Ustedes los hipócritas. Nosotros los amargados

Mi nuevo artículo en Tercer Mundo:

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La hipocresía es una forma natural de la ficción. Quizá por eso me gusta tanto. No se alarmen ni se froten las manos en actitud expectante, que no será esto la confesión de un hipócrita a punto de alcanzar el cenit de su vida, que es, se supone, lo que significa estar cerca de cumplir los cuarenta años, sino, quizá, tan sólo la explicación de por qué me complace identificar la hipocresía en las personas con las que convivo o con las que me tengo que cruzar de vez en cuando.

La hipocresía es, nos dice el DRAE, un fingimiento, y a mí eso de fingir siempre me ha parecido un asunto digno de admirar. Y de imitar, incluso, aunque no en todos los casos. Yo mismo soy un fingidor, pero casi sólo cuando escribo, porque en la vida, la verdad, fingir es algo que me resulta bastante complicado y hasta repulsivo. Casi vomitivo, pues.

Recuerdo haber fingido, sin embargo, en mis días de reportero de la nota roja en el ya extinto Diario Tiempo, cuando llegaba a la escena del crimen y tenía que averiguar los datos esenciales de la víctima: nombre, edad, ocupación, hipótesis sobre su muerte…, datos que, casi siempre, sólo podían completarse con el acercamiento a los familiares, y con gestos compungidos, de aparente identificación con la causa de su sufrimiento. Y si digo “aparente” es porque mi propósito era ese, aparentar solidaridad, dolor incluso, aunque en el fondo, en ciertos casos, llegara a pensar que quizá bien merecido se lo había tenido, etcétera. Perdonen ustedes, pero después de una semana de asistir, como reportero, a esas hermosas escenas criminales que nos suele regalar este hondo paraíso llamado Honduras, yo ya empecé a perder la sensibilidad y dejó de revolvérseme el estómago y me volví el tipo frío que, en muchas circunstancias de mi vida actual, demuestro ser con la más absoluta calma.

Finjo también, y esto es algo que algunos no parecen haber captado de mis habituales emisiones en las redes sociales, cuando opino solemnemente sobre temas sensibles de nuestra vida en este país profundo. Hace días dije que “cada vez que alguien pone una x en, por ejemplo, “todxs”, un hombre machista y violento deja de pegarle a una mujer o le perdona la vida o deja de pensar en acosarla o violarla o se arrepiente de haberlo hecho” y hubo reacciones diversas, obviamente, pero las más divertidas fueron las que demostraban, con caritas de asombro o con comentarios, que no habían entendido la intención de mi mensaje. Alguien llegó a desmentirme llamándome, prácticamente, ingenuo por creer semejante cosa. Otros dos se sumaron a mi “causa” por la inclusión de la mujer en el lenguaje, o algo así. La mayoría, por suerte, puso simples pulgares levantados, corazones o caritas de risa, lo que me permite suponer que ellos sí entendieron, o al menos, advertidos de lo que suelo yo hacer en esas redes sociales, fingieron hacerlo. Ya ven ustedes, fingir con fingir se paga.

A eso de fingir para “dar a entender algo contrario o diferente de lo que se dice” se le llama, ya deben ustedes saberlo, ironía, y la ironía no suele ser apreciada en las redes sociales, que constituyen, también se sabe, sobre todo desde que Umberto Eco se animara a decirlo, una especie de ágora para los idiotas. Y pensar que ahí jugamos todos a ser eso que, como diría Cortázar, vaya a saber si somos.

Ahí en las redes sociales no somos muy apreciados los que fingimos de esta manera, pero sí los que fingen de la manera contraria; es decir, los hipócritas. Porque, aunque la hipocresía y la ironía tengan el mismo componente del fingimiento, el uso de este componente es distinto en cada una. En las redes sociales los hipócritas son los reyes del mambo, y los irónicos, aunque movemos a veces a risa a los más cautos, somos vistos como parias, como bichos raros, como intrusos, como gente que no está en sintonía con la vida. Con esa vida hipócrita, pues (en todo caso).

La ironía y el sarcasmo constituyen el terreno propicio para que los buenos lectores demuestren lo malos lectores que son. Si la hipocresía funciona como una forma natural de la ficción, la ironía y el sarcasmo funcionan como un examen de inteligencia. Para captar la ironía y el sarcasmo se requiere de una “lectura creativa”; es decir, resulta necesaria la capacidad para darle vuelta a las palabras o al tono de esas palabras para comprender que la intención de quien las escribió o de quien las dijo no tiene nada que ver con el valor denotativo de lo enunciado sino con lo contrario.

Pasa con todo, en Facebook, en la literatura y en la vida; mucha gente entiende lo contrario de lo que debería entender simplemente por no saber leer, porque si supiera leer, entendería que muchas cosas no deben leerse de manera literal sino atribuyéndoles un valor connotativo. Esto, obviamente, constituye una paradoja, que es la esencia de la ironía. La ironía consiste, ya lo sabemos, en decir intencionalmente algo utilizando palabras que indican lo contrario. Y la paradoja en los malos lectores está en que al leer un texto cargado de ironía, no le reconocen el valor connotativo sino que lo asumen del modo convencional, y por lo tanto se privan del significado opuesto, que sería el correcto.

Pero bueno. Volvamos, mejor, a lo de la hipocresía.

Admiro, sí, como ya he dicho, a las personas que fingen para quedar bien con los demás, esas que venden, como si se tratara del casting para un drama cinematográfico, sus mejores gestos de genuina hipocresía. Admiro su disposición para la actuación e imagino, justo antes de su puesta en escena, el “ensamblaje” de sus gestos, la repetición del guion, para que nada falle y surta el efecto deseado. Así, ni más ni menos, se concibe la escritura de ficciones.

Yo, que muy cabrón he sido en la vida, nunca he sido, sin embargo, aquel en cuyo rostro se puede identificar la hipocresía. Y esto lo digo sin ironía. Prefiero incluso caer mal de entrada (no alegrarme con ellos, no solidarizarme con ellos, no decirles lo que ellos esperan) que convivir, mientras tanto, más que con ellos, con mis gestos fingidos y mis palabras infladas apenas como un globo de ilusión a punto de romperse.

Por eso, suele decir mi madre, yo soy un amargado, por eso yo no accedo a la felicidad. Y es que me cuesta convivir con esas formas de la felicidad que se expresan desde la absoluta tolerancia “para no entrar en conflictos”. Un perro o un vecino llega a orinarse al patio de nuestra casa, pero los culpables somos nosotros por no reaccionar de una manera apacible, pacífica y educada. La escuela pone a nuestros hijos a bailar zumba, pero los culpables seremos nosotros por no ser receptivos, tolerantes y modernos. Un animal nos echa el carro encima en la calle, pero los culpables somos nosotros por reaccionar verbalmente a esa imprudencia que pudo costarnos la vida. El Gobierno roba, saquea, mata y se ríe de nosotros, pero los culpables somos nosotros por protestar, por no querer vivir en paz.

A eso se reduce la felicidad en estos tiempos, pienso entonces, a dejar pasar la vida como si no pasara nada. La vida entonces, aquí, es eso que pasa mientras nosotros fingimos estar bien, ser tolerantes, educados y felices. Y hasta buenos cristianos.

Pero yo, ya lo dije, no soy ese hipócrita que deja que las cosas ocurran como si no ocurriera nada, yo no voy a fingir que todo me parece bien sólo para no entrar en conflictos, para estar en paz con los demás. Y por eso es que, a pesar de la sonrisa que no le niego a nadie, pueden verme aquí despotricando, siendo ese amargado que dice mi madre que soy, ejercitándome en el arte de escurrirse de la fiebre hipócrita de los demás.

Así, fiel a lo que sé y a lo que pienso, me embarco en luchas que los otros han de ver desde lejos y con media sonrisa hipócrita y nerviosa, como esa que tiene que ver con el intento, por parte de cierta gente insulsa, de “purgar” a la literatura de las “malas vibras”, pretendiendo extirparle las ofensas y hasta las “malas palabras”, para que no transmita “antivalores”, para que no contribuya a la “exclusión”, al “irrespeto” y a la “intolerancia”. “¡Púrguenme ésta!”, les digo, con mi característico espíritu deportivo, aunque les parezca inapropiado, impropio de mí, “todo un profesor de Letras en la universidad”, “todo un padre de familia”, etcétera. Así, fiel a lo que sé y a lo que pienso, defiendo la lectura sin prejuicios ni limitaciones, sin censuras ni imposiciones, como defiendo la escritura desde la libertad individual, pero también desde la formación y el conocimiento, esenciales para que un escritor no se crea el artífice o el descubridor de algo tan elemental como el proceso del calentamiento del agua en esta aldeíta tercermundista llamada Honduras.

Llevo ya algunos añitos cultivando el arte de escurrirme de la hipocresía, tan pegajosa, y por eso, seguramente, es que me he ganado la suerte de repeler a cierto tipo de gente que al menos parece tener alguna habilidad para percibir que, de conocernos personalmente, no me caería bien y por eso opta, así, a la distancia, a través del oportuno filtro de la distancia, por decirse que yo soy lo que ellos creen o quieren creer. He sabido de gente que dice (y cree), aún sin conocerme, quizá tan sólo por haber leído alguna opinión mía, como la que cité anteriormente sobre el uso de la x, que soy machista y hasta misógino. Un reduccionismo propio de gente sin mucha inteligencia, incapaz de ver todo más allá del blanco y negro.

En ocasiones como esa en la que alguien se encarga de informarnos al respecto es que uno llega a enterarse, por ejemplo, de su machismo y su misoginia y lo único que faltaría para confirmarlo sería un diploma con las firmas y los sellos correspondientes. Yo a veces dudo incluso sobre lo que he opinado cuando viene alguien a informarme, con un comentario en las redes sociales, que yo no tengo derecho a opinar, y mucho menos a opinar con algo de humor, porque no soy militante político o feminista o activista ecológico o vegetariano, etcétera. Dudo, en esos momentos, de mis propias opiniones y me autoflagelo, como un auténtico reconocedor de mi culpa, para hacerme ver que la próxima vez debo ser prudente, comedido, respetuoso y open mind.

Porque en estos tiempos está de moda ser open mind; no suelen aceptarse ya los que, como yo, discrepamos y nos exasperamos incluso mientras lo hacemos, los que disentimos y en lugar de aceptar libremente que los tontos campeen a sus anchas, alzamos la mano y con ceño fruncido decimos lo que pensamos; nosotros, los que solemos ser llamados “conservadores” por no ser open mind con la estupidez humana, que como ya lo dijo Einstein desde hace un montón de años, es, tristemente, infinita. Pero nosotros los inconformes, los amargados, los criticones, los que no tenemos sosiego, los que no somos hipócritas ni tratamos de engañarnos a nosotros mismos, somos, quizá, el modesto peso en contra en la balanza que sostiene, en estos tiempos modernos, toda la imbecilidad del mundo. También tenemos un papel en esta gran impostura. Sepan, por favor, tolerarnos, y seamos felices, cada uno a su manera.

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¿Un futuro clásico de la literatura hondureña?

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La pregunta del título de esta entrada corresponde al título de una reseña de mi novela Los días y los muertos que Manuel Ayes ha publicado este domingo en El Heraldo en una versión corta, adaptada al espacio disponible en el periódico. La que viene a continuación es la versión original de esa reseña, que su autor, al que le agradezco sus palabras, me ha enviado:

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Uno suele escuchar que la literatura hondureña escasea de novelas. Es cierto. No ha sido Honduras el país más comprometido con este género; el otro tema al respecto es el de la calidad, la de aquellas novelas que trascienden por la esencia de sus personajes y las acciones meticulosamente construidas. Es distinto con la poesía, que impera, en logro o intentona, como la elección favorita principalmente de los escritores noveles.

Por supuesto, tenemos las novelas clásicas, que a mi parecer son: Blanca Olmedo de Lucila Gamero de Medina, La guerra mortal de los sentidos de Roberto Castillo, Una función con móbiles y tentetiesos de Marcos Carías Zapata, El árbol de los pañuelos de Julio Escoto, Peregrinaje de Argentina Díaz Lozano y Bajo el chubasco de Carlos Izaguirre.

Los días y los muertos de Giovanni Rodríguez se une a esa tradición de obras exhaustivas. Acreedor con ella del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo, este escritor santabarbarense nos brinda una grata sorpresa. Su obra posee un estilo fluido, sin ambages prosísticos, y novedoso en Honduras, enriquecido nítidamente por la rapidez de la acción del relato combinada con la digresión reflexiva de las obras que perduran.

Esta novela se ha convertido en uno de los mejores retratos de nuestra Honduras. Destaco de ella esa fotografía de la decadencia contemporánea, en la que sucesos insólitos para otras naciones, merecedores del pánico irrefrenable y la indignación, se han vuelto aquí el pan de cada día: una normalidad enfermiza.

El autor critica, no digo que intencionalmente, poco importaría, esa actitud inverosímil tomando como escenario San Pedro Sula, “la ciudad más violenta del mundo”, en la que las muertes, contadas por docenas, no son nada más que un titular de periódico. Y esto, en López, el personaje principal, desencadena la actitud primordial para la trama: una paranoia, que representa el estado de ánimo de la mayoría de quienes somos conscientes de esta tragedia. Así, entre elucubraciones de personajes complejos como Guillermo Rodríguez Estrada, el joven asesino, y las infidencias del narrador sobre López, Rodríguez desentraña el alma del hondureño actual.

Los días y los muertos nos presenta la vida de unos personajes que por el compromiso creativo han llegado a obtener carne y huesos palpables, personajes que se quedan viviendo con nosotros incluso después de finalizar la lectura, en esas preguntas que persisten y a que nos invitan las buenas obras literarias. Resulta inevitable esculcar en ellos e identificar algunas de las actitudes de los jóvenes actuales, de alguna manera bastante modianescos, según he percibido. Y es que también en ocasiones los personajes de Rodríguez están determinados por la presencia de la misteriosa mujer, encarnada en Mercedes, la Innombrable y sus hermanas prostitutas; la fatalidad de la juventud, hastiada de las implicaciones de una inevitable madurez y las obligaciones de un sistema que aborrecen; los jóvenes enamorados pero desconocidos, unidos por un azar de la noche o de la vida en general; y esos triángulos, o cuadrados o pentágonos amorosos que se construyen y deconstruyen infortunadamente.

También hay esa soledad y el odio al prójimo en Rodríguez Estrada, y la decepción que una mujer fatal puede causar en un hombre, emociones muy evocadoras de lo juanpablocastelesco, que llevan a encontrar la redención en lo que él mismo llama “la confirmación de la culpa”.

López, agobiado por la violencia, incorruptible en su trabajo, sabatianamente solitario, intelectual y capaz de encontrarse a sí mismo cuando creía que su camino estaba ya fatídicamente trazado, es un personaje que debe huir, en un exilio de su residencia que día a día vemos alrededor nuestro, aunque sean más frecuentes las huidas fuera del país; pero se trata de un exilio también de sí mismo, para escabullirse de la violencia que lo amenaza. López figura como esos personajes fuertes que no se olvidan y que traspasan la barrera del tiempo.

Leer el libro constituye una garantía de mantenerse en vilo, deseando avanzar más pronto de lo posible para descifrar lo que se convierte en una caja de sorpresas en los acontecimientos. La trama está acompañada de unas punzantes pero certeras críticas al sistema de justicia, a la literatura hondureña y su devoción por el Boom latinoamericano y con esto último alude a la necesidad de crear mejores historias que nos capturen con su maestría.

Como se lee en la novela, “la realidad se vuelve tu realidad cuando en lugar de ser un observador externo te convertís en participante directo”. La realidad golpeará al lector al enfrentarse con esta obra, en la que no hay ninguna coincidencia milagrosa, sino una determinada por el hecho de vivir en un lugar tan pequeño regido por un único gobernante: la violencia. Esa que, por lo menos, al leer el libro, solo se encontrará en la imaginación.

La soledad del buen lector

Mi nuevo artículo en Tercer Mundo habla sobre los lectores, los buenos y los malos, los que leen sólo por el placer más básico del entretenimiento y los que saben encontrar en los libros otras posibilidades:

Saber leer es algo que apreciamos bastante quienes sabemos leer. Esa oración parece contener un lugar común pero no es así; la mayoría de las personas leen, pero no saben leer, y ni siquiera saben que no saben leer. Estoy hablando de literatura, por supuesto, aunque es algo que puede comprobarse, incluso, desde los comentarios en los muros de Facebook, esa especie de Ágora de la actualidad en la que todos dicen cosas aún sin tener nada importante que decir. Incorpora, también, la oración, dirán algunos, un alto componente de vanidad, y eso sí estoy dispuesto a aceptarlo; puedo presumir tranquilamente de ser un buen lector, sin temor al linchamiento, pues a nadie, más que a mí, estoy seguro, le importa un carajo que yo sea un buen lector. Cada día me veo al espejo y me digo: “Espejito, espejito, ¿quién es el lector más bonito?”, y me río solo, cuando no veo, con escepticismo, mi característica mueca de ironía y de ganas de joder. En eso consiste la soledad del buen lector, me digo: en la posibilidad de sentirse el mejor lector del mundo sin que eso le importe a nadie más allá de ese hábitat propio delimitado por la distancia que hay entre nosotros y el libro, o entre nosotros y el espejo, que viene a ser lo mismo.

Para alguien que no sabe leer no hay diferencia, por ejemplo, entre una crónica de partido de fútbol del diario As de España y otra del diario Diez de Honduras; le da lo mismo leer a Javier Marías que a César Indiano; los artículos de Tercer Mundo o los de La Tribuna. Es decir, no se percata de las diferencias que existen entre algo escrito con calidad o al menos con corrección y decencia y eso otro que podríamos considerar pura bazofia. Noten que este tipo de comparaciones sólo las hacemos los buenos lectores, pues los malos lectores, al ignorar que lo son, complacidos y hasta regocijados con su mal gusto, nunca dejarán de leer el patetismo sensacionalista con redacción nivel escolar de Diez, la burda expresión escrita de sus complejos y de su opinión pagada en César Indiano y las cínicas, absurdas o cómicas columnas, cargadas de falsa intelectualidad, de ese parto impreso llamado La Tribuna.

A leer bien se aprende leyendo mucho, o mejor dicho, leyendo muchos buenos libros; porque hay quienes creen que hacen algo importante con su tiempo y con su vida leyendo a Paulo Coelho o a Jojo Moyes o a Elvira Sastre, pero lo que en realidad hacen es multiplicar los efectos de su mal gusto, de manera que entre más Coelhos o Jojomoyes o Elviradesastres lean, en peores lectores se convierten. ¡Pobres de ellos, que no entrarán jamás al reino de los cielos de la literatura! Primera recomendación del día: no multipliquen los efectos de su mal gusto. A menos que les valga un pepino o que sólo busquen el sano entretenimiento; algo, por supuesto, nada reprochable.

La mayoría cree que para ser un buen lector (de literatura, perdón por la insistencia) basta con sumar páginas volteadas de un libro; es decir, creen que, en términos de lectura, la cantidad es directamente proporcional a la calidad, pero ya lo dije y lo repito, aunque de otra manera: somos lo que leemos, del mismo modo en que podríamos decir, por ejemplo, que somos lo que comemos. Y si uno come mierda, en mierda se convierte. Podríamos, sí, aceptar que la cantidad importa, sólo cuando se trata de leer muchos-buenos-libros, pero ojo con eso que creemos que son buenos libros. He visto a un montón de poetas, por ejemplo, que se pasan la vida leyendo los libritos de poemas que publican otros poetas como ellos, libritos que trajeron del último festival de poetas al que asistieron y con cuyos autores suscribieron el compromiso de leerse (y tirarse piropos) mutuamente, libritos que, por muy delgados que sean, por muy poco lomo que tengan, ya forman montañas en sus casas, incontrolables montañas que restan espacio a los buenos libros que deberían estar leyendo. Segunda recomendación del día: no se dejen recomendar libros de cualquiera. Ese alguien cualquiera que, más allá de decir que el-libro-es-buenísimo-porque-trata-acerca-de…, no sabría explicar aspectos relacionados con la forma en el libro; ese alguien cualquiera que no sabría decir qué es lo que hace que ese libro sea literatura y no, por ejemplo, un manual de jardinería. No confíen en ellos.

Leer bien (literatura, pero también lo demás) es algo que se logra con la práctica, sí, pero debe ser una práctica en comunión con el sentido común, y el problema con el sentido común es que se trata de algo que se trae o no se trae, está ligado al desarrollo de la inteligencia, algo que debe empezar desde que uno es niño, y por lo tanto, si una persona no tiene muy desarrollado esos dos aspectos: sentido común e inteligencia (aunque no sé si deba hablar de una cosa sin la otra), podrá matarse pasando páginas sin que eso lo lleve a ningún lado. He conocido gente a la que no le falta un libro bajo el sobaco (y una lista de libros leídos en la punta de la lengua), pero con la que no se puede hablar sin que uno llegue a notar que lo supuestamente leído debió ir a parar a un lugar bastante lejano. Esos casos, generalmente, derivan en poetas o narradores catrachos, muy de moda en estos tiempos de likes.

No es lo mismo, sin embargo, un lector primerizo o un mal lector que sólo lee por placer, con su falta de experiencia y todo, con su mal gusto y todo, pero por placer (o por presumir en Facebook e Instagram, como sea), y un mal lector que además pretenda ser escritor y publique lo que escriba. Los primeros no le hacen daño a nadie; son, de hecho, ejemplos de resistencia en un mundo dominado por la banalidad de las redes sociales; pero esos últimos, es decir, los que también escriben, son peligrosísimos, entre otras cosas porque, en su afán por sobresalir, se convierten en los voceros y los prescriptores oficiales del mal gusto. Tercera recomendación del día: no vean programas de televisión catrachos dirigidos por estos oscuros personajes de ficción que ni siquiera aprendieron nunca a redactar.

La mayoría no se entera, hay que decirlo; la mayoría de los lectores no saben si son o no buenos lectores, y en el caso de que se lo preguntaran, no les importaría, o dirían simplemente que sí, que por supuesto, que cómo van a ser malos lectores si leen ¡tres libros al año!, ¡veinte poetas al año!; y eso (esa ignorancia respecto a sus capacidades como lectores) tiene que ver con el escaso desarrollo del sentido crítico.

Un lector que sólo lee por placer seguramente podrá pasar por alto aspectos fundamentales del texto sin que eso le reste posibilidades al placer. Total, entretener es algo que cualquiera puede lograr, escribiendo libros o contando chistes. Pero un lector con sentido crítico, un lector despierto, que sabe, por ejemplo, que el valor de un texto literario no está en el fondo sino en la forma, estará más capacitado para enfrentar lecturas más difíciles y exigentes, en las que encontrará, probablemente, un mayor placer que el que le puede deparar una novela con una anécdota curiosa e interesante, lo que la hace “buenísima” y “recomendable”.

Para empezar a leer literatura es necesario, en primer lugar, que el lector esté anuente a establecer ese pacto con lo que lee; en el caso de las ficciones, el pacto tiene que ver con la aceptación, por parte del lector, de que lo que lee, más allá del hecho de que se trate de una ficción, sucedió en realidad; ponerle un muro a eso implica quedarse de este lado del muro; y con la poesía el pacto pasa por la aceptación de que el lenguaje utilizado por este género literario es un lenguaje figurado, de carácter simbólico, representativo, y que por lo tanto resulta plurisignificativo.

Para un tipo de lectura como el que exige la literatura se requiere no solamente de presencia de ánimo, de predisposición, sino también de imaginación y de creatividad, elementos necesarios para lograr ver más allá de lo que dicen las palabras y de esa manera conectar con eso otro deliberadamente oculto en el texto. Cuarta recomendación del día: no crean que leer literatura es comida de trompudo. Si de verdad quiere alguien ser buen lector de literatura, debería empezar por lo menos por averiguar qué es eso del lenguaje figurado y cuál es la diferencia entre la denotación y la connotación; con eso, tan básico, entenderán muchas cosas y le sacarán ventaja a un montón de malos lectores.

¿Por qué es común, en el mundo de la literatura, encontrarse a personas que dicen ser escritores pero que no lo son, que publican libros pero que esos libros no suman en el registro del arte literario de su aldea más que en la columna de los despropósitos? ¿Por qué no abundan, en el mismo sentido, los ingenieros o los arquitectos, por ejemplo? ¿Por qué cualquiera cree poder escribir un libro, pero no cualquiera cree poder construir un edificio? ¿Por qué hay tantas personas que, en determinado momento de su vida, llegan a decir: “es que si yo escribiera un libro sobre mi vida…”? ¿Por qué, cuando se trata de escribir, cualquiera se siente capaz?

No es que la literatura sea un asunto fácil de lograr; lo que sucede es que es fácil aspirar a ella, y casi siempre ocurre que entre la aspiración y el hecho concreto de publicar un libro no hay mediadores (la crítica literaria, los estudios formales, la lectura seria, el sentido común) que funcionen como disuasorios, por lo que cada uno acaba produciendo y mostrando algo, cualquier cosa, en medio de esa masa de gente sin criterio, que constituye la mayoría de los lectores, una masa que ahora se manifiesta en blogs, en Facebook y, con suerte, en las barras de los bares.

Es tan débil, en estos países nuestros con escasa formación literaria, la línea que separa nuestros criterios sobre lo que es y lo que no es literatura, que cuando uno que sabe se atreve a señalar cosas puntuales, el que no sabe se ofende y refunfuña y patalea, hace cualquier cosa para expresar su inconformidad, pero no hace nada para intentar demostrar que sabe, para intentar demostrar que el otro estaba equivocado. Pero es que para eso último se requiere, obviamente, contar con las herramientas necesarias. Y no bastan el reclamo ideológico o el simple argumento de la “libertad de expresión” para decir que lo que uno u otro escribe es literatura. Algunos (muchos, de hecho) dirán que sí, que nadie les puede decir lo que es o no es literatura, o querrán establecer “un nuevo canon” basándose en argumentos ideológicos, extraliterarios, pero eso que hacen, por mucho que la demagogia lleve a algunos a adherirse a su causa, no es más que un simple pataleo, un sofisma de esta época en la que, como ocurría en la Edad Media, importa más creer que tener la razón.

Cuando en temporadas como ésta, en la que cuento con bastante tiempo para leer, para escribir y para reflexionar sobre lo que leo y lo que escribo, pienso en la suerte que tengo de haber llegado hasta mis casi cuarenta años sabiendo identificar las diferencias entre literatura y lo que Truman Capote llamaba (refiriéndose a lo de Kerouac) simple “mecanografía”, no puedo evitar sentir esa soledad que tiene el lector, un lector cualquiera, cuando luego de terminar de leer un libro quiere comentarlo con alguien y se da cuenta de que nadie más, cercano a él, ha leído ese libro, pero al mismo tiempo experimento esa sensación de poder que supone ese grandioso acontecimiento íntimo y secreto de haber descubierto algo que nadie más, aquí cerca, ha descubierto; y entonces me lanzo de nuevo a mi biblioteca, porque sé que, siendo un buen lector, jamás podré sentirme realmente solo si tengo buenos libros a mano.

Una revolución contra la tristeza

Mi nuevo artículo de la columna “Lo demás es ficción” en Tercer Mundo habla (resumiendo) de política, de depresión y de redes sociales:

No he venido hoy a decir nada nuevo sobre estos tiempos que corren (ni que fuera yo un gurú de los fenómenos sociales), pero sucede que a veces, en mi condición de gruñón inconforme y poco apto para el optimismo, se me antoja hacer el repaso de las desgracias que alcanzo a observar a mi alrededor, quizá sólo para mantener vigente la alerta, para recordarme (y de paso intentar recordarle a los demás) cómo estamos y hacia dónde podríamos estar yéndonos.

Probablemente al final eso no sirva de nada, pues suele ocurrir que aunque estemos al tanto del origen de nuestras calamidades, de nuestras diversas formas del hundimiento, actuamos ante ellas con apatía, con una mueca de cansancio o de aburrimiento, como auténticos campeones de la indiferencia. Dan fe de ello mis ojos de espanto al ver la cantidad reflejada en el recibo de la energía eléctrica este último mes, mis ganas de tomarme, para incendiarlo, un edificio de la empresa que emite esos recibos y mi posterior caída en esa sensación de impotencia, tan arraigada en nosotros durante los últimos años.

Eso que me ha ocurrido a mí les ocurre a casi todos en este país; es un fenómeno, aunque repetitivo, curioso, y desgracias aparte, a veces incluso cómico; podríamos considerar que es nuestra “curva de la indignación”: despegamos con el asombro, llegamos indignados a nuestro punto más alto y, por último, caemos plácidamente y de inmediato nos echamos a dormir.

Vemos, en este país con nombre de abismo, que cada tanto estalla una “revolución”, o al menos así es como llamo yo a esos puntos más altos y de efímera existencia en la gráfica de nuestra rabia, y con la “revolución” resurge la esperanza del cambio, pero llegado el momento, cuando nuestra furia se aburre o se cansa o es apagada (“reprimir” es el verbo comúnmente aceptado), volvemos a la normalidad, que en un país como el nuestro consiste en saber que en cualquier momento podría suceder lo que sea, como que estalle una revolución, que le prendamos fuego a todo, como poseídos por la locura de los Targaryen, o que los de arriba inventen una manera más descarada de reavivar nuestra potencia reaccionaria.

De las cosas que uno aprende viviendo en un país como Honduras es que aquí resulta difícil, dificilísimo, para algunos incluso imposible, encontrar motivos para el optimismo. “El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”, escribió Sabato en uno de sus últimos libros, y hay mucha poesía en esa idea de un hombre que, a pesar de su infortunio, es capaz de cantar o de reír, de dedicarle gestos de alegría a su miseria, y aunque no dudo de la existencia de ese tipo de seres humanos, me cuesta mucho imaginarlos en este país llamado, cómo no, Honduras, en donde todo se hunde a diario y nosotros, los espectadores, apenas parecemos capaces de parpadear, con la boca abierta, cuando no nos damos la vuelta para ver hacia otro lado.

Yo, que soy un inconforme crónico, un pesimista consumado, un crítico perenne, un amargado ocasional pero con excelente espíritu deportivo (que no debe confundirse con optimismo) vengo hoy, cómo no, a soltar esta opinión sobre ciertas “desgracias” que observo todos los días en esta sociedad alienada en medio de la cual vivo, que padezco y que soporto con estoicismo, entre mi ceño fruncido y mi irónica sonrisa permanente; unas “desgracias” cuya existencia sólo podemos entender porque vivimos en los tiempos de los likes, de algo a lo que las huestes adolescentes y posadolescentes llaman, con aparente orgullo, “valeverguismo”, y de la depresión como modus vivendi. Con un panorama así es difícil que la “revolución” no recurra a “treguas navideñas”. ¿Cómo podríamos esperar que la cosa funcione si mientras nos indignamos empezamos a buscar el mejor ángulo para la selfie?

Eso que pareciera sólo suceder con la gente más joven y que consiste en declararse tristes, buenos para nada y candidatos firmes al suicidio, en realidad es posible que nos esté ocurriendo a todos en este país, en mayor o menor medida. Quizá el país entero esté sumido en una profunda depresión y no nos hayamos dado cuenta o no queramos aceptarlo todavía. Quizá es sólo que los de mi generación, los que nacimos y crecimos sin teléfonos móviles ni internet, los que tuvimos la suerte de observar el mundo real en nuestra infancia y nuestra juventud, hayamos llegado hasta estos tiempos de imbecilidad absoluta un poquito más capacitados para resistir. Creo que los más jóvenes le llaman a eso “resiliencia”, aunque no parezcan muy aptos para ejercitarse en ella. Es una palabra fea, hay que decirlo, aunque no tanto como la espantosa “sororidad”. Wikipedia define la resiliencia como “la capacidad de los seres humanos para adaptarse positivamente a situaciones adversas”. Los que vivimos en un país como Honduras, si bien somos los campeones de la indiferencia, también podemos jactarnos de ser los campeones de una particular forma de la resiliencia, que consiste en adaptarnos a nuestras calamidades nacionales, pero no de manera positiva sino sumiéndonos en una apacible depresión.

Un fantasma recorre las calles de estos tiempos. Y asusta y entristece a quien es capaz de verlo. De un tiempo acá he venido observando el comportamiento de esta última generación de jóvenes y no puedo evitar retroceder en el tiempo y recordarme a mí mismo cuando tenía su edad, cuando si queríamos “expresarnos” no lo hacíamos en Facebook, porque eso no existía, afortunadamente; si nos gustaba una mujer, se lo decíamos de frente, con educación, respeto y galantería, y no con emoticonos por WhatsApp; no apelábamos a la libertad de expresión para emitir nuestras “opiniones contundentes”, pues no solíamos considerar que las tuviéramos, puesto que no habíamos vivido y leído lo suficiente para tenerlas. Eran otros tiempos, en los que no existía eso de la “posverdad” ni teníamos que soportar el patetismo de los llamados “influencers” porque no podíamos respetar a los tontos con ínfulas que hoy se pasean como grandes figurones en la televisión o en las redes sociales; no existían la desatención y las facilidades para que la basura que escriben los Elvirasastres y los Marwanes fuera considerada literatura; y el “bullying” lo combatíamos a cachimbazos desde la escuela y a la depresión la agarrábamos del pescuezo y le decíamos, con valor: “¡aquí te me quedás, hija de puta, aquí quien manda soy yo!”, y nos poníamos a hacer ejercicio, a practicar algún deporte, que funcionaba (y funciona) muy bien como antidepresivo.

Tampoco existían los call centers en aquella época y asumíamos que debíamos trabajar en cualquier cosa y si eso representaba seguir siendo pobres, asumíamos también nuestra pobreza con dignidad, sin venderle el alma al diablo, porque era más importante estudiar, terminar la universidad, que ganar dinero para sentirnos un día después del pago de la quincena que seguimos siendo pobres, miserables, pero más desvelados, cansados y deprimidos. Así, en aquella época yo fui cajero de banco, asistente de avalúos, bibliotecario, librero, profesor de colegio recién inaugurado, y cuando no era ninguna de esas cosas, escribía ensayitos para haraganes de colegio o de universidad que hoy seguramente ostentan altos cargos en las empresas de sus papis, o pegaba calcomanías en los carros a cambio de dos tiempos de comida, o integraba grupos focales para escoger el mejor nombre para un preservativo o la cerveza más apropiada para paladares exigentes. Y de todos esos empleos sacaba, apenas, unos pocos lempiras para pagarme el alquiler, aunque recuerdo haber acumulado una vez cuatro meses de deuda a doña White, como cariñosamente llamaba a doña Blanca, y sacaba también para comprar la pasta y el sofrito que acompañaban los plátanos que llegaban de vez en cuando desde el pueblo. Esa dieta de pasta, sofrito diluido en agua y plátano, que se repetía con una feliz frecuencia cuando las cosas andaban bien, me daba las fuerzas, supongo, para mantener la presencia de ánimo necesaria y seguir dándole cuerda a la vida, para estudiar en la universidad (aunque no siempre para pagarme el pasaje del bus, por lo que me iba a veces caminando desde Guamilito a las aulas) y para leer tres o cuatro libros por semana, que sacaba de la biblioteca o me prestaban los amigos, con un ritmo y una intensidad que seguramente jamás mostrarán los feisbukeros lectores de memes de esta época. Ya desde entonces era un inconforme crónico, un pesimista consumado, un crítico perenne de todo, un amargado de primer orden, pero aún así solía “cantar en la miseria” y mantenía ese mismo espíritu deportivo y esa sonrisa con la que aún ahora me doy riata, día a día, con todos los hijos-de-puta-motivos-para-deprimirme-que-me-salgan-al-paso.

No puedo evitar sentir nostalgia, no sólo por mí y por la forma en que crecí en esos tiempos que, aunque sea un cliché, fueron mejores que los actuales, sino también porque al tratar de ponerme en el lugar de estos jóvenes de ahora a los que me refiero, me doy cuenta de que no tuvieron la oportunidad, como la tuvo mi generación, de observar la vida con calma, sin las prisas con las que nos llevan de encuentro la tecnología y las crisis económicas o existenciales de esta época. En aquella época había más tiempo disponible, sí, pero no solíamos invertirlo en el decadente rubro de la tristeza.

Se trata ésta de una última generación de jóvenes que, a mi parecer, corren el riesgo de echarse a perder en medio de esa bruma insensata, como diría Vila-Matas, que es la tristeza. Y eso sí que es un motivo para ponerse triste. He mencionado los likes, el llamado “valeverguismo” y la depresión como modus vivendi porque creo que son los rasgos distintivos de esta generación a la que me refiero, además de lo que podríamos llamar una “actitud selfie” ante la vida, la “declaración oficial de la tristeza” y la “asunción de la inutilidad”.

¿Qué nos quedará después de todo esto?, ¿una nota suicida en el muro de Facebook?, ¿un perfil de Twitter en el que se lea: “Soy depre y cool, muriéndome desde el año en que nací”? ¿No podríamos intentar, mejor, sacudirnos la modorra y la tristeza? Si acaso hay que librar una batalla a muerte, quizá podríamos hacerlo contra eso que nos dice, como un diablillo cabrón: “quedate ahí abajo, no te levantés”; quizá pudiéramos empezar con un poco de ejercicio, con un poco de amor propio, con la decisión de salir a la calle un día y unirnos a la “revolución”, o con alguien que nos rete alegremente a cachimbazos.

La fiesta está en los libros

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Hace algunos días me estrené como columnista en Tercer Mundo. Lo hice el 23 de abril justamente para hablar de libros. Aquí les dejo el artículo:

Estamos en abril y quienes escribimos y publicamos libros en este país sabemos lo que eso significa.

Durante los últimos días he recibido la tradicional cuota anual de invitaciones a impartir charlas, conferencias, talleres literarios; a integrar algún jurado calificador para elegir cualquier cosa, desde el mejor poema o el mejor cuento hasta el mural más pintoresco o el declamador más enfático y dramático o el disfraz de escritor más creativo (suelen excederse con los bigotes de Froylán Turcios y “emboinar” a cualquier adolescente con barba blanca postiza para que se parezca a Roberto Sosa); o a comparecer en algún medio de comunicación para responder a la misma aburrida pregunta: “¿Qué les puede aconsejar a los jóvenes que no leen?”. Digo “tradicional” porque desde hace unos quince años recibo ese tipo de invitaciones, provenientes, en la mayoría de los casos, de colegios en los que se les machaca a los pobres alumnos con el temita del Quijote durante toda una semana y se hacen murales y se decoran puertas y se repite hasta el cansancio lo de la importancia de la lectura y se averiguan las biografías de dos o tres escritores, etcétera, pero en los que rara vez encontraremos a un profesor y a un grupo de alumnos leyendo un libro.

El buen Miguel de Cervantes aparece, entonces, representado en cualquier pared de escuela, de colegio o de universidad con su clásico cuello de lechuguilla y muy cerca, Don Quijote, observado por Sancho, se enfrenta a su molino de viento. En algunos casos, la imagen de Cervantes es sustituida por la de su personaje, el caballero andante, y no faltarán alumnos (e incluso profesores) que crean que un escritor de nombre Don Quijote es el autor de un libro famoso en el que un hombre serio con cuello de lechuguilla se da en la madre con cuanto molino de viento se le ponga enfrente, que de eso, y no de otra cosa, trata esa gran obra de la literatura universal, según he llegado a oír.

Uno recibe, entonces, la formal invitación para invertir unas cuantas horas de su tiempo en la preparación de la “conferencia” o el “taller literario” la mayoría de las veces sin que incluya las preguntas esenciales: ¿se animaría usted a dar la conferencia, a impartir el taller?, ¿cuánto cobra por esa conferencia o ese taller?, ¿cuáles son sus condiciones? Se trata de preguntas básicas, elementales, obvias, que constituirían una muestra de cortesía o de respeto deseables para cualquier escritor y ante las que rara vez responderemos de manera negativa, preguntas que, por lo demás, probablemente sí incluyen las invitaciones cuando van dirigidas a otros “connotados personajes”, los que han hecho de las llamadas “escuelas para padres” su nicho fecundo, esos conferencistas del liderazgo o de la autoayuda, generalmente sicólogos o pastores evangélicos, que cobran por sus horas de verborrea, que cuentan con una acreditación tipo “John Maxwell Team” para que se les considere “conferencistas profesionales”, que sí tienen una agenda apretada y no necesitan “darse a conocer” sino al contrario: el mundo entero clama por ellos.

A nosotros, los que escribimos y publicamos libros, nos invitan sólo para concedernos la oportunidad de “darnos a conocer”. Porque un escritor seguramente tiene tiempo y voluntad de sobra y lo que hace con ese tiempo es pensar en su gran necesidad de reconocimiento, de aplausos, de fotos en puertas y murales, y acepta siempre oportunidades para el gozo del reconocimiento. Le aplico el tono irónico a estas palabras, pero no puedo obviar que en algunos casos es así; es decir, hay escritores que invierten toda su energía creativa en la preparación de estas oportunidades, por lo que se dedican más a la creación de una imagen propia que a la de una escritura decente.

Pero volvamos al asunto. En excepcionales ocasiones eso de “darnos a conocer” va emparejado con aquello otro de “ayudarle al escritor” comprándole un libro. En muy raras ocasiones, dije, por suerte. No quiero imaginarme un mundo en el que los lectores compren libros sólo para “ayudarle” a los escritores. Y es que las vergüenzas por las que solemos pasar quienes escribimos y publicamos libros no parten sólo de la creencia generalizada de que somos payasos de circo dispuestos a tirarnos al suelo declamando poemas con absoluta solemnidad o la de que “eso de la literatura” es un pasatiempo de románticos y de desempleados o la de que, si somos escritores, lo más lógico es que vistamos con chaqueta y boina y usemos anteojos con montura de pasta y fumemos en pipa, etcétera, y seamos melancólicos, incomprendidos, perseguidos, caóticos, borrachos o drogadictos.

Los equívocos en torno a la actividad literaria abundan en esta aldea y durante los abriles de cada año el caudal de clichés se amplía, la mayoría de las veces porque nosotros mismos, escritores hechos, rehechos o supuestos, contribuimos con estúpida voluntad, dejándonos llevar por la parafernalia de las celebraciones del “Día del Idioma”, como víctimas propicias encaminándose al patíbulo.

La idea de que quienes nos dedicamos a las letras somos “gente sin oficio” está suficientemente socializada entre la mayoría como para que se asuma que nuestro tiempo no vale para mucho más que para “darnos a conocer”. Así es como se explica que cualquiera de nosotros pase por experiencias como las que voy a referir a continuación.

En 2005, cuando publiqué mi primer libro, uno de poemas mortuorios o algo así, me fui con un amigo a una librería de San Pedro Sula con la intención de colocar ahí unos cinco ejemplares en consignación para su hipotética venta. La encargada de la librería sopesó el librito y me preguntó, con una seriedad cimentada en la duda, si “esas poesías” las había escrito yo o las había tomado de otros libros. Luego de la aclaración, que me costó justo la dosis de paciencia que nunca he tenido, me pidió que le declamara “una de esas poesías”. Le arrebaté el librito de las manos, me di la vuelta y salí con mi amigo de esa librería para no volver nunca.

Ese mismo año me invitaron de una escuela bilingüe a dar una conferencia sobre “la importancia de la lectura”. Como en aquella época yo me moría por “darme a conocer”, acepté la invitación, pero en una llamada telefónica previa a mi visita a la escuela, una profesora me preguntó si podría llevar diez ejemplares de mi libro para donárselos, no sé si a ella o a la escuela. Intenté explicarle por qué no podía “donarle” esos libros y, además, por qué cambiaba de parecer y decidía ya no ir a dar la conferencia, y lo que gané fue la indignación de aquella profesora, que terminó diciéndome que “por ese tipo de actitudes” como la que yo mostraba es que este país estaba como estaba.

Entre los episodios más recientes de esta chusca rememoración está la invitación de un diario (“de mayor circulación”) nacional para integrar el jurado calificador de un concurso de cuentos entre no sé cuántos miles de niños de no sé cuántas escuelas de San Pedro Sula. Más allá de lo abrumadora que se perfilaba la tareíta estaba el hecho de que el tal concurso de cuentos se organizaba en el marco de un negocio que ese diario se tiene desde hace algunos años y que consiste en garantizar, en un determinado número de escuelas, la venta de una buena cantidad de ejemplares una vez por semana. “El libro de los valores”, le llaman al negocito, y yo debía contribuir con mi trabajo y mi buena voluntad a mantenerlo.

Son tres anécdotas apenas, pero hay muchas más. Y si se le pregunta a cualquier escritor de estos lares, estará en condiciones de contar otras, quizá más asombrosas y divertidas que las mías.

Hablo de todo esto no con la intención de burlarme de quienes, en su ignorancia e inocencia, nos hacen pasar esas vergüenzas, ni tampoco para hacer escarnio de esos profesores o esas instituciones que amablemente y con todas las buenas intenciones del mundo nos invitan a “darnos a conocer”, sino para, quizá, pensar un poco más en el asunto y reevaluar el papel que todos (instituciones, profesores, alumnos, escritores) cumplimos en esta mascarada llamada “Día del Idioma”. Porque en lo que se han convertido las festividades en torno al 23 de abril, fecha del fallecimiento de aquel hombre con cuello de lechuguilla llamado Miguel de Cervantes Saavedra y no Don Quijote de La Mancha, es en una especie de circo que se repite en escuelas, colegios y universidades, instituciones en las que se privilegia la parafernalia cervantina y se olvida lo esencial, que es la lectura. Todo el mundo recuerda, por estas fechas, a Cervantes; todo el mundo recuerda a Don Quijote y a Sancho; pero pocos, muy pocos (y pienso, sobre todo, en los profesores), serían capaces de recordar cuándo fue la última vez que leyeron un libro con sus alumnos.

Esto es Honduras, y es difícil creer que la decoración de puertas y la elaboración de murales va a salvarnos de la ignorancia del que dice que leer es aburrido o una pérdida de tiempo, y continuar engañándonos con la idea de que un día o una semana de celebración es suficiente, es perpetuarnos en la farsa sin cuestionarla nunca.

En San Pedro Sula no hay ferias de libro ni editoriales ni librerías que hagan algo más que vender libros populares, y a nosotros los lectores no nos queda de otra que “celebrar”, como cada año, este insípido abril de hombres con cuello de lechuguilla, Quijotes y Sanchos, de molinos de viento y de murales, concursos y disfraces, de la forma en que lo hemos hecho siempre: con la oportuna distancia respecto al espectáculo circense y con la cercanía permanente de los libros, lejos del ruido y las escasas nueces.

Algo se salva siempre, sin embargo. Porque entre tanta payasada y tantas citas de libros en las redes sociales y entre tanta simpleza y tantos clichés propios de la época de las selfies y de la falsa idea de nosotros mismos, todavía nos quedan esos objetos raros llamados libros para recordarnos que en ellos, y no en otra cosa, están los verdaderos motivos de esta celebración, y que aunque en las escuelas, los colegios y las universidades ya no se lea como antes, porque ahí importa más el circo que la lectura, nosotros, en ese lugar tranquilo y lejano llamado soledad, con un libro en las manos, podemos recordarnos a nosotros mismos qué es lo que verdaderamente importa de todo esto.

El más frío de todos los inviernos

Hace algunas semanas apareció este cuento en El Heraldo. Es uno de los dos textos hasta ahora inéditos que se suman a la nueva edición de La caída del mundo (mi primer libro de cuentos, publicado originalmente en 2015), que ahora prepara la Editorial Universitaria con el título Habrá silencio en nuestras bocas frías:

Pintura de Edward Hopper.

*

Abrí la puerta del siguiente vagón y dejé que entrara un poco de aire frío. Una mujer que hacía guardia me dijo, en ruso, que no convenía hacerlo. Notó que yo no reaccionaba y agregó que ella bien podría ser mi madre y como madre me lo decía de nuevo: me arriesgaba a contraer una pulmonía. Fue su tono, suave pero firme, y no el contenido de su advertencia lo que finalmente logró convencerme.

En mi vagón otros tres viajantes dormían en sus literas. Me acosté, pero sentía calor, tenía las axilas húmedas, y sólo pude dormir de manera intermitente mientras pensaba en mi madre o soñaba con ella.

Era mi vuelta a casa, que me tenía ahí, en un tren de Leningrado a Helsinki, y que se interrumpiría en Zurich, en cuyo aeropuerto, al dirigirme a un mostrador para comprar mi boleto a Madrid, mi penúltima escala, entendí que a partir de ese momento estaría perdido. Registré mis bolsillos, pero fue inútil. Entonces, recordé al dominicano simpático de al lado en el asiento del avión, el momento en que me había levantado para ir al baño, mi chaqueta con el pasaporte y el dinero sobre mi asiento…

**

Un tipo alto y fornido se me acercó justo después de que yo levantara de una mesa en un restaurante del aeropuerto los restos de una hamburguesa y una Coca-Cola. Lo intentó con el inglés, con el alemán y con el francés, pero aunque yo entendía esos idiomas, no quise responderle, pues su uniforme de guardia de seguridad o de policía constituía suficiente advertencia. Y yo era alguien que había pasado los últimos dos días recogiendo las sobras de la comida. Español, dije finalmente, cuando calculé que evitarlo no seguiría siendo una buena estrategia. Oh, ¿espanhol da Espanha?, preguntó. ¿Portugués de Portugal?, le respondí, y nos echamos a reír, yo un poco nervioso. José Carvalho, me dijo, extendiéndome la mano. Danilo Pinto, le dije, correspondiéndole el saludo. Pinto é um sobrenome portugues, observó, y yo le dije sí, pero soy de Honduras y no sé mucho de mi árbol genealógico, y volvimos a reír. Me preguntó por mi situación y yo le hablé del frío ruso, del acento dominicano y de las playas y las montañas hondureñas. 

Lo primero fue sacar mis maletas del casillero, que me obligaba al gasto de unas valiosas últimas monedas, y llevarlas a una garita a la que sólo él tenía acceso. Podía dormir y utilizar los servicios del aeropuerto mientras no tuviera mejor sitio para hospedarme; nadie me privaría de esa posibilidad, me dijo José. Agregó que aprovecharíamos mi apellido e intentaríamos algo en la embajada portuguesa.

Luego de ese intento infructuoso al día siguiente volví cabizbajo y él animado, diciéndome que no me preocupara. La salida inmediata fue lavar platos en uno de los restaurantes del aeropuerto. Antes, acudimos a la oficina de los objetos perdidos con escasa esperanza, y como era previsible, mi pasaporte no había aparecido. Una semana después tuve que cubrir a uno de los camareros del restaurante y a partir de ahí alterné lo de los platos con el servicio en las mesas y empecé a ganar, además de mi sueldo, unas buenas propinas.

Tres meses después, acumulada una cantidad de dinero que me permitiría comprar un boleto de avión, José me llevó a la embajada de Honduras. Le expuse mi caso a un embajador serio, de mal talante; me preguntó cómo había yo logrado entrar y salir “de esos países comunistas” y respondí mencionándole el salvoconducto que me permitía cruzar algunas fronteras sin que me sellaran el pasaporte. Le tengo malas noticias, me dijo, no puedo ayudarle; así como usted anduvo por esos países co-mu-nis-tas –y enfatizó esta última palabra remarcando las sílabas-, tendrá que ver cómo hace para volver a Honduras. Y eso fue todo, o quizá no, quizá me levanté de la silla dirigiéndole una mirada furiosa a aquel tipo, o quizá tan sólo dije gracias, con la voz temblorosa y la mirada baja, y me levanté y salí de esa oficina diciéndome que no volvería nunca. Mi pasaporte, por suerte, apareció en un basurero del aeropuerto y había estado esperándome, durante la última semana, en la oficina de los objetos perdidos. Fue la recuperación, también, de la esperanza. Dos días después, José y yo nos abrazamos y prometimos escribirnos.

***

Transcurrieron cinco meses; José vino a Honduras y recorrimos buena parte del país durante casi dos semanas. Entonces, aquí se hablaba de un posible Golpe de Estado, y aunque en el ambiente se respiraba cierta incertidumbre, traté de que mi amigo disfrutara sus vacaciones sin preocuparse de nada. En la barra de un bar sobre una playa en Roatán le hablé de mi familia en Colón, de mi empleo como vendedor de seguros en mi juventud, de mi madre orgullosa afuera de su casa mostrándole al mundo el cheque que yo le había enviado, de la discusión con mi padre, de mis poemas, de mis dibujos y del amor de mi vida. Él entonces, en medio del recuerdo de los paisajes campestres de su pueblo natal, mencionó de pasada a sus padres, que vivían en un pueblo gallego muy cerca de la frontera con Portugal. El resto de sus vacaciones las pasaría con ellos, me dijo. Y así fue. O al menos, así empezó a ser. José murió en un accidente de tránsito camino a Pontevedra.

Su padre me escribió a los pocos días, aunque la carta tardó más tiempo en llegar. La madre de José había fallecido también dos días después del accidente de su hijo y ahora él no tenía mucha voluntad para vivir. La muerte que llega a alguien de repente, luego salta a otro y por último acecha a un tercero en una misma familia. Una sensación extraña fue llenándome el pecho, una combinación de tristeza, de nostalgia, de impotencia, y al final, muy al final, de esperanza de que algo pudiera salvarse. Escribí, sin pensarlo mucho, la carta. Esperé un mes, luego otro y otro, y finalmente en octubre recibí respuesta. No tenía a nadie en el mundo y estaba dispuesto a venirse pronto para evitar el invierno que, sin su esposa y su único hijo, sería el más frío de todos, me dijo. Esa alusión al invierno me hizo recordar mi viaje en tren de Leningrado a Helsinki y a la mujer rusa con su advertencia sobre la pulmonía. Yo siempre tendré calor, me dije, pensando en mi madre. Así que llamé al número de teléfono que el padre de José me apuntó en la carta. Y otra vez pasó el tiempo como un tren que no llega nunca a su destino. Y unas cuantas llamadas inútiles.

En marzo, en una tarde calurosa y húmeda, un cartero me entregó una caja pequeña y lo primero que extraje de ella fue un papel doblado en tres y firmado por un desconocido. Había, además, una foto de José conmigo en una calle de Zurich y otras de José y sus padres, un reloj de pulsera de José, y por último, el boleto de avión de don José Carvalho, el padre de mi amigo, con fecha 20 de noviembre de 1984. Una mañana en que volvía de la panadería con un baguette, decía la carta, el padre de José decidió sentarse en la banca del parque próximo a su casa para compartir su pan con las palomas. Ahí quedó sentado, con su suéter azul marino y su boina, con la cabeza ladeada y unas cuantas palomas encima, picoteando la bolsa del pan. La imagen vive en mí como otra acechanza de la muerte.

Raúl Arechavala sobre Los días y los muertos

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Raúl Arechavala ha reseñado mi novela Los días y los muertos en Tercer Mundo:

Lo primero que me llamó la atención en la novela de Giovanni Rodríguez, desde el punto de vista narrativo, fue el hecho de que no estaba frente a una novela, sino ante dos: la de López, en tercera persona, y la de Guillermo Rodríguez Estrada, en primera persona. Esto implica, indudablemente, un enorme esfuerzo estilístico, una gran destreza narrativa, que está muy bien lograda…

Para leer el texto completo, sigan por aquí: Asfixia existencial y la literatura como obsesión.

Decir lo que nos da la gana

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Suelo publicar a veces en Facebook y Twitter comentarios acerca de temas diversos como la política o la religión o relacionados con la literatura y el arte en general. Casi siempre mi intención es -disculpen que se los diga y disculpen, además, si quieren, que yo sea tan cabrón- provocar a la gente, tocarles la llaga a esas almas sensibles que no soportan que nadie, de vez en cuando, les ponga un espejo enfrente y les explique cómo son verdaderamente los rasgos de su hipocresía, de su ignorancia o de su ingenuidad. De paso, intento divertirme un poco, y procuro no entrar en discusiones que, después de mucho tiempo observando el fenómeno, uno concluye que están abocadas al fracaso.

No individualizo mis comentarios; es decir, lanzo disparos al aire con la imprudente alegría festiva de un borracho en la medianoche del fin de año, y casi siempre me echo luego a dormir la goma con absoluta impunidad, sin enterarme de las consecuencias de esos pequeños ejercicios derivados, si acaso, de mis convicciones, y, definitivamente, de mi sinceridad.

Muchas veces es la incapacidad de leer lo que propicia que la otra persona eche a perder lo que podría llegar a ser una buena discusión, ya sea en las redes sociales o en la vida real. (Y espero que no haya, entre los lectores de este artículo, alguien que se ofenda porque me atreva a oponer, con esas últimas líneas, lo que ocurre en las pantallas con lo que ocurre en la vida real. Hay gente para la que el muro de Facebook es el muro de sus lamentos y deposita ahí su energía vital, pero lo que uno ve en esos muros y en las reacciones a lo que hay en esos muros se parece más a una telenovela mexicana que a una vida real).

La lectura atenta y la capacidad de comprensión de lo leído deberían contar como dos de las competencias indispensables para todo aquel que decida expresar sus opiniones. Pero, obviamente, esto es algo que no podemos esperar que ocurra, pues ni siquiera ocurre con muchas de las personas que se dedican, supuestamente, al estudio de la literatura, que es algo para lo que no basta con ser “fan” de un autor o con leer cinco o diez libros por año o con estar matriculado en la carrera de Letras. Y cómo cuesta hacerle entender a la gente que aunque todas las opiniones son aceptadas, no todas son válidas pues algunas carecen de sustento y son más una extensión de las emociones que del razonamiento.

La incapacidad de leer, decía, hace nacer muchas veces discusiones estériles en las redes sociales. De pronto aquello se convierte en “un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades”, como decía Girondo, cada uno intentando que su voz se oiga más que la de los demás, aunque en este caso en lugar de personalidades deberíamos hablar de un revoltijo de egos, que son la cara visible, generalmente, de seres sin sustancia, irreflexivos, meramente emotivos, simples opinadores “de a tostón” dándose en la madre con tontos dispuestos a rebajarse discutiendo con ellos.

Aunque, como dije, me echo a dormir después de los disparos al aire, a veces me da por asomarme y ver qué tan mal se ha leído algo que he publicado (porque muy seguro estoy -discúlpenme de nuevo por la falta de modestia- de haber reflexionado lo suficiente y de haber utilizado luego las palabras adecuadas para expresar mis opiniones). Así, por ejemplo, cuando he contado en Facebook que mi hijo me pregunta quién hizo a Dios, recalcando la importancia de formular, de vez en cuando, preguntas semejantes, han aparecido unos cuantos, armados con la Biblia, intentando evangelizarme o al menos convencerme de que Dios es el principio y el fin, etcétera; o cuando he dicho que El cuento de la criada, una novela de Margaret Atwood, es magistral, han brincado unas feministas (y algún feministo, por aquello de “la inclusión”) insinuando que lo digo con ironía (eso de leer entre líneas, si lo aplicaran adecuadamente, les haría verse más inteligentes); o cuando he recomendado una novela de Javier Marías (consumado misógino, según las feministas que no saben leer) a quienes quieren aprender a escribir, se me ha venido “en voladora” algún lector ofendido cuyas únicas intenciones en la vida (por suerte) son las de leer y no las de escribir; o cuando he dicho que me ha parecido lamentable que con la salida de Kevin Spacey se echara a perder la última temporada de House of cards ha venido alguien a decirme que lo lamentable era que continuara ese “personaje” abusador, como si yo estuviera hablando de las consecuencias de esos supuestos abusos del actor en las vidas de las víctimas y no en el desarrollo de la serie. Pero así funciona la vida en las redes sociales, a puros equívocos producto de malas lecturas.

Una discusión, para que funcione, tiene que contar con dos oponentes en igualdad de condiciones. Si uno es aficionado al fútbol, por ejemplo, no vale intentar discutir sobre fútbol con alguien que no sepa lo que es una chilena o un pase en profundidad, del mismo modo que si uno sabe de literatura no vale intentar hacerlo con alguien que disfruta leer los libros de Coelho o que le llama “realismo mágico” a cualquier cosa. Son casos perdidos. Así, tampoco conviene discutir con quienes se rigen por los clichés o anteponen sus prejuicios a las pautas de la razón y se apresuran a opinar como si el solo hecho de hacerlo, sin importar la calidad de su lectura o de su razonamiento previos, fuera lo importante. Leer bien y razonar son cosas que no se le dan bien a la mayoría, lamentablemente. Opinar, en cambio, es algo que está al alcance de todos, por aquello de la libre emisión del pensamiento. Y en estos tiempos los opinadores irreflexivos están a cada vuelta de esquina, o quizá sea más apropiado decir a medio click de distancia. Debe tratarse de un fenómeno parecido al de las selfies: esa necesidad de mostrarse en público antes que intentar observarse a uno mismo.

Otras veces es la incapacidad de hacer uso adecuado de eso que suele llamarse inteligencia y que en estos tiempos de emociones expresadas en tiempo real se reduce precisamente a eso: a la expresión burda y desvergonzada de opiniones que no derivan necesariamente del razonamiento sino del imperio del Sturm und Drang. Pero debemos comprender que para muchos, en estos tiempos, la inteligencia debe ser una cosa sobrevalorada, pues parecen atribuirle mayor valor a la liberación de sus emociones que a un argumento dignamente elaborado. Pensar, dice la neurociencia, genera ansiedad y dolor de cabeza entre quienes no suelen pensar. Pero “pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia”, escribió Borges.

Es sabido, sin embargo, que estos son los tiempos de la hipersensibilidad, de la corrección política, de los eufemismos y de un renovado e hipócrita puritanismo en muchos sentidos, tiempos en los que la mayoría prefiere no tomar partido antes que exponerse a un posible linchamiento, tiempos en los que no resultaría extraño que se empezaran a promover leyes que castiguen las convicciones y la sinceridad (ya ha habido casos en el Congreso Nacional, recuerdo ahora), cuando estas convicciones y esta sinceridad establezcan contacto impunemente con la sensibilidad de esa masa creciente de ofendidos. La novela de Atwood, precisamente, pinta un panorama parecido a ese.

Pero ojalá esa aparente autocensura aplicara también para las opiniones, así no tendríamos, por ejemplo, a algunas feministas que nada saben de literatura diciendo que Javier Marías es mal escritor por ser, según ellas, misógino; así no tendríamos a esos ingenuos y entusiastas lectores de primer grado exigiéndole a los escritores que escriban con decidido compromiso social; así no tendríamos tampoco que explicar constantemente en qué consiste el sarcasmo; así no tendríamos que lidiar con esa otra forma de intolerancia surgida en el seno de los ofendidos; así probablemente no tendríamos, usted, ofendido, indignado o dolido, y yo, ofensivo, pedante y odioso, que estar ahora mismo viéndonos a los ojos a través de estas palabras, sonriéndonos como lo harían dos alegres borrachos, botella en mano, en la última batalla de la guerra por el derecho a decir lo que nos da la gana en una noche de fiesta.

Entrevista en la Revista Desocupado

Juan Becerra me entrevistó para la revista mexicana Desocupado, luego de leer mi novela Los días y los muertos.

Como lector de novelas aprecio cuando el autor nos cuenta la historia de una manera en la que nos motiva a entrar en ella más allá de lo que tiene que ver con la anécdota contada. Para mí, las buenas novelas son una conjunción equilibrada entre anécdota y trama. Me aburren terriblemente esos relatos que sólo son anécdota y que no aspiran a nada estéticamente. Con esa idea, quise contar la historia del periodista López y del escritor Rodríguez Estrada de una forma en que los lectores mantuvieran su atención hasta el final, asumiendo, de algún modo, la curiosidad del primero y las angustias del segundo. Para lograrlo, recurrí a una estructura narrativa que combinara distintos formatos, desde la nota periodística hasta el diario personal, pasando por la metaficción, y recurrí también a ciertas técnicas narrativas que le permitieran al lector una experiencia alejada de las tradicionales historias lineales con finales sorpresivos.

Pueden leer la entrevista completa entrando por aquí.

Nueva edición de Los días y los muertos

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Los días y los muertos (2da. Ed. 2018)

La nueva edición de mi novela Los días y los muertos (mimalapalabra editores) acaba de salir. Sin temor a equivocarme (y sin pecar de falta de modestia), puedo decir que es de los libros más bonitos que se hayan visto en Honduras en muchísimo tiempo. Esta nueva edición, corregida por el tal G. Rodríguez y aumentada en casi cien páginas (ahora tiene 320), con papel editorial, doble cubierta (una de ellas desprendible) y cintillo, contiene algunos cambios en el formato y en la tipografía que no fueron aceptados para la edición original.

Hay intenciones de presentarla próximamente en San Pedro Sula, en Tegucigalpa, en Santa Rosa de Copán y en Gracias. Por ahora, trato de combinar bien las fechas para que todo cuadre.

La primera edición (Editorial Universitaria) circuló ampliamente por varias ciudades e incluso fue presentada en dos ferias del libro: la FILUNI, en México, y la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile.

Se han escrito cinco reseñas sobre la novela, y aquí voy a dejar algunos fragmentos de esas reseñas:

“Los nervios con que está escrita la novela no vienen solo de un hálito regional sino también de una línea de reflexión que se entronca con lo universal o, mejor dicho, con la mejor tradición literaria de la humanidad”. HERNÁN ANTONIO BERMÚDEZ

“Ingeniosamente estructurada, con un juego sutil de planos narrativos, la novela nos sumerge en la realidad social enajenada y enajenante (y culturalmente primitiva) en que nos movemos a diario los habitantes de este sufrido país de nombre infaustamente alegórico”. SARA ROLLA

“El libro está seriamente bien escrito, con gran complejidad pero ninguna pedantería. Muy por encima del nivel del país”. ALBERTO ARCE

“Estructurada como si fuese un juego casi delirante de planos y contraplanos textuales, Los días y los muertos no sólo revela los círculos concéntricos del infierno que son el pan nuestro de cada día en la pretenciosa “metrópoli sampedrana”; además de asumir la condición de incómodo testigo de su época, Giovanni Rodríguez ha urdido un elaborado artefacto narrativo, y a nosotros no nos queda más que celebrarlo”. MARIO GALLARDO

“Giovanni Rodríguez ha alcanzado ya su inequívoca edad adulta narrativa. En Los días y los muertos nos entrega una novela donde Honduras y sus atrocidades son apenas referencias en la dimensión de la creatividad y no el sustrato para hacer del escritor un prócer de la identidad”. FABRICIO ESTRADA

Está a la venta en librería Metronova (Mall Galerías, San Pedro Sula).