Dejo mi artículo de septiembre en Literofilia, sobre El viajero del siglo, de Andrés Neuman, una de las mejores novelas que he leído últimamente.

El viajero del siglo

Aprovechando unas vacaciones forzadas, dispuse hace un par de semanas ponerme a leer El viajero del siglo, la voluminosa obra con la que el argentino-español Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977) ganó el Premio Alfaguara de Novela 2009. Yo, por supuesto, ya sabía algo de él: que quedó finalista en dos ocasiones en el Premio Herralde, la primera de ellas con la novela Bariloche, cuando sólo tenía 22 años; que también es poeta y que hizo estudios formales de literatura, pero aparte de unos cuantos textos sueltos localizados en alguna web, no había leído nada suyo.

Un amigo que sí ha leído ampliamente a Neuman se había referido a El viajero del siglo en términos de “una gran novela, muy buena, buenísima”, lo que indicaba no sólo satisfacción con la lectura sino también entusiasmo, y a ese tipo de entusiasmo en lectores como el amigo referido hay que verlo precedido de una flecha que apunta, sin lugar a demoras, al próximo libro que uno debe leer.

A Neuman lo vi y escuché hablar en un conversatorio en mayo recién pasado en Managua en el marco del V Encuentro de Narradores Centroamérica Cuenta, y desde ahí me pareció un tipo no sólo inteligente sino también muy bien formado. Según dijo entonces, interrumpió la redacción de su tesis de doctorado para terminar de escribir una novela que tenía aplazada, una novela que, supe después por una entrevista a Neuman, iba a centrarse en la figura de un organillero, un personaje entrañable, un sabio en la simplicidad, pero que acabó tomando varias direcciones, como en efecto puede uno notar al leer El viajero del siglo.

Al salir del conversatorio, que tuvo lugar en una sala de teatro de la Alianza Francesa de Managua, pasé por las mesas ubicadas afuera, en las que se ofrecían los libros de los autores participantes en el encuentro literario. Ahí estaba El viajero del siglo y no pude resistirme. Más tarde ese mismo día vi a Neuman en la exposición fotográfica de Daniel Mordzinski en el Centro Cultural de España en Managua y me le acerqué para pedirle que me firmara el libro.

Luego de que Warren Ulloa nos tomara una fotografía, Neuman me preguntó de dónde era yo y al escuchar el nombre de abismo de mi país Honduras me comentó que era el único país latinoamericano que no había visitado puesto que en la gira que organiza Alfaguara con el ganador de su premio de novela cada año tuvieron que saltarse este caótico e inculto territorio (los adjetivos son míos) pues acabábamos de estrenar un Golpe de Estado y no había condiciones para presentar un libro ni en Tegucigalpa ni en ninguna otra ciudad; los hondureños estábamos, por supuesto, más concentrados en los toques de queda que en cualquier otra cosa.

Ese incidente que impidió a Neuman visitar Honduras me recordó una anécdota parecida con García Márquez, quien decidió, en los años inmediatamente posteriores al otorgamiento de su Nobel de Literatura de 1982, dejar a Honduras como el único país latinoamericano que no visitaría, pues, según se dice que dijo, no pondría su pie en un país que tuviera un presidente aficionado a pelarse la panza en público. Pero esa es otra historia, y la que quiero seguir contando ahora es la de mi encuentro con Andrés Neuman esa noche calurosa de Managua, un encuentro del que me traje no sólo el agradable recuerdo de haber conocido a un escritor capaz de ser inteligente y sencillo a la vez sino también la novela con la que terminaría impresionándome al grado de sentir, ahora mismo –pero sospecho que la sensación ha de mantenerse durante mucho tiempo-, que esa es una de las mejores novelas escritas en Latinoamérica en los últimos años y que su autor es uno de los mejores narradores latinoamericanos contemporáneos.

La novela cuenta la historia de Hans, un traductor viajero que llega a una ciudad ficticia alemana de nombre Wandernburgo, una ciudad esquiva en sus calles y en sus bordes pero que obliga a Hans, acostumbrado a siempre estar de paso, a permanecer en ella durante mucho más tiempo del presupuestado. “Hans tuvo la impresión absurda de que el plano de la ciudad se desordenaba mientras todos dormían. ¿Cómo podía extraviarse tanto? No lograba explicárselo: la taberna donde había almorzado aparecía en la esquina opuesta a la que la memoria le indicaba…”, se lee en las primeras páginas, y esa “impresión absurda” de que las calles o los lugares cambian de sitio se mantiene a lo largo de toda la historia.

En Wandernburgo conoce Hans a varios personajes entrañables: el organillero, quien prefiere que le llamen así, “organillero”, pues todos los días hace girar la manivela de su organillo en la plaza del Mercado a cambio de unas cuantas monedas, que vive en una cueva y tiene un perro de nombre Franz; Álvaro Urquijo, un español exiliado que vive ahí desde que muriera su esposa alemana, que se dedica al comercio textil y que se convierte en un buen amigo de Hans; y a Sophie Gottlieb, cuya relación a escondidas con Hans hace que éste postergue su viaje a Dessau continuamente.

La historia se desarrolla en torno a la imposibilidad de Hans de seguir camino luego de conocer al organillero y a Sophie, y esto la haría parecer sencilla pero no lo es. Narrada en un orden prospectivo pero a la vez fragmentada en distintos episodios que sobrevuelan las acciones y los pensamientos de los personajes a través de la mirada de un narrador omnisciente, la novela da cuenta no sólo de las relaciones de Hans con los demás personajes sino también, a través de las jugosas discusiones en el Salón de Sophie, de buena parte de la historia europea del Siglo XIX hacia atrás, sin que esto la convierta en una novela histórica, y de otros temas como la política, la religión, la literatura o la traducción; recurre a un lenguaje propio de la época, con muchas descripciones que nos insertan en el contexto de la novela decimonónica pero que, más que observar los paisajes y los objetos, ponen el ojo en los pensamientos y las emociones de los personajes. Exquisito es el pasaje en el que Hans, de visita en casa de Sophie, conversa con el padre de la muchacha mientras ella escucha, toma el té y mueve su abanico de manera displicente. Los movimientos de este abanico, según Hans, se derivan de los pensamientos y las intenciones de Sophie, de quien él quiere captar la atención tanto como ha logrado hacerlo con el padre: “El nivel más profundo de su atención se aplicó a traducir de reojo los gestos del abanico”, “Sophie se cambió de mano el abanico. Alarmado, Hans redobló sus esfuerzos pero sólo consiguió que…”, “Sophie inició un lento repliegue del abanico, pareció abandonar la escucha, extravió la mirada en los ventanales. Hans comprendió que el tiempo se le agotaba y, en una maniobra desesperada…”. La novela, en fin, está extraordinariamente bien escrita y además, es profunda en su observación de la condición humana; atrapa al lector con su prosa elegante pero también con la hondura sicológica de sus personajes; al final deja la misma sensación de perplejidad que suelen dejar los clásicos. Al menos así ha ocurrido conmigo.

Noto que mi edición de El viajero del siglo corresponde a una primera reimpresión de 2016, siete años después de la primera edición, que es de 2009. No sé cuántos ejemplares imprime Alfaguara de los libros que ganan su premio de novela, pero considerando que ésta de Neuman es una magnífica novela y que además obtuvo ese premio tan importante para los narradores en lengua española, una primera reimpresión apenas siete años después de la primera edición se me antoja muy poco. Y se me ocurre pensar que si El viajero del siglo no es una novela con una mayor aceptación o mejores resultados en ventas (que tampoco es que esté seguro de ello, sólo estoy especulando) es sólo porque en estos tiempos no hay muchos lectores capaces de enfrentarse a novelas de ese tipo, lo que me recuerda la reflexión de Amalfitano, el personaje de Bolaño en 2666, quien conoció a un farmacéutico que sólo leía novelas breves de autores clásicos: “Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren caminos en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan contra aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez”. Andrés Neuman propone en esta novela uno de esos “combates de verdad” de los que habla Amalfitano.

“Para Giovanni, que habita en el país al que no fui, ese que más importa, el que está por venir”, leo ahora en el ejemplar firmado de El viajero del siglo, y pienso que la próxima vez que me encuentre a Andrés Neuman, ese escritor que viajó por toda Latinoamérica y que se saltó este pedazo de tierra dejado de la mano de Dios, voy a decirle que Honduras sigue aquí, tan inculta y tan sumida en el caos y el infortunio como siempre, y que no necesita venir personalmente, que algunos hemos leído aquí su novela y nos ha parecido lo que ya he dicho, y que eso es, por lo menos para su libro, lo que más importa.

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