La azarosa vida breve de Edwin Gil

Etiquetas

,

Mi artículo de agosto en Literofilia:

Estudiante regular del cuarto año de la carrera de Ingeniería Civil, Edwin Gil fue atropellado una noche de febrero de 1994 por un conductor no identificado en la intersección de la Circunvalación con la Avenida Junior de San Pedro Sula. La parte delantera del automóvil golpeó al muchacho por el lado derecho de su cadera levantándolo un par de metros en el aire y al caer, lo primero que hizo contacto con el asfalto fue su parietal derecho. Su vida cambió drásticamente a partir de ese accidente, que lo envió directo a la sala de emergencias del Hospital Mario Rivas y lo mantuvo inconsciente y con pronóstico reservado durante cuatro días. Pero poco más se sabe de él, apenas eso y que un par de años después se le vio de vuelta en la universidad, aunque esta vez matriculado en la carrera de Letras.

Edwin Gil es –y no creo equivocarme al decirlo- el penúltimo genio de la historia de la literatura hondureña, una especie de Rimbaud tropical producto, al parecer, no de una formación académica privilegiada ni de lecturas sólidas, como cabría suponer, ni de la pura egolatría, como se ha vuelto tradición últimamente en nuestro circense mundo literario catracho, sino de un golpe severo en el parietal derecho. Esta aseveración despertará, justo en el momento de la lectura de este artículo, las risas de unos cuantos incrédulos en mi país, la mayoría de ellos probablemente genios con la espalda encorvada de tanto buscarse el ombligo, o quizá algo más, pero justo es que tanto la escasa pero –ésta sí- genial obra narrativa de Gil como su azarosa biografía empiecen a ser hoy de conocimiento público.

La anécdota sobre cómo llegué a saber de Edwil Gil es muy borgiana: una nota al pie de página de un ensayo inédito de Roberto Castillo cuya lectura me confió un familiar suyo hace cuatro meses aludía vagamente a un supuesto escritor sampedrano fallecido en circunstancias extrañas en un cuarto sin ventanas situado al fondo de una casa de habitación del barrio El Manchén de Tegucigalpa. Ya lo dije: era una alusión vaga, imprecisa, que ni el mismo Roberto Castillo, luego de obtener la información quién sabe de dónde, se había molestado en ampliar. Yo, sin embargo, jaloneado por la curiosidad, porque además ya había oído hablar de un muchacho medio loco que estudió Letras durante un par de años y desapareció, supuestamente en Tegucigalpa, luego de abandonar sus estudios y declarar, no exento de solemnidad, como es uso y costumbre de los locos andantes, que a partir de ese momento se dedicaría por entero a la literatura, me vi de pronto rastreando la historia de uno y el indicio del otro, que vendrían a ser la misma persona, el mismo escritor sampedrano que tras sufrir un severo golpe en el parietal derecho y dedicarse en los dos años siguientes a leer todo lo que había dejado su padre en la vieja biblioteca de su casa, decidió matricularse en Letras y luego abandonar los estudios para dedicarse a construir el intrincado laberinto de su obra, una obra por lo demás secreta, según fue siempre su intención, y ahora que ya no lo es tanto, una obra al menos en apariencia impenetrable.

Era un muchacho callado cuando no se le pedía la palabra pero generoso con ella cuando alguien lo invitaba a hablar. Esto lo vine a averiguar después, cuando Raúl López, quien fuera compañero suyo en las aulas de Letras, me contara algunas anécdotas sobre semejante personaje. El tema predilecto de Gil era, obviamente, la literatura. Luego de dar innumerables vueltas por el campus universitario, a la hora de su primera clase llegaba al aula sin muestras de cansancio y sudoroso, con una mirada torva que contrastaba con su media sonrisa, por lo que la mayoría, sobre todo las chicas, le rehuían, temiendo encontrar en él el ejemplo de una de esas historias gringas con estudiantes que, armados de cuchillo o pistola, se despachan a unos cuantos en un día cualquiera.

¿Qué obra narrativa es esa a la que aludí anteriormente?, se preguntarán algunos, nuestros genios ombliguistas en primera fila, pero no pretendo ser yo quien responda a esa pregunta, al menos por ahora; mi intención únicamente es referir la historia de la azarosa vida de Edwin Gil; ya llegará el tiempo en que sus dos novelas cortas y sus diecinueve cuentos minimalistas caigan en las manos de los lectores.

En la vida no son tan frecuentes los casos de personas absolutamente normales que de un día para otro se vuelven otras, o al menos otras menos normales. Tiene que presentarse un evento extraordinario: un golpe en la cabeza, un episodio de violencia o algo similar para que esto suceda. En el mundo de la literatura ocurre más a menudo; es decir, es común encontrarse a personas que, sin que uno sepa cómo, de pronto se han convertido en escritores. ¡Y son un verdadero dolor testicular! En lo que sucedió con Edwin Gil hubo una combinación de ambas cosas: un golpe en la cabeza y la fiebre literaria quizá producto del mismo golpe. Su drástico paso de la Ingeniería Civil a las Letras no fue digerido tan fácilmente por sus ex compañeros de aulas, aunque sí es probable que la transición haya sido mejor asimilada entre los miembros de su familia, que no vieron mal que el muchacho saltara directamente de la cama del coma hospitalario al sillón de la biblioteca de su padre ya fallecido para empezar a devorar los libros como un endemoniado. Y sin embargo, Edwin Gil no fue nunca un incordio para sus contemporáneos; a nadie abrumaba con la exposición de sus proyectos literarios; si acaso se refería a su obra, lo hacía sin malicia, sin ínfulas, casi sin intención.

Como dije, no se sabe demasiado respecto a su vida anterior al accidente, tan sólo que estudiaba Ingeniería Civil, que vivía en el barrio Las Brisas y que de ser un muchacho normal, responsable y aplicado, según lo describieron algunos ex compañeros de la carrera de Ingeniería Civil, pasó a ser un tipo raro, entre tímido y desbocado, obsesionado con la literatura y concentrado en la escritura de una obra que, según dijo una única vez en un arranque extraño luego de tomarse dos copas de vino al final de una lectura poética en el Museo de Antropología e Historia, sería la obra secreta más importante de la literatura hondureña. Estas aspiraciones del muchacho no eran, por supuesto, compatibles con su extraño comportamiento, que incluía breves pero intensas intervenciones guturales a mitad de clase o narraciones en los pasillos de la universidad acerca de su participación en las actividades de exterminio de los llamados “subversivos” de la década de los ochenta o viajes “de misión” en insólitas naves espaciales al espacio exterior.

En 1998, poco antes de su partida a Tegucigalpa y su posterior desaparición misteriosa, referida vagamente por Roberto Castillo en su ensayo inédito, un grupo de estudiantes de la UNAH lo visitaron en su casa del barrio Las Brisas para examinarlo y estudiar el caso de su misteriosa reconversión a partir de un golpe severo en el parietal derecho. Él accedió de buena gana porque entre los argumentos de su hermana se hallaba la probable satisfacción de su propia curiosidad respecto a lo que contenía su cabeza, que por las noches se llenaba de ruidos y de voces que sólo podía acallar dándose golpes contra una pared, como cierto personaje de un cuento mexicano. Los estudiantes le practicaron exhaustivos exámenes, entre ellos uno parecido al que sufre el personaje de La naranja mecánica, que lo obliga, por intermedio de unas pinzas, a mantener los ojos abiertos delante de una pantalla gigante, según refirió su hermana; luego se marcharon, al parecer muy entusiasmados, prometiendo que pronto les harían llegar noticias, cosa que no ocurrió, por lo que el asunto fue quedando en el olvido.

En cuanto a la obra de Gil, nadie en su casa recuerda haberlo visto nunca escribiendo nada, aunque apuntan también que la mayoría de las veces en que se metía en la biblioteca cerraba la puerta y se encerraba mañanas o noches enteras. No llenó cuadernos o papeles, como cabría esperar, sino que se dedicó a construir su laberinto ficcional en los márgenes de los libros que iba leyendo. Esto fue lo que llamó la atención de su hermana y lo que yo, después de algunos días de trabajo minucioso en la biblioteca de su casa, he llegado a desentrañar. Como dije: son dos novelas cortas y diecinueve cuentos los descubiertos hasta ahora, pero no he revisado la totalidad de los casi cuatro mil volúmenes de la biblioteca, entre cuyas páginas es probable que espere, fragmentada, caótica, alguna otra obra de ficción de Edwin Gil.

Tengo la certeza de que cuando esos textos de Gil sean publicados, la mayoría de nuestros provincianos e ingenuos lectores, acostumbrados al realismo ramplón y a la linealidad más obtusa, se perderán fácilmente en sus laberintos, en sus juegos especulares, en sus tramas ocultas; se mostrarán incapaces de apreciar su prosa delirante e hipnótica y su humor refinado, y pasarán por alto que ante ellos tienen a un genio, probablemente el único verdadero genio de la historia de la literatura hondureña.

Vida y época de Bruno Pedroza

Etiquetas

, ,

Hace poco menos de un mes empecé a colaborar en la revista costarricense Literofilia con una columna que lleva por nombre Lo demás es ficción. El nombre de la columna sugiere que su contenido es pura verdad, pero eso es algo que está por verse. Mientras reviso y corrijo los últimos detalles de mi segundo artículo, les dejo éste que fue el primero y que habla del “crítico literario más mordaz y polémico de la historia de la literatura hondureña”, el famoso Bruno Pedroza:

Solemos escribir o hablar sobre los escritores a los que admiramos, y no sólo sobre su obra sino también sobre su vida, pero poco tiempo le dedicamos a los críticos, esos lectores minuciosos que se introducen en la obra de otros para desentrañar sus significados desde una perspectiva, se supone, más científica, mejor dotada con las herramientas que requiere la buena lectura.

Si, como dice Hernán Antonio Bermúdez, “duro, ingrato, es el oficio de escritor” en países como los nuestros, “con una débil tradición cultural y un público lector marginal, rodeado de una masa más bien hostil de indiferentes y de analfabetos”, cuánto más duro e ingrato será el oficio de los críticos, a quienes solemos ver con recelo y de reojo, e incluso mostrarnos con ellos a la defensiva. Ellos, que suelen caer mal entre los criticados, peor caen en países como los nuestros, cuyos escritores están poco acostumbrados a otra cosa que no sea la palmadita en la espalda, los aplausos y los piropos; cosas de la corrección política.

En Honduras -pero supongo que algo similar ocurre en el resto de países centroamericanos- resulta difícil hablar de una crítica literaria permanente y más aún, de una crítica literaria seria y desprejuiciada. Hay, eso sí, esporádicos balbuceos en blogs o en cuartos de página que los periódicos nacionales se permiten rellenar, cuando no queda de otra, con “esas babosadas de la literatura”.

Casos como los de Hernán Antonio Bermúdez, Helen Umaña, Héctor Miguel Leiva o Sara Rolla, respetados críticos literarios hondureños, son escasísimos, y casos como el de Bruno Pedroza todavía más.

Prácticamente desconocido entre la más reciente generación de escritores y lectores en Honduras, puesto que su última aparición pública –es decir, su última crítica escrita- corresponde al ya lejano año 1995, Bruno Pedroza es, sin riesgo de exagerar, el crítico literario más mordaz y polémico de la historia de la literatura hondureña. Su efímera carrera pudo haber iniciado en agosto de 1994, cuando en un artículo publicado en el Magazine Literario de diario Tiempo se refirió al Premio Nacional de Literatura recién otorgado a Edgardo Paz Barnica, un eminente hombre de política que, hasta la fecha de concesión de ese premio, de literatura no había publicado nada.

Pedroza atacaba duramente en ese artículo al Ministerio de Educación, ente que, aún hoy, decide todo sobre el premio en mención, y reclamaba, como era –y sigue siendo- lógico, que los criterios empleados en la escogencia del galardonado fueran más políticos que literarios. Y aún más, su intuición le permitió mostrarnos el futuro: “No deberíamos esperar”, escribió, “que el Premio Nacional de Literatura reconozca cada año la obra de escritores hondureños; no, de hecho, es probable que en los próximos años este premio llegue a las manos de periodistas, de abogados, de políticos o de sociólogos cuyos méritos literarios no sean superiores a los de, por ejemplo, el tío Celerino de Rulfo”. Y el tiempo, ya lo hemos visto, ha terminado dándole la razón a Pedroza.

Una frase, en particular, indignó a muchos: “Llegará un momento en el que rechazar ese premio le dará mayor prestigio a un escritor que aceptarlo”. Algunos medios de comunicación hicieron eco de las palabras de Pedroza y pronto aparecieron, en otras columnas de la prensa escrita y en algunos programas de radio, tanto aliados como detractores. El debate llegó incluso a oídos del presidente de la República, que amenazó con eliminar de un plumazo no sólo ese premio sino también los de Ciencia y Arte, lo que no sucedió finalmente sólo porque algún asesor lo convenció de la conveniencia política que implicaba mantenerlos.

Bruno Pedroza, entonces, ajeno a los avatares políticos y fiel únicamente a sus principios como lector, se convirtió, con tan solo un texto publicado y sin pretenderlo, en el crítico literario hondureño más renombrado de la época. A partir de ahí sus críticas se volvieron moneda corriente en diario Tiempo. Sin una frecuencia definida, aparecían cualquier día de la semana y su lectura caía como bombas sobre el aletargado ambiente cultural hondureño. La tomaba por igual contra los propugnadores de “una literatura nacional comprometida”, a quienes llamaba “ignorantes y anacrónicos” y recomendaba seguir leyendo al Ché Guevara, pero en la selva, muy lejos de todo; contra los primeros brotes de lo que llamó “feminismo intervencionista en la literatura”, que ya iniciaba campañas en Honduras como la de “adaptar” los cuentos de Arturo Martínez Galindo a las necesidades de un “lenguaje inclusivo”; o contra la creación de una poesía “facilona o verborréica” e incluso contra el surgimiento de una generación de “poetas hippies cuyo aspecto es posible que sea lo único medianamente poético en ellos”.

En uno de esos artículos se permitió, incluso, dar algunos consejos: “Una regla básica del escritor es que sepa escribir. Antes, debe, por supuesto, haber aprendido a redactar. Si usted no sabe redactar, difícilmente podrá escribir, por mucha imaginación y entusiasmo que tenga, por mucho amigo que le diga qué bueno y talentoso y genial es (tome en cuenta que los amigos son amigos, no necesariamente lectores y a veces ni siquiera lectores con criterio). Así que si no ha aprendido a redactar mejor ni se meta, aunque esta sugerencia atente contra el derecho inalienable de todo individuo a expeler versos inútiles, líneas de texto con errores de concordancia, párrafos disfuncionales”. Ese texto, todavía de 1994, concluía con esto: “Hay gente aquí en nuestra aldea que cree que lo único importante es “tener algo que decir”, sin importar cómo lo dice. Eso está bien en cualquier ámbito de la vida pero no en la literatura. La literatura es una cosa superior y hay que respetarla”.

Es posible que, vistos en retrospectiva, los juicios de valor de Bruno Pedroza sobre la literatura hondureña de mediados de los años noventa nos parezcan ahora lugares comunes; las pretensiones de una “literatura comprometida” y de un “lenguaje inclusivo” en los textos literarios resultan ahora disparates propios de mentes febriles que no tienen claro todavía en qué consiste la literatura, y resulta sumamente fácil en la actualidad identificar a esos poetas ligeros, más performáticos que otra cosa, y separarlos de los poetas auténticos, pero también es justo decir que con esos juicios de valor, Pedroza abrió sendas que otros seguirían en la crítica literaria hondureña.

Su último texto publicado data de octubre de 1995 y en él nada parece aludir a una despedida; es más, la polémica que generó entonces ese texto, una crónica ácida sobre la presentación del libro de un narrador costumbrista muy apreciado sobre todo entre las damas de la alta sociedad sampedrana, que lo invitaban constantemente a sus finas veladas culturales para poner un toque de humor y color local, dio para pensar que Pedroza estaba en su mejor momento, pero luego de eso desapareció y no fue sino hasta un par de años después que su nombre encabezaría un artículo de diario La Prensa para atacar sin piedad, aunque con un sentido del humor más acentuado que el que practicaba Pedroza, a otro narrador local, en este caso de corte romántico, pero pronto se supo que el Bruno Pedroza de este artículo era apenas un seudónimo utilizado por los miembros del grupo literario Arlequín, que no querían cargar con las consecuencias de su ataque al escritor romántico.

Durante los poco más de 14 meses que el nombre de Bruno Pedroza se posicionó en lo que podríamos llamar “la conciencia de la literatura hondureña”, no llegó a saberse más de él que lo que su pluma dejaba saber; sus artículos sólo eran identificados con su nombre, nunca una fotografía suya o unos datos biográficos llegaron al conocimiento de los lectores. Hay quienes ahora, más de veinte años después, todavía cuestionan su real existencia e incluso se recrean en la idea de que sólo haya sido una invención, quizá de Óscar Acosta, a quien Monterroso una vez señaló como posible autor detrás del nombre del mítico novelista B. Traven. Pero eso es algo que sólo el tiempo está en condiciones de aclarar.

Tegucigalpa revisitada

Después de casi seis años, volví a Tegucigalpa. A pesar de que viví ahí durante todo el año 1994, cuando mi vida estaba consagrada a un deporte y no a la literatura, nunca llegó a gustarme, y en las ocasiones en que la visité después reafirmaba esta sensación. Sin embargo, puedo decir que esa sensación cambió ligeramente durante este fin de semana en la capital. Esas calles sinuosas, enrevesadas, laberínticas que antes me producían inquietud, es posible que esta vez hayan llegado, incluso, a parecerme encantadoras. Quizá el cambio de clima, de la San Pedro Sula sofocante a la Tegucigalpa fresca, haya tenido algo que ver, o quizá también el hecho de que pude encontrarme con algunos viejos amigos. El asunto es que me sentí bien en Tegucigalpa durante el fin de semana. Fue agradable y hasta algo divertida la ceremonia de entrega del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo; Samuel Trigueros puede dar fe de ello. Me impresionó el Centro de Arte y Cultura de la UNAH, un elegante edificio de varios pisos con exposiciones de arte y una galería permanente. Fue agradable el pequeño restaurante de comida tailandesa al que nos llevó, a Hansy y a mí, Ricardo, que bien sabe seguir el hilo en el laberinto. Fue agradable el Café Galeano en donde nos encontramos con Dennis Rivera en la tarde lluviosa. Me encontré en Mundo Literario con Carlos Ordóñez, a quien no conocía personalmente pero con quien nos escribíamos seguido durante algunos de nuestros años en España; buena sorpresa esa. Y por la noche asistimos al Teatro Memorias que dirige Tito Ochoa, ubicado en el centro de la ciudad, en donde disfrutamos, junto a Hernán Antonio Bermúdez y otros nuevos amigos, del montaje de dos obras de Tennessee Williams y de Bertolt Bretch, para terminar comiéndonos unos tacos “Diego Rivera” en Paradiso. Corrijo: para terminar tomándonos unas cervezas en el Glenn´s Bar con Noel Herrera.

He de volver a Tegucigalpa al menos un par de veces este año. Espero seguir encontrándole la misma gracia de esta última vez.

Una tuitentrevista

Una amiga argentina, Verónica Gudiña, administra el sitio Poemas del Alma, en donde semanalmente publican entrevistas con escritores de distintos países. Estas entrevistas tienen una particularidad: se componen de sólo 5 preguntas y las respuestas no deben sobrepasar los 140 caracteres, que es, como ya deben saber, el límite de caracteres para un tuit. Así que esta vez me tocó a mí y el resultado de esa entrevista es lo que sigue:

El escritor y profesor hondureño Giovanni Rodríguez, quien hace algunas semanas fue noticia en Poemas del Alma por haber ganado el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela Roberto Castillo con Los días y los muertos, tiene varios libros en su haber.

giovanni rodriguezTal vez algunos de ustedes lo conozcan como creador de propuestas como Morir todavía y Las horas bajas, o a lo mejor recién lo descubren y quieren sumar a sus bibliotecas una obra suya. Si es así, además de los títulos ya mencionados pueden tener en cuenta alternativas como Ficción hereje para lectores castos, Melancolía inútil, Café & Literatura y La caída del mundo.

Hoy este autor que en la red social de los 140 caracteres acumula más de 500 seguidores es quien nos deja saber más sobre su vida y su carrera a través de cinco respuestas de extensión limitada que se ajustan al formato breve de esta sección de entrevistas por Twitter bautizadas hace ya algún tiempo como tuittrevistas. ¡A disfrutar entonces la posibilidad de dejarse cautivar por el talento de Giovanni Rodríguez!

Tienes experiencia en diversos géneros literarios. ¿Cuál te hace sentir más cómodo? ¿Razones?
– Cambiaría “comodidad” por “placer”. La alegre tensión que me genera la escritura de una novela no se da cuando lo intento con otros géneros.
Al repasar tu trayectoria, ¿en qué aspectos consideras que has crecido, dónde adviertes una evolución notoria?
– Creo que ahora escribo con mayor seguridad y confianza. Sé que ya no me tiemblan las piernas al caminar por el campo minado de la ficción.
¿Qué crees que le aportan tus obras a la literatura hondureña?
– La literatura hondureña no es amplia y sí, en cambio, se ha empobrecido en los últimos años, así que no será tan difícil aportar algo nuevo.
Aquellos que aún no descubrieron tus libros, ¿qué clase de experiencia lectora se están perdiendo?
– Probablemente la alegría, el humor, que buena falta le hace a la narrativa hondureña reciente, pero también la búsqueda de la palabra justa.
¿Cuáles son las mayores satisfacciones que, hasta el momento, has tenido como escritor?
– La certeza de que lo que escribo a veces influye poderosamente en algunos lectores, independientemente de qué clase de escritor sea yo.

Entrevista en Tiempo Digital

Etiquetas

,

Darío Cálix me entrevistó recientemente para Tiempo Digital con motivo del Premio “Roberto Castillo”. Aquí el enlace a la entrevista en el sitio y a continuación su contenido:

Giovanni Rodríguez, escritor hondureño, ganó recientemente por decisión unánime el Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo” con su novela Los días y los muertos. Tiempo Digital lo entrevistó a propósito de este triunfo y aprovechando la ocasión se le preguntó acerca de diversos temas, como sus influencias y el origen de la obra con la que se ganó el premio. Además, acerca de ciertos rumores en torno a su premiación y de la ya clásica rencilla que existe entre los escritores de la costa norte y los de Tegucigalpa.

Me parece más que oportuno preguntarte por la obra de Roberto Castillo, específicamente acerca de su trabajo como novelista. ¿Qué lugar tiene La guerra mortal de los sentidos, esa alabada novela, dentro de la narrativa hondureña?

Creo que La guerra mortal de los sentidos es la novela más hondureña y la mejor obra de ficción que se ha escrito en Honduras.

Si tuviste la oportunidad de conocer a Castillo, ¿podrías contar alguna anécdota al respecto?

Giovanni Rodríguez: Lo conocí en el Museo de Antropología e Historia de San Pedro Sula un año antes de publicar La guerra mortal de los sentidos, precisamente para hablar de las circunstancias en torno a la escritura de esa novela. Me impresionaron su voz enfática y la pasión que mostraba al hablar sobre literatura. En ningún momento percibí en él la pedantería que uno encuentra a veces en ciertos personajes de nuestro mundillo literario. Unos siete años más tarde, cuando yo vivía en España, recibí un correo electrónico suyo agradeciéndome que yo hubiese escrito una reseña sobre La guerra mortal de los sentidos que había aparecido en un diario nacional y en internet. Me envió una postal y su último libro de ensayos y a partir de ese momento nos escribimos constantemente, pero eso no duró mucho puesto que cayó enfermo y falleció al poco tiempo.

Mencioná un escritor nacional que haya sido una influencia importante. 

Yo empecé leyendo a los clásicos universales y a los autores del “Boom latinoamericano” y luego me entusiasmé con los autores norteamericanos de la llamada “Generación Perdida”, y a la literatura hondureña no llegué sino hasta mucho tiempo después. Paradójicamente, hace 15 o 20 años en Honduras era más fácil encontrar libros de autores extranjeros que de hondureños. Sí es posible que alguna influencia hayan ejercido sobre mí las lecturas tempranas de la poesía de Roberto Sosa y de Edilberto Cardona Bulnes, y en la narrativa Roberto Castillo, los cuentos de Óscar Acosta y los de Eduardo Bähr.

Se ha revelado que esta novela en particular tiene mucho que ver con tu experiencia como periodista, más específicamente en la sección de sucesos policiales. ¿Hubo algún acontecimiento o escena en particular mientras te desempeñaste ahí que haya encendido la chispa creativa para hacer este libro?

Sí, es posible que buena parte de mis intenciones al escribir esta novela tenga su origen en la imagen de un niño elevando un papelote muy cerca del lugar en donde se produjo una masacre, que conservo de mis días como reportero de noticias policiales. El resto se debe a la impresión que tengo acerca de que aquí en Honduras nos estamos acostumbrando peligrosamente a la violencia y a la muerte.

Casi inmediatamente después de saberse el dictamen, saltaron algunos escritores y personajes de la cultura hondureña. Se ha dicho directamente que hubo corrupción en el fallo, entre otras cosas. ¿Qué opinión te merecen estos comentarios?

“ESCRITORES CON TALENTO HAY EN TODAS PARTES, PERO TAMBIÉN EN TODAS PARTES HAY TONTOS CON ÍNFULAS”

En realidad nadie ha dicho nada “directamente”. Hasta donde sé, un anónimo, citando constantemente a un pobre diablo atribulado y resentido (bien podríamos llamarle a eso autoficción), expresó su frustración por no haber sido favorecido él con el premio. Ese tipo de actuaciones sólo producen lástima y no se curan con ansiolíticos.

Ya has ganado varios concursos literarios, pero hasta donde yo sé, ninguno que otorgara una suma económica tan considerable. ¿Podrías darle una idea al lector común de la importancia que puede tener para un artista hondureño ser premiado de esta forma?

El premio es importante por el alcance que tiene (Centroamérica y el Caribe), por la cobertura que le han dado los medios de comunicación, lo que permitirá que el libro se conozca tanto como, por ejemplo, un disco de reguetón, y porque se trata de un premio de novela, un género que se cultiva poco en Honduras, pues requiere talento, disciplina y paciencia, virtudes que pocas veces se encuentran juntas en un escritor hondureño. Lo del monto de dinero ya es otra cosa, eso representa en este país un respiro para cualquiera, independientemente de que sea artista o no.

ES RESPONSABILIDAD DE LOS ESCRITORES CREAR ESOS ESPACIOS, ESE PÚBLICO, Y LLEGAR A LA GENTE Y ENTUSIASMARLA DE ALGUNA MANERA

Mucho se habla y escribe acerca de la calidad literaria entre la costa norte hondureña y Tegucigalpa, como si se tratara de una disputa entre dos pandillas enemigas. Viendo más allá del ombligo y a propósito de que el concurso que ganaste era a nivel Centroamericano y del Caribe, ¿cómo ves la novela contemporánea hondureña respecto a la del mundo en general?

Lo de las diferencias entre lo que se escribe en Tegucigalpa y lo que se escribe en San Pedro Sula es una tontería; al final, lo único que importa es que quienes se hacen llamar escritores escriban bien. Escritores con talento hay en todas partes, pero también en todas partes hay tontos con ínfulas. En cuanto al género de la novela en Honduras, creo que en eso nos hace falta mucho aprendizaje y mucho recorrido. Aquí se publican muy pocas novelas y casi todas demuestran una gran ingenuidad por parte de sus autores, sobre todo en su construcción, con evidentes problemas desde la redacción, o son meros ejercicios autobiográficos, lo que no es malo, siempre que no se lo tome como único recurso. En resumen, es difícil hablar de “la novela contemporánea en Honduras”, porque eso casi no existe. Podemos citar a Julio Escoto, a Roberto Quesada, a Marta Susana Prieto y a León Leiva Gallardo, y con esos cuatro nombres quizá estemos hablando de los últimos novelistas hondureños contemporáneos con una obra consistente.

Viviste en España durante algún tiempo. Como amante de la literatura, ¿tuviste alguna experiencia en particular por allá que te haya marcado?

En Figueres, la ciudad donde vivía, había una biblioteca inmensa, de cuatro pisos. Cuando entré ahí por primera vez y me puse a recorrer los pasillos y a revisar las estanterías, encontré todos aquellos libros que siempre quise leer en Honduras pero que aquí nunca había podido encontrar. Así que a eso y al tener cerca de mi casa una librería en donde también podía encontrar todos los libros que deseaba yo lo llamo una experiencia literaria memorable.

Vos siempre has mostrado un gran entusiasmo y has organizado proyectos para promover e incluso proyectar la literatura hondureña, a menudo impulsando a jóvenes novatos en el camino ya sea mediante grupos literarios, blogs, revistas, etc. ¿De dónde nace este afán?

Quizá de la intención de hacer un mundo más “habitable y amable” para quienes nos dedicamos con seriedad y con pasión a la literatura y de cierta conciencia de la responsabilidad social que tenemos los escritores. Muchas veces nos quejamos de que en este país la gente no lee o no compra nuestros libros, de que los medios de comunicación no ofrecen espacios permanentes para la difusión de la cultura; entonces es nuestra responsabilidad crear esos espacios, ese público, y llegar a la gente y entusiasmarla de alguna manera.

Mucho se habló con la aparición de los E-Books y tablets acerca del futuro formato de los libros, si acaso se perdería o no en algún punto la tradición de coleccionar y leer los libros en físico… Según mi percepción, si acaso hay alguna “víctima” en el futuro cercano, serían las revistas y los diarios. ¿Vos, que has trabajado tanto el formato tradicional como el digital, cómo visualizas el futuro no tan lejano de estos medios?

La primera vez que me puse a crear una revista literaria, lo hice en físico, porque pensaba que así tendría mayor alcance, pero eso sucedió hace seis años, cuando la tecnología no ofrecía todas esas posibilidades que ofrece ahora. En ese sentido, en el de la difusión de la información, sí creo definitivamente que el futuro está en las pantallas, pero en cuanto a los libros, me mantengo en la idea de que los dispositivos móviles nunca sustituirán del todo al libro en físico. Hay personas que dicen tener una biblioteca de diez mil libros contenida en un aparato electrónico; esas personas probablemente no conciban la importancia que tiene el objeto libro, el que se puede tocar, abrir y oler, el que se puede colocar en un librero junto a otros libros. Mi hijo tiene 5 años y sabe que esta habitación al fondo de la casa es la biblioteca y cuando se pone conmigo a revisar o a reordenar o a leer los libros está accediendo a una parte de su formación a la que no accederán los niños que nunca hayan visto un libro en sus hogares.

Darío Cálix: ¿Nos podrías explicar un poco en qué consiste el nuevo sitio Literatura Portátil (https://literaturaportatilhn.wordpress.com)?

Literatura Portátil ha empezado como un blog y pronto habrá de convertirse en una página web. Ahí publico ensayos, reseñas, crónicas o cuentos principalmente de autores nacionales, y entrevistas a autores nacionales y extranjeros. La idea es ofrecer lo que los medios escritos hondureños no ofrecen: un espacio para la difusión de la cultura, principalmente en el campo de la literatura, de manera que los lectores sepan que una vez al mes encontrarán ahí textos informativos, de crítica o de creación literaria.

Noticias, vacaciones y cervezas

De pronto, me convertí en el primer ganador del Premio Centroamericano y del Caribe de Novela “Roberto Castillo”, y entonces dejé de maldecir este calor sampedrano en mi semana de vacaciones para empezar a alegrarme por ese otro asunto.

El jurado calificador, integrado por los escritores Manlio Argueta (El Salvador), Leonel Alvarado (Honduras) y Óscar Núñez Olivas (Costa Rica) resolvió, por unanimidad, otorgárselo a mi novela Los días y los muertos, que, entre otras cosas, “constituye una mirada desesperanzada de la violencia y la corrupción que atormenta a la sociedad hondureña, así como del profundo daño psicológico que causa social e individualmente dicha violencia”, según dijeron. Bien por la novela, que sólo ella sabe las horas-nalga que ha costado escribirla.

La noticia apareció en El Heraldo, en Presencia Universitaria, en La Tribuna, en TN5 y en otros medios escritos y de la televisión… De pronto, empezaron a caer felicitaciones de todos lados y yo, sin perder la calma, les di las gracias tomándome las últimas tres cervezas que quedaban en el refrigerador.

La novela será publicada por la Editorial Universitaria de la UNAH, patrocinadora del premio, y la ceremonia de premiación se realizará en una fecha y un lugar aún por confirmar.

Se siente bien uno después de noticias como esa. La cerveza fluye tranquilamente por la garganta. Qué suerte poder tomarse uno unas cervezas para celebrar y no para ahogar penas, ¿no creen? Pero hoy es jueves, ya casi se acaban las vacaciones. Tengo que preparar mis clases para el próximo periodo. Nos vemos luego.

Locos

En el mundillo seudoliterario catracho estar loco es un asunto de prestigio. Aquel “desarreglo de los sentidos” del que hablaba Rimbaud está siendo mal entendido y asimilado. Es el problema, supongo, de querer mezclarlo todo siempre: la política con la literatura, el alcohol con la mariguana, el ego con la falta de talento o de inteligencia. Los resultados son evidentes: odas o elegías publicadas al día siguiente de muerto el homenajeado, textos quebrados, cojos y tan descuidados, seguramente escritos bajo los efectos de algún nepente o de un desengomante poderoso, que parecen la esencia de la vanguardia, performances poéticas que no son otra cosa más que sesiones circenses (hay que incluir aquí la costumbre de cagarse en los hoteles y embarrar de mierda las paredes). Gente, en resumen, que no ha aprendido ni a redactar y ya se atreve a autodenominarse escritor (con gran seriedad, por cierto) sólo porque es lo que le dictan el trago que tiene a mano y su falta de cordura, gente que escribe poemas sin saber qué es, por ejemplo, la sinestesia, gente loca, pues, y por lo tanto prestigiosa, aunque haya pasado (en estado somnoliento, en suspensión catártica, como sea) por las aulas universitarias.

Son divertidos los locos, cómo no, y por eso son absolutamente necesarios.

Poetas

Etiquetas

, , , , , ,

En una nota publicada por diario La Prensa hace algunos días, Mario Gallardo, Marco Antonio Madrid y yo fuimos consultados por Juan Carlos Rivera, con motivo de la celebración del Día Mundial de la Poesía, sobre el estado de la poesía hondureña actual. Los tres coincidimos en considerar a Leonel Alvarado y José Antonio Funes como los “herederos inmediatos” de lo que nos dejaron poetas como Roberto Sosa y Óscar Acosta, las cabezas más visibles de una gran generación de poetas hondureños integrada también por  Rigoberto Paredes, José Luis Quesada, José González, Efraín López Nieto, Galel Cárdenas, José Adán Castelar, Pompeyo del Valle o Nelson Merren, y precedidos por otros grandes como Antonio José Rivas y Edilberto Cardona Bulnes.

Además de Alvarado y de Funes, yo apuntaría también a Marco Antonio Madrid en la pequeña lista de esos nuevos poetas, verdaderos artistas de la palabra, que demuestran que la poesía no es cualquier cosa sino, precisamente, el más difícil de los géneros literarios.

En la nota de La Prensa no aparece el nombre de José González (Las órdenes superiores (1985), La poesía me habla (2001), Memoria de Atahualpa (2013), entre otros libros de calidad incuestionable) y sí aparece, en cambio, algún nombre que todavía no tiene los méritos necesarios para estar entre los grandes. Hay otro dato que debe ser enmendado: Mario Gallardo figura como cuentista en la antología de cuento Puertos abiertos, de Sergio Ramírez, y no en Puertas abiertas, que es una antología de poesía. Pero son cosas que suceden con demasiada frecuencia en la premura del periodismo, así que habrá que disculpar al periodista.

El espacio destinado a la nota, nos advirtió Juan Carlos Rivera, no era mucho, así que debíamos tratar de emplearlo de la mejor manera: hablando de los poetas que valen la pena. Porque los poetas abundan en esta aldeíta nuestra; yo, incluso, he publicado tres libritos en ese género y hasta un par de premios he ganado, pero uno no debe andar por ahí pregonando que es poeta, sobre todo cuando tenemos en nuestra historia literaria nacional muy buenos referentes, y cuando vemos que, aunque seamos contemporáneos de poetas como Leonel Alvarado, José Antonio Funes y Marco Antonio Madrid, nos falta mucho para estar a su nivel.

Narrativa hondureña siglo XXI

La revista costarricense Literofilia publica, en su edición de marzo, un artículo mío sobre la narrativa hondureña actual. Les dejo aquí la primera parte del artículo (son tres), pero pueden leerlo completo en este enlace: Literofilia. Adicción por la Literatura.

I

Vivimos malos tiempos para la literatura en Honduras. Pero preguntarse si alguna vez ha sido diferente equivale a ceder a la ingenuidad. Y si no, pensemos en Molina, en Martínez Galindo, en Clementina Suárez, tres grandes escritores y tres jodidas muertes prematuras. Este país, en general, vive tiempos malos para casi todo, pero los ha vivido siempre, y no vamos a esperar que en la literatura, esa abstracción en la que incurre una entusiasta minoría, se vea ahora reflejado un cambio significativo.

(Este artículo está empezando mal, lo sé, contiene un pesimismo que, aceptémoslo, comulga bien con lo que somos, con lo que vivimos y sufrimos en este país con nombre de abismo, hábitat perfecto para el infortunio).

Malos tiempos para nuestra literatura y malos tiempos para nuestra narrativa. Por mucho que ahora haya nombres que suenen como probablemente no llegaron a sonar (y a repetirse), en su momento, los de Arturo Martínez Galindo, Óscar Acosta, Roberto Castillo, Marcos Carías, Eduardo Bähr o Julio Escoto, escritores con absoluto dominio del oficio que no han sido más importantes y más famosos y más cachimbones sólo por la desafortunada circunstancia de no haber nacido durante los últimos treinta o cuarenta años, como nosotros, los de ahora, que vimos la luz en los setentas y los ochentas y que tenemos blogs, Facebook y Twitter y todo el mundo, clic mediante, se entera de nuestros súper poderes literarios en tiempo real.

Pero volvamos a lo del principio, a lo de los malos tiempos, y hablemos de las circunstancias, que para nosotros los escritores en Honduras son muy malas. Por mucho que se diga que unas cuantas obras importantes de la narrativa mundial han sido escritas en circunstancias desfavorables, hay que aceptar que esos casos se registran como vistosas excepciones, porque la regla es simple: la falta de unas condiciones y un entorno adecuados, por lo general, no favorece el trabajo de un autor de narrativa, ese género que exige músculo y paciencia, dominio del oficio y convicción a partes iguales, ese género con el que no se meten muchos porque claro, se entiende, es más fácil “redactar” en verso que en prosa. Pero esa es otra historia…

La inseguridad, el desempleo, la corrupción, la violencia y la falta de oportunidades para el desarrollo individual constituyen, probablemente, los cinco ejes transversales de la cotidianeidad del hondureño actual, así que imaginarse como escritor sentado cómodamente ante una pantalla con el cursor parpadeante tiene cierta dosis de extravagancia, y si se lo preguntamos a algunos puritanos, dirán que hasta un tanto de indecencia. Y al pensar en eso último alcanzo a sonrojarme un poco de la vergüenza. Soy, a veces, extravagante e indecente.

Sin embargo, eso es lo que hay, y darle cuerda a la imaginación en función de otras posibilidades, en las que el panorama para un escritor en Honduras no sea tan sombrío, es cosa inútil. Hay que lidiar con esas circunstancias; hay que hacer limonada, pues limones nos da la vida.

Así las cosas, sorprende enterarse de que todavía en estos tiempos alguien, desde algún rincón ignoto de nuestras Honduras, se ha puesto a escribir, por ejemplo, una novela, y luego, que ha decidido publicarla, como si de verdad creyera que el esfuerzo mental y económico (pues lo normal es recurrir a la autoedición) se verá recompensado con un éxito de crítica y de ventas que, al menos, le permitirá recargar el entusiasmo para emprender la escritura del próximo libro o tan sólo recuperar el monto de lo invertido. Y quizá sea la sorpresa que esto produce lo que motiva al aplauso indiscriminado. Porque exigirle a un escritor en Honduras que sea algo más que un simple escritor en Honduras es mucho pedir, ¿verdad? Porque juzgar a un escritor cuyos dos o tres libros publicados no superan lo que su ego propone tiene algo de crueldad, ¿no creen? Porque, ¿a cuenta de qué tenemos que pedirle mejores libros a estos escritores que nunca supieron la diferencia entre denotación y connotación, entre arte y artesanía, entre inspiración y transpiración? ¿No es así?

Le mot juste en La caída del mundo

Etiquetas

Xavier Panchamé ha escrito una reseña sobre mi último libro, La caída del mundo, que les dejo a continuación:

La caída del mundo recoge 28 relatos breves, contados con un dominio preciso del lenguaje, le mot juste (“la palabra justa”), la misma técnica que Gustave Flaubert aplicó a sus colosales novelas.

Cabría preguntarse ¿cómo un libro cuyo título alude a una visión apocalíptica se encuentra en los bordes de la prosa flaubertiana? Mario Vargas Llosa comenta: “La palabra justa lo es sólo en función de lo que las palabras quieren contar”.  Para que esta sentencia se lleve tenazmente a cabo, el autor usa otra de las técnicas empleadas en Madame Bovary: la impersonalidad del narrador. Las emociones le corresponden al lector, el narrador mantiene adecuadamente un carácter objetivo, frío, sin interrumpir la narración con digresiones subjetivas; es decir, evitando las consideraciones sentimentales de los personajes. Esto se descubre en “Besos de los días malos”, cuento en el que el lector asiste a una sociedad orwelliana, donde el gobierno controla a quienes se oponen a las normas sociales, incluso castigando a las parejas que falten a la prohibición de besarse; por eso “se instauró una comisión investigadora y una nueva fuerza policial, encargada exclusivamente de refrenar cualquier indicio de beso o castigar con severidad (…) a todos aquellos rebeldes que (…) se rehusaban a aceptar la insólita forma de su desventura” (p. 119); por lo tanto el personaje principal, para continuar viviendo, asume el papel de Sherezade, contándole a su pareja una historia “de cuando prohibieron los besos y quisieron robarnos el amor” (p. 124). Ambos están condenados y sus irrisorias existencias sólo tienen sentido cuando sueñan con la libertad; en ambos renace vaporosamente el anhelo por la vida. El cuento no transcurre en una realidad objetiva ni en las regiones de lo fantástico, acontece abiertamente en la ficción. En el plano real constituido únicamente por la imaginación.

Donde podría inclinarse a lo ampuloso y extravagante, Giovanni Rodríguez hace del lenguaje un sistema depurado. Logra afortunadamente transmitir un abanico de emociones sin recurrir a la verbalización, para no aglomerar datos innecesarios. Incursiona en el microrrelato con “Inocencia interrumpida”, “Una esperanza matemática”, “El otro lado” y “Quiromancia”. El primer relato de este cuarteto es el más extenso (ocho líneas de texto), apelando a la precisión; además, guarda una tensión estructural -avistada antes en Óscar Acosta-, ya que Rodríguez mantiene un equilibro narrativo entre el argumento y la estructura, alejándose naturalmente del lenguaje poético que Acosta imprimió a sus cuentos.

La vida del universo es limitada y “el fin del mundo coincide con el aniquilamiento de los pecadores, la resurrección de los muertos y la victoria de la eternidad sobre el tiempo”, esta visión que escribe Mircea Eliade en El mito del eterno retorno (p. 120) sobre la caída del mundo es traslada por el lector a las ficciones de Giovanni Rodríguez. Y vigorosamente, los textos “Bulevar”, “Pavel, el invierno”, “Thomas y un padre cualquiera”, “Crónica de un crimen rural”, “La sed de los muertos”, “Pasos”, “La vie en rose” y “Familia” ilustran ese cataclismo físico o íntimo, donde los personajes se despellejan o alejan de lo cotidiano para refugiarse en una dimensión onírica o en condiciones extraordinarias.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.