Tachar y reescribir desde Honduras

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Fabricio Estrada ha escrito una breve reseña de mi novela Los días y los muertos, que aparece publicada en la revista Tercer Mundo. Les dejo un fragmento en el que alude a López, el personaje principal de la novela:

Y bien que puede López llegar a convertirse en el primer personaje de saga en la novela hondureña. Tiene todos los elementos: una vida marginal que le permite moverse con naturalidad entre los dos mundos de la precariedad y el riesgo; una soltería acérrima que le brinda cierta sed de aventura libre de contenciones moralizantes; y, sobre todo, una plasticidad de cine Noir que deja en el lector una buena cantidad de momentos memorables, al mejor estilo de los filmes policiales de los noventas.

Si quieren leer la reseña completa, entren por aquí: Los días y los muertos, o el tachar y reescribir desde Honduras.

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Nosotros los maldicientes

Después de una pausa que duró tres meses, he vuelto hoy a mi columna Lo demás es ficción, de Literofilia, con un artículo en el que, además de maldecir, hablo sobre política, religión y medios de comunicación, o sea: sobre la estupidez humana versión Honduras:

Uno despierta un domingo y al asomarse al mundo lo primero que podría hacer es maldecir. Bastaría con empezar a escuchar las sofisticadas notas del reguetón de los vecinos. O enterarse por Twitter del nuevo aumento a la gasolina a partir del lunes. O recordar ahí mismo que los recibos de la energía están llegando doble y que el segundo, además, trae duplicado su valor. Bastaría con recordar que esto es Honduras y que ese nombre es suficiente indicio de lo que nos sucede. Y de lo que nos espera. Pero no, uno no puede maldecir un domingo. Es pecado. En realidad, uno no puede maldecir aquí ningún día de la semana, no porque alguna ley lo prohíba (aunque no descartemos que llegue a suceder) sino simplemente porque da la impresión de que aquí no pasa nada, de que estamos en el mundo feliz, de que hay que darle gracias a Dios por todo.

Si quieren leer completo el artículo, sólo tienen que irse por aquí: Lo demás es ficción/Literofilia.

Reseña de Tercera persona

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Una amiga me pone al tanto de una reseña de mi novela Tercera persona publicada en la revista Lee/Algo. Su autor, Alejandro Espinosa Fuentes, es un mexicano que obtuvo el Premio Nacional de Novela “José Revueltas” y además, es traductor y profesor de literatura. “Las primeras cincuenta páginas de Tercera persona bosquejan un cuadro del hastío moderno que obliga al lector a darse unos segundos para aplaudir la audacia de la prosa”, se lee en una parte de la reseña. Si quieren leerla completa, entren a la web de Lee/Algo.

Entrevista en El País (Uruguay)

Conocí a Mercedes Estramil, novelista uruguaya, en la FIL Guadalajara a finales del año pasado. Estuvimos juntos en un conversatorio del programa Latinoamérica Viva y coincidimos varias veces a la hora del desayuno o del almuerzo en el hotel o en el autobús que nos llevaba a la Feria. Hablamos sobre nuestros respectivos países y ella, que además de novelista es periodista y colabora con la sección cultural del diario El País de Uruguay, se interesó por la situación que se vivía en Honduras durante los días posteriores a las elecciones generales. Así, después de leer mi novela Los días y los muertos, me hizo una amplia entrevista de la que dejaré aquí un fragmento, para que mejor pasen a leerla completa en el enlace que dejaré más abajo:


Giovanni Rodriguez, nacido en 1980 en San Luis, en las tierras altas del occidente de Honduras, vive desde hace años en la húmeda y caliente San Pedro Sula, lugar del que reniega y al que no termina de acostumbrarse. Estudiante tímido y provinciano, se ha vuelto con el tiempo un individuo escéptico y sarcástico, “más cabrón” según dice. Ha visto y escrito la parte de abajo de la realidad de su país, más pequeño en extensión que Uruguay pero con más de ocho millones de habitantes, sumido en la violencia, el narcotráfico y la corrupción. En el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, Rodríguez concedió a EL PAÍS CULTURAL la entrevista que sigue. La excusa fue Los días y los muertos, fluido ejercicio de novela negra en el que un periodista de policiales llamado López -alter ego parcial- se mete a resolver un asesinato pasional y descubre o confirma que las raíces del crimen están por todas partes.

EPC: Fuiste cronista de policiales: ¿Cómo fue esa experiencia en el día a día y cuánto influyó en tu presente de escritor?¿Cuánto hay de Giovanni Rodríguez en el periodista López?
GR: Bueno, quizá las imágenes violentas que capté en aquellos días sean lo único mío que decidí prestarle a López. Como cronista policial me tocó enfrentarme a un mundo que hasta ese momento sólo había visto a través de la televisión o de los periódicos o por los relatos de otras personas. No me costó demasiado acostumbrarme a las escenas criminales; a la segunda semana de estar ahí ya los cuerpos mutilados o con orificios de bala en la cabeza o atados de pies y manos dentro de costales ya no me afectaban como al principio. Fui tomando conciencia de algo alarmante: la sociedad hondureña se está acostumbrando a la violencia y está perdiendo su capacidad de asombro ante la muerte diaria; eso fue lo que me sucedió a mí y lo que me motivó a escribir Los días y los muertos.

Para leer la entrevista completa, sigan este enlace: “Honduras es un país hundido en el delito”.

Entrevista en El Heraldo

Bajo el título “Giovanni Rodríguez y la ficción que puede poner en riesgo su biografía”, Samaí Torres, periodista de El Heraldo, publicó hace algunos días esta breve entrevista que me hiciera recientemente con motivo de la aparición de mi nueva novela, Tercera persona:

Un hombre llega a su casa y al abrir la puerta de su habitación es como si hubiera creado un portal que lo engulle y lo lanza en otra vida. A partir de ahí arranca una historia que Giovanni Rodríguez denomina como “autoficción” bajo el título de Tercera persona, su nueva novela. En ella un escritor cuenta cómo su vida y su proceso creativo discurren desde un país que no es el suyo, en un exilio autoimpuesto en el que se genera una danza entre realidad y ficción. Una lectura que despierta la curiosidad sobre qué es retrato de la vida y qué de la imaginación, y que se verá saciada una vez se conoce el desenlace, y aún más si esta lectura se complementa con otro libro de Rodríguez: Café & literatura.

-¿Podríamos decir que Tercera Persona es su obra más arriesgada?
Sí, en el sentido de que al recurrir a la autoficción quizá esté “poniendo en peligro” mi “biografía”. Pero ese es un riesgo asumible, puesto que, a decir verdad, pocas son las personas que nos conocen bien, por lo que nuestra biografía está constituida por lo que los demás creen que saben de nosotros. Por lo demás, no hay mucho de lo que pueda preocuparme. Si acaso, existe el riesgo de que la novela pueda resultar confusa por no contener una historia convencional, con su principio, su nudo y su desenlace, sino que propone una estructura como de una especie de espiral en la que cada vuelta es una posibilidad de lectura distinta sobre los mismos hechos.
-La novela muestra a un hombre que intenta escribir una novela, y en el proceso plantea diversas alternativas para sus personajes. ¿En qué situación usted como autor escribe una historia con tantas inconformidades?
Me propuse escribir una novela que diera cuenta precisamente de esas “inconformidades”, una novela que mostrara el proceso por el que podría pasar cualquier escritor de ficciones, que parte de un plan pero pronto descubre que el plan no es suficiente para escribir lo que se propone y entonces se plantea reescribirlo todo de nuevo. El resultado, sin embargo, no es así de incierto, pues nada de lo que se narra aquí está puesto al azar, y el lector debe ser capaz de descubrir el modo en que todo está relacionado.
-Ficción y “realidad” llegan a un punto en el que es difícil distinguir una de la otra, y hace pensar en que a veces uno como lector llega a pensar qué tanto o qué tan poco puede haber de la vida del escritor en sus historias ¿Le divierte este juego? Porque casi es una lección de lectura.
Siempre me han interesado las formas en las que la ficción y la realidad pueden llegar a confundirse. Sin embargo, esto sólo tiene que ver con el tema y creo que la novela, más que regodearse en los posibles efectos que pueda tener sobre el lector el trabajo de tratar de separar lo que hay de real de lo que es ficción, propone un juego más interesante: el de la historia que se construye y deconstruye a cada momento. Ese es el tipo de juego que me interesa practicar cuando escribo ficciones y es el tipo de juego que el lector debe estar dispuesto a jugar.
-Por años se ha dicho que Honduras es un país de poetas, pero usted es uno de los escritores que le da esperanzas a la novela ¿Cómo cree que la gente ha recibido su trabajo?
Yo creo que es más bien la novela la que me da esperanzas a mí, porque escribir una novela me permite construirme un mundo propio en el que las miserias cotidianas derivadas del hecho de vivir en un país tan jodido, con tanta corrupción e injusticia social, sólo existen bajo los parámetros que yo elijo. El entusiasmo con que los lectores reciben las novelas o los cuentos que publico podría tener relación con eso mismo: ellos quizá encuentran en lo que escribo lo que yo me he procurado: un mundo de ficción en el que todavía es posible vivir plenamente o cobrar venganza sin temor a ser castigado o enjuiciado o asesinado.

Tercera persona: Inicio

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Es necesario convertirse en otro o dejar de ser.

George Bataille

Yo siempre le había dicho que amara, que amara hasta donde fuera posible, que no dejara pasar nunca la posibilidad de amar, que si la vida tenía algún secreto, en eso consistía ese secreto, y que si como consecuencia de amar de esa manera tenía que sufrir, que aceptara su sufrimiento con dignidad, pero cuando esa madrugada, desde su posición en la cama, despeinada y sudorosa, ella volteó para verme ahí, inmóvil, bajo el marco de la puerta, y me dijo que era eso precisamente lo que en ese momento hacía: amar, amar hasta los límites de lo posible, supe que de entre nosotros dos era yo el primero en ignorar el tal secreto de la vida, y decidí mandarlo todo a la mierda y empezar de nuevo.

Entré a la casa y avancé en silencio por la sala y el pasillo para no despertarla y antes de abrir la puerta de nuestro dormitorio alcancé a oír los primeros ruidos. Abrí y la vi ahí, puesta en cuatro, siendo penetrada, quizá analmente –lo pensé en ese momento pero aún ahora no se me quita la idea de la cabeza–, por ese tipo que recordaba haber visto una sola vez durante el cóctel posterior a una conferencia sobre las relaciones entre realidad y ficción, y cuando ambos se dieron cuenta de que yo estaba ahí, bajo el marco de la puerta, hasta donde se filtraban unos rayos de la luz lunar que posiblemente le otorgaban a mi presencia cierta apariencia siniestra, observando sin decir nada, sin mover un músculo, con una aparente tranquilidad –lo cual pudieron haber percibido como el cruel preámbulo de una acción peligrosa–, ella volteó para verme desde una mueca que de placer pasaba gradualmente a otra de perplejidad y luego a otra de miedo o quizá tan solo de una tristeza profundísima, y desde una voz aletargada por el alcohol me dijo que era eso precisamente lo que en ese momento hacía: amar, amar hasta los límites de lo posible, mientras el rostro se le volvía una masa descompuesta, húmeda de lágrimas.

Entonces comprendí al fin que la vida es algo más que una simple acumulación de teorías y, contrario a lo que pude haber pensado siempre que haría en una situación semejante, solo me di la vuelta, recogí del suelo la mochila con la que llegué a casa esa madrugada y me largué, dejando atrás no solo aquello que en los últimos años empezaba a tener la apariencia del amor sino también mi absurda y ligera teoría acerca de este. Y mientras llamaba un taxi desde mi celular, me convencía de que en adelante ya nada sería igual, que probablemente no volvería a amar nunca a una mujer, que muy probablemente nunca había amado a una mujer como a esa que dejaba atrás, en mi propia casa y con otro hombre que la penetraba –esto era ya una fijación– de una manera que yo nunca logré sin eyacular demasiado pronto.

Ese momento y todo lo que ese momento encerraba, todo lo que había ido acumulándose hasta llegar a ese momento, era lo que ahora, a mis casi treinta años, intentaba borrar, o si no borrar, al menos trasladar al sitio de mi memoria destinado a los recuerdos-lecciones, a eso que recordado con rabia o con vergüenza o quizá con dolor servía como base eficaz para reinventarse la vida. Y era eso lo que ahora hacía, o al menos lo que pretendía: reinventar- me la vida.

Después de la escena en la madrugada y habiéndome instalado en un hotel no muy lejos de casa, llegué a escribir esto: “Voy a dejar de ser otro. Voy a dejar de fingir inútilmente que soy otro. Voy a quitarme la máscara de mi propia ficción. Voy a ser mi propio personaje. Voy a decir de una puta vez todo lo que no he dicho antes por pudor, por pura mojigatería. Es lo que soy: un personaje. A la mierda el álter ego. Seré yo mismo”. Me estaba reinventando, no había duda, a pesar de esa falsa convicción de que “volvería” a ser yo mismo.

La narrativa como termómetro social

Mi nuevo artículo en Literofilia:

Nuestros países, subdesarrollados y analfabetos integrales, no suelen observar con demasiada atención el quehacer de sus autores de literatura. Preocupados más, como es lógico, por el hambre, la criminalidad o la política -esta última en su estado más elemental-, nosotros, los ciudadanos del llamado “Tercer Mundo”, pasamos por alto la importancia de la literatura como medidora del pulso de una época o de una circunstancia social determinada. Importante es el periodismo, lógicamente, para observar cómo somos y qué hacemos en la sociedad, pero de ese océano de información poco queda para la posteridad. Ahí es donde entran la historia y la literatura, dos campos con escasa producción en nuestros países.

En la historia de la literatura hondureña, extensa en el tiempo aunque poco fructífera, ha habido novelas y unos cuantos relatos notables a través de los cuales sus autores han sabido captar las sensaciones o el latir de una época, con sus problemas más graves y sus principales personajes, representados casi siempre desde una óptica bastante realista y que permite ahora observar esas obras no sólo como mera literatura sino también como testimonios, es cierto que ficticios aunque no por eso menos veraces, del pasado de eso que podríamos llamar “nuestra patria”.

Ahí están las novelas de siempre, las que no faltan en cualquier resumen sobre el tema de la novelística catracha, pero también las más recientes, pocas y quizá no tan “imprescindibles” como las primeras pero igualmente valiosas a la hora de definir el curso de la narrativa hondureña actual y su papel, entre muchos otros, como termómetro social.

Prisión verde (1945), de Ramón Amaya Amador, observadora de la explotación de los obreros hondureños a manos de los representantes de las compañías bananeras norteamericanas, es quizá uno de los ejemplos más claros del rol de la novela también como medio de denuncia social. Con El árbol de los pañuelos (1972), Julio Escoto, a través de la historia de los hermanos Cano, acusados de brujería por pregonar los ideales de Morazán, indaga en el problema de la identidad, pero no sólo en eso sino también en otros aspectos como la intolerancia y la violencia, desafortunados rasgos característicos de nuestra sociedad. Big Banana (1999), de Roberto Quesada, es una novela que retrata la vida de un inmigrante hondureño en New York, al que alientan sus sueños de llegar a triunfar como actor en Hollywood mientras vive en condiciones difíciles y trabaja como albañil. Fiebre sin fin (1999), de Galel Cárdenas, aborda el tema del fútbol en Honduras, con un personaje que prefiere suicidarse antes que ver perder a su equipo, y representa muy bien el problema de la alienación del hondureño por ese deporte, comparable sólo con la religión y la política. También La guerra mortal de los sentidos (2002), de Roberto Castillo, una novela que logra explorar con eficacia el asunto de la identidad nacional y de la condición humana del hondureño en “una visión totalizante” del país y de sus habitantes, como alguna vez dijo el propio autor.

Más recientes son Memoria de las sombras (2005), de Marta Susana Prieto, que a través de un personaje mítico, el cacique Lempira, indaga en la historia, particularmente en la resistencia lenca contra los conquistadores españoles en 1538; y Memorial del blasfemo (2011), de Jorge Medina García, que hurga en la llaga de la falsedad, la corrupción y la violencia a través de la historia de un personaje rebelde. Valga también mencionar Desmoronamiento (2006), de Horacio Castellanos Moya, un escritor nacido en Honduras pero cuya obra literaria gira casi enteramente en torno El Salvador, su país adoptivo. La novela citada se enmarca en la guerra entre estos dos países en 1969 y tiene como protagonistas a los miembros de una familia hondureña desmoronada por el odio. El tema bélico ya había sido abordado por Eduardo Bähr en El cuento de la guerra (1971), considerado uno de los relatos más sobresalientes de la historia literaria hondureña; tiene también sus recurrencias en la narrativa de Julio Escoto y aparece en la novela corta Una despedida, de Samuel Trigueros (2016).

Otros dos ejemplos notables son la nouvelle Música del desierto (2011), de Dennis Arita y el relato Las virtudes de Onán (2007), de Mario Gallardo. La novela corta de Arita nos muestra a Ramos, un ex marino que ha vuelto a Honduras y se ha radicado en un pueblo del sur, en donde trabaja y tiene una relación con la mujer de su jefe, situación que desencadenará algunos hechos violentos que marcarán la vida del protagonista; en tanto que el relato de Gallardo se centra en la vida del joven Onán, culto, extremo y provocador a partes iguales, que se ve, en el último momento, víctima del mal que hasta entonces sólo había alcanzado a ver de lejos. La violencia y el mal, moneda corriente en la sociedad hondureña contemporánea.

Los temas de todas estas novelas y de los últimos relatos citados varían de un autor a otro. La identidad, la violencia, la corrupción y la intolerancia podrían ser los más recurrentes y bastarían para tener una visión amplia, desde el punto de vista siempre oblicuo de la ficción, del devenir social de nuestro país. La mirada de los escritores de ficción va posándose, de manera directa o indirecta, sobre esa realidad social que constituye, al fin y al cabo, el referente inmediato para la creación de ficciones.

A diferencia de la narrativa de otros países, la hondureña parece ir muy rezagada respecto a los grandes acontecimientos sociales producidos en el territorio nacional. Uno ve, por ejemplo, la gran cantidad de novelas surgidas en los Estados Unidos en torno al tema del 11-S poco tiempo después de ocurrido el atentado terrorista, o la enorme producción de novelas que tiene España sobre su Guerra Civil. El huracán Mitch o el Golpe de Estado de 2009, para citar sólo dos de los acontecimientos recientes más importantes en Honduras, tampoco han generado novelas (con la excepción de Julio Escoto, que publicó una novelita sobre un Golpe de Estado en la época de los mayas de Copán con un título desconcertante: Magos mayas monjes Copán), o cuentos que ahora pudiéramos considerar imprescindibles para acercar a los lectores a la historia nacional a través de la ficción.

Pero quizá esto se deba a lo que ya he dicho en otras ocasiones: casi no existen en Honduras las condiciones para la escritura de una narrativa que supere la ingenuidad del primerizo o los arranques autobiográficos que semejan ejercicios terapéuticos más que literatura, y que, además, se aproveche de la historia inmediata del país con una dimensión más amplia y ambiciosa en el ejercicio literario. Probablemente en Honduras, como me dijo un amigo, más que condiciones para escribir, lo que hay son condiciones para no escribir. Sin embargo, hay que saber que la literatura, la auténtica literatura, no se rige por las imposturas y que, independientemente del momento en que las ficciones se escriban o se publiquen, de entre éstas siempre habrá unas cuantas de calidad incuestionable que nos permitan acercarnos al espíritu de una época determinada.

Por estos días…

2017 fue para mí un año algo agitado. En todos los sentidos. Se publicó mi novela Los días y los muertos, cuya edición ya casi se agota en menos de un año en las librerías hondureñas. En febrero se presentó en la UNAH en Tegucigalpa y en marzo en UNAH-VS, pero también en varias universidades privadas e institutos de San Pedro Sula durante los meses siguientes, y salí del país en dos ocasiones para presentarla en la Feria Internacional del Libro Universitario de la UNAM, en México, en agosto, y en la Feria Internacional del Libro de Santiago, en Chile, en octubre. Antes, en mayo, había sido invitado a participar en el encuentro internacional de narradores Centroamérica Cuenta, en Managua, Nicaragua, en donde pasé una semana extraordinaria conociendo en persona a una gran cantidad de buenos escritores y conviviendo y bebiendo y comiendo con ellos. La faena del año terminó con mi participación en la FIL Guadalajara, en noviembre, que me dejó una muy buena experiencia y a la que espero volver uno de estos años. Ahí presenté mi última novela, Tercera persona, en una edición muy cuidada y bonita de Uruk Editores, de Costa Rica, y que estará disponible, al menos en un par de librerías de San Pedro Sula, este próximo febrero. Mientras estaba en Guadalajara fueron las Elecciones Generales y al volver a San Pedro fue el caos y fueron los muertos en las protestas el resultado lógico del fraude electoral.

En los últimos días del año nos cambiamos de casa y ahora que hemos pasado de año en el calendario y que se anuncia un paro nacional para el próximo 20 de enero, sigo en esta otra casa en la que ahora vivimos, revisando por las mañanas unos cuentos que podrían publicarse dentro de unos meses, preparando un taller de escritura de ficciones que daré desde inicios de febrero y los planes de las tres clases que impartiré en la universidad este periodo.

Sigo, también, llevando a mi hijo a la escuela por las mañanas y a sus prácticas de fútbol por las tardes; preparando el café y desayunando con mi mujer a las 7:00 am y leyendo Solenoide, la novela de Cartarescu, sobre todo por las noches. La vida está hecha de esas hermosas rutinas en las que, de vez en cuando, hay felices rupturas, que últimamente aderezo con más café, cervezas o gin-tonics azucarados. Este 2018 debería traer buenas noticias para mí, que incluyen la edición del libro de cuentos que mencioné antes, un par de nuevas ediciones de Los días y los muertos (dentro y fuera de Honduras) y algunos viajecitos al extranjero, para no perder la costumbre, el ritmo y la alegría que nos hace olvidar por ratos la política de este país hundido. Pero la mejor noticia sería, precisamente, la que tuviera que ver con la política. Los próximos días serán decisivos. Y algunos todavía tenemos esperanza.

Notas de prensa recientes

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Algunos enlaces a notas recientes sobre mi participación en la FIL Guadalajara 2017:

En La Nación, de Costa Rica: “Para un escritor hondureño, ir a la FIL Guadalajara es como clasificar al Mundial de fútbol; tener la oportunidad de participar en mesas de discusión sobre la literatura de nuestros respectivos países o sobre nuestros propios libros con colegas del resto de Latinoamérica es algo excepcional; la expectativa, por lo tanto, es muy grande a nivel personal, pero supongo que es más o menos igual para cualquier escritor de esta Centroamérica periférica y atrasada en muchos aspectos”.

En Tiempo Digital: Escritor hondureño nos representará en Feria del Libro de Guadalajara 2017.

En El Heraldo:

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Centroamérica ante el mundo: videoentrevista (21 minutos) realizada por el área de prensa de la FIL, con Isabel Burgos, de Panamá, y Mario Martz, de Nicaragua.

En UNAM Global: El reto de escribir en América Latina (incluye video del conversatorio Latinoamérica Viva del lunes 27 de noviembre).

En El País, de España: Centroamérica pide la palabra: “Son historias locales “sin color local”, dice Sergio Ramírez. “El escenario es la referencia inmediata, pero no se trata de dar cuenta de la historia sino de la vida de seres humanos modificados por la historia. En eso no se distingue de la literatura universal”. Con todo, el propio Ramírez se vuelve hacia el hondureño de 37 años Giovanni Rodríguez, autor de La caída del mundo (Mimapalabra), para preguntarle qué significa escribir en San Pedro Sula, “la ciudad más violenta del mundo”. “Escribir así es fácil”, responde este con amarga ironía al recordar que no conoce a nadie que no haya sido objeto o testigo de amenazas, secuestros o asesinatos. “Superamos los muertos diarios de Irak… Por fin somos los primeros en algo””.

Centroamericanos en El País

De izquierda a derecha, los escritores Sergio Ramírez, Mario Martz, Giovanni Rodríguez, Erick Blandón y Luis Diego Guillen, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. LEONARDO ÁLVAREZ/El País.

En El Informador, de México: Giovanni Rodríguez, mantenerse vivo a pesar de las olas: “Se acercó a la literatura siendo un niño, teniendo como primera imagen a su padre, un sastre que atesoraba sus novelas “Western” en una “gavetita” prácticamente secreta y que utilizaba los últimos rayos de sol para leer, pero fue en la biblioteca de un amigo de la familia, donde el hondureño forjó su gusto por la palabra, encontrando ahí textos de Edgar Allan Poe, Chesterton y Stevenson, autores que le ayudaron a encontrar un gusto y diversión por la narrativa”.