que habla en serio, pero pienso en si como novelista estaré a la altura de semejante nombre.

Coincido con Arquímedes Gonzáles, otro escritor joven nicaragüense, en el hotel a la hora del almuerzo y se suma luego a nuestra mesa en el restaurante Silvio Sirias, académico nacido en Estados Unidos, autor de varias novelas, quien moderaría el conversatorio en el que yo participaría al día siguiente sobre los escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica. Hablamos de política, corrupción, violencia y narcotráfico en la región, y del peligro de escribir aquí narrativa sobre el presente, sobre todo si los temas aludidos en esa narrativa son los que acabo de enumerar.

Por la tarde nos vamos a la sede de la Alianza Francesa, un sitio amplio y agradable, con biblioteca, teatro, una plaza, un bar y otros espacios destinados a la cultura. En el teatro se desarrollarían los tres eventos a los que había decidido asistir. En el primero de ellos el colombiano Pablo Montoya, ganador del Rómulo Gallegos 2015, y los franceses Sophie Doudet y José Lenzini hablaron sobre Albert Camus y André Malraux, escritores a quienes está dedicado el festival este año. Más tarde, Erick Blandón conversó con Sandra Cisneros, Clara Obligado y Daniel Alarcón sobre la literatura latinoamericana escrita en otro idioma o en un país distinto al de origen. La jornada finalizó con el acto de inauguración del festival, que incluyó la premiación a la guatemalteca Andrea Morales y la entrega por parte del editor de L’Atinoir Jacques Aubergy a Sergio Ramírez de una antología con textos de centroamericanos participantes en la edición anterior.

Pero decir que todo terminó ahí durante ese primer día es faltar a la verdad: las Toñas, el vino y las boquitas empezaron a fluir al mismo tiempo que una lluvia tenue caía sobre la plaza interior del edificio. Y eso era apenas el principio.

Rumbo a Managua

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GRodríguezCACuentaEste lunes 22 de mayo inicia el V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta en Managua, Nicaragua, y he sido invitado, junto a otros escritores hondureños como Eduardo Bähr, Julio Escoto y Héctor Miguel Leyva, además de la editora de Guaymuras, Isolda Arita.

Mi participación será el martes 23 en el Centro Cultural Pablo Antonio Cuadra, de Hispamer, desde las 4:30 pm, en la mesa “Nuevos tiempos. Nuevos escritores” que en el programa se presenta así:

¿De qué hablamos cuando hablamos de escritores nacidos durante y después de los años ochenta en Centroamérica? Autores nacidos durante los conflictos armados en Centroamérica dialogan sobre sus búsquedas literarias, el papel de su generación, crecer en la posguerra y sus propuestas creadoras. ¿Cuáles son las temáticas que estos autores abordan en sus obras? Un diálogo intergeneracional para conocer a las nuevas voces de la literatura centroamericana y sus propuestas literarias.

Los otros participantes de la mesa serán Elena Salamanca y Mauricio Orellana Suárez, de El Salvador; y Ulises Juárez Polanco, de Nicaragua. La mesa será moderada por Silvio Sirias (Estados Unidos/Nicaragua).

Ese mismo día y en ese mismo lugar tendré la oportunidad de conocer personalmente a algunos de los escritores que he leído, entre ellos la colombiana Piedad Bonnett, el español Ricardo Menéndez Salmón y el cubano Leonardo Padura, pues habrá con ellos otras mesas interesantes que no me voy a perder.

A partir del miércoles se publicará en El Heraldo una serie de notas sobre el Centroamérica Cuenta con información de primera mano y algunas fotografías que logre tomar en las mesas y conversatorios. Trataré, luego, de subir esas mismas notas a este blog.