Apuntes para un catálogo de monstruos

En Literofilia ya está en línea mi artículo de este mes: “Apuntes para un catálogo de monstruos”, en el que me da por recordar a algunos personajes de nuestra farándula literaria catracha. Empieza así:

Habrá pocos que cuando lean este artículo no se pongan quisquillosos. Si a pesar de esta certeza me dispongo a escribirlo debe ser porque algo de kamikaze hay en mí que me empuja a meterme, cada vez que puedo, en un lío nuevo. Pero es que al final, muy al final de todo, o ya de vuelta de todo, me digo, está la convicción de que lo más importante es la satisfacción del deber cumplido, esa capsulita zen que deglutimos para hacernos creer que de entre toda la basura, algo debe salvarse…

Si les da por leer mis artículos en Literofilia, pueden darle clic a este enlace: Lo demás es ficción.

Inicio de Los días y los muertos

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ldylmDe la Editorial Universitaria me informaron recientemente acerca de la cercanía de la publicación de la primera edición de mi novela Los días y los muertos, que obtuvo en mayo, por unanimidad, con un jurado calificador compuesto por el salvadoreño Manlio Argueta, el costarricense Óscar Núñez Olivas y el hondureño Leonel Alvarado, el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo”. Según me han dicho, se están imprimiendo 50 ejemplares en pasta dura con sobrecubierta y otra cantidad de ejemplares en rústica con solapas. Esperemos que esos ejemplares puedan llegar a nuestras manos antes de que termine el año, pues sería bastante desafortunado tener que esperar hasta 2017 cuando todo podía haber estado listo desde 2015, ¿no creen? De cualquier manera, sólo queda esperar que el ritmo de trabajo en la imprenta no sea tan inversamente proporcional al ritmo de nuestros corazones ansiosos.

Y como para que vayamos entrando en materia, les dejo a continuación lo primero que encontrarán en la novela: una nota periodística en el momento de su redacción:

Walter Antonio Laínez Enamorado, de 19 años de edad… Como consecuencia de una puñalada en el corazón en el sitio del corazón murió ayer, alrededor de las tres y media de la tarde, Walter Antonio Laínez Enamorado, de 19 años de edad, tras ser atacado por Guillermo Rodríguez Estrada, de 24 años, en el estacionamiento de un centro comercial de esta ciudad, en lo que, según el reporte policial, pudo haberse tratado de un crimen pasional.

La víctima había llegado, de ocupación auditor bancario, había llegado hasta ese sitio minutos antes acompañado por su novia, cuyo nombre no fue revelado, al parecer con la intención de entrar juntos a ver una película en los cines del centro comercial. Según informó un testigo… Pero los planes de la pareja Los planes de la pareja, sin embargo, fueron truncados por Rodríguez, un exnovio de la muchacha, quien los interceptó a pocos metros de la puerta de entrada al edificio e inició una discusión con ambos, la cual terminó con el ataque un ataque de arma blanca por parte de Rodríguez, según relató la muchacha.

Una vez cometido el crimen… Después de matar a Laínez Enamorado… Un guardia de seguridad cuya identidad tampoco fue revelada por razones de seguridad aseguró haber visto al agresor salir del estacionamiento con “una de sus manos manchada de sangre”, en la que además portaba lo que podría haber sido una navaja, lo cual lo atemorizó por lo que decidió no requerirlo. Fue él quien llamó Luego llamó a la Policía desde su teléfono celular mientras observaba que a unos cien metros de distancia del sitio por donde había salido el sospechoso, éste, absurdamente, decidía sentarse en una acera y después acostarse boca arriba.

La Policía, al recibir el aviso, encontró a éste envió dos patrullas y algunos agentes motorizados para buscarlo iniciar la búsqueda del agresor pero ésta no fue necesaria ya que se lo encontraron desmayado en una acera cerca de la avenida Circunvalación, al lado de un poste del tendido eléctrico, según las indicaciones ofrecidas por el guardia. Semiinconsciente, las autoridades fue trasladado los agentes policiales lo trasladaron a la sala de emergencias del hospital Mario Rivas, en donde fue reanimado por médicos y enfermeras el personal de turno lo reanimó por completo para luego confesar su crimen a la Policía.

Rodríguez fue puesto en guardará prisión preventiva en el Centro Integrado de la Policía en esta ciudad mientras se formalizan los cargos de asesinato en perjuicio de Laínez Enamorado y de intento de asesinato contra la joven que lo acompañaba acompañaba a éste.

Las palabras cuando queman

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Mi artículo de octubre en Literofilia va de ficciones que incomodan a los lectores puritanos (castos):

Me ha llamado la atención el alboroto generado recientemente en Costa Rica en torno a la publicación de una novela en la que, entre otros episodios, presenta a la Virgen María teniendo relaciones sexuales. Se trata de la novela El fuego cuando te quema, de Alí Víquez, y el alboroto, he dicho, es lo que me llama la atención, porque el tema que conlleva no es nuevo: un escritor “condenado” por unos individuos que pretendiendo representar a toda la sociedad tan sólo alcanzan a representarse a sí mismos.

Que reacciones así se produzcan en nuestro contexto centroamericano, tan pobre, tan marginal, no es cosa extraña; lo realmente extraño, o sorprendente, es que el asunto haya trascendido hasta llegar, por ejemplo, a estas Honduras en donde yo vivo. Cosas del Facebook, dirán algunos, pero en realidad no creo que en Facebook uno pueda encontrar toda la respuesta. En primer lugar, hay que recordar que se trata de un asunto relacionado con la literatura, que es, ya sabemos, algo que no interesa a muchos sino más bien a unos pocos, poquísimos en realidad. Luego hay que recordar que esto es el Tercer Mundo y que aunque Costa Rica sea considerada “la Suiza de Centroamérica”, tampoco es Madrid o París o Nueva York, y no puede esperarse que la simple publicación de un libro mueva a la acción aquí, o en cualquiera de nuestros países dejados de la mano de Dios, a más de dos o tres individuos inquietos. Trato de entender el curioso fenómeno y recuerdo que se trata también de un asunto relacionado con la religión, y más que con la religión, con la Iglesia. Ahí, entonces, empieza a tener sentido la cosa.

Observo las dos caras de la moneda: por un lado las excesivas muestras de indignación de una gran cantidad de personas, supuestamente abanderadas del Cristianismo, que incorporan la ignorancia y la intolerancia a su caudal de virtudes, todo lo cual mueve a pensar, con absoluta ligereza, por supuesto, en lo mal que debe andar Costa Rica (y Centroamérica en general) en el tema de la alienación religiosa para que un número tan amplio de personas, entre las que se cuentan obispos y un personaje de la televisión, por lo que he podido ver, se muestren dispuestas a esgrimir argumentos, desde una postura meramente religiosa y moralista, en contra de una obra literaria que propone, desde el terreno de la ficción y con todas las licencias que la ficción permite, una subversión de una parte de lo que podríamos llamar “la historia oficial del Cristianismo”.

Por el otro lado está la postura dignísima que han asumido el autor de la novela, Alí Víquez, y el editor de Literofilia, Warren Ulloa, además de muchos lectores o simplemente gente sensata, ante la oleada de críticas suscitadas a raíz de la transmisión de la lectura que el primero realizó en el programa de radio que dirige el segundo. Una postura para la que se requiere armarse de paciencia, debo decirlo, pues no hay cosa más desgastante en la vida que responder a los rebuznos de los ignorantes; ahí uno pierde por extenuación.

Afortunadamente, a pesar del tercermundismo de nuestros países centroamericanos, todavía nos queda una garantía: la de más o menos poder decir (o escribir) ciertas cosas sin temer que se nos lleve a juicio por ello. En el caso de Alí Víquez existe una “condena” por parte de los más recalcitrantes detractores de su novela, pero esa “condena”, obvia y –repito- afortunadamente, no pasará de los insultos, de la oferta de los golpes y del simbólico visado al infierno que le han dedicado algunos, seres llenos de amor y de tolerancia, como corresponde a los cristianos, supongo.

Es conocido el caso de Salman Rushdie, a cuya cabeza le puso precio el Islamismo radical tras la publicación en 1988 de su novela Los versos satánicos, señalada como una obra blasfema. Más reciente es el caso del escritor egipcio Ahmed Naji, condenado por “ultraje al pudor” en su país luego de la publicación de unos fragmentos de su novela El uso de la vida, en los que describía algunas escenas sexuales. En ambos casos asistimos al triste espectáculo de la represión, por parte de unas mentes estrechas, del derecho a la libertad de expresión. El fundamentalismo religioso que de la versión Islam, pasa, en el caso que nos ocupa, a la versión cristiana.

De cualquier modo, lo que aquí hay que observar con atención no es el pataleo que muestran unos y la actitud sensata y coherente de los otros sino lo peligroso que resulta que un tema tan normal como el tratamiento ficcional que se le puede dar a una historia “sagrada” venga, en estos tiempos de corrección política y de crispación permanente, a servirse como plato fuerte para alimentar el morbo (pero también la violencia, verbal o física) de una gran mayoría que se atreve a opinar sobre un libro sin siquiera haber hecho la tarea de leerlo.

En 2009 a mí me sucedió algo parecido tras la publicación de mi novela Ficción hereje para lectores castos. Entre ese título y la portada, en la que se veía a un Cristo multiplicado por cuatro y ataviado con la indumentaria de un fanático de la selección hondureña de fútbol, con el agregado de cigarros y botellas de cerveza en algunas manos, la novelita, que trata de las aventuras de cuatro jóvenes supuestamente herejes, levantó en su momento el polvo necesario; es decir, logré atraer suficiente atención sobre el libro como para que, sin importar lo que contenía, los hijos del morbo se pusieran a comentarlo, a recomendarlo o a “condenarlo”. Recuerdo que alguien me dijo que un pastor evangélico, representado en la novela con el nombre de Satanael Aguilar, le dedicó unos cuantos minutos al libro durante su sermón en la iglesia en la que congregaba cada noche a tres mil personas, diciendo que ese era un libro del demonio y que sólo merecía las llamas. Ficción o realidad, la anécdota sirve para ilustrar el fervor que despiertan en nuestras sociedades atrasadas las manifestaciones artísticas de ese tipo. Alguien más, mientras yo subía las gradas de un edificio en la universidad, llegó a llamarme “apóstata”, desapareciendo de inmediato, y otros, anónimos, me hicieron llegar correos electrónicos con insultos y hasta amenazas, todo lo cual yo lo encajé con el debido espíritu deportivo.

Debo admitir que en mi caso había algo de provocación en la publicación de una novela con ese contenido, con ese título y con esa portada, pero independientemente de la intención que un autor tenga, es peligroso que un sector de la sociedad asuma una supuesta responsabilidad en nombre de la moral y las buenas costumbres, sobre todo si eso sucede en un estado presumiblemente laico, y llame al linchamiento al autor de un libro sólo porque éste no se ajusta a los preceptos de una religión.

Estuve escuchando la lectura que Alí Víquez hizo de su novela en Literofilia Radio y aunque se trataba apenas de un fragmento, me pareció que es una novela muy bien escrita, irreprochable, y eso, obviamente, es lo que cuenta, pues se trata de una obra literaria y no de un texto doctrinal; porque a menos que el propósito de un escritor de ficciones sea “captar almas para Cristo”, no veo por qué éste tendría que preocuparse por las ronchas que saque lo que escriba.

La literatura, dice Vargas Llosa, es una mentira que dice la verdad. En el caso de la novela de Alí Víquez la verdad no parece estar tanto detrás de la escena sexual de la Virgen María como detrás de los rostros de ese montón de personas empeñadas en denunciar la paja del ojo ajeno antes que la viga en el propio. Ante ese tipo de gente la literatura se detiene sólo para mirar de reojo y echarse una puntual carcajada.

Ficción hereje (reloaded)

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Ficción hereje para lectores castos 2da. Ed. (2016)

Una nueva edición de mi primera novela, Ficción hereje para lectores castos, acaba de salir de imprenta. En un formato parecido al de la primera, esta edición tiene una portada menos provocadora, sin ilustración, y un diseño sobrio y sugerente. El texto ha sufrido leves cambios y lo precede siempre el prólogo original de Hernán Antonio Bermúdez; la tipografía elegida es nueva y el número de páginas ha pasado de 138 a 172. Además, incluye al final una reseña de Sara Rolla y otra de Fausto Leonardo Henríquez. Entre una edición y otra han transcurrido siete años y una nueva generación de lectores podrá ahora acceder a la lectura de esa novelita con la que me demostré a mí mismo que era capaz de escribir una obra de ficción más o menos extensa.

En todos estos años han venido apareciendo lectores de esa novela, algunos accedieron a ella de primera mano, otros, por la recomendación de algún amigo. Hasta la fecha todos esos lectores con los que he podido conversar un poco me han manifestado su satisfacción con esa lectura, que sin dejar de ser retadora, por la ambigüedad en la relación de los hechos, por la estructura y el juego con los narradores, logra establecer, creo yo, el vínculo más importante entre el lector y el libro: la identificación y el placer. Ha habido también, por supuesto, gente ofendida, como cierto pastor evangélico “apóstol y cosechador de almas”, que llegó a decir que el libro era una “obra del demonio”, o un desconocido que en un pasillo de la universidad me llamó “apóstata”. En todo caso, he aprendido a escuchar todo tipo de comentarios, a los que respondo, invariablemente, con una sonrisa.

Esta nueva edición ya anda por ahí, circulando de mano en mano, y ha sido colocada, junto a unos pocos ejemplares de Café & Literatura (en un corto nuevo tiraje reciente) y de La caída del mundo en las librerías sampedranas Caminante (10 Ave., 4ta. Calle, Bo. Guamilito), Metronova (Mall Galaerías) y Liser (10 Ave., 2da. Calle, Bo. Guamilito, frente a INPREMA).

Ahí me cuentan qué les ha parecido.

Yo iba a ser un poeta maldito

Mi artículo de septiembre en la columna “Lo demás es ficción”, de Literofilia, sobre un tema sensible, aunque nada maldito:

La última vez que participé en una lectura de poesía fue en 2010, en un teatro lleno de Granada, España, durante el Festival Internacional de Poesía que se celebra en esa ciudad cada año. Con 30 años recién cumplidos, yo era el más joven de aquella lectura, en la que también participaron, entre otros, el nicaragüense Ernesto Cardenal, la salvadoreña Claribel Alegría, el argentino Jorge Boccanera, el mexicano Marco Antonio Campos y el colombiano Juan Manuel Roca, y en la que, por si fuera poco, tuvimos como espectadores en primera fila a dos premios Nobel: Derek Walcott y Herta Müller, así que ya pueden imaginar el honor que significó para mí subir al escenario antes que todos, por la simple circunstancia de ser el menor de los que íbamos a leer esa noche.

Acudí a Granada esa vez sólo porque no creí sensato desaprovechar la invitación que me hacían los organizadores del festival para visitar la ciudad y conocer La Alhambra, porque –debo apresurarme a decirlo- yo me había prometido no volver a leer poesía en público desde una noche de allá por el año 2006 patrocinada por la Editorial Letra Negra de Guatemala y la Dirección Regional de Cultura de San Pedro Sula. Esta ocasión sirvió para que un puñado de poetas, mediopoetas y nopoetas de Guatemala, El Salvador y Honduras nos reuniéramos en un mismo lugar y sirvió, además, para que fuéramos testigos de dos eventos realmente extraordinarios: la asistencia de por lo menos cuatrocientas personas a una simple, desigual y aburrida lectura de poemas y la comprobación de que es también posible vender libros de ese género.

Esas últimas circunstancias salvaron la noche, porque, por un lado está el hecho de que nada en una lectura pública de poesía resulta emocionante para nadie, a menos que quien lea sea Neruda, gente así, y que esté precedida por su fama; y por el otro lado está el hecho de que de entre los versos que se leyeron esa noche, unos pocos quizá resistirían el paso del tiempo. Seamos sinceros: ¿no han experimentado nunca una cierta vergüenza ajena cuando ven a un poeta, sobre todo si es primerizo, leer en público?, ¿no les da pena verlo ahí, tan solitario, tan pagado de sí mismo, tan pobre diablo?; y desde la otra perspectiva: ¿no se han sentido incómodos cuando, papel en mano, leen ante un público alguno de esos poemas debiluchos, inacabados?, ¿no se han sentido como ejecutores de una imposición ante esas pobres personas que ni entienden lo que escuchan ni saben si aplaudir o no cuando ustedes sueltan el micrófono? Yo decidí no volver a leer poemas en público desde aquella noche de hace diez años porque me sentí así de miserable, de traidor ante esas probables cuatrocientas personas que de buena fe llegaron al lugar porque quizá no contaban con que el asunto fuera así de solemne, de aburrido, por muy buena venta de libros que hubiera al final y más o menos bueno el vino para celebrarla, y creo que esa de no volver a leer poesía en público fue una buena decisión, porque después de eso habré asistido a unas cuatro o cinco lecturas públicas de poesía, incluidas dos del festival de Granada que mencioné al principio, y si no me ha dado pesar el poeta me lo ha dado el público.

Por aquellos tiempos, digamos de 2006 hacia atrás, yo probablemente estaba muy seguro de que iba a ser poeta, y no sólo eso, creo recordar que también tenía la impresión de que lo mío era eso que ahora es entendido como “malditismo” pero que no es otra cosa que una combinación de la pose, el ego mal administrado, la falta de inteligencia y de lecturas.

Hice todo lo posible por ganarme el título de poeta maldito durante aquellos años; entraba a los cafés y buscaba la mesa más apartada, la del fondo, o la que ofrecía la mejor vista a la calle y, con el índice de la mano izquierda en la sien y con un bolígrafo en la otra mano y una libreta sobre la mesa, activaba los motores de mi inspiración y empezaba a producir las metáforas que “le pondrían la pata en el pecho”, como dice un célebre personaje sampedrano, a los mejores poetas de mi país. Asistía, con unos cuantos amigos, a las veladas poéticas o a las presentaciones de libros con el solo ánimo de criticar y de reírnos de lo que veíamos y escuchábamos. Escribía, en la soledad, poemas melancólicos y corta venas, y con mis amigos, poemas satíricos para burlarnos de los malos poetas del patio. De eso a esta fecha, ya lo dije, han pasado al menos diez años, el tiempo suficiente para una retrospectiva saludable, una retrospectiva que, sin embargo, termina en este párrafo.

Yo, definitivamente, estaba encaminado a ser un poeta maldito. Por suerte, algo ocurrió en el momento justo y aquí me tienen ahora, burlándome de mí mismo, o al menos, burlándome del émulo de Rimbaud que yo era a mis veinte años. Esta circunstancia, obviamente (la de estar ahora burlándome de mí mismo), me avala, creo yo, y probablemente sólo yo, para burlarme de otros. Y cuando digo “otros” me refiero a esos émulos de Rimbaud que ya lo eran en la época de mis veinte años; es decir, que ya eran, igual que yo, émulos de Rimbaud hace dieciséis años pero que no les ocurrió, como a mí, algo que les hiciera reaccionar y decir, en estos tiempos, pasados dieciséis o más años: “ya madurá, poeta maldito, no sigás haciendo el ridículo”. Porque émulos de Rimbaud siguen apareciendo todos los años, ya sea aderezados con la música de The Doors o la de Nacho Vegas, con la ingesta de cerveza o de antidepresivos, mendigando puestos burocráticos mientras cultivan su imagen de enfants terribles por Facebook o afianzándose definitivamente, cuando ya no encuentran la puerta, en la mendicidad callejera, de pueblo en pueblo, de un mecenas incauto a otro.

Pero la tendencia al “malditismo” es la menor de las curiosidades de nuestra poesía actual. Ahí está, por ejemplo, el “festivalitis”, que les permite a nuestros nopoetas, ya de por sí malditos, malditísimos, salir de su aldea para asistir, por ejemplo, a pueblos con nombres indígenas o a urbes extranjeras con calles más anchas que las de San Pedro Sula o Tegucigalpa para encontrarse con otros ilustres nopoetas de Centroamérica o del resto del mundo y abrazarse, solidarios, hermanos, al tiempo que se interpelan con el genérico “poeta” e intercambian el último de sus cuadernillos publicados en su respectiva aldea. Un buen poeta maldito que sí se suicidó hace algunos años me confió, durante aquel festival de poesía al que asistí en Granada, España, el secreto para garantizar invitaciones sucesivas a distintos festivales internacionales de poesía: “cuando tenés la suerte de que te inviten a uno”, me dijo, “aprovechá esa suerte”. “Hacete amigo de aquellos poetas que vos sepás que organizan festivales de poesía en sus respectivos países”, siguió diciéndome. Así, por ejemplo, mi amigo poeta había estado hacía tres semanas en un festival de Río de Janeiro y un mes después del de Granada viajaría a otro a la ciudad de México. “Dos meses de pura poesía intercontinental”, me dijo, con un gesto triunfal, y brindamos con un par de cañas y unas tapas andaluzas mientras escuchábamos a un violinista tocar As Time Goes By en la terraza de un bar.

Y así es como se produce otro de los fenómenos curiosos de todo esto: la tendencia a la “amiguitis”. Hace poco leía un artículo en el que se hablaba de que los poetas de ahora son todos amigos entre sí. Yo no sé si en nuestros países esto sería posible, pero lo que sí sucede es que todos aparentan ser buenos amigos. De igual manera, aparentan ser buenas personas, defensores de las causas sociales, solidarios con el mundo entero, aunque tengan un amplio historial como maltratadores de madres, como esquilmadores, como acosadores insufribles de lectoras distraídas o de señoras viudas o casadas, con hijos abandonados en cajas frente a la puerta de una casa extraña. Pero como decía Pessoa: “la poesía también es una ficción cuyas reglas cambiamos según convenga a la trama o según a quiénes tengamos de lectores”.

Después, por supuesto, están los “críticos” de poesía del patio que se atreven a ponderar, en sendos ensayos ininteligibles y redactados con el mínimo de aciertos lingüísticos permitidos por la Real Academia de la Incompetencia, las virtudes del nuevo Rimbaud, críticos que aunque hayan pasado por aulas universitarias, tienen criterios forjados apenas en el ámbito de lo intuitivo y de lo estomacal, que se regodean con las oraciones subordinadas y que sobre el uso de los signos de puntuación tienen el mismo conocimiento que yo en materia de radiaciones atómicas.

En fin, que el ambiente seudopoético siempre será denso en cualquier parte. Mientras tanto, los poetas, los verdaderos poetas, observan todo eso y se lamentan o sonríen o simplemente no se enteran, pues están dedicados al trabajo de renombrar las cosas, de redefinir el mundo o tan sólo de encontrarse a sí mismos, sin valerse de blogs, de un millón de amigos, de las banderas sociales, de un crítico que trate de explicar sus taras, del alcohol o de las drogas, sin necesidad de esa búsqueda afanosa del llamado “malditismo” para hacerse los interesantes. Porque los verdaderos poetas son sólo poetas y eso basta para explicarlo todo.

La azarosa vida breve de Edwin Gil

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Mi artículo de agosto en Literofilia:

Estudiante regular del cuarto año de la carrera de Ingeniería Civil, Edwin Gil fue atropellado una noche de febrero de 1994 por un conductor no identificado en la intersección de la Circunvalación con la Avenida Junior de San Pedro Sula. La parte delantera del automóvil golpeó al muchacho por el lado derecho de su cadera levantándolo un par de metros en el aire y al caer, lo primero que hizo contacto con el asfalto fue su parietal derecho. Su vida cambió drásticamente a partir de ese accidente, que lo envió directo a la sala de emergencias del Hospital Mario Rivas y lo mantuvo inconsciente y con pronóstico reservado durante cuatro días. Pero poco más se sabe de él, apenas eso y que un par de años después se le vio de vuelta en la universidad, aunque esta vez matriculado en la carrera de Letras.

Edwin Gil es –y no creo equivocarme al decirlo- el penúltimo genio de la historia de la literatura hondureña, una especie de Rimbaud tropical producto, al parecer, no de una formación académica privilegiada ni de lecturas sólidas, como cabría suponer, ni de la pura egolatría, como se ha vuelto tradición últimamente en nuestro circense mundo literario catracho, sino de un golpe severo en el parietal derecho. Esta aseveración despertará, justo en el momento de la lectura de este artículo, las risas de unos cuantos incrédulos en mi país, la mayoría de ellos probablemente genios con la espalda encorvada de tanto buscarse el ombligo, o quizá algo más, pero justo es que tanto la escasa pero –ésta sí- genial obra narrativa de Gil como su azarosa biografía empiecen a ser hoy de conocimiento público.

La anécdota sobre cómo llegué a saber de Edwil Gil es muy borgiana: una nota al pie de página de un ensayo inédito de Roberto Castillo cuya lectura me confió un familiar suyo hace cuatro meses aludía vagamente a un supuesto escritor sampedrano fallecido en circunstancias extrañas en un cuarto sin ventanas situado al fondo de una casa de habitación del barrio El Manchén de Tegucigalpa. Ya lo dije: era una alusión vaga, imprecisa, que ni el mismo Roberto Castillo, luego de obtener la información quién sabe de dónde, se había molestado en ampliar. Yo, sin embargo, jaloneado por la curiosidad, porque además ya había oído hablar de un muchacho medio loco que estudió Letras durante un par de años y desapareció, supuestamente en Tegucigalpa, luego de abandonar sus estudios y declarar, no exento de solemnidad, como es uso y costumbre de los locos andantes, que a partir de ese momento se dedicaría por entero a la literatura, me vi de pronto rastreando la historia de uno y el indicio del otro, que vendrían a ser la misma persona, el mismo escritor sampedrano que tras sufrir un severo golpe en el parietal derecho y dedicarse en los dos años siguientes a leer todo lo que había dejado su padre en la vieja biblioteca de su casa, decidió matricularse en Letras y luego abandonar los estudios para dedicarse a construir el intrincado laberinto de su obra, una obra por lo demás secreta, según fue siempre su intención, y ahora que ya no lo es tanto, una obra al menos en apariencia impenetrable.

Era un muchacho callado cuando no se le pedía la palabra pero generoso con ella cuando alguien lo invitaba a hablar. Esto lo vine a averiguar después, cuando Raúl López, quien fuera compañero suyo en las aulas de Letras, me contara algunas anécdotas sobre semejante personaje. El tema predilecto de Gil era, obviamente, la literatura. Luego de dar innumerables vueltas por el campus universitario, a la hora de su primera clase llegaba al aula sin muestras de cansancio y sudoroso, con una mirada torva que contrastaba con su media sonrisa, por lo que la mayoría, sobre todo las chicas, le rehuían, temiendo encontrar en él el ejemplo de una de esas historias gringas con estudiantes que, armados de cuchillo o pistola, se despachan a unos cuantos en un día cualquiera.

¿Qué obra narrativa es esa a la que aludí anteriormente?, se preguntarán algunos, nuestros genios ombliguistas en primera fila, pero no pretendo ser yo quien responda a esa pregunta, al menos por ahora; mi intención únicamente es referir la historia de la azarosa vida de Edwin Gil; ya llegará el tiempo en que sus dos novelas cortas y sus diecinueve cuentos minimalistas caigan en las manos de los lectores.

En la vida no son tan frecuentes los casos de personas absolutamente normales que de un día para otro se vuelven otras, o al menos otras menos normales. Tiene que presentarse un evento extraordinario: un golpe en la cabeza, un episodio de violencia o algo similar para que esto suceda. En el mundo de la literatura ocurre más a menudo; es decir, es común encontrarse a personas que, sin que uno sepa cómo, de pronto se han convertido en escritores. ¡Y son un verdadero dolor testicular! En lo que sucedió con Edwin Gil hubo una combinación de ambas cosas: un golpe en la cabeza y la fiebre literaria quizá producto del mismo golpe. Su drástico paso de la Ingeniería Civil a las Letras no fue digerido tan fácilmente por sus ex compañeros de aulas, aunque sí es probable que la transición haya sido mejor asimilada entre los miembros de su familia, que no vieron mal que el muchacho saltara directamente de la cama del coma hospitalario al sillón de la biblioteca de su padre ya fallecido para empezar a devorar los libros como un endemoniado. Y sin embargo, Edwin Gil no fue nunca un incordio para sus contemporáneos; a nadie abrumaba con la exposición de sus proyectos literarios; si acaso se refería a su obra, lo hacía sin malicia, sin ínfulas, casi sin intención.

Como dije, no se sabe demasiado respecto a su vida anterior al accidente, tan sólo que estudiaba Ingeniería Civil, que vivía en el barrio Las Brisas y que de ser un muchacho normal, responsable y aplicado, según lo describieron algunos ex compañeros de la carrera de Ingeniería Civil, pasó a ser un tipo raro, entre tímido y desbocado, obsesionado con la literatura y concentrado en la escritura de una obra que, según dijo una única vez en un arranque extraño luego de tomarse dos copas de vino al final de una lectura poética en el Museo de Antropología e Historia, sería la obra secreta más importante de la literatura hondureña. Estas aspiraciones del muchacho no eran, por supuesto, compatibles con su extraño comportamiento, que incluía breves pero intensas intervenciones guturales a mitad de clase o narraciones en los pasillos de la universidad acerca de su participación en las actividades de exterminio de los llamados “subversivos” de la década de los ochenta o viajes “de misión” en insólitas naves espaciales al espacio exterior.

En 1998, poco antes de su partida a Tegucigalpa y su posterior desaparición misteriosa, referida vagamente por Roberto Castillo en su ensayo inédito, un grupo de estudiantes de la UNAH lo visitaron en su casa del barrio Las Brisas para examinarlo y estudiar el caso de su misteriosa reconversión a partir de un golpe severo en el parietal derecho. Él accedió de buena gana porque entre los argumentos de su hermana se hallaba la probable satisfacción de su propia curiosidad respecto a lo que contenía su cabeza, que por las noches se llenaba de ruidos y de voces que sólo podía acallar dándose golpes contra una pared, como cierto personaje de un cuento mexicano. Los estudiantes le practicaron exhaustivos exámenes, entre ellos uno parecido al que sufre el personaje de La naranja mecánica, que lo obliga, por intermedio de unas pinzas, a mantener los ojos abiertos delante de una pantalla gigante, según refirió su hermana; luego se marcharon, al parecer muy entusiasmados, prometiendo que pronto les harían llegar noticias, cosa que no ocurrió, por lo que el asunto fue quedando en el olvido.

En cuanto a la obra de Gil, nadie en su casa recuerda haberlo visto nunca escribiendo nada, aunque apuntan también que la mayoría de las veces en que se metía en la biblioteca cerraba la puerta y se encerraba mañanas o noches enteras. No llenó cuadernos o papeles, como cabría esperar, sino que se dedicó a construir su laberinto ficcional en los márgenes de los libros que iba leyendo. Esto fue lo que llamó la atención de su hermana y lo que yo, después de algunos días de trabajo minucioso en la biblioteca de su casa, he llegado a desentrañar. Como dije: son dos novelas cortas y diecinueve cuentos los descubiertos hasta ahora, pero no he revisado la totalidad de los casi cuatro mil volúmenes de la biblioteca, entre cuyas páginas es probable que espere, fragmentada, caótica, alguna otra obra de ficción de Edwin Gil.

Tengo la certeza de que cuando esos textos de Gil sean publicados, la mayoría de nuestros provincianos e ingenuos lectores, acostumbrados al realismo ramplón y a la linealidad más obtusa, se perderán fácilmente en sus laberintos, en sus juegos especulares, en sus tramas ocultas; se mostrarán incapaces de apreciar su prosa delirante e hipnótica y su humor refinado, y pasarán por alto que ante ellos tienen a un genio, probablemente el único verdadero genio de la historia de la literatura hondureña.

Vida y época de Bruno Pedroza

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Hace poco menos de un mes empecé a colaborar en la revista costarricense Literofilia con una columna que lleva por nombre Lo demás es ficción. El nombre de la columna sugiere que su contenido es pura verdad, pero eso es algo que está por verse. Mientras reviso y corrijo los últimos detalles de mi segundo artículo, les dejo éste que fue el primero y que habla del “crítico literario más mordaz y polémico de la historia de la literatura hondureña”, el famoso Bruno Pedroza:

Solemos escribir o hablar sobre los escritores a los que admiramos, y no sólo sobre su obra sino también sobre su vida, pero poco tiempo le dedicamos a los críticos, esos lectores minuciosos que se introducen en la obra de otros para desentrañar sus significados desde una perspectiva, se supone, más científica, mejor dotada con las herramientas que requiere la buena lectura.

Si, como dice Hernán Antonio Bermúdez, “duro, ingrato, es el oficio de escritor” en países como los nuestros, “con una débil tradición cultural y un público lector marginal, rodeado de una masa más bien hostil de indiferentes y de analfabetos”, cuánto más duro e ingrato será el oficio de los críticos, a quienes solemos ver con recelo y de reojo, e incluso mostrarnos con ellos a la defensiva. Ellos, que suelen caer mal entre los criticados, peor caen en países como los nuestros, cuyos escritores están poco acostumbrados a otra cosa que no sea la palmadita en la espalda, los aplausos y los piropos; cosas de la corrección política.

En Honduras -pero supongo que algo similar ocurre en el resto de países centroamericanos- resulta difícil hablar de una crítica literaria permanente y más aún, de una crítica literaria seria y desprejuiciada. Hay, eso sí, esporádicos balbuceos en blogs o en cuartos de página que los periódicos nacionales se permiten rellenar, cuando no queda de otra, con “esas babosadas de la literatura”.

Casos como los de Hernán Antonio Bermúdez, Helen Umaña, Héctor Miguel Leiva o Sara Rolla, respetados críticos literarios hondureños, son escasísimos, y casos como el de Bruno Pedroza todavía más.

Prácticamente desconocido entre la más reciente generación de escritores y lectores en Honduras, puesto que su última aparición pública –es decir, su última crítica escrita- corresponde al ya lejano año 1995, Bruno Pedroza es, sin riesgo de exagerar, el crítico literario más mordaz y polémico de la historia de la literatura hondureña. Su efímera carrera pudo haber iniciado en agosto de 1994, cuando en un artículo publicado en el Magazine Literario de diario Tiempo se refirió al Premio Nacional de Literatura recién otorgado a Edgardo Paz Barnica, un eminente hombre de política que, hasta la fecha de concesión de ese premio, de literatura no había publicado nada.

Pedroza atacaba duramente en ese artículo al Ministerio de Educación, ente que, aún hoy, decide todo sobre el premio en mención, y reclamaba, como era –y sigue siendo- lógico, que los criterios empleados en la escogencia del galardonado fueran más políticos que literarios. Y aún más, su intuición le permitió mostrarnos el futuro: “No deberíamos esperar”, escribió, “que el Premio Nacional de Literatura reconozca cada año la obra de escritores hondureños; no, de hecho, es probable que en los próximos años este premio llegue a las manos de periodistas, de abogados, de políticos o de sociólogos cuyos méritos literarios no sean superiores a los de, por ejemplo, el tío Celerino de Rulfo”. Y el tiempo, ya lo hemos visto, ha terminado dándole la razón a Pedroza.

Una frase, en particular, indignó a muchos: “Llegará un momento en el que rechazar ese premio le dará mayor prestigio a un escritor que aceptarlo”. Algunos medios de comunicación hicieron eco de las palabras de Pedroza y pronto aparecieron, en otras columnas de la prensa escrita y en algunos programas de radio, tanto aliados como detractores. El debate llegó incluso a oídos del presidente de la República, que amenazó con eliminar de un plumazo no sólo ese premio sino también los de Ciencia y Arte, lo que no sucedió finalmente sólo porque algún asesor lo convenció de la conveniencia política que implicaba mantenerlos.

Bruno Pedroza, entonces, ajeno a los avatares políticos y fiel únicamente a sus principios como lector, se convirtió, con tan solo un texto publicado y sin pretenderlo, en el crítico literario hondureño más renombrado de la época. A partir de ahí sus críticas se volvieron moneda corriente en diario Tiempo. Sin una frecuencia definida, aparecían cualquier día de la semana y su lectura caía como bombas sobre el aletargado ambiente cultural hondureño. La tomaba por igual contra los propugnadores de “una literatura nacional comprometida”, a quienes llamaba “ignorantes y anacrónicos” y recomendaba seguir leyendo al Ché Guevara, pero en la selva, muy lejos de todo; contra los primeros brotes de lo que llamó “feminismo intervencionista en la literatura”, que ya iniciaba campañas en Honduras como la de “adaptar” los cuentos de Arturo Martínez Galindo a las necesidades de un “lenguaje inclusivo”; o contra la creación de una poesía “facilona o verborréica” e incluso contra el surgimiento de una generación de “poetas hippies cuyo aspecto es posible que sea lo único medianamente poético en ellos”.

En uno de esos artículos se permitió, incluso, dar algunos consejos: “Una regla básica del escritor es que sepa escribir. Antes, debe, por supuesto, haber aprendido a redactar. Si usted no sabe redactar, difícilmente podrá escribir, por mucha imaginación y entusiasmo que tenga, por mucho amigo que le diga qué bueno y talentoso y genial es (tome en cuenta que los amigos son amigos, no necesariamente lectores y a veces ni siquiera lectores con criterio). Así que si no ha aprendido a redactar mejor ni se meta, aunque esta sugerencia atente contra el derecho inalienable de todo individuo a expeler versos inútiles, líneas de texto con errores de concordancia, párrafos disfuncionales”. Ese texto, todavía de 1994, concluía con esto: “Hay gente aquí en nuestra aldea que cree que lo único importante es “tener algo que decir”, sin importar cómo lo dice. Eso está bien en cualquier ámbito de la vida pero no en la literatura. La literatura es una cosa superior y hay que respetarla”.

Es posible que, vistos en retrospectiva, los juicios de valor de Bruno Pedroza sobre la literatura hondureña de mediados de los años noventa nos parezcan ahora lugares comunes; las pretensiones de una “literatura comprometida” y de un “lenguaje inclusivo” en los textos literarios resultan ahora disparates propios de mentes febriles que no tienen claro todavía en qué consiste la literatura, y resulta sumamente fácil en la actualidad identificar a esos poetas ligeros, más performáticos que otra cosa, y separarlos de los poetas auténticos, pero también es justo decir que con esos juicios de valor, Pedroza abrió sendas que otros seguirían en la crítica literaria hondureña.

Su último texto publicado data de octubre de 1995 y en él nada parece aludir a una despedida; es más, la polémica que generó entonces ese texto, una crónica ácida sobre la presentación del libro de un narrador costumbrista muy apreciado sobre todo entre las damas de la alta sociedad sampedrana, que lo invitaban constantemente a sus finas veladas culturales para poner un toque de humor y color local, dio para pensar que Pedroza estaba en su mejor momento, pero luego de eso desapareció y no fue sino hasta un par de años después que su nombre encabezaría un artículo de diario La Prensa para atacar sin piedad, aunque con un sentido del humor más acentuado que el que practicaba Pedroza, a otro narrador local, en este caso de corte romántico, pero pronto se supo que el Bruno Pedroza de este artículo era apenas un seudónimo utilizado por los miembros del grupo literario Arlequín, que no querían cargar con las consecuencias de su ataque al escritor romántico.

Durante los poco más de 14 meses que el nombre de Bruno Pedroza se posicionó en lo que podríamos llamar “la conciencia de la literatura hondureña”, no llegó a saberse más de él que lo que su pluma dejaba saber; sus artículos sólo eran identificados con su nombre, nunca una fotografía suya o unos datos biográficos llegaron al conocimiento de los lectores. Hay quienes ahora, más de veinte años después, todavía cuestionan su real existencia e incluso se recrean en la idea de que sólo haya sido una invención, quizá de Óscar Acosta, a quien Monterroso una vez señaló como posible autor detrás del nombre del mítico novelista B. Traven. Pero eso es algo que sólo el tiempo está en condiciones de aclarar.

Tegucigalpa revisitada

Después de casi seis años, volví a Tegucigalpa. A pesar de que viví ahí durante todo el año 1994, cuando mi vida estaba consagrada a un deporte y no a la literatura, nunca llegó a gustarme, y en las ocasiones en que la visité después reafirmaba esta sensación. Sin embargo, puedo decir que esa sensación cambió ligeramente durante este fin de semana en la capital. Esas calles sinuosas, enrevesadas, laberínticas que antes me producían inquietud, es posible que esta vez hayan llegado, incluso, a parecerme encantadoras. Quizá el cambio de clima, de la San Pedro Sula sofocante a la Tegucigalpa fresca, haya tenido algo que ver, o quizá también el hecho de que pude encontrarme con algunos viejos amigos. El asunto es que me sentí bien en Tegucigalpa durante el fin de semana. Fue agradable y hasta algo divertida la ceremonia de entrega del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo; Samuel Trigueros puede dar fe de ello. Me impresionó el Centro de Arte y Cultura de la UNAH, un elegante edificio de varios pisos con exposiciones de arte y una galería permanente. Fue agradable el pequeño restaurante de comida tailandesa al que nos llevó, a Hansy y a mí, Ricardo, que bien sabe seguir el hilo en el laberinto. Fue agradable el Café Galeano en donde nos encontramos con Dennis Rivera en la tarde lluviosa. Me encontré en Mundo Literario con Carlos Ordóñez, a quien no conocía personalmente pero con quien nos escribíamos seguido durante algunos de nuestros años en España; buena sorpresa esa. Y por la noche asistimos al Teatro Memorias que dirige Tito Ochoa, ubicado en el centro de la ciudad, en donde disfrutamos, junto a Hernán Antonio Bermúdez y otros nuevos amigos, del montaje de dos obras de Tennessee Williams y de Bertolt Bretch, para terminar comiéndonos unos tacos “Diego Rivera” en Paradiso. Corrijo: para terminar tomándonos unas cervezas en el Glenn´s Bar con Noel Herrera.

He de volver a Tegucigalpa al menos un par de veces este año. Espero seguir encontrándole la misma gracia de esta última vez.

Una tuitentrevista

Una amiga argentina, Verónica Gudiña, administra el sitio Poemas del Alma, en donde semanalmente publican entrevistas con escritores de distintos países. Estas entrevistas tienen una particularidad: se componen de sólo 5 preguntas y las respuestas no deben sobrepasar los 140 caracteres, que es, como ya deben saber, el límite de caracteres para un tuit. Así que esta vez me tocó a mí y el resultado de esa entrevista es lo que sigue:

El escritor y profesor hondureño Giovanni Rodríguez, quien hace algunas semanas fue noticia en Poemas del Alma por haber ganado el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo con Los días y los muertos, tiene varios libros en su haber.

giovanni rodriguezTal vez algunos de ustedes lo conozcan como creador de propuestas como Morir todavía y Las horas bajas, o a lo mejor recién lo descubren y quieren sumar a sus bibliotecas una obra suya. Si es así, además de los títulos ya mencionados pueden tener en cuenta alternativas como Ficción hereje para lectores castos, Melancolía inútil, Café & Literatura y La caída del mundo.

Hoy este autor que en la red social de los 140 caracteres acumula más de 500 seguidores es quien nos deja saber más sobre su vida y su carrera a través de cinco respuestas de extensión limitada que se ajustan al formato breve de esta sección de entrevistas por Twitter bautizadas hace ya algún tiempo como tuittrevistas. ¡A disfrutar entonces la posibilidad de dejarse cautivar por el talento de Giovanni Rodríguez!

Tienes experiencia en diversos géneros literarios. ¿Cuál te hace sentir más cómodo? ¿Razones?
– Cambiaría “comodidad” por “placer”. La alegre tensión que me genera la escritura de una novela no se da cuando lo intento con otros géneros.
Al repasar tu trayectoria, ¿en qué aspectos consideras que has crecido, dónde adviertes una evolución notoria?
– Creo que ahora escribo con mayor seguridad y confianza. Sé que ya no me tiemblan las piernas al caminar por el campo minado de la ficción.
¿Qué crees que le aportan tus obras a la literatura hondureña?
– La literatura hondureña no es amplia y sí, en cambio, se ha empobrecido en los últimos años, así que no será tan difícil aportar algo nuevo.
Aquellos que aún no descubrieron tus libros, ¿qué clase de experiencia lectora se están perdiendo?
– Probablemente la alegría, el humor, que buena falta le hace a la narrativa hondureña reciente, pero también la búsqueda de la palabra justa.
¿Cuáles son las mayores satisfacciones que, hasta el momento, has tenido como escritor?
– La certeza de que lo que escribo a veces influye poderosamente en algunos lectores, independientemente de qué clase de escritor sea yo.

Entrevista en Tiempo Digital

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Darío Cálix me entrevistó recientemente para Tiempo Digital con motivo del Premio “Roberto Castillo”. Aquí el enlace a la entrevista en el sitio y a continuación su contenido:

Giovanni Rodríguez, escritor hondureño, ganó recientemente por decisión unánime el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” con su novela Los días y los muertos. Tiempo Digital lo entrevistó a propósito de este triunfo y aprovechando la ocasión se le preguntó acerca de diversos temas, como sus influencias y el origen de la obra con la que se ganó el premio. Además, acerca de ciertos rumores en torno a su premiación y de la ya clásica rencilla que existe entre los escritores de la costa norte y los de Tegucigalpa.

Me parece más que oportuno preguntarte por la obra de Roberto Castillo, específicamente acerca de su trabajo como novelista. ¿Qué lugar tiene La guerra mortal de los sentidos, esa alabada novela, dentro de la narrativa hondureña?

Creo que La guerra mortal de los sentidos es la novela más hondureña y la mejor obra de ficción que se ha escrito en Honduras.

Si tuviste la oportunidad de conocer a Castillo, ¿podrías contar alguna anécdota al respecto?

Giovanni Rodríguez: Lo conocí en el Museo de Antropología e Historia de San Pedro Sula un año antes de publicar La guerra mortal de los sentidos, precisamente para hablar de las circunstancias en torno a la escritura de esa novela. Me impresionaron su voz enfática y la pasión que mostraba al hablar sobre literatura. En ningún momento percibí en él la pedantería que uno encuentra a veces en ciertos personajes de nuestro mundillo literario. Unos siete años más tarde, cuando yo vivía en España, recibí un correo electrónico suyo agradeciéndome que yo hubiese escrito una reseña sobre La guerra mortal de los sentidos que había aparecido en un diario nacional y en internet. Me envió una postal y su último libro de ensayos y a partir de ese momento nos escribimos constantemente, pero eso no duró mucho puesto que cayó enfermo y falleció al poco tiempo.

Mencioná un escritor nacional que haya sido una influencia importante. 

Yo empecé leyendo a los clásicos universales y a los autores del “Boom latinoamericano” y luego me entusiasmé con los autores norteamericanos de la llamada “Generación Perdida”, y a la literatura hondureña no llegué sino hasta mucho tiempo después. Paradójicamente, hace 15 o 20 años en Honduras era más fácil encontrar libros de autores extranjeros que de hondureños. Sí es posible que alguna influencia hayan ejercido sobre mí las lecturas tempranas de la poesía de Roberto Sosa y de Edilberto Cardona Bulnes, y en la narrativa Roberto Castillo, los cuentos de Óscar Acosta y los de Eduardo Bähr.

Se ha revelado que esta novela en particular tiene mucho que ver con tu experiencia como periodista, más específicamente en la sección de sucesos policiales. ¿Hubo algún acontecimiento o escena en particular mientras te desempeñaste ahí que haya encendido la chispa creativa para hacer este libro?

Sí, es posible que buena parte de mis intenciones al escribir esta novela tenga su origen en la imagen de un niño elevando un papelote muy cerca del lugar en donde se produjo una masacre, que conservo de mis días como reportero de noticias policiales. El resto se debe a la impresión que tengo acerca de que aquí en Honduras nos estamos acostumbrando peligrosamente a la violencia y a la muerte.

Casi inmediatamente después de saberse el dictamen, saltaron algunos escritores y personajes de la cultura hondureña. Se ha dicho directamente que hubo corrupción en el fallo, entre otras cosas. ¿Qué opinión te merecen estos comentarios?

“ESCRITORES CON TALENTO HAY EN TODAS PARTES, PERO TAMBIÉN EN TODAS PARTES HAY TONTOS CON ÍNFULAS”

En realidad nadie ha dicho nada “directamente”. Hasta donde sé, un anónimo, citando constantemente a un pobre diablo atribulado y resentido (bien podríamos llamarle a eso autoficción), expresó su frustración por no haber sido favorecido él con el premio. Ese tipo de actuaciones sólo producen lástima y no se curan con ansiolíticos.

Ya has ganado varios concursos literarios, pero hasta donde yo sé, ninguno que otorgara una suma económica tan considerable. ¿Podrías darle una idea al lector común de la importancia que puede tener para un artista hondureño ser premiado de esta forma?

El premio es importante por el alcance que tiene (Centroamérica y el Caribe), por la cobertura que le han dado los medios de comunicación, lo que permitirá que el libro se conozca tanto como, por ejemplo, un disco de reguetón, y porque se trata de un premio de novela, un género que se cultiva poco en Honduras, pues requiere talento, disciplina y paciencia, virtudes que pocas veces se encuentran juntas en un escritor hondureño. Lo del monto de dinero ya es otra cosa, eso representa en este país un respiro para cualquiera, independientemente de que sea artista o no.

ES RESPONSABILIDAD DE LOS ESCRITORES CREAR ESOS ESPACIOS, ESE PÚBLICO, Y LLEGAR A LA GENTE Y ENTUSIASMARLA DE ALGUNA MANERA

Mucho se habla y escribe acerca de la calidad literaria entre la costa norte hondureña y Tegucigalpa, como si se tratara de una disputa entre dos pandillas enemigas. Viendo más allá del ombligo y a propósito de que el concurso que ganaste era a nivel Centroamericano y del Caribe, ¿cómo ves la novela contemporánea hondureña respecto a la del mundo en general?

Lo de las diferencias entre lo que se escribe en Tegucigalpa y lo que se escribe en San Pedro Sula es una tontería; al final, lo único que importa es que quienes se hacen llamar escritores escriban bien. Escritores con talento hay en todas partes, pero también en todas partes hay tontos con ínfulas. En cuanto al género de la novela en Honduras, creo que en eso nos hace falta mucho aprendizaje y mucho recorrido. Aquí se publican muy pocas novelas y casi todas demuestran una gran ingenuidad por parte de sus autores, sobre todo en su construcción, con evidentes problemas desde la redacción, o son meros ejercicios autobiográficos, lo que no es malo, siempre que no se lo tome como único recurso. En resumen, es difícil hablar de “la novela contemporánea en Honduras”, porque eso casi no existe. Podemos citar a Julio Escoto, a Roberto Quesada, a Marta Susana Prieto y a León Leiva Gallardo, y con esos cuatro nombres quizá estemos hablando de los últimos novelistas hondureños contemporáneos con una obra consistente.

Viviste en España durante algún tiempo. Como amante de la literatura, ¿tuviste alguna experiencia en particular por allá que te haya marcado?

En Figueres, la ciudad donde vivía, había una biblioteca inmensa, de cuatro pisos. Cuando entré ahí por primera vez y me puse a recorrer los pasillos y a revisar las estanterías, encontré todos aquellos libros que siempre quise leer en Honduras pero que aquí nunca había podido encontrar. Así que a eso y al tener cerca de mi casa una librería en donde también podía encontrar todos los libros que deseaba yo lo llamo una experiencia literaria memorable.

Vos siempre has mostrado un gran entusiasmo y has organizado proyectos para promover e incluso proyectar la literatura hondureña, a menudo impulsando a jóvenes novatos en el camino ya sea mediante grupos literarios, blogs, revistas, etc. ¿De dónde nace este afán?

Quizá de la intención de hacer un mundo más “habitable y amable” para quienes nos dedicamos con seriedad y con pasión a la literatura y de cierta conciencia de la responsabilidad social que tenemos los escritores. Muchas veces nos quejamos de que en este país la gente no lee o no compra nuestros libros, de que los medios de comunicación no ofrecen espacios permanentes para la difusión de la cultura; entonces es nuestra responsabilidad crear esos espacios, ese público, y llegar a la gente y entusiasmarla de alguna manera.

Mucho se habló con la aparición de los E-Books y tablets acerca del futuro formato de los libros, si acaso se perdería o no en algún punto la tradición de coleccionar y leer los libros en físico… Según mi percepción, si acaso hay alguna “víctima” en el futuro cercano, serían las revistas y los diarios. ¿Vos, que has trabajado tanto el formato tradicional como el digital, cómo visualizas el futuro no tan lejano de estos medios?

La primera vez que me puse a crear una revista literaria, lo hice en físico, porque pensaba que así tendría mayor alcance, pero eso sucedió hace seis años, cuando la tecnología no ofrecía todas esas posibilidades que ofrece ahora. En ese sentido, en el de la difusión de la información, sí creo definitivamente que el futuro está en las pantallas, pero en cuanto a los libros, me mantengo en la idea de que los dispositivos móviles nunca sustituirán del todo al libro en físico. Hay personas que dicen tener una biblioteca de diez mil libros contenida en un aparato electrónico; esas personas probablemente no conciban la importancia que tiene el objeto libro, el que se puede tocar, abrir y oler, el que se puede colocar en un librero junto a otros libros. Mi hijo tiene 5 años y sabe que esta habitación al fondo de la casa es la biblioteca y cuando se pone conmigo a revisar o a reordenar o a leer los libros está accediendo a una parte de su formación a la que no accederán los niños que nunca hayan visto un libro en sus hogares.

Darío Cálix: ¿Nos podrías explicar un poco en qué consiste el nuevo sitio Literatura Portátil (https://literaturaportatilhn.wordpress.com)?

Literatura Portátil ha empezado como un blog y pronto habrá de convertirse en una página web. Ahí publico ensayos, reseñas, crónicas o cuentos principalmente de autores nacionales, y entrevistas a autores nacionales y extranjeros. La idea es ofrecer lo que los medios escritos hondureños no ofrecen: un espacio para la difusión de la cultura, principalmente en el campo de la literatura, de manera que los lectores sepan que una vez al mes encontrarán ahí textos informativos, de crítica o de creación literaria.